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lunes, 27 de septiembre de 2021

À BOUT DU SOUFFLE

Hay jornadas de ciclismo en las que las tácticas son innecesarias y la victoria llega tras un proceso largo e insistente de decantación. Son días en los que la finezza queda aparcada, siendo suplantada por la fuerza bruta. O por los vatios, si queremos decirlo de una forma más moderna. Cuando hablamos de Coppi, Merckx o Hinault no hablamos de Sun Tzu o de Clausewitz precisamente. En la mayor parte de las ocasiones no necesitaban planes elaborados: cuando se encontraban con fuerza, la única táctica válida era “que me siga quien pueda”. Ayer Alaphilippe se imbuyó del espíritu de Domancy y se marcó un Sallanches 80 ante el que ni belgas ni italianos pudieron hacer nada. Todos los planes quedaron desarbolados tras cuatro ataques, consiguiendo una resolución exitosa por simple insistencia y por agotamiento de los rivales. De esa forma, Alaphilippe pudo recrearse en una última vuelta en la que tuvo más tiempo y más tranquilidad, aun a pesar de los abucheos de parte del público. 

Si en Bélgica no tienen ya suficiente con un rey, desde Francia les ponen otro Luis XIV.

 

Alaphilippe no partía como principal favorito. Desde su paternidad se había mantenido en un segundo plano, saltándose los Juegos y reapareciendo en Plouay, donde hincó la rodilla ante Cosnefroy. Van Aert y van der Poel acaparaban la atención, especialmente el primero. Venía de darse un paseo por la campiña inglesa y las desapacibles colinas escocesas, pero no es un fenómeno nuevo que el gran favorito acabe superado por la presión o por un rival más fuerte. Ya le sucedió a Vandenbroucke, favoritísimo en 1999, o a Mathieu van der Poel en el aguacero de Harrogate, veinte años después. En Lovaina los belgas jugaron para ganar, pero simplemente hubo alguien más fuerte: no es necesario acudir a justificaciones supersticiosas. ¿Van Aert no salió a por Alaphilippe? Simplemente no pudo. ¿Se excedió Evenepoel en su nuevo rol de gregario, para contentar a Merckx después de sus declaraciones? Quizá puso un exceso de celo en su trabajo, tirando sin mesura cuando ya no era necesario, debilitando a sus compañeros de equipo. Pero en realidad no le quedaba otra que controlar para evitar ataques. Por otro lado, podría decirse que Benoot y Teuns no tuvieron oportunidad de aportar nada, al jugarse todo de lejos debido al empeño de su joven compañero. Es lo que tiene Evenepoel: para él las carreras son simplemente un “que me siga quien pueda”. 

 

El momento en que dijo basta.

 

El recorrido se presentaba tan complicado de superar como de interpretar. La organización había rizado el rizo para crear un recorrido que pasara por Amberes, Malinas, Lovaina y Overijse, pudiéndose detener en múltiples lugares de interés, desde la imponente torre campanario de la catedral de Malinas al museo africano de Tervuren (¿el imperialista Tintin tendrá una sala?). Esta vez no se habían contentado simplemente con una aproximación inicial, como llevan haciendo de forma intermitente desde 2010. Se había llegado al extremo de encajar dos circuitos, el urbano de Lovaina, más suave, y el duro y largo en torno a Overijse, con reminiscencias a la Flecha Brabanzona. En las carreras previas daba la impresión de tratarse de un circuito asequible. Yo me aventuré incluso a apuntar el nombre de Ewan, como había hecho Freire. Pero a la hora de la verdad, el empeño de los ciclistas, en especial de uno (o de dos, si contamos a Evenepoel), hizo estallar todo por los aires.

  

Las bellezas del lugar (lo digo en serio)

En los kilómetros iniciales se formó la habitual fuga exótica, formada por corredores de selecciones que buscan lucimiento y minutos de televisión: Hernández de Colombia, Burbano de Ecuador, Kochetkov de Rusia, Gamper de Austria, Townsend de Irlanda, Magnusson de Suecia, Nisu de Estonia y Sainbayar de Mongolia. Alcanzaron una diferencia máxima que rondó los seis minutos, algo menos de lo habitual en estos casos. El ecuatoriano, representante de una selección en la que extrañamente no figuraban ni Carapaz ni Narváez, fue el primero en descolgarse en el primer paso por la Moskesstraat. Rápidamente fue alcanzado y rebasado por el pelotón. De todos los integrantes de esta fuga condenada al fracaso, Nisu y Sainbayar dejaron una muy buena impresión. 

 

De la tierra de Gengis Kan al estrellato.

 

Por detrás, este primer paso por la Moskesstraat fue el momento en el que las selecciones decidieron mover piezas. Cosnefroy lanzó un duro ataque, secundado por Evenepoel y Cort Nielsen. Se formó de esta forma un trío muy peligroso cuando faltaban 178 kilómetros a meta. Por detrás se les unieron 12 ciclistas más: Démare, Declerq, Tratnik, Roglic, Ben Swift, Eenkhoorn, Asgreen, Erviti, Haas, Bissegger, Hoelgaard y McNulty. No se había colado ningún italiano, de forma que desde el pelotón tuvieron que desgastar a Ballerini y Trentin para dar caza a este grupo intermedio. Los italianos comenzaban así un mundial en el que corrieron en todo momento a contrapié. Pudieron solventar el problema al llegar de nuevo al circuito de Lovaina.

Una vez alcanzados los grupos intermedios y la fuga matutina, Bélgica lideró el pelotón en unas vueltas infernales en el circuito de Lovaina. Tim Declerq y Lampaert fueron calentando el ambiente, tomando cada curva a cuchillo, haciendo que del pelotón poco a poco se desgranasen corredores, entre ellos Ewan. Ya de nuevo en el circuito de Overijse, un nuevo grupo peligroso se formó. Once corredores, algunos ya reincidentes, se avanzaban al pelotón: Valentin Madouas, Evenepoel, Tratnik, Bagioli, van Baarle, Würtz Schmidt, García Cortina, Stannard, Politt, Tiller y Powless. Por fin la selección de Momparler lucía su nuevo maillot en cabeza, aunque por poco tiempo. Faltaban 90 kilómetros para la meta y ya empezaban a sonar algunos de los nombres más fuertes de la jornada. Cada una de las selecciones había colado a un corredor, de forma que podía marchar hacia adelante sin problemas. Evenepoel comandaba los relevos y abroncaba, con una indignación digna de Greta Thunberg, a sus compañeros de fuga. El grupo se diezmó al paso por el Mokestraat, reduciéndose a cinco corredores: Valentin Madouas, Remco Evenepoel, Neilson Powless, Andrea Bagioli y Dylan van Baarle. ¿Quién podía poner fin a esta tentativa?

En el quinteto delantero, Bagioli era a priori el más rápido, de modo que Italia se mantuvo expectante en el pelotón. Por su parte, Bélgica contaba con Remco, poco ducho en el sprint, pero que fácilmente podría meter un tren infernal que descolgase a sus rivales. Al menos podría intentarlo. Francia contaba con Madouas, que claramente no era la carta elegida por Voeckler. Los británicos lideraban la caza poniendo sobre la mesa lo poco que les quedaba. De esta forma, después de algunos titubeos, Bélgica y Francia se pusieron a tirar para acercarse a esa fuga, que sería el germen de la selección final.

El empeño de Bélgica acercó notablemente al grupo de favoritos a Evenepoel y demás, pero fue la aceleración sostenida de Alaphilippe en Bekestraat, última cota adoquinada, la que propició finalmente la selección. A la rueda del francés se soldaron van Aert y Stuyven, llegando más tarde Stybar, Mohoric, Sénechal y Colbrelli, y por último Pidcock, Nizzolo y van der Poel. Este último se había dejado ver solamente a la cola del grupo, cazando in extremis debido principalmente a su habitual mala colocación. Por detrás quedó un grupo todavía numeroso con Sagan y Pogacar, que se quedaron a poco de conectar. De hecho, fue de nuevo el ritmo de Evenepoel en el Veeweidestraat el que lo impidió. Al esloveno se le vio algún momento esporádico en cabeza, pero su nueva faceta humana le impidió destacar. Solo entró después de un esfuerzo individual el renacido Valgren Hundahl. De esta forma, se había conformado ya a falta de cincuenta kilómetros la selección de corredores que se iban a disputar la victoria. 

Primer ataque: Bekestraat. Van Aert responde.

 
Para Alaphilippe no era selección suficiente todavía. En el Smeysberg, a la salida del circuito flandrien, lanzó su segundo ataque, solo respondido esta vez por Colbrelli. Los belgas se pusieron manos a la obra para reducir el hueco, aunque quizá hubiese sido más productivo dejar que se desfogaran Alaphilippe y Colbrelli por delante. A partir de ese momento, Evenepoel tomó la cabeza y se dedicó a acallar bocas de una manera quizá excesiva. Solo Bagioli se atrevió en algún momento a pasar al relevo. El ritmo de Evenepoel durante las primeras vueltas en el último bucle de Lovaina parecía asfixiar incluso a sus compañeros de equipo; no está acostumbrado a tirar y cuando lo hace, repitiendo viejos vicios, lo hace sin medida. Italia, Francia y Bélgica estaban en empate técnico, con tres corredores cada una (Bagioli, Colbrelli y Nizzolo, Madouas, Sénechal y Alaphilippe, van Aert, Stuyven y Evenepoel) y por detrás no había ningún elemento inquietante. Tan solo Politt intentó la caza, pero por detrás Cosnefroy y Campenaerts se encargaron de serenarlo.
 
Segundo ataque: Smeysberg. Colbrelli responde.

 

Una vez Evenepoel se retiró de la cabeza completamente fundido, la carrera comenzó a descontrolarse. Hasta el momento, la joven promesa belga había mantenido a todos a raya, pero Bagioli no pudo igualar su tarea. La penúltima vuelta de Alaphilippe fue un festival de ataques: primero en Wijnpers, con lanzamiento de Madouas y lenta reacción de sus rivales (van Aert y van der Poel ya fueron incapaces de alcanzar la cabeza del grupo en lo que quedó de carrera), más tarde en el llano, secundado por Powless, y finalmente en la breve rampa de St.Antoniusberg, a falta de 17 kilómetros. Se vio al instante: ese era El Ataque. La aceleración de Alaphilippe en la cuesta más corta ya no obtuvo ningún tipo de respuesta: los italianos estaban desfondados, van Aert y van der Poel completamente muertos, camuflando su agotamiento en una supuesta vigilancia mutua. Solo Powless, van Baarle y Stuyven parecían con fuerzas para liderar algo parecido a una persecución. Un instante más tarde se les unió Valgren Hundahl, después de comprobar que la pasividad de sus acompañantes no le llevaría a cabeza.  


Tercer ataque: Wijnpers. La respuesta tarda un poco más.

Cuarto y definitivo ataque: St.Antoniusberg. Sin respuesta.

 

Durante la última vuelta, el cuarteto trasero lo tuvo a tiro de piedra, pero en las cuestas Alaphilippe se destacaba. No había nada que hacer: Alaphilippe tenía la victoria en el bolsillo. La fatiga le impidió darse tanto al teatro final como sí hizo en Imola, aunque Voeckler bien habría vendido su alma al diablo por haber podido exhibir su galería de muecas en ocasiones tan importantes como las de su pupilo. Una nueva victoria para Alaphilippe, para el nuevo rey de la nación en la era Macron, resucitando el espíritu del recientemente fallecido Belmondo, muchas veces ridículo pero en contadas ocasiones excelso (y popular). Por detrás, van Baarle, Valgren Hundahl, Powless y Stuyven se disputaron los puestos del cajón en un sprint con la reserva: van Baarle se llevó el segundo puesto y Valgren Hundahl dejó alto el pabellón danés.

En fin, necesito un tiempo de reflexión para valorar este mundial en su justa medida.  Fue una carrera muy entretenida, favorecida por un circuito que invitaba al ataque lejano. El circuito de Lovaina, ratonero y lleno de curvas en ángulo recto, parecía no disponer de la suficiente dureza como para romper a un pelotón, pero el circuito flandrien sí que permitió ver grandes momentos de ciclismo. La ambición de determinados corredores impidió ver una carrera más monótona y la distancia, como siempre sucede, puso el resto. Podrá hablarse de épica, de las batallas que ofrece casi a diario el ciclismo moderno, de las masas agolpadas en la ruta creando ese ambiente único de la patria del ciclismo, pero más allá de sentimentalismos asociados a la región en la que se desarrolló la prueba, el mundial ha tenido una resolución anticlimática debido al excesivo dominio de un solo corredor. Más que cebarse con los "fallos" de los rivales, simplemente cabe reconocer que ha habido un justo y casi único protagonista. 

lunes, 28 de septiembre de 2020

MADURAR DE GOLPE

Una mañana, mientras desayunas, te das cuenta de que tus hijos se han hecho mayores, les ha cambiado la voz, les han salido granos o se han vuelto taciturnos y esquivos de pronto. Tú por tu cuenta te has hecho más viejo. Todo llega. Los hombres y mujeres que un día fueron tus alumnos encuentran trabajos o te saludan en la calle, empujando un carrito de bebé, cuando tú ya no sabes ni en qué sitio les diste clase. Incluso los quinquis dejan aparcadas las motos bien lejos de las salas de recreativos y se visten de traje para buscar un trabajo, para impresionar a sus futuros suegros o simplemente para dejar una vida de pastillas, alcohol y gasolina atrás. Es lo que se suele llamar crecer, madurar. Sin lugar a dudas, Alaphilippe vestido de arcoíris ha madurado. 

Alaphilippe de arcoíris: un quinqui vestido de traje.

 

Hasta el momento Alaphilippe se había convertido en el nuevo capricho del ciclismo francés y él se dejaba querer. La Sanremo parecía ser una victoria menor en comparación con sus días de jolgorio vestido de amarillo. Le habían puesto incluso mote de juguete, de yoyó, de niño del vecino invitado a jugar al jardín de casa: Juju. Y Alaphilippe se dejaba querer, consciente siempre de la cámara que le estaba enfocando como un buen periodista de telediario. Ante las cámaras, Alaphilippe no se guarda nada. Es consciente de la faceta de espectáculo que tiene el ciclismo y es entonces cuando da rienda suelta a ese pequeño histrión que se viste de conejo de Pascua o llora con la victoria: culebreos, carantoñas, expresiones para poner nervioso al rival o para exteriorizar una innata y casi infantil ansia de competición. En la dicotomía entre escoger el corazón del público francés o la victoria, Alaphilippe parecía haber hecho su apuesta. Más Poulidor y menos Anquetil, parecía ser la respuesta. Hasta ayer, día en el que prefirió tirar por el camino de en medio: simplemente más Hinault. 

Hay que saber elegir


 

Vayamos pues a la competición. El mundial de Imola tuvo un desarrollo bastante anónimo durante sus primeras vueltas. La consabida escapada de corredores exóticos se formó, de la que quedaron en cabeza el alemán Jonas Koch y el noruego Torstein Træen. También Arashiro, top-ten mundialista en 2010, que quedó en tierra de nadie sin rendirse (como buen japonés). Por detrás comandaban con tranquilidad el pelotón daneses, polacos y eslovenos, con una marcheta con la que fueron comiéndose kilómetros, vueltas y subidas. Como viene siendo habitual, se dejó que esta fuga fuese cogiendo minutos hasta que cayera de propio madura, sin excesivos esfuerzos ni desvelos para el pelotón. De esa manera se evitaban las fastidiosas fugas tácticas de ecuador de carrera, protagonizadas por tipos de clase media, como la que el año pasado dio la campanada contra todo pronóstico. 

El habitual diente de sierra mundialístico



El primer movimiento serio lo protagonizaron los franceses, con Nans Peters y Quentin Pacher acelerando la marcha a falta de 70 km y poniendo en aprietos a varios ciclistas, entre ellos Marc Soler. Alaphilippe había pasado desapercibido, casi de incógnito durante la última semana de Tour, pero los franceses parecían tener confianza ciega en su forma. 

Poco antes de entrar en el antepenúltimo paso por meta, un brazo se ve levantado al final del grupo. Un brazo de manga verde: un esloveno. Se trata de Pogačar. ¿Ha pinchado? No lo parece, su bici aparenta estar en buenas condiciones, pero aún así va a cambiar de montura. Ya lo hizo varias veces en el Tour. El cambio se produce de hecho en el lugar más propicio, justo antes del paso por boxes y aprovechando la cercanía del coche esloveno (el segundo en la fila). Seguramente se trate de alguna tontería de marginal gains, pero incita a la conspiranoia. Principalmente porque poco después de cazar, el esloveno de las piernas de oro y los mechones salientes iba a atacar. 

Así fue. En la penúltima subida a Gallisterna los eslovenos con Luca Mezgec toman momentáneamente el control y Pogačar lanza su ataque. Los belgas parecen no alterarse y nadie en el grupo sigue su ejemplo. El campeón del Tour se queda delante, con la soledad del número uno a cuestas. Nadie quiere acompañar al niño más fiero del colegio para que acabe robándote el almuerzo, en una escabechina con toda la pinta de la que se vio en la Planche de les Belles Filles. Cualquier otro lo hubiese dejado pasar, pero el esloveno siguió hacia adelante, en un sacrificio suicida que solo puede entenderse como un arreglo previo con su rival-amigo Roglič, que luego no dio buen resultado. ¿Endurecer la carrera para preparar un ataque en la última vuelta por parte de Roglič? ¿"Para ti la última vuelta, para mí la penúltima"? No hay mucha explicación: lo que está claro es que salió mal. 

Sacrificar la reina


 

De todas formas esa extraña jugada de sacrificio de reina que protagonizaron los eslovenos permitió ver de nuevo una versión humanizada del rodar de la Planche de les Belles Filles. Pogačar incluso sonreía, satisfecho de su fechoría, mientras los belgas por detrás, con Benoot, Wellens y Vliegen mantenían las cosas bajo control. La panzada de esfuerzo fue mayor justo en el trazo pianeggiante del circuito, en el que llegó a alcanzar unos 25'' de ventaja, si nos podemos fiar del gps italiano. Pero al llegar a la última subida a Mazzolano, esa diferencia se esfumó, siendo cazado por un Dumoulin que se había pasado gran parte del recorrido a cola. Guillaume Martin cerró pronto el hueco para el grupo de una treintena de elegidos que se mantenían con opciones. 

Comenzó así el momento del nerviosismo. Primero Caruso y Carapaz se movieron, más tarde, a iniciativa de Mikel Landa, se formó un peligroso cuarteto con el alavés, Nibali, Urán y el coco, Wout van Aert. La presencia del belga incitó a parar. Nadie quiere llevar a cuestas al que te va a pegar el navajazo una vez pasada la esquina. Jan Polanc y Guillaume Martin también se movieron para sus respectivos líderes en el tramo que separaba Mazzolano de Gallisterna, antes del reagrupamiento previo al momento decisivo. Así lo iba a ser: la dureza del propio mundial dejó delante a siete ciclistas en la última subida, Alaphilippe, Fuglsang, Kwiatkowski, Hirschi, Roglič, van Aert y Nibali, grupo del cual el capitán de la nazionale se quedó pronto.

En una subida tan explosiva no hay tiempo para contemporizar. Alaphilippe lanza a falta de 17 kilómetros su estacazo, como algunos habían previsto. Un ataque como el de la pasada Milán - Sanremo, igual de explosivo, aunque en una rampa más exigente y en una subida más corta. Por detrás Kwiatowski es incapaz de seguirle y Wout van Aert, el tercero en la fila, evidencia con una inclinación de cabeza su derrota antes de tiempo. No ha tenido las piernas para seguir en este caso el ataque lanzado en el momento justo, como sí pudo hacer en el Poggio. ¿Un exceso de objetivos recientes, entre los que se contaban ganar etapas, labores de gregario y un mundial contra el crono? ¿Un fallo de anticipación, por no haberse adelantato al ataque previsto por Alaphilippe? ¿O simplemente lo que nos pasó a muchos, una minusvaloración del auténtico estado de forma del francés, vistos sus ataques voecklerianos de última semana de Tour? Lo cierto es que en esa inclinación de cabeza estaba contenida la aceptación de la derrota, el reconocimiento al más fuerte y en definitiva, la resolución de la carrera. 

También Alaphilippe es un maestro del "kairós" o momento oportuno

 

Fuglsang intenta salir a su rueda, pero no puede: Alaphilippe va desbocado. Por una vez no mira atrás y los gestos con los codos y la mandíbula no parecen hechos para las cámaras, sino simplemente para ganar. Una vez se ha quedado solo delante no tiene nadie a quien "vacilar" ni con quien jugar, tiene que lanzarse a por todas. Así lo hizo. Por detrás se vio lo que ya todo el mundo presuponía: miradas, especulaciones, relevos dados a medio gas y suspicacia por llevar al gigantón belga a rueda. Los relevos de van Aert eran claramente los más decididos, pero eran arreones seguidos de súbitos parones. Hirschi y Roglič fueron los que más zorrearon a cola, mientras que Fuglsang daba relevos dignos de la Amstel Gold Race 2019. Precisamente a van Aert le faltó la inconsciencia de van der Poel en esa carrera para ponerse a tirar como caballo desbocado. 

En un terreno de crestas al filo del precipicio, de colinas peladas con cárcavas marcadas dignas de pintura de Giotto o Masaccio, Alaphilippe fue manteniendo la distancia, pidiendo con nerviosismo referencias a los motoristas. Parecía haber envejecido veinte años. Por detrás todo era descoordinación y recelos. Al entrar al circuito lo tenía hecho. Alaphilippe recibió el ánimo de los motoristas de la tele, unos fans más, abducidos por el jujuísmo desde el julio pasado. Alaphilippe por fin se proclamaba campeón del mundo.

En este caso se permite exagerar

 

Por detrás, en la disputa de las medallas, no hubo color: van Aert los sacó de rueda a todos y Hirschi hizo valer su calidad y su ahorro de fuerzas para batir a Kwiatkowski por la mínima. Fuglsang entró quinto y  Roglič cerró el grupo, demostrando que la táctica eslovena, primando la "amistad" al pragmatismo, había sido por completo errónea. Maquiavelo les debería dar una colleja. 

van Aert, papá Alaphilippe y "Otto von" Hirschi, artesano del calzado de la Berna de 1490.


Así nace un nuevo Alaphilippe, uno que recupera su senda de grandes triunfos que iniciara en la Milán - Sanremo del año pasado. A pocos ciclistas les va a sentar tan bien esa prenda con el paso de los años, un maillot que casa muy bien con los sótanos bien repletos de trofeos. Quizá veamos un Alaphilippe más relajado, más comedido, menos pendiente de las cámaras al haber conseguido la consagración absoluta. O quizá justo lo contrario: un Alaphilippe pendiente de "pasear el maillot" o de cambiarlo en julio por el amarillo. Las lágrimas y la emoción en meta eran las propias de alguien que de golpe ha madurado. O al menos eso espero. 

Pues eso, grow up.

 

lunes, 22 de julio de 2019

LA McDONALIZACIÓN DEL TOURMALET Y OTRAS IMÁGENES DE LA SEGUNDA SEMANA DE TOUR

Al igual que sucede en la sociedad en general, en el Tour prima también la inmediatez de la imagen. El tiempo en el que el Tour era una historia a narrar, e incluso en algún caso a inventar, pasó ya. Lo más destacado a día de hoy son las imágenes que la carrera deja, las de rápido consumo. Bien lo advirtió Emmanuel Macron al rodearse para la foto de los dos aspirantes franceses al triunfo final, consciente de que una imagen así puede reflotar una carrera política en declive. También lo debió saber Nairo Quintana al rehusar la mirada y el relevo a Mikel Landa delante de las cámaras, en un acto en el que se conjugaron el declive físico con el orgullo herido, justo un día después de un ridículo descomunal de su equipo. Ya lo sabían de antemano también los organizadores de la carrera, al haber diseñado una etapa en el Tourmalet pensando más en las tomas aéreas que en la propia carrera.

Macron y dos glorias nacionales


Pero a pesar de los bellos paisajes y de los rostros populares, el espectador de ciclismo no quiere ver un documental de la 2 o un reportaje de prensa rosa. Le interesan, como siempre, la batalla, los ataques, los desfallecimientos, las estrategias bien planificadas y aquellas otras que salen mal, las victorias sudadas, en resumen, todo aquello que comporta una competición. Una competición que brilló por su ausencia en la primera etapa pirenaica, en la que, a pesar de Peyresourde y Horquete d'Ancizan, se sabía que acabaría con una fuga consentida y poca batalla atrás. Una etapa que se llevó Simon Yates en su nueva faceta de cazaetapas, por delante de Pello Bilbao y Gregor Mühlberger. De nuevo volvió a escasear la competitividad en la etapa del Tourmalet, una etapa de kilometraje reducido en la que triunfó esa repetida sensación de igualdad inducida, que produce tanta rabia en el espectador. Una sensación de ir todos retenidos, o bien por miedo, o bien por ir todos a un límite que es difícil de sobrepasar.

Espacios bellos pero vacíos. En el caso del Tour, no de gente sino de acontecimiento (Foto de Josef Koudelka, 1968)


Todo ello ha permitido que Julian Alaphilippe siga de líder sólido. A pesar de haber sufrido como un perro en la última subida a Prat d'Albis, sigue siendo líder con una renta holgada para los tiempos que corren. No cuenta con equipo, después del descalabro monumental de Enric Mas, pero si supera la etapa del encadenado alpino de Vars, Izoard y Galibier, tendrá medio Tour hecho. Con él van la ambición, la "motivación" y también la fuerza de otra imagen: la del líder entrando en la meta de Pau tras una contrarreloj victoriosa.  En una situación en la que otros echan por la boca hasta los higadillos y se pasan media hora recuperando el aliento, él entró haciendo derrapes y cucamonas, como un buen mico amaestrado. Ni asomo de desgaste en una crono de solo 27 kilómetros, en la que fue el mejor y que recordó, entre las bocas desencajadas por la sorpresa, a aquellas cronos protagonizadas por ciclistas a los que el maillot daba alas, ya fuesen Marco Pantani o Roberto Heras. La potencia de esa imagen de un Alaphilippe exultante continuó en el Tourmalet, etapa en la que pareció incluso que cedía la victoria a Thibaut Pinot. Se desvaneció ligeramente bajo la lluvia en Prat d'Albis, después de una etapa de montaña auténtica con Lers, Mur de Peguere y la subida final, en la que por fin se vieron ataques lejanos y en la que el líder se quedó solo bien pronto, pero en la que se defendió bien, sin cebarse.  

Entra derrapando.


El corredor que más reforzado sale de estos Pirineos es sin duda Thibaut Pinot. Veremos si no debe lamentar en demasía su despiste camino de Albi. Si bien en el Tourmalet Pinot hizo un ataque pancartero, ayer en Prat d'Albis lanzó un ataque con toda la artillería, precedido del trabajo esforzado de David Gaudu. El menudo corredor francés, pasado ganador del Tour de l'Avenir, está dejando muestras a lo largo de todo el año de ser un escalador excepcional, de sangre caliente, algo nervioso pero muy eficaz. Su capacidad de sacrificio y entrega por Pinot es tal que el año pasado incluso derribó involuntariamente a Miguel Ángel López en la Milán-Turín, facilitando la victoria de su líder. En la subida al Tourmalet incluso hubo momentos en los que parecía que se marchaba por delante cuando los líderes empezaban con el juego de las miradas, y en la etapa de ayer supo aguantar a unos metros del grupo de favoritos en el Mur de Peguere, para entrar en el descenso y vaciarse a continuación por su líder.


Foto de Jered Gruber


Tanto Alaphilippe como Pinot están aprovechando las fisuras de Ineos, que como se vio en el pasado Giro, ya no es un equipo dominador. Ayer por fin camino de la subida de Foix se vio todo lo que puede ganar una carrera cuando no hay un equipo que monte un trenecito de montaña. Sin embargo, cabe esperar que Poels, Kwiatkowski y Castroviejo carburen en los Alpes, resucitados con electroshocks y algún relámpago de tormenta a lo Doctor Frankenstein. Pero hay algo que hace pensar que ya no son lo que eran y que el tortazo de Froome se ha llevado más cosas que la posibilidad de un quinto triunfo en el Tour. Thomas se está defendiendo bien, sin ser el "rematador" que sprintaba en Alpe d'Huez el año pasado. Bernal, por su parte, pudo contar ayer con algo de libertad de movimientos, pero a la hora de la verdad no pudo seguir el ritmo de Pinot, con sus repetidos cambios de ritmo, acompañados de sus ya característicos gestos de pez boqueando fuera del agua. Quizá en Prat d'Albis se puso a prueba a Bernal, a ver si aguantaba el ritmo de Pinot. Pero no pudo, con lo cual la apuesta a partir de ahora será presumiblemente por el galés.

Podría decirse que el cuarto contendiente es Kruijswijk, más bien por el comportamiento reluciente del Jumbo-Visma a lo largo de este Tour que por la propia capacidad de ataque de la Percha. Por primera vez Kruijswijk está contando con equipo y no una banda a su disposición, con Bennett y De Plus haciendo labor de gregarios hasta muy lejos, pero será difícil que Kruijswijk se quite de encima la mala suerte de corredor reservón que le acompaña desde l'Agnello. Aunque, sin ir más lejos, el año pasado fue de los pocos que atacó, como segunda espada de Roglič. Tampoco hay que perder ojo a Emmanuel Buchmann, aunque a lo máximo que podría aspirar es a un puesto de podio, algo ya muy destacado.

Finalmente tocaría hablar de Movistar. No quiero extenderme mucho en este apartado, pues supondría asumir que es el equipo que me representa "como español", cosa que nunca he considerado así. Realmente siempre me ha dado bastante igual lo que haga o deje de hacer el equipo de los frailes, aunque mentiría si no dijese que nada de esto me ha sorprendido. Era lo que se podía esperar. Valverde jugando al puestómetro, en vez de ir a por etapas; Landa atacando pensando en sus fans, sin conseguir los objetivos deseados; y Quintana muy lejos de aquel escalador del periodo 2013-2016, repitiendo todos los esquemas que sus detractores le atribuyen: escaqueo en los relevos y algo de resentimiento. Al menos Landa lo intentó con más ahínco que fuerza en el Mur de Peguere, sin poder dar alcance a Simon Yates, pero manteniendo el tipo ante Pinot. En cuanto a los que conducen, poco que decir. Afortunadamente estuvieron lejos de los mandos en el pasado Giro, para beneficio de Carapaz, al que a punto estuvieron de hacer fracasar al desembarcar en Italia el último fin de semana para hacerse la foto de Milán. En resumen, se trata de un equipo sin alma que deja vendidos cada dos por tres a sus gregarios. 

Por tanto, queda una semana de Tour abierto, que no lo será tanto si no hay de ataques de verdad. Si alguien pretende desbancar a Alaphilippe, tendrá que repetir el esquema de la etapa de Prat d'Albis, y no el de la farsa del Tourmalet. Una cosa está clara, no ganará aquel que esté excesivamente pendiente de las imágenes que el Tour deja, de las declaraciones y del barullo que el Tour genera y que los periodistas se prestan a procesar y vender con rapidez como si se tratase de comida basura.


Los medios de propaganda (caricatura de Goebbels, obra del colectivo Kukryniksy)

lunes, 15 de julio de 2019

BUEN COMIENZO

Francia es la tierra del amor, o al menos eso dicen. En los amores románticos y adolescentes, que tantas veces se reducen a un verano, hay momentos de hechizo y otros de decepción. Lo mismo sucede en el Tour. Con infalible poder de seducción, el Tour nos ofrece antes de su comienzo todo un despliegue de materiales, equipaciones nuevas y expectativas con el que dejarnos boquiabiertos, para defraudarnos a las primeras de cambio con una pactofuga entre trigales segados (tocotocotó del helicóptero), ante un pelotón que tira entre bostezos. Sin embargo, este Tour no nos está ofreciendo esa consabida sopa de encanto y desencanto, sino más bien un amor cínico e intelectualizado a la manera de las películas de Rohmer. O eso parece.

Un 14 de julio.
Este Tour está recordando en su comienzo a aquella edición de 2014, en la que todo se decidió en la primera semana. Ha habido grandes destellos de calidad, rodeados lamentablemente de otros marcados por la ausencia de competitividad. Entre los buenos momentos están el ataque irrefrenable de Alaphilippe camino de Epernay, la fuga milenaria de De Gendt en Saint-Etienne o la bagarre contra el viento montada en la etapa de Albi. Entre los momentos bajos, el tira y afloja ficticio entre el pelotón comandado por Deceuninck y la fuga de Offredo y Rossetto, o la consabida cuesta de cabras de la Planche des Belles Filles. Esta primera semana ha tenido dos grandes equipos dominadores: uno esperado, la Manada de Deceunick - Quick Step, recuperándose de un Giro mediocre con dos victorias de etapa; otro menos esperado, el Jumbo-Visma, que parece haber recuperado las viejas recetas del Ti-Raleigh / Panasonic, pasando de equipo pupas a equipo avasallador.

Parecen otros


De hecho, el primer fin de semana fue negro y amarillo. Y no solo por los retratos monumentales de Eddy Merckx que conmemoraban su triunfo en 1969 y la instauración del merckxismo, periodo de la historia del deporte que, como señalaban en Le Monde, tiene nombre de dictadura militar o movimiento artístico. Fue negro y amarillo por la omnipresencia de los Jumbo-Visma. La etapa inaugural se la llevó un sorprendente Mike Teunissen, aprovechando la caída de su líder Groenewegen. Ambos habían arrasado en Dunkerque como dos muchachotes de último curso que se pasan el balón delante de niños de primaria. Teunissen batió nada menos que a Sagan. Al día siguiente, Jumbo - Visma volvió a imponer su ley, liquidando el mejor tiempo de la maquinaria Ineos. De Plus, van Aert, Tony Martin, el propio Kruijswijk, todos rodaron a la perfección. Este primer fin de semana acabó con Fuglsang magullado y los Movistar haciendo el ridículo en la crono por equipos, debido a contar con casi tantos líderes como gregarios en su formación.

El rey de Bélgica


En Epernay, en una etapa accidentada por colinas de viñedos de la Champagne, Alaphilippe montó su numerito, menos circense que otras veces. Se aventuró a un ataque lejano, saliendo disparado del grueso del pelotón como un hombre bala. Ni Valverde ni otros puncheurs estuvieron a su altura: ninguno asomó el morro por la parte delantera del pelotón. Alaphilippe dio alcance al siempre voluntarioso Tim Wellens, lo superó aprovechando un fallo mecánico, y se lanzó a la victoria en uno de esos descensos suicidas que a veces nos regala, demostrando que más allá de sus cucamonas de Marcel Marceau y sus cimbreos de macarra poligonero en moto de trial, es un gran corredor. Para orgasmo galo, además obtuvo el amarillo.

Más panache y menos pachacho


Los días siguientes fueron de sprint. En Nancy, Deceunick-Quick Step pudo expresarse como la máquina de picar carne de los sprints, dejando en bandeja el triunfo a Viviani. En Colmar, en una etapa más accidentada, fue Peter Sagan el que pudo conseguir su etapa, en un año bastante aciago, aprovechando que es el mejor sprinter que pasa la media montaña. Se llegó así a la primera gran cita esperada, la etapa de los Vosgos con final en la Planche des Belles Filles. Un final habitual de la época Brailsford, del que se está abusando un tanto, al que este año se le incluyó un último kilómetro final, con todos los despropósitos del ciclismo moderno: sterrato y un 24% de pendiente.

La etapa fue, como era preveer, más soporifera que el Sleep de Andy Warhol. Ya se sabe, esas "guindas en el pastel" que son las cuestas de cabras solo sirven para que todo el mundo piense más en la autoconservación que en el ataque. Es ley de vida. Se formó por delante una fuga de quilates, que no solo se iba a jugar la victoria, sino también el amarillo. Los últimos supervivientes de la misma fueron Xandro Meurisse, Tim Wellens, Dylan Teuns y Giulio Ciccone. Los dos primeros cedieron con honor y fueron Teuns y Ciccone los que se jugaron la victoria. En la rampa imposible del último kilómetro, el ex-ganador del Tour de Polonia acabó imponiéndose al nervioso escalador de los Abruzos, que se llevó aún así el liderato. Por detrás, mientras los bidones caían rodando ladera abajo, Julian Alaphilippe lanzó un ataque a la desesperada para no perder el amarillo, que destapó en esos últimos metros algunas debilidades, que se constataron en diferencias insignificantes. Geraint Thomas disipó cualquier duda sobre su estado de forma, subiendo a molinillo y sin levantar el culo del sillín esa rampa imposible y Thibaut Pinot también mostró mucho empuje. Como reverso de la moneda, Vicenzo Nibali se hundió. Aún así, las cuestas de cabras, como viene siendo habitual, no deciden nada.

Una imagen de Semana Santa


Después del diente de sierra anterior, el pelotón se tomó un día de descanso entre Belfort y Chalons-sur-Saône. Por delante marchaban Yoan Offredo, hombre de paja habitual, y Stephane Rossetto, corredor que deberá ser siempre recordado por la fuga de la Lieja 2017. Por detrás, Deceuninck - Quick Step, con Asgreen como machaca, marcaba un falso paso de caza. La farsa fue escandalosa, pues los mantuvieron a una diferencia menor a los dos minutos a lo largo de los últimos 40 km y no precisamente por el empeño de los dos fugados. La farsa llegó hasta el punto de que el pelotón entero paró casi en seco cuando Quintana se quedó cortado: era de antemano esa una etapa de no agresión. Afortunadamente, el dios del ciclismo hizo su magia y la victoria fue para Dylan Groenewegen en un sprint imperial, que desmontó todo el andamiaje de Quick Step, esa banda que tiene en Asgreen y Richeze  a sus Clemenza y Luca Brasi, en Viviani a su Johny Fontane y en el viejo Lefevere al maldito Corleone.

Lefevere comenta a Viviani el frío que va a pasar cuando se marche a Cofidis


En la jornada siguiente volvió el ciclismo con mayúsculas de la mano de Thomas De Gendt, en un escenario siempre propicio, las estribaciones del Macizo Cental y Saint-Etienne. De Gendt se marchó de salida junto a Terpstra y Ben King, a los que más tarde su unió De Marchi. King y Terpstra fueron los primeros en caer, quedando delante un dúo de viejos guerreros. Por detrás, el pelotón se había olvidado de las fugas consentidas, marcando Astana un paso complicado. En la última cota, De Gendt distanció a De Marchi, después de haber hecho un tanto el zorro reservándose en los relevos. Sin embargo, su ataque fue marca de la casa: ni un aspaviento lo avisó, tan solo un ligero incremento en el ritmo infernal que obligó a De Marchi a abrirse de patas. En uno de los tantos revirados descensos, Ineos se iba al suelo casi al completo, con Thomas como dummie habitual. El galés cayó sobre la bici de su compañero Moscon, partiéndola en dos. Sin embargo, sus compañeros estuvieron rápidos, mostrando que todos van a una: casi lo suben ellos a la bici y le dieron el empujón. Thomas dio alcance en solitario al grupo, habiendo quemado a su último compañero, Wout Poels. Ya en la última cota, Alaphilippe y Pinot se lanzaron a la aventura. El público francés estaba empezando a redescubrir el Tour, como si se estuviera en los tiempos de la posguerra, con Robic y Bobet en todas las batallas. Se asistió a un bonito duelo entre el estilo nervioso de los dos franceses y el impasible y machacón trotar del gran ciclista belga. La tostada cayó del lado de De Gendt, que se apuntó así una victoria más con todos sus estilemas: fuga lejana, recorrido rompepiernas, ritmo que destroza a los rivales y victoria en solitario. Un uomo solo è al commando, la sua maglia è bianca e rossa e il suo nome è Tomassino De Gendt. 

La Chinarello a punto de demostrar su resistencia


Victoria épica


Al día siguiente la carrera llegaba a la Auvernia, tierra de Bardet. Después de la paliza del día anterior, el pelotón se tomó su descanso, permitiendo una fuga numerosa de hombres de calidad. La resolución fue interesante, propia de la antigua tercera semana del Tour (aquellas etapas para Konyshev). Stuyven, Boasson Hagen, Tony Martin, Benoot, Impey, Marc Soler, Naesen, Tratnik, García Cortina y otros tantos estuvieron dándose leña toda la etapa. Finalmente Impey fue el único capaz de alcanzar a Roche, Tratnik y Benoot y marcharse finalmente con el belga, al que batió al sprint.

No solo se tributa adoración a Merckx


Finalmente la etapa de hoy, con meta en Albi, ha sido la que ha deparado más cambios en la general. En un recorrido en el que el viento siempre suele aparecer, el Ineos de Thomas y Bernal y el Deceuninck de Alaphilippe y Mas decidieron jugar a los abanicos. Después de haber aparentado algo de debilidad en los días anteriores, Ineos ha desplegado todo su potencial en el llano, con Luke Rowe y Dylan van Baarle marcando el paso. Egan Bernal se ha mostrado atento como en la pasada París - Niza, Nairo Quintana ha sabido coger la aspiración buena e incluso Julian Alaphilippe ha dado relevos como el que más (¡y sin mirar al de atrás!). Por su parte, los damnificados de tal escabechina han sido Pinot, Fuglsang, Urán y Porte, que han destrozado a sus respectivos equipos en una persecución de auténtico ciclismo. Al llegar a la ciudad de los cátaros y de Toulouse-Lautrec, podría decirse que habían perdido gran parte de sus opciones, si no todas. También Mikel Landa, objeto una vez más de la mala suerte. El alavés ha sufrido un tremendo tortazo por culpa de un afilador entre Alaphilippe y Barguil, que ha acabado con Landa impactando contra unos espectadores.


El espectáculo de la etapa de Albi no ha finalizado ahí. Al aproximarse la línea de meta, los hombres rápidos han ido emergiendo de la panza del grupo delantero: Sagan, Matthews, Ewan, Viviani, Philipsen, también van Aert. Todos menos Groenewegen. A pesar de que Sunweb ha montado un treno para su sprinter, los rivales han acabado superándolos por todos los flancos, a la par que Matthews se desinflaba. Del plantel excepcional de velocistas, Wout van Aert ha sido el más fuerte, ganando por todo el centro, sin aspavientos, sin bandazos, sin cimbrear apenas la bici, en un sprint de fuerza pura y elegancia. Ha sido su primera gran victoria, que seguramente no será la última.

Quiere cambiar de nieto

Sprint antológico


Así ha terminado esta primera fase del Tour, en un momento álgido, bajo la curiosa catedral de Albi, al pie de los Pirineos. La experiencia nos dice que seguramente hayamos ya asistido a los mejores momentos de este Tour y que lo que quede no será más que la consumación de un triunfo anunciado. Mantengamos la esperanza mientras tanto.

domingo, 24 de marzo de 2019

CRÓNICA DE UNA VICTORIA ANUNCIADA

Ha ganado el corredor esperado, que milita en el equipo también esperado. No ha habido sorpresas. Los periodistas podrían haber tenido su crónica preparada si no estuviésemos hablando de la Milán - Sanremo, claro está, porque como siempre sucede en una carrera tan marcada por el signo de lo impredecible, sus últimos kilómetros han sido dignos de un thriller. Su desarrollo es tan frenético que merece la pena volver a ver los últimos kilómetros para poder apreciar los movimientos precisos que determinan que se pierda o se gane una carrera, los momentos exactos en los que flaquean las fuerzas, se vuelve imposible cerrar un hueco y la balanza se decanta en favor del rival. Ya lo dije en su momento, pero quizá sea necesario volverlo a repetir con insistencia: la Milán - Sanremo pertenece a un tipo de carreras que, como ciertas obras de arte, mantiene el suspense y retiene hasta el final los momentos climáticos, es decir, aquellos de mayor intensidad emocional. Y sin duda tales movimientos, tales juegos de fuerzas, serían menos efectivos y emocionantes si no se disputasen bajo el peso aplastante de 290 kilómetros en las piernas. 

La victoria en esta carrera casi inmutable, casi interminable, ha dado un nuevo espesor a la figura del ganador, Julian Alaphilippe. A pesar de haber acumulado triunfos en todas las vueltas que ha disputado desde el pasado Tour, Alaphilippe no dejaba de ser un aspirante a los grandes triunfos. Un corredor más dado a posturitas, a gestos excesivos, a bailoteos y cucamonas, que a grandes victorias. Sin embargo, con la Milán - Sanremo ha subido de rango, ha dejado de ser un irritante payasete de instituto para pasar a ser todo un maestro de su oficio. Todo ello si pasamos por alto, claro está, sus métodos sobrenaturales, de "cuento de hadas".

Y es que una victoria así no puede ser comprendida sin el contexto, que no es otro que el de un inicio de temporada marcado por el pillaje y el reparto de botines entre Astana y el antiguo Quick Step. Esta guerra armamentística estaba llegando a un punto tan escandaloso que nadie concebía otro ganador para la Classicissima que Viviani, Alaphilippe o cualquier Astana. De este reducido número de favoritos, en el que también figuraban Kwiatkowski, Trentin y un Sagan cada vez más sottotono, Alaphilippe era el que había dado más muestras de crecimiento. Sus believers estaban como locos después de que ganase una Strade Bianche de poco lucimiento. ¡Incluso había logrado en la Tirreno-Adriatico un triunfo en un sprint masivo! Cabía la esperanza de que la Classicissima le reservase una cura de humildad. Cura que nos hemos tenido que tragar, como un purgante, todos los que pensábamos que sus fuerzas de gallito se  desinflarían como en Innsbruck. Me descubro ante él.

pic: Gettyimages.

Pero entremos ya en materia. Como viene siendo habitual, la fuga consentida estaba integrada por diez corredores, pertenecientes todos ellos a los equipos invitados: Mirko Maestri, un habitual, y Alessandro Tonelli, ambos de Bardiani - CSF, el israelí Guy Sagiv del Israel Academy, Luca Raggio y el austríaco Sebastian Schönberger del Neri Sottoli, el eficiente Fausto Masnada del Androni Giocattoli y nada menos que cuatro corredores del Novo Nordisk, el finlandés Joonas Henttala, el francés Charles Planet, y los italianos Umberto Poli y Andrea Peron.  A pesar de ser una fuga condenada al fracaso, a ningún equipo World Tour se le ocurrió lanzar algún hombre por delante, aunque fuese sólo con la intención de inquietar a los equipos de los velocistas y de los favoritos. Markel Irízar podría haber estado ahí. Mikel Landa también. Cualquiera del Dimension Data también. Pero no lo estaban. Era evidente que la fuga había sido dejada marchar, como tantas otras veces, para ofrecer la falsa apariencia de no rodar todos a una en el pelotón. 

Un sol radiante les estaba acompañando desde el inicio en Milán. En las imágenes de la salida se había visto cómo un pelotón más sonriente y ligero de ropa de lo normal dejaba atrás la ciudad lombarda, con su perfil habitualmente gris y brumoso, conformado por el Castello Sforzesco, el Duomo y la Torre Velasca, esta vez mucho más resplandeciente. Todo ello explicaba que, en el eterno lungomare que es la via Aurelia, un pelotón en aparente paseo, comandado por Tim De Clerq, no estuviese para nada inquietado por la exigua ventaja de los diez fugados, que iban sumando kilómetros. Un ejemplo de la grandeza de esta prueba: a la altura de la prueba en que conectan las cámaras de televisión, a falta de 100 km, la mayoría de las carreras del año ya han terminado.

La llegada de los capi fue anunciando el fin de la escapada y el inicio de la parte seria. Sin embargo, los modestos iban a vender cara su piel: Mirko Maestri fue el primero en enfilarse, para dar paso después a Sebastian Schönberger, que se lanzó como un desesperado a superar el capo Berta. Por detrás, rodando con un paso regular de escalador fuera de su medio más propicio, Fausto Masnada acabó dándole alcance justo en la cima, en el preciso instante que una nube coloreada, producto de los idiotas habituales de las bengalas, le impedía casi ver la carretera y le obligaba a tragar un humo nada saludable en el momento de máximo esfuerzo. El nivel de desidia e inconsciencia que se ve últimamente en las carreras italianas, a lo que se suma la bobalicona complicidad de las cámaras televisivas, hace que actos tan temerarios como encender bengalas se estén convirtiendo en una estúpida tradición. Como las imbecilidades al final se acaban pagando, los subnormales de las bengalas acabaron provocando un incendio.

Masnada aun tuvo el privilegio de transitar en solitario por la estrecha vía porticada de Imperia, con el pelotón lamiéndole los talones, y de tomar en cabeza las primeras rampas de la Cipressa, poco antes de ser engullido. El pelotón pareció tomarse la subida con aparente calma, haciendo de la ascensión un desfile de armas, una exhibición del músculo de cada grupo. Primero fueron los Astana los que asomaron el morro en cabeza, con De Vreese y Cataldo. A sus espaldas, grandes nombres iban tomando posiciones: Simon Clarke, como exponente de la sorprendente e inusual eclosión del equipo de Vaughters, Philippe Gilbert, como capitán de ruta de la Cuadra, Alejandro Valverde, con un pedaleo fácil...Poco antes de entrar en el término municipal de Cipressa, aparecieron en cabeza Groupama con Küng y UAE con Ulissi. La aparente calma de la ascensión mostraba su auténtica crudeza cuando la cámara enfocaba a los últimos integrantes del grupo, entre los que figuraban Dylan Groenewegen y Nacer Bouhanni, que aun penando se mantuvieron en el grupo. Nadie lo intentó durante la ascensión. Los ataques en Cipressa están en peligro de extinción.

El descenso suicida de la Cipressa protagonizado por Niccolò Bonifazio iba a sacar a la carrera de su letargo. El corredor ligur, conocedor de la zona, mostró que es tan spericolato en los sprints como en los descensos. Si en los primeros es un habitual de los bruscos cambios de trayectoria y de los codos, ha demostrado ser todo un pazzo de los descensos, tumbándose de tal forma que jugaba con los límites de la gravedad, tomando las curvas de escasa visibilidad sin tocar el freno. Una de esas motos de enlace que suelen pasear banderitas rojas, tan habituales en las carreras italianas, le estuvo estorbando al menos durante tres curvas. Aun así, su forma demencial de afrontar un descenso tan peliagudo como el de la Cipressa le reportó 11'' al retornar a la Aurelia. Bonifazio alcanzó en su etapa en el Lampre una cuarta plaza en Sanremo y es un habitual en la carrera, aunque siempre con más ganas que acierto. Por detrás, el grupo se fracturó. Lo que no pudo la subida, lo consiguió, como tantas otras veces, esa bajada en picado de la Cipressa hacia el litoral. Una bajada en la que el campeón holandés Jan Raas acabó colgado de un olivo, cual barón rampante, viéndose forzado a dejar la bicicleta.



En el llano hacia el Poggio el pelotón se reagrupó. Groenewegen, con Bouhanni soldado a rueda, alcanzó boqueando la cola del grupo gracias a la labor brutal de su gregario Taco van der Horn. Bonifazio por su parte seguía con su aventura solitaria, con un pedaleo cada vez más cansino. Su fornido cuerpo de velocista de segunda fila, junto con su particular bigotillo, le daban poca apariencia de corredor profesional. Si las referencias que aportaba la realización eran correctas, alcanzó los 21'' de ventaja. Iba a ser la suya la típica aventura entre dos tierras, como lo fueron en su momento la de Nibali en 2014 o la de Thomas y Oss en 2015. En Arma di Taggia fue alcanzado y entonces, con la tensión in crescendo, se pudo ver uno de los espectáculos anónimos de esta formidable prueba: el sprint de cada equipo por colocar a sus líderes en las primeras posiciones antes de acceder al Poggio. El gigantón Schär para Van Avermaet, Lampaert y Gilbert para Alaphilippe, Impey para Trentin, Kluge para Ewan, Puccio para Kwiatkowski...Incluso Valverde contó en algún momento con Lluis Mas como abrigo.

Ese particular sprint lo ganaron los Sky, que emprendieron las primeras rampas de esa tachuela decisiva que es el Poggio con Luke Rowe en cabeza. Pero pronto fueron apartados de ella, casi de forma expeditiva, por los Quick Step, que montaron un treno con Stybar, Gilbert y Alaphilippe. En las primeras rampas del Poggio fue clarificándose quiénes eran los más fuertes. Detrás del treno del Quick Step fueron posicionándose Oliver Naesen, Michal Kwiatkowski, Wout Van Aert, Matteo Trentin, Tom Dumoulin, Alejandro Valverde, Michael Matthews, Peter Sagan y Fernando Gaviria. Las cámaras de televisión buscaban con nerviosismo al campeón italiano, Elia Viviani. Estaba en la cola. El poderoso ritmo de sus compañeros de equipo, desbocados durante todo este inicio de año, lo estaba matando poco a poco. No iba a ser su año, como tampoco lo fue el pasado.

El primer ataque de todo el día lo protagonizó Simon Clarke, justo en el mismo lugar en el que el año pasado lo intentase Krits Neilands, en el tramo justo posterior a la iglesia. El equipo del pentito Vaughters es un habitual de los altibajos. Ahora están en la cresta de la ola, cuando en otros momentos ni se les veía. Cosas de Vaughters, cosas de Girona. Ahí estaba Simon Clarke, reverdeciendo el fantasma del esquelético Bradley Wiggins en el Tour de 2009. Por detrás intentó darle alcance sin éxito Anthony Turgis, un fantástico joven corredor francés. Simon Clarke estaba abriendo hueco. Entonces llegó el ataque de Julian Alaphilippe que se llevaba anunciando a bocinazos desde el inicio del Poggio, desde el control de firmas frente al Castello Sforzesco, desde su victoria en Siena, desde inicio de temporada. Alaphilippe no aprovechó el despiste, como hiciera Nibali el año pasado. No, su ataque llevaba escrito largo tiempo en las portadas de periódico que se sueñan antes de ser publicadas. Y se trató de un ataque demoledor. Un ataque que dejó temblando a las imágenes en VHS de Furlan, Fondriest y Jalabert. El segundo ascenso al Poggio más rápido de la historia según Mihai Cazacu. El más rápido de la historia según La Gazzetta dello Sport.

pic: Bettiniphoto.


¿Cómo un cuerpo así, de patitas enclenques y aparentemente frágil, podía albergar tanta fuerza? Tantos vatios, que dirían los de la neolengua. ¿Cómo era posible? Pues ahí estaba Julian, con expresión de rabia, apretando los dientes, con esa perilla y esa piel tostada que lo acercan más al chuleta de playa que al ciclista profesional. ¿Iba a quedar todo sentenciado? Casi. Ahí estaba Kwiatkowski para remediarlo y detrás de él Sagan. ¿Una reedición de 2017? Sagan y Kwiatkowski amarraron a tiempo al francés, y tras ellos llegaron cuatro elegidos más: Alejandro Valverde, Wout Van Aert, Matteo Trentin y Oliver Naesen. Se comieron literalmente el falso llano que les conducía al viraje de la cabina telefónica, el que marca el inicio del descenso. A pocos metros transitaba Tom Dumoulin, persiguiendo. Como en la Morcuera, como en Finestre, como en Innsbruck, como tantas otras veces, siempre persiguiendo.

El grupo de elegidos afrontó el descenso con tanta calma que parecía que iba a tener lugar un parón, dado el marcaje entre las figuras. Sagan y Kwiatkowski parecían dormirse en cada curva, pero nadie venía por atrás. Alaphilippe había trituado a sus rivales, el pelotón parecía un ejército de fantasmas disipado por el viento. Al final de la bajada un grupo conectó, con seis hombres más: Tom Dumoulin, Simon Clarke, Vincenzo Nibali, Matej Mohoric, Daniel Oss y Michael Matthews.

Sin embargo los más fuertes no estaban dispuestos a dar tregua a los recién llegados. Matteo Trentin, a pesar de ser el más rápido, lo intentó en el corso Cavallotti, justo delante de la Villa Mercede y los jardines de Baden Powell. Van Aert, el triple campeón de ciclocross, salió a por él, llevándose tras de sí a todo el grupo. Lo de este joven corredor belga es digno de mencionar: si alguien tenía dudas de si se adaptaría a la distancia de la carretera, se ha adaptado a la perfección a la carrera más larga del calendario. Sin su movimiento quizá otros no hubieran cogido, aunque está claro que Alaphilippe sí lo hubiera hecho. Sus piernas estaban dotadas este día de una fuerza digna de Sansón. El intento frustrado de Trentin sirvió para eliminar a Matthews, que no llegó a coger rueda, y también a Oss. Dos rodadores destruidos en un kilómetro llano simplemente por la distancia, ese concepto que tanto se denosta.

Se acerca el sprint final. Mohoric encabeza el grupo, con su particular estilo aerodinámico. A su rueda están Alaphilippe y Sagan. El eslovaco se queda de pronto en cabeza, justo en el instante de encarar vía Roma, ese rectilíneo final con el que habrá tenido pesadillas desde su sprint fracasado de 2017. Sagan recula, no quiere ir el primero al sacrificio. Sin darse cuenta, Mohoric le adelanta por el interior. Tras el esloveno, atados como en una cadena, van Alaphilippe, Naesen, Kwiatkowski y Van Aert, que superan todos ellos a Sagan. Valverde mientras tanto va agazapado. Quizá debería haber pensado en todas las ocasiones perdidas. Por delante se dirimen asuntos importantes y sus casi 39 años parecen pesar de golpe. Mohoric se lanza sin pensarlo dos veces pero rápidamente Alaphilippe le rebasa. El francés parece desbocado, camino del triunfo, de un grandísimo triunfo. A él no parece pesarle haberlo dado todo en el Poggio. Por detrás Naesen y Kwiatkowski se abren intentando pasarle, pero es imposible. Los números que mueve son intocables. Sagan intenta una remontada imposible, bastante tarde, como adormercido.  Alaphilippe es el ganador.

pic: Photobibicailotto.


El "nuevo Valverde", lo llamaban después de aquella Lieja de 2015 en la que hiciera segundo tras el murciano, en una llegada dirimida al sprint bajo la lluvia. Desde entonces, Julian Alaphilippe ha acumulado muchos puestos, victorias de etapa, un Tour de California, una Flecha, un maillot de la montaña, una Klasikoa y una Strade Bianche. Ha hecho muchas tonterías, se ha hecho vídeos bailando y tocando la batería, se ha pegado algún tortazo y ha dado muchos bandazos de cara a la galería. Sin embargo todo eso es parte del pasado. Es la piel de serpiente que ha quedado en la arena. Son los pantalones cortos escolares que se guardan en el armario. Son los ruedines que se quitan para rodar en la bicicleta de mayores. Con la Milán-Sanremo, Alaphilippe se consagra de verdad. Accede a otro plano. Estaba escrito. Él, u otro de su fábrica de muñecos intercambiables, iba a ganar. En vía Roma había un altar ante el que todo el pelotón, ciclista a ciclista, iba a ser sacrificado en honor a  un Moloch sin rostro que viste de azul.