El espectador del Tour yacía moribundo, casi en el otro barrio, como Uma Thurman en la moqueta después de un colocón de drogas. En este caso, un colocón de sopor. Tres semanas interminables de trenecitos y compadreos acaban con la paciencia de cualquiera. Babeando, con la nariz sangrando y los ojos en blanco, un cuerpo casi cadáver pedía clemencia: que acabe el Tour ya, por favor. Pero la etapa de ayer, ese instante de iluminación colectiva, ese acceso al nirvana del televisor, fue como el chute de adrenalina que John Travolta le asesta en pleno corazón. El espectador del Tour no se creía lo que estaba viendo. ¿La debacle? ¿Un nuevo LeMond-Fignon? Yo me sigo frotando los ojos.
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| Directo al corazón |
La proeza atlética de Pogačar es un arma de doble filo. En primer lugar, por lo que ha supuesto en la historia "ganar el Tour en un día". En segundo lugar, porque consagra un modelo de carrera, el "canon guillenesco", de todo atado y bien atado hasta el último día. Un modelo en el que los jefazos del Tour incurrirán un año más en 2021, dado el subidón colectivo.
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| Ni él se lo cree |
El Tour había dejado sus pequeñas miguitas en el camino de cara al gran momento, bien ocultas entre polvaredas de sopor. Jumbo - Visma había asumido, desde el primer minuto, el papel de hampa dorada que en otro momento ejerciera Sky / Ineos. Tony Martin se había metido en el papel de gorila de discoteca como antes hicieran Stannard y Rowe, plantando el safety car cuando la situación parecía oportuna y metiendo miedo a aquellos que intentaban fugarse sin permiso. Kuss, van Aert, Gesink y Dumoulin armaron un trenecito implacable, capaz de convertir llegadas en alto en llegadas al sprint. Costaba cerrar la mandíbula después de ver los prolongados minutos de oro en montaña de Wout van Aert. Pero en realidad todo era una fachada de cartón-piedra, que ocultaba el conservadurismo, la falta de visión de carrera y la tendencia al mal fario típica de los equipos holandeses.
Esta nueva tiranía trajo como contrapartida positiva la desbandada general del Imperio Británico. Una noticia extremadamente alentadora para un deporte amordazado y encerrado en una mazmorra por los equipos de Brailsford durante casi diez años. Un equipo capaz de inventar corredores cyborg de la nada, de tener siempre abierta la caja de repuestos, habiendo cubierto con un nuevo barniz de pulcritud y benignidad las tácticas más opacas de décadas anteriores. Su colapso solo puede ser un momento de alegría para el ciclismo, como el final de las grandes dictaduras.
Pero cuando aun estaba caliente el cadáver, Jumbo - Visma pretendía ejercer un dominio parecido, sin la misma capacidad táctica. Los de Brailsford copiaron el modelo Bruyneel a la perfección, al menos en los primeros años: golpe en la mesa en el primer día decisivo y luego trenecito adormecedor. En los últimos años adoptaron tácticas más imaginativas, con ataques en bajada, abanicos o fugas de un uomo solo al commando. Eran las tácticas de un equipo que se sentía en parte asediado por las miradas incrédulas y suspicaces de los aficionados. Jumbo - Visma pretendió copiar el modelo, pero lo ha hecho mal. Plantó la adormidera y sacó a pasear al trenecito antes de haber obtenido auténticas diferencias, con lo cual todo se les ha ido al traste. Sin darse cuenta dejaron una puerta abierta para que se colara una genialidad.
Y así llegó el chute de adrenalina: John Travolta apuñalando el corazón pintado con rotulador de una Uma Thurman agonizante en el salón de un fumeta. Pero repasemos antes lo sucedido con anterioridad. Pogačar venía de remontada: 1'21'' se dejó en el día decisivo de los abanicos camino de Lavaur, al igual que Landa y Porte. A partir de ese momento comenzó su particular asalto a los cielos. Las etapas de los Pirineos sacudieron un poco al espectador, que pudo por fin abrir los ojos legañosos para centrarse en la carrera. Contribuyó también la excepcional cabalgada frustrada de Marc Hirschi camino de Laruns. Pero Pogačar ya demostraba que era el único rival que podía cuestionar el dominio aparentemente aplastante de Roglič y Jumbo.
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| La cabalgada frustrada de Hirschi |
Los Alpes vieron en cambio un repliegue de casi todos los equipos, al mismo tiempo que Ineos hacía aguas. Pogačar ganó en la Grand Colombier aprovechando su excelente punta de velocidad, después de lo cual parecía que ya no disponía de más recursos para intentar desbancar a un Roglič que era implacable en los últimos kilómetros. Solo López atacó en el Col de la Loze, en el que parecía que por fin Roglič había interpuesto una distancia con Pogačar que podría ser definitiva, 57''. En un ciclismo de segunditos, de carreras apretadas, esos cincuenta y siete segundos parecían un mundo. En la última etapa de montaña pareció que incluso al joven esloveno le costaba seguir el ritmo en el sterrato en el que pinchó Porte.
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| Más diferencia separa las dos orillas del Drava |
Entonces llegó la magia, los cuentos de Las Mil y Una Noches. Matxín empezó a tocar la flauta y de la cesta asomó poco a poco la cabeza de la Cobra una vez más. Nadie esperaba una crono así de Pogačar. Yo daba por sentado que Dumoulin, van Aert o el propio Roglič ganarían la crono y que Pogačar había acabado cansado las etapas de los Alpes. Hubiese sido lo lógico, tratándose de un corredor tan joven. ¿Pero cuántas veces el ciclismo ha estado reñido con la lógica? Esos momentos de irracionalidad, como en tantas otras ocasiones, son los que llevan al furor, la pasión o al delirio colectivo.
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| Hechizos de oriente |
Roglič estuvo un poco por debajo de su nivel, especialmente en la subida, en la que su recurso habitual al molinillo no parecía ser suficiente. Esa apariencia de pedaleo liviano, a la que tanto nos hemos acostumbrado desde la época de Froome, parecía completamente inane, un pedaleo en el vacío, sin fuerza. Asomaba el fantasma de Espelette, el de las últimas cronos mediocres. Su postura perfecta parecía no ir acompañada de unas piernas prodigiosas, aunque sus tiempos en el llano hubiesen sido bastante potables. De hecho, el resultado final fue aceptable: hizo quinto en la etapa, con el undécimo tiempo en la subida. Aun así, no fue una crono de alguien que quiere ganar un Tour.
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| Locuras de juventud |
Fue Pogačar el que se salió, el que rompió el marco y asomó con su cara de niño, ligeramente enrojecida y arrugada por el esfuerzo metahumano, en todos nuestros salones. Valga un simple dato: el tiempo de Dumoulin, segundo en la crono, ni siquiera le hubiera servido a Roglič para salvar los muebles. El pedaleo de Pogačar era todo fuerza, rítmico, potente. Con la cabeza, los brazos y los músculos dorsales acompañaba cada pedalada. Recordaba al Delgado de la crono de Villard de Lans de 1988, como me comentó alguien que había visto también al actual comentarista de chascarrillos en una de las reposiciones del confinamiento. Acometió el último repecho al sprint. Había salido a tope, había continuado a tope y había finalizado todavía más a tope si cabe, con el corazón asomando por la boca, con golpe de riñón incluido, sin dejarse nada guardado, con el potenciómetro en casa. Los tiempos de De la Cruz anunciaban la proeza para aquel que supiera leer entre líneas, al igual que los de Caruso apuntaban a una buena defensa del puesto por parte de Landa. Roglič por su parte entraba con el casco a lo Campeanaerts, descompuesto, intentando ordeñar a una bicicleta que no daba más leche. En meta se repitieron las imágenes de la alegría y el fracaso, remedo de aquellas de LeMond y Fignon, aunque con un final mucho menos ajustado. En resumen, un capovolgimento histórico, de los que marcan época, de los que se recuerdan pasado el tiempo y que luego aparecerán en los libros algo mitificados.
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| La historia se repite, quizá como farsa |
Después del encantamiento, toca volver a la realidad. Después de la borrachera, como decía @San_Pessoa, toca la reflexión. La proeza de Pogačar entra en los anales del ciclismo-ficción de los últimos años. Pero no tanto entre las obras más recientes del género, sino como una pieza más del ciclismo-ficción noventero, aquel de vuelcos imposibles y cambios de escenario, tan alejado del ciclismo-ficción del control absoluto, los cyborgs, los watts, los campeones de repuesto y los marginal gains al que nos tenía acostumbrado esa factoría de mentiras que ha tiranizado el pelotón durante casi diez años, a la que Jumbo ha pretendido imitar. No me cabe ninguna duda de que Pogačar es un talento natural, el mayor de su generación (un saludo a Evenepoel), pero lo de ayer tiene todo que ver y nada que ver con el talento natural. Ayer había talento natural salpimentado con la vieja escuela de siempre, aquella que consigue las proezas de "ganar un Tour en un día". Sobre todo conociendo a su mentor. Pero también hay algo de justicia poética en todo ello, de esas vueltas de tuerca de las que está plagada la historia, especialmente en sus golpes bajos, personajes turbios y puñaladas traperas: Matxín gana un Tour con su niño protegido dos años después de que se le quitase en los despachos una Vuelta ya archivada, que las autoridades regalaron como compesación al Imperio ocho años después. Not bad.
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| A star is born |
Pogačar se alza así como el ganador más joven del Tour desde Henri Cornet, en 1904 (un corredor que ganó de rebote por el primer escándalo mayúsculo en el Tour de Francia). Ha ganado la montaña y la clasificación de los jóvenes, además de tres etapas: números de Merckx, aunque sin locuras de Mourenx-Ville-Nouvelle ni minutadas de diferencia. Nadie va a amenazar su situación ni cuestionarla: en primer lugar, porque el Tour, sobre todo en este año tan complicado, tenía que llegar a buen puerto, como gran escaparate nacional; en segundo lugar, porque su lucha, aunque marcada por una sombra demasiado negra, es la del hombre solo contra los súper-equipos (que ya todo el mundo aborrece). Por tanto, es difícil no sentir empatía hacia un ciclista joven que empieza su dominio, en un nuevo ciclismo que parece plagado de jóvenes prodigios. Especialmente si se trata de un joven tranquilo, sin alardes, que se expresa corriendo en bicicleta, del que se han visto sus progresos paso a paso, desde que hiciese quinto en la vuelta a su país con 18 años, pasando luego a un cuarto puesto y un Tour del Porvenir, antes de su entrada en el profesionalismo pleno. Luego vino Algarve, California y carreras de verdad, como su portentosa Vuelta a España pasada. Mi apuesta personal era él, lo reconozco, y es un ciclista que me apasiona e ilusiona. Sin embargo, algo me dice que preferiría que no hubiera ganado.
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| Después del subidón, llega el bajón |















































































