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lunes, 29 de marzo de 2021

DEL GRITO A LA NÁUSEA

El espectador habitual, cansado ya de buscar lo insólito en el arte o en la propia vida, pero no así en el cómodo sucedáneo del deporte de sofá, puede sentirse saciado con este nuevo ciclismo, aunque se trate de un placer culpable. Depara giros inesperados, montañas rusas, cambios drásticos, todo golosinas para el pasivo devorador de espectáculo televisado. Así ha sucedido en este fin de semana flamenco, en el que Deceuninck - Quick Step ha mostrado dos caras de una misma moneda: el rostro desencajado por el grito triunfal, y el rostro, también desencajado, pero ahora por las náuseas.   

Fin de semana goyesco: del grito a la náusea.


En el Gran Premio E3 de Harelbeke, rebautizado como E3 Saxo Bank Classic, los peones de Lefevere ejecutaron una táctica de pizarra a la perfección. Sénéchal y Stybar sometieron a van der Poel a un marcaje al hombre que ni Scirea con Maradona, mientras por delante abría camino Kasper Asgreen. Básicamente es eso lo que se vio: un equipo de lobos desbocados y algo sobrexcitados, acorralando y debilitando a base de mordisquitos certeros a la presa del día, Mathieu van der Poel.  

Descripción gráfica de la E3 Harelbeke

Pero sin unas buenas patas, unas patas divinas, ya se puede ser buen discípulo de Helenio Herrera o Rinus Michels, que la cosa no acaba en victoria. Asgreen actuaba de zanahoria delante de un burro, haciendo camino, con una mezcla de potencia e indolencia, siempre con una diferencia no mayor de los treinta segundos, mientras por detrás van der Poel y van Aert se eclipsaban mutuamente, en esa pueril competición por ver quién tira más minutos o ver quién hace el demarraje más bestia.

La bestialidad vino claramente del campo del Deceuninck. Van Aert se inmoló en un ataque respondido por van der Poel en el Tiegemberg. A su rueda se pegó Stybar con bastante sufrimiento, formándose un grupo selecto con van der Poel, Stybar, Sénéchal, Van Avermaet y Naesen. Más tarde llegó van Baarle. Una vez cazado Asgreen a falta de 12 kilómetros, el trotón danés tomó un respiro a cola de grupo, hasta que volvió a demarrar a falta de 4,9, aprovechando una isleta. Y lo vieron ya en meta. Ataque y contraataque. Fíjense en todos los símiles que estoy extrayendo del mundo del fútbol. Y es que al fútbol y no a otra cosa me recuerdan esas celebraciones del Deceuninck, con gritos y abrazos incluidos. Esas celebraciones de las que algunos del equipo todavía no dominan el timing

El momento del ataque.
 

En cambio, la Gent - Wevelgem del domingo no fue un camino de rosas para el Deceuninck. Sí para van Aert, que conseguía así un triunfo en la clásica mejor posicionada (junto a la Amstel Gold Race) para ocupar ese puesto de sexto monumento, en caso de querer añadir un granito de arena a ese estéril debate. En el penúltimo paso por el Kemmelberg, Wout van Aert realizó el cribado. Le siguieron algunos buenos sprinters, como Bennett o Nizzolo, otros sprinters que no confían del todo en su punta de velocidad, como Colbrelli, van Poppel, Trentin y Matthews, un rodador como Küng e incluso un gregario, como Nathan Van Hooydonck.

Lo más insólito vino en los llanos que separan Ieper de Wevelgem, esa interminable recta azotada por el viento. Primero Danny van Poppel y más tarde Sam Bennett se descolgaron, pero el sprinter irlandés después de haber echado la pota en marcha. Lo que en inicio parecía un estornudo algo condimentado, al final resultó ser lo que les sucede a los grumetes en su primer día a bordo. Un pobre inmigrante irlandés lanza hasta la papilla en la cubierta de un barco con destino a Ellis Island.  ¿Síntoma de covid-19, por contacto con alguno de los equipos apartados en la salida, Trek - Segafredo y Bora - Hansgrohe? No parece el caso. ¿O simplemente algo que ha sentado mal, lo que sea? Sam Bennett llegó sin fuerzas, pero también hay que decir que las fuerzas del equipo no fueron las del viernes. Al sprint la victoria fue para Wout van Aert, con facilidad y por el centro. Una más. 

1º van Aert, 2º Nizzolo, 3º Trentin (@JumboVismaRoad)


En cuanto a la Volta a Catalunya, esta ha sido una vuelta al pasado, quizá para conmemorar el centenario. Un retroceso a un año impreciso entre 2015 y 2019, en el que Sky/Ineos montaba trenecitos y adormilaba pelotones, Sagan ganaba sprints, Valverde era la mejor baza española y Chavito era todavía un escalador prometedor. ¡Incluso el Euskaltel se ha sumado a la fiesta remember! Parecen haberse recuperado los noventa, con ese ritmo de Dennis en subida, digno de la música makina, y con ese triplete con tanto sabor a Gewiss o Mapei - Quick Step. En realidad ha habido lucha todos los días, pero ha faltado la dupla eslovena que condiciona en los últimos dos años las carreras. La astucia de De Gendt, corredor siempre eterno, ha servido para acrecentar la sensación de dejà vu de esta Volta. 

"Que no estaba muerto, no, no, que estaba tomando cañas..." (@VoltaCatalunya)


Ineos presentaba un equipo arrollador, aunque la presencia fantasmal de Froome, arrastrándose como un alma en pena, fuese un buen memento mori de lo que les espera de abandonar el equipo. Adam Yates, Richie Porte y Geraint Thomas, con la hábil aportación de Carapaz,  han reverdecido un 2015 eterno, con subidas a tren y sin apenas ataques (solo Chaves ha osado hacerlo). En realidad, la solvencia de Adam Yates como escalador ha dado un poco de miedo. Vestido ahora de negro, parece que quiera disputarle el puesto de mejor hermano a su gemelo. No en vano, al principio parecía mejor Adam. Solamente Lennard Kämna, Andreas Kron y en menor medida Thymen Arensman, Sylvain Moniquet y Clément Champoussin han aportado algo de aire fresco a una Volta un tanto apolillada, en la que a algunos ya se les ha puesto cara de viejas promesas. 

Despertando en 2015.

 

En la Itzulia, los eslovenos volverán a despertarnos de este sueño cíclico.


sábado, 27 de febrero de 2021

UNA FÁBRICA DE LÍDERES

Hay cosas que no cambian ni con una pandemia de por medio. Entre ellas, la potencia del equipo de Lefevere en los sprints. Existen infinidad de artículos desglosando la coreografía de este equipo en los sprints, con lanzadores hábiles para colocar a su líder y astutos para estorbar al rival. Pero en esta página hace tiempo que nos dimos cuenta de que no existe la magia en el mundo. No existen ni los elfos, ni los enanos. Y sí que existen, en cambio, los sprinters desvencijados, que languidecen, se arrastran o se retiran una vez abandonan la manada.  

"Papá, ¿en verdad existe la magia en el mundo?"

Pero comencemos primero con el final del Tour de los Emiratos, que lo dejamos a mitad en la anterior entrega. En realidad ya estaba todo el pescado vendido, tan solo quedaba un día con final en alto en Jebel Jais, otra montaña en los confines del país de los siete emiratos. Se trataba de nuevo de una ascensión de tres carriles, impresionante obra de ingeniería, primero entre desfiladeros y más tarde ganando espacio a la montaña. Un terreno digno de una emboscada de salteadores o de una escena de Lawrence de Arabia. No hubo apenas emoción para la general, pero sí para la etapa. El protagonista de la escapada del día, Alexey Lutsenko, acabó sucumbiendo en los últimos metros ante el empuje de Jonas Vingegaard, el joven danés del Jumbo que se destapase ante el gran público en la pasada Vuelta con su ascensión al Angliru. El kazajo no parece tener suerte en esta carrera, pues ya el año pasado Pogačar le birló una victoria cantada por un exceso de confianza. Por detrás, Pogačar marcó a Adam Yates y se llevó incluso la bonificación, en la táctica a la que ya nos tiene acostumbrados de no dejar ni las migajas. 

 

Otro ciclista más de la mejor generación danesa de la historia.


Las dos etapas siguientes fueron meros trámites al sprint, etapas diseñadas para atraer la atención del observador occidental con las islas artificiales, monorraíles y rascacielos. Un diminuto pelotón en esas tiras interminables de asfalto iba sirviendo de excusa para que el helicóptero enlazase las "bellezas" del lugar. Los triunfos fueron para Sam Bennett y Caleb Ewan, en sprints estrechos después de etapas desarrolladas por amplísimas autopistas. En la última etapa, el desafortunado Adam Yates se fue al suelo, entrando con la nariz ensangrentada en meta. De esta forma, Tadej Pogačar cumple con el primer objetivo de la temporada, el de satisfacer a sus amos. 

El futuro (vía @CimaCoppi_)

 

Llegamos de esta manera a la Omloop Het Niuewsblad, la que es para muchos la primera carrera grande de la temporada. Una carrera que ha visto en el pasado triunfos impresionantes, como aquel de Philippe Gilbert en 2008 o la burrada de Ian Stannard en 2015, cargando a tres quicksteps a la espalda como tres sacos de patatas. La edición del año pasado, romantizada a su manera por la previsible bajada de persiana del ciclismo, fue también muy digna. Este año se ha tratado de una carrera de intenso desarrollo pero de resolución anodina, no muy diferente a una etapa de los Emiratos o del Tour de la Provence, con la sensación final de que Deceuninck ha logrado estar en el plato y en las tajadas. 

En Deceuninck: insaciables.

La carrera ha estado dominada por la presencia de Julian Alaphilippe, que parece dispuesto a que incluso sus más acérrimos críticos tengamos que escribir cosas buenas de él durante esta temporada. En la salida no estaban algunas figuras esperadas, como Sagan (por Covid-19) o la pareja del ciclocross, aunque sí Pidcock. También desde Trek-Segafredo se preveían grandes posibilidades, con el ganador del año pasado, Jesper Stuyven, y Mads Pedersen. No se les vería ni el dorsal. 

El primer movimiento serio lo ha protagonizado Matteo Trentin, con su nuevo uniforme de los emiratos, en la estrecha subida al Molenberg. El sabor de carrera flamenca, a pesar del vacío en las cunetas, comenzaba a hacerse patente con esas pequeñas triquiñuelas habituales, acortando curvas o saltándose aceras. A rueda de Trentin quedó soldado bien pronto Alaphilippe, dando muestras de mucho poderío. Ese ataque permitió cazar a los escapados del día, a los que se habían incorporado los jóvenes Johan Jacobs de Movistar y Olav Kooij de Jumbo. Se formó de esta manera un grupo selecto con algunos grandes nombres: Matteo Trentin, Julian Alaphilippe, Greg Van Avermaet, Sep Vanmarcke, Christophe Laporte, Michael Gogl, Davide Ballerini, Zdenek Stybar, Arjen Livyns (del Bingoal) y Jacobs y Kooij. Por detrás aun alcanzarían al grupo Tom Pidcock y Kévin Geniets. 

En el Berendries, la cuesta asfaltada predilecta de Johan Museeuw, el Deceuninck tomó el control y lanzó a Alaphilippe en solitario, a falta de 32 kilómetros. ¿Estaba imbuido el francés del espíritu de Museeuw o de Hinault? ¿Se trataba de un suicidio, de un ataque para los fans o simplemente parte de una estrategia más amplia? El campeón del mundo alcanzó una diferencia que nunca superó los 25 segundos, mostrando que estaba gastando pero no del todo, pues siempre tenía un ojo en el grupo trasero. Allí tan solo el impetuoso Pidcock y un muy solvente Laporte marcaban el ritmo con auténtica intención, mientras Ballerini y Stybar hacían una eficaz labor de incordio. Hasta que el checo se fue al suelo y el grupo trasero pudo organizarse un poco mejor. 

Empeñado en que hable bien de él.

 

El espacio entre Berendries y Geraardsbergen es una ligera bajada, un espacio de 10 kilómetros que separa el núcleo repleto de bergs cercano a Oudenaarde de aquel cercano a Meerbeke y Ninove, en el que destacan el Muur-Kapelmuur y el Bosberg. Poco a poco el grupo selecto estaba controlando la distancia a Alaphilippe, pero también el pelotón lo estaba haciendo con el grupo selecto, produciéndose la neutralización en la entrada a Geraardsbergen. Se mezclaban de nuevo las cartas, todo era posible. Alaphilippe se mantuvo un tiempo más en cabeza, comandando el pelotón en la calle empinada que un día fuese la única parte del Muur que se ascendía. Al llegar propiamente la subida a la capilla, otros nombres quedaron delante: Vanmarcke, Laporte, Cortina y...Moscon.

El italiano que sueña con cachiporras y camisas negras tomó unos segundos de ventaja al pasar por la capilla, exigua ventaja a defender. La ascensión otrora mítica se solventó como un mero trámite y los ciclistas se zamparon los adoquines sin inmutarse. Fue simplemente un desfile, sin interrupciones, sin pausas, sin diferencias. Un auténtico jarro de agua fría para los que damos tantas veces la turra con aquello de que era mejor la dúpla Kapelmuur-Bosberg que el actual final de la Ronde.  

Bonitas imágenes, pero poco más (vía @faustocoppi1960)

 
Una ducha fría de ciclismo moderno.

A Moscon acabaron también engulléndolo al pasar el Bosberg, forzándose un reagrupamiento de más de cincuenta corredores para jugarse la carrera. ¿Habría alguien capaz de rivalizar con los Deceuninck? Por ahí andaba Kristoff, hasta que pinchó. También Pasqualon, hasta que se cayó. El camino parecía expedito. Las tres curvas del último kilómetro pusieron todavía las cosas más fáciles a los de azul. Alaphilippe primero y Lampaert después lanzaron el sprint, mientras Asgreen guardaba la rueda de Ballerini, para descolgarse astutamente en una de las últimas curvas y forzar al resto de corredores a cerrar ese hueco. En la corta recta de meta Ballerini no tuvo rival, imponiéndose por varias bicicletas de ventaja, en todo un despliegue de gestos de fuerza bruta.

Victoria de Davide Ballerini (foto CorVos)

 

Jake Stewart consiguió la segunda plaza, partiendo desde una posición bastante retrasada, pero daba igual. Deceuninck habría ganado en cualquier condición, con final revirado o con autopista de cinco carriles. Con Ballerini o con cualquier otro. Una perfecta compenetración, una ingeniería de los detalles, se dirá. "El equipo ha corrido a la perfección". Pero hoy ha sido Ballerini, mañana puede ser cualquier otro, el nombre no importa.  Un día estás ganando etapas a manos llenas en una gran vuelta para el equipo de Lefevere y al año siguiente estás comiendo mierda al final de un pelotón. Como una estrella del rock.  

Cuando salen de Deceuninck


lunes, 15 de julio de 2019

BUEN COMIENZO

Francia es la tierra del amor, o al menos eso dicen. En los amores románticos y adolescentes, que tantas veces se reducen a un verano, hay momentos de hechizo y otros de decepción. Lo mismo sucede en el Tour. Con infalible poder de seducción, el Tour nos ofrece antes de su comienzo todo un despliegue de materiales, equipaciones nuevas y expectativas con el que dejarnos boquiabiertos, para defraudarnos a las primeras de cambio con una pactofuga entre trigales segados (tocotocotó del helicóptero), ante un pelotón que tira entre bostezos. Sin embargo, este Tour no nos está ofreciendo esa consabida sopa de encanto y desencanto, sino más bien un amor cínico e intelectualizado a la manera de las películas de Rohmer. O eso parece.

Un 14 de julio.
Este Tour está recordando en su comienzo a aquella edición de 2014, en la que todo se decidió en la primera semana. Ha habido grandes destellos de calidad, rodeados lamentablemente de otros marcados por la ausencia de competitividad. Entre los buenos momentos están el ataque irrefrenable de Alaphilippe camino de Epernay, la fuga milenaria de De Gendt en Saint-Etienne o la bagarre contra el viento montada en la etapa de Albi. Entre los momentos bajos, el tira y afloja ficticio entre el pelotón comandado por Deceuninck y la fuga de Offredo y Rossetto, o la consabida cuesta de cabras de la Planche des Belles Filles. Esta primera semana ha tenido dos grandes equipos dominadores: uno esperado, la Manada de Deceunick - Quick Step, recuperándose de un Giro mediocre con dos victorias de etapa; otro menos esperado, el Jumbo-Visma, que parece haber recuperado las viejas recetas del Ti-Raleigh / Panasonic, pasando de equipo pupas a equipo avasallador.

Parecen otros


De hecho, el primer fin de semana fue negro y amarillo. Y no solo por los retratos monumentales de Eddy Merckx que conmemoraban su triunfo en 1969 y la instauración del merckxismo, periodo de la historia del deporte que, como señalaban en Le Monde, tiene nombre de dictadura militar o movimiento artístico. Fue negro y amarillo por la omnipresencia de los Jumbo-Visma. La etapa inaugural se la llevó un sorprendente Mike Teunissen, aprovechando la caída de su líder Groenewegen. Ambos habían arrasado en Dunkerque como dos muchachotes de último curso que se pasan el balón delante de niños de primaria. Teunissen batió nada menos que a Sagan. Al día siguiente, Jumbo - Visma volvió a imponer su ley, liquidando el mejor tiempo de la maquinaria Ineos. De Plus, van Aert, Tony Martin, el propio Kruijswijk, todos rodaron a la perfección. Este primer fin de semana acabó con Fuglsang magullado y los Movistar haciendo el ridículo en la crono por equipos, debido a contar con casi tantos líderes como gregarios en su formación.

El rey de Bélgica


En Epernay, en una etapa accidentada por colinas de viñedos de la Champagne, Alaphilippe montó su numerito, menos circense que otras veces. Se aventuró a un ataque lejano, saliendo disparado del grueso del pelotón como un hombre bala. Ni Valverde ni otros puncheurs estuvieron a su altura: ninguno asomó el morro por la parte delantera del pelotón. Alaphilippe dio alcance al siempre voluntarioso Tim Wellens, lo superó aprovechando un fallo mecánico, y se lanzó a la victoria en uno de esos descensos suicidas que a veces nos regala, demostrando que más allá de sus cucamonas de Marcel Marceau y sus cimbreos de macarra poligonero en moto de trial, es un gran corredor. Para orgasmo galo, además obtuvo el amarillo.

Más panache y menos pachacho


Los días siguientes fueron de sprint. En Nancy, Deceunick-Quick Step pudo expresarse como la máquina de picar carne de los sprints, dejando en bandeja el triunfo a Viviani. En Colmar, en una etapa más accidentada, fue Peter Sagan el que pudo conseguir su etapa, en un año bastante aciago, aprovechando que es el mejor sprinter que pasa la media montaña. Se llegó así a la primera gran cita esperada, la etapa de los Vosgos con final en la Planche des Belles Filles. Un final habitual de la época Brailsford, del que se está abusando un tanto, al que este año se le incluyó un último kilómetro final, con todos los despropósitos del ciclismo moderno: sterrato y un 24% de pendiente.

La etapa fue, como era preveer, más soporifera que el Sleep de Andy Warhol. Ya se sabe, esas "guindas en el pastel" que son las cuestas de cabras solo sirven para que todo el mundo piense más en la autoconservación que en el ataque. Es ley de vida. Se formó por delante una fuga de quilates, que no solo se iba a jugar la victoria, sino también el amarillo. Los últimos supervivientes de la misma fueron Xandro Meurisse, Tim Wellens, Dylan Teuns y Giulio Ciccone. Los dos primeros cedieron con honor y fueron Teuns y Ciccone los que se jugaron la victoria. En la rampa imposible del último kilómetro, el ex-ganador del Tour de Polonia acabó imponiéndose al nervioso escalador de los Abruzos, que se llevó aún así el liderato. Por detrás, mientras los bidones caían rodando ladera abajo, Julian Alaphilippe lanzó un ataque a la desesperada para no perder el amarillo, que destapó en esos últimos metros algunas debilidades, que se constataron en diferencias insignificantes. Geraint Thomas disipó cualquier duda sobre su estado de forma, subiendo a molinillo y sin levantar el culo del sillín esa rampa imposible y Thibaut Pinot también mostró mucho empuje. Como reverso de la moneda, Vicenzo Nibali se hundió. Aún así, las cuestas de cabras, como viene siendo habitual, no deciden nada.

Una imagen de Semana Santa


Después del diente de sierra anterior, el pelotón se tomó un día de descanso entre Belfort y Chalons-sur-Saône. Por delante marchaban Yoan Offredo, hombre de paja habitual, y Stephane Rossetto, corredor que deberá ser siempre recordado por la fuga de la Lieja 2017. Por detrás, Deceuninck - Quick Step, con Asgreen como machaca, marcaba un falso paso de caza. La farsa fue escandalosa, pues los mantuvieron a una diferencia menor a los dos minutos a lo largo de los últimos 40 km y no precisamente por el empeño de los dos fugados. La farsa llegó hasta el punto de que el pelotón entero paró casi en seco cuando Quintana se quedó cortado: era de antemano esa una etapa de no agresión. Afortunadamente, el dios del ciclismo hizo su magia y la victoria fue para Dylan Groenewegen en un sprint imperial, que desmontó todo el andamiaje de Quick Step, esa banda que tiene en Asgreen y Richeze  a sus Clemenza y Luca Brasi, en Viviani a su Johny Fontane y en el viejo Lefevere al maldito Corleone.

Lefevere comenta a Viviani el frío que va a pasar cuando se marche a Cofidis


En la jornada siguiente volvió el ciclismo con mayúsculas de la mano de Thomas De Gendt, en un escenario siempre propicio, las estribaciones del Macizo Cental y Saint-Etienne. De Gendt se marchó de salida junto a Terpstra y Ben King, a los que más tarde su unió De Marchi. King y Terpstra fueron los primeros en caer, quedando delante un dúo de viejos guerreros. Por detrás, el pelotón se había olvidado de las fugas consentidas, marcando Astana un paso complicado. En la última cota, De Gendt distanció a De Marchi, después de haber hecho un tanto el zorro reservándose en los relevos. Sin embargo, su ataque fue marca de la casa: ni un aspaviento lo avisó, tan solo un ligero incremento en el ritmo infernal que obligó a De Marchi a abrirse de patas. En uno de los tantos revirados descensos, Ineos se iba al suelo casi al completo, con Thomas como dummie habitual. El galés cayó sobre la bici de su compañero Moscon, partiéndola en dos. Sin embargo, sus compañeros estuvieron rápidos, mostrando que todos van a una: casi lo suben ellos a la bici y le dieron el empujón. Thomas dio alcance en solitario al grupo, habiendo quemado a su último compañero, Wout Poels. Ya en la última cota, Alaphilippe y Pinot se lanzaron a la aventura. El público francés estaba empezando a redescubrir el Tour, como si se estuviera en los tiempos de la posguerra, con Robic y Bobet en todas las batallas. Se asistió a un bonito duelo entre el estilo nervioso de los dos franceses y el impasible y machacón trotar del gran ciclista belga. La tostada cayó del lado de De Gendt, que se apuntó así una victoria más con todos sus estilemas: fuga lejana, recorrido rompepiernas, ritmo que destroza a los rivales y victoria en solitario. Un uomo solo è al commando, la sua maglia è bianca e rossa e il suo nome è Tomassino De Gendt. 

La Chinarello a punto de demostrar su resistencia


Victoria épica


Al día siguiente la carrera llegaba a la Auvernia, tierra de Bardet. Después de la paliza del día anterior, el pelotón se tomó su descanso, permitiendo una fuga numerosa de hombres de calidad. La resolución fue interesante, propia de la antigua tercera semana del Tour (aquellas etapas para Konyshev). Stuyven, Boasson Hagen, Tony Martin, Benoot, Impey, Marc Soler, Naesen, Tratnik, García Cortina y otros tantos estuvieron dándose leña toda la etapa. Finalmente Impey fue el único capaz de alcanzar a Roche, Tratnik y Benoot y marcharse finalmente con el belga, al que batió al sprint.

No solo se tributa adoración a Merckx


Finalmente la etapa de hoy, con meta en Albi, ha sido la que ha deparado más cambios en la general. En un recorrido en el que el viento siempre suele aparecer, el Ineos de Thomas y Bernal y el Deceuninck de Alaphilippe y Mas decidieron jugar a los abanicos. Después de haber aparentado algo de debilidad en los días anteriores, Ineos ha desplegado todo su potencial en el llano, con Luke Rowe y Dylan van Baarle marcando el paso. Egan Bernal se ha mostrado atento como en la pasada París - Niza, Nairo Quintana ha sabido coger la aspiración buena e incluso Julian Alaphilippe ha dado relevos como el que más (¡y sin mirar al de atrás!). Por su parte, los damnificados de tal escabechina han sido Pinot, Fuglsang, Urán y Porte, que han destrozado a sus respectivos equipos en una persecución de auténtico ciclismo. Al llegar a la ciudad de los cátaros y de Toulouse-Lautrec, podría decirse que habían perdido gran parte de sus opciones, si no todas. También Mikel Landa, objeto una vez más de la mala suerte. El alavés ha sufrido un tremendo tortazo por culpa de un afilador entre Alaphilippe y Barguil, que ha acabado con Landa impactando contra unos espectadores.


El espectáculo de la etapa de Albi no ha finalizado ahí. Al aproximarse la línea de meta, los hombres rápidos han ido emergiendo de la panza del grupo delantero: Sagan, Matthews, Ewan, Viviani, Philipsen, también van Aert. Todos menos Groenewegen. A pesar de que Sunweb ha montado un treno para su sprinter, los rivales han acabado superándolos por todos los flancos, a la par que Matthews se desinflaba. Del plantel excepcional de velocistas, Wout van Aert ha sido el más fuerte, ganando por todo el centro, sin aspavientos, sin bandazos, sin cimbrear apenas la bici, en un sprint de fuerza pura y elegancia. Ha sido su primera gran victoria, que seguramente no será la última.

Quiere cambiar de nieto

Sprint antológico


Así ha terminado esta primera fase del Tour, en un momento álgido, bajo la curiosa catedral de Albi, al pie de los Pirineos. La experiencia nos dice que seguramente hayamos ya asistido a los mejores momentos de este Tour y que lo que quede no será más que la consumación de un triunfo anunciado. Mantengamos la esperanza mientras tanto.

lunes, 2 de abril de 2018

UNA MÁS PARA LA CUADRA DE LEFEVERE

El ciclismo es un deporte de tradiciones, que vive de la repetición, muchas veces inflada o falseada, de sus propios mitos. Las victorias del equipo de Lefevere en la Ronde van Vlaanderen se están convirtiendo en una nueva tradición más, a fuerza de repetirse. Pero podría decirse que el dominio de su equipo, el Quick Step, es más abrumador ahora que en la época de Boonen y Devolder. Cualquiera de los suyos puede ganar, cualquiera de los suyos puede lanzar el ataque ganador a muchos kilómetros de meta, porque los de la cuadra de Lefevere no desfallecen, no miran atrás, sólo pedalean. Los caballos que recalan en la cuadra resucitan, rejuvenecen (Gilbert) y los que la abandonan se convierten en patéticas sombras de lo que fueron (Tony Martin). El símil animal no es baladí en un ciclismo como el belga y en un equipo como el de Lefevere, el continuador de Lomme Driessens en las peores prácticas. Este ciclismo de cripta está acostumbrado a las competiciones entre ciclistas y caballos (Maertens con la muñeca enyesada compitiendo contra un caballo de carreras), la cercanía de los perros (el de Vandenbroucke) o de los veterinarios (Landuyt).



Esta vez ha sido Terpstra el caballo ganador. Un ciclista superdotado, sin duda, con la facilidad para rodar de los grandes clasicómanos: la espalda en paralelo con la línea del horizonte, los codos en ángulo recto, las piernas delgadas y largas moviendo el plato de forma hipnótica y sin apenas gesticulación. Debería rescatar un viejo tweet mío en el que, a lo Marinetti, decía que ver a Terpstra rodar es más bello que la victoria de Samotracia. Pero no deja de ser un viejo tweet, anterior al momento en el que el corredor holandés desveló su naturaleza de pendenciero, chulo y arrogante. Antes de mostrar también que su eficiencia de rodador no parecía acorde con su visión táctica de las carreras. Aspecto éste último del que se libró ayer.



Pero si antes decía que el ciclismo es un deporte de tradiciones, también lo es de mitos destrozados. El de la Ronde van Vlaanderen es sin duda uno de ellos, el más claro y evidente. El nuevo recorrido tiene el defecto grave de basarse en un circuito, salvo para los habituales apologetas que dirán lo contrario. La "feria", como llama al circuito acertadamente @javigoros61 en twitter. Este circuito elimina una parte sustancial de lo que es una clásica, que es unir una ciudad con otra, un punto alejado del mapa con otro. Confiere cierta monotonía a la carrera. A ello se le suma la acumulación de dureza en la parte final, lo que contribuye, como bien se sabe cada año con la Lieja, a la espera, a postergar los momentos decisivos, con algún año excepcional como la edición de 2017. Por otro lado, el llano desde el Paterberg hasta Oudenaarde es demasiado recto, por carretera ancha, muy diferente al falso llano, de carretera sinuosa y estrecha que separaba el Bosberg de Meerbeke y que deparaba algún ataque o movimiento táctico (Tafi en 2001, Boonen en 2005, etc.). Las cosas llegan resueltas la mayor parte de las veces a este llano, después del rampón imposible del Paterberg. Por no hablar de la recta de meta, de más de un kilómetro, sin público, más propia de un circuito automovilístico que de una prueba ciclista, como señaló desde el primer día @ciclismo2005.

La carrera empezó en Amberes con un tiempo malo, de lluvia leve y viento: tiempo del norte, no tan habitual en las últimas ediciones de la Ronde, caracterizadas por el ambiente primaveral. Después de mucho pelear en las largas llanuras hasta Zotegem, entre campos, granjas y pequeños bosques todavía sin hojas, acompañados por el cielo plomizo de los cuadros de Ruysdael, se formó definitivamente la escapada del día, con Eenkhoorn, Peyskens, Ganna, Aimé De Gendt, Turgis, Ligthart, Haller, Gibbons, Goolaerts, Gerts y García Cortina. El asturiano estuvo en cabeza durante kilómetros, luchando por meterse en la fuga, pasando en cabeza el Muur Kapelmuur a lo campeón, mostrando que su interés y su valía para este tipo de carreras es auténtico. No tengo la menor duda de que si en vez de protagonizar la fuga inicial hubiese sido el cabeza de filas en su equipo, su resultado hubiese sido mucho mejor. Por detrás, una caída poco antes de Geraardsbergen, provocada por Tony Martin, dejaba descolgado a Naesen. El Muur se subió con intensidad, pero lejos estuvo del papel decisivo de la edición de 2017. Algo lógico, a 94 km de meta. 

Tras pasar Geraardsbergen, Devriendt y Weening, y posteriormente Mads Pedersen y van Emden, se lanzaban al ataque, alcanzando al grupo de escapados, en el que cada vez figuraban menos corredores. En ese momento comenzó el carrerón del campeón danés, un corredor de 22 años del que se presume un futuro fantástico en las clásicas del norte. En el Kanarienberg quedaron por delante Devriendt y García Cortina, a los que daría alcance poco después Pedersen, con su particular estilo agónico. En el segundo paso por el Oude Kwaremont, enlanzado esta vez con Paterberg, se destacaban del grupo de favoritos Langeveld y van Baarle. Llegaban así los momentos decisivos de la carrera. 



El Koppenberg sería el final del sueño de García Cortina y el momento de auténtica selección de la carrera. Las cámaras de la televisión flamenca ofrecieron el inquietante plano desde la perspectiva del grupo, en el que se aprecia cómo el camino adoquinado del Koppenberg comienza a ascender, casi en ángulo recto, hacia el cielo, como si se tratase de uno de los sueños de la nefasta Origen en los que una calle se pliega sobre sí misma. Ya al final de la agónica subida se formó el habitual tapón, como hacía mucho tiempo que no se veía, provocado por una pendiente demencial, unos adoquines bastos, la ausencia de vías de escapatoria y lo abultado del grupo a esas alturas de carrera. Ninguno de los favoritos quedó sin embargo fuera de juego. Van Baarle, Langeveld y Mads Pedersen salieron todavía con segundos de ventaja que les permitían soñar remotamente con la victoria, dado el marcaje imperante en el grupo de favoritos. Quedaban todavía más de 40 km. a meta. 

Llegó entonces el encadenado de colinas, la traca final de los organizadores de Flanders Classics. En el Taaienberg, Van Avermaet  daría muestras de debilidad (qué lejos está del intratable corredor de la primavera pasada), mientras que Demare y Kristoff pasarían con bastante suficiencia los berg, aunque sin gregarios. Van Aert seguía delante, con gran facilidad, Sagan perdía a Oss, su último gregario, mientras que los Quick Step disponían de superioridad, con Stybar, Terpstra, Gilbert y Lampaert. Tras una escaramuza poco después de coronar el Kruisberg, lanzada por Stybar y secundada por Kwiatkowski, Sagan y Nibali, se produjo el consabido parón. Momento que fue aprovechado con astucia por el propio Nibali para lanzar su ataque. De nuevo lo squallo demostraba su particular habilidad para leer las carreras. Sin embargo, esta vez no le acompañaron las piernas. Tras él salió Terpstra y por detrás Sagan (quién si no) se limitó a culebrear, abrirse y esperar que otro cerrase el hueco, a la manera de Quintana en el Peyresourde. Moscon lo intentó, sin fortuna; en el falso llano subsiguiente, Terpstra siguió forzando la marcha e hizo con Nibali lo que éste hizo con Neilands en el Poggio. 



A partir de ese momento, tan sólo quedaba descubrir cuánto tiempo tardaría Terpstra en dar alcance al terceto delantero. Por un momento pareció que iban a defenderse bien, que Terpstra podía desfallecer; pero no, el magnífico rodador holandés sólo estaba tomando un poco de aliento, antes del encadenado final (¡una vez más!) de Oude Kwaremont - Paterberg. Langeveld y van Baarle se vinieron abajo; sin embargo, Mads Pedersen luchó, con la cara enrojecida, la boca abierta, casi en apnea, por mantenerse a rueda de Terpstra. Por detrás, el único movimiento serio tuvo lugar en el Paterberg, con Sagan atacando a destiempo, asumiendo el rol de Vanmarcke. 

En el llano hacia Oudenaarde, Terpstra no se pudo relajar, pues Pedersen seguía luchando por darle alcance. Por detrás, Sagan sería alcanzado por el grupo formado por Stybar, Gilbert, Van Avermaet, van Baarle, Vanmarcke, Van Aert, Naesen, Benoot, Valgren Andersen y Stuyven. Las figuras belgas, acostumbradas al marcaje mutuo, sólo podían encontrar un elemento común de colaboración en la caza a Sagan. De esta manera, Terpstra consesguía su segundo monumento, en este caso sin la magnanimidad de Boonen, Mads Pedersen entraba todavía segundo y la tercera plaza se dilucidó entre Gilbert y Valgren Andersen. 



No ha dejado de ser la de este año una edición menor de la Ronde van Vlaanderen, dominada por la superioridad de un solo equipo y por los marcajes entre el resto de figuras. Mención aparte merece la extraña forma de correr de Sagan, cada vez más predecible; está claro que prefiere no ganar a que otros se beneficien de su esfuerzo, pero en el recuento final Terpstra ya tiene más monumentos que él. Sin duda lo más esperanzador fue la actuación de los jóvenes: el excepcional Mads Pedersen, Wout Van Aert, por completo adaptado a la distancia, y en menor medida Iván García Cortina.