La victoria de Tadej Pogačar en la Milán - Sanremo ha sido la culminación de una obsesión. Desde 2022 la Classicissima se mantenía esquiva a sus intentos de abordaje, como una vieja dama cansada de las atenciones e insinuaciones de un joven demasiado impulsivo. La trayectoria ascendente del esloveno parecía haberse estancado en 2025. Después de un quinto puesto en 2022, un cuarto en 2023 y un tercero en 2024, volvía a repetir la última plaza del pódium en 2025. Lo había intentado por activa y por pasiva, en el Poggio y en la Cipressa, ¿Qué quedaba pues por inventar? ¿Qué podía hacer para evitar que van der Poel acabase ganando o decidiendo la carrera una vez más? La Milán - Sanremo se había convertido en una obsesión, en su obsesión. El recorrido de la prueba era como un papel en blanco, de difícil interpretación. Su desarrollo estaba sujeto a azares e imprevistos, que siempre invitaban a nuevos comensales a la mesa. Y mientras, Pogačar interpretaba una y otra vez la partitura, obsesivamente, con ligeros cambios, sin dar con la nota desafinada que conducía al traste con toda la interpretación. Su fluidez habitual había encontrado su freno.
En los días previos solo se hablaba de estrategias y direcciones del viento. Dónde atacar, qué hacer, cómo mover los peones. Como si el resto del mundo no existiera y solamente fuese un combate de Pogačar contra su destino. Pero, por supuesto, había más gente, dispuesta a aprovechar sus despistes, a seguir su rueda, a comerle la moral. Sobre todo, Mathieu van der Poel. El plan, aparentemente trazado al milímetro, no se iba a cumplir, como nunca sucede en el ciclismo. Iba a irrumpir lo imprevisto, en forma de despiste y caída a falta de 32 kilómetros, justo en el momento más comprometido. Su caída, en un lugar delantero del pelotón, se llevó consigo a los que vigilaban su rueda, Wout van Aert y Mathieu van der Poel. Pero no adelantemos acontecimientos.
Hasta el momento la carrera había seguido su guion habitual, demasiado codificado. Fuga consentida, a la que se permite cierta libertad en la llanura padana y en la vía Aurelia, y apenas desgaste de los equipos principales. Silvan Dillier había controlado él solito, como también sucediera el año pasado, a una fuga de soliti ignoti como Maestri, Belletta, Milesi, Moro, Tarozzi, Marcellusi, Peron, Lozano y Faure-Prost. El escaso desgaste del pelotón, más allá de la acumulación de kilómetros, había sido la causa principal de la caída delantera de Pogačar, una caída que parecía que iba a impedir, una vez más, su victoria.
Tras la caída, pasado el Capo Berta, el pelotón se fragmentó en varios pedazos. En un primer grupo perseguidor iba van der Poel, con heridas en la mano. En el segundo, Pogačar, con el maillot y el culotte rasgado en varios puntos y esa pinta de gato apaleado que tiene cuando se recompone con agilidad de aparatosas caídas. Fue rápidamente arropado y encorajado por McNulty y Großschartner. En el tercer grupo quedó Wout van Aert, de nuevo gafado (es el Pepe Gáfez del pelotón), solo con Matteo Jorgenson como soporte. Los coches permitieron la reducción general de las distancias, pero McNulty y Pogačar entraron rezagados en el desvío hacia Cipressa.
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| La caída, con Pogačar, van der Poel, Girmay, van Aert... Últimamente Pogačar se cae más. |
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| Pogačar llega a la cola del pelotón entre los coches y tras Danny van Poppel (?). |
En el primer tramo de ascensión, McNulty condujo a Pogačar a la primera posición, en la mayor demostración atlética del norteamericano desde aquella etapa pirenaica del Tour de 2022. Parecía McLay esquivando ciclistas. Una vez los UAE en cabeza, el plan podía retomarse. Del Toro asumió el ritmo del grupo, pero no demasiado tiempo (no parece a gusto en un rol de gregario). Pogačar, con el calentón de la caída y unas tremendas ganas de revancha, lanzó su ataque, siendo seguido esta vez por Pidcock y Mathieu van der Poel. Aunque la caída pudo mermar su fuerza, el tiempo de ascensión de la Cipressa fue demencial: según ammattipyöräily, fue exactamente igual que en 2025; según RCS, ligeramente inferior.
En el descenso, Pogačar parecía querer dejar atrás a su sombra, jugándose el tipo en cada curva. Como en aquellos videojuegos en los que un coche fantasma marca el recorrido ideal a seguir, Pogačar parecía seguir un punto inconcreto, el fantasma del descenso ideal, en un frágil equilibrio entre la perfección y el tortazo. Pidcock, otro suicida, le iba a la par en cuanto a trazadas al límite, mientras que van der Poel parecía algo más prudente, aunque viéndose forzado a arriesgar dado el ritmo de los otros dos. Esa bajada kamikaze impidió el reagrupamiento posterior. En el llano, Lidl - Trek se organizó con Pedersen, mientras que Pogačar tuvo que asumir casi toda la responsabilidad, como era lógico.
En el Poggio, van der Poel cedió. Iba haciendo caras durante todo el llano previo y sin lugar a dudas no iba bien. Un duro escollo parecía flanqueado por Pogačar. Pero Pidcock seguía a su rueda y la adrenalina que le había espoleado en la Cipressa parecía que menguaba en cada aceleración. No pudo dejar atrás al de Leeds, en uno de sus mejores días, pegado a su rueda como una lamprea. Y por supuesto tampoco lo iba a descolgar bajando. En los últimos kilómetros, ya en Sanremo, Pogačar continuó en cabeza, con alguna duda que otra, mientras Pidcock seguía a rueda, pasando al relevo solo en contadas ocasiones. De todas maneras, por detrás la caza parecía cada vez más improbable, tanto que incluso saltó Wout van Aert, esta vez más desacomplejado y sin haberse desgastado en persecuciones imposibles en los momentos decisivos.
En la entrada del último kilómetro, Pidcock cedió con zorrería la primera posición a Pogačar, que tendría que afrontar así el sprint desde una incómoda primera posición. Pogačar hubiera deseado evitar un sprint de tú a tú, situación en la que a veces tiene algunas inseguridades, como en aquel Flandes de 2022 o, sin ir más lejos, en la Sanremo de 2025. Ya en vía Roma tuvo que adivinar, casi por instinto, el momento del demarraje de Pidcock. Sin embargo, el británico cometió un pequeño error. O más bien una sutil duda en la dirección que tomar: optó primero por adelantar por el interior, sin espacio suficiente, teniendo a continuación que remontar por el centro de la calzada. Sin este pequeño error de cálculo quizá la victoria hubiera sido suya. Finalmente la victoria de Pogačar fue por una rueda, con un lanzamiento excelente de la bicicleta por parte de ambos, casi al unísono. La tercera posición la ocuparía van Aert, con una ligera ventaja sobre el grupo principal, comandado por Pedersen.
Con esta victoria de Pogačar todo el mundo parece contento e incluso aliviado: sus directores, los organizadores, los aficionados, mou... También la historia. Ha inscrito su nombre en el palmarés y quizá de este modo se contente y busque nuevos objetivos futuros. Su aire de despreocupación juvenil, cada día más apagado, camufla en realidad un interior obsesivo, que no cede hasta que su deseo ha sido colmado. El resto tendrá que contentarse con ser testigos de sus triunfos y contemporáneos de su dominio, siendo recordados como elementos de un escenario en el que parece que sigue habiendo un solo protagonista principal.

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