miércoles, 1 de abril de 2026

LAS ACCIONES QUEDAN, LAS PALABRAS SE OLVIDAN

La Volta a Catalunya de 2026 ha sido una muestra más de la efectividad actual de Jonas Vingegaard en las vueltas por etapas. En estas pruebas, tanto él como Pogačar se encuentran un escalón por encima del resto, es una obviedad. Pogačar con un estilo agresivo, sin atisbo de cálculo, Vingegaard con una proporción más equilibrada de pragmatismo y exhibición. Pero no hay duda de que Vingegaard es un corredor de ataque, uno que en otra época hubiera abierto portadas, pero que hoy, en un ciclismo en el que tantas veces se corre  derrochando sin cabeza, es dardo de críticas, en ocasiones iniciadas por sus propios rivales. Sobre todo por parte de Evenepoel, que lleva muy mal que no le den relevos. El belga siempre pica cuando le ponen un micrófono delante y pretende prolongar la competición con titulares. Sus declaraciones esta vez han girado en torno a la carencia de carácter ofensivo por parte de Vingegaard (cuando le ha sacado dos minutos en la general, ¡dos minutos!). No hay vuelta de hoja, se mire por donde se mire: Vingegaard ha ganado por aplastamiento, una vez más, y si no ha abierto más diferencias sobre un plantel de favoritos bastante notable, en el que se encontraba Evenepoel, ha sido porque no ha tenido más terreno. 

Mete miedo.



En cuanto a la calidad de la carrera, en estos últimos años, sobre todo después de la pandemia, la Volta está viviendo una edad dorada, en la que los grandes corredores quieren conseguir el maillot franjiverde de la UD Sans. Lejos quedan los dark ages de principios de siglo, en los que la carrera mantenía la categoría, pero era disputada por corredores menores y efímeros. Pecharromán, Martín Perdiguero, Gustavo Cesar Veloso...Incluso Albasini. La edición de este año volvía a la dureza de 2024, pero, como ya sucediera en 2025, ha sido víctima de recortes por condiciones meteorológicas complicadas. En ese sentido, Vingegaard se quedó sin una ascensión más, la de Vallter 2000, y sin los dos últimos kilómetros del Coll de Pal, que hubiesen dejado las cosas todavía más claras en su favor. 

La ausencia de grandes velocistas, dada la proximidad con la Milán - Sanremo y el solapamiento con la Gante - Wevelgem, es el gran talón de Aquiles de la prueba. Cualquier corredor rapidillo puede hacerse con un buen botín. Esta ha sido la ocasión de Godon, en el papel de Albasini de otra época. En el final de Sant Feliu de Guíxols, aquella larga recta con una subida in crescendo, la del patatús de Colbrelli y las victorias recientes de Schultz y Brennan, se impuso Godon, esta vez sobre Evenepoel, que le puso las cosas bastante difíciles. En la etapa de Banyoles, continuaron los bigotes, con victoria de Magnus Cort, dando el primer triunfo del año a su equipo. En la tercera etapa, con meta en Vila-Seca, Evenepoel se alió con el viento para ofrecer espectáculo desde lejos de meta. Destrozó el pelotón desde la cabeza, siendo únicamente seguido por Vingegaard, muy atento. Este se negó a colaborar, como es lógico, impertérrito ante los aspavientos y maldiciones de Evenepoel. Con el pelotón rozándoles los talones, Evenepoel fue víctima de una extraña caída al entrar en una rotonda en el último kilómetro. Vingegaard levantó el pie, permitiendo una nueva victoria de Godon, mientras Evenepoel prefería seguir la competición delante de los micros, con declaraciones salidas de tono que poco iban a afectar a Vingegaard, inmune a las marrullerías. 


Godon se impone en el clásico final de Sant Feliu de Guíxols.

En esta foto no se le ve protestar por llevarlo a rueda.





Vernon conseguiría la victoria en Campodrón, en una etapa recortada por el viento, sin la ascensión final a Vallter 2000. En el final del Coll de Pal, Vingegaard pondría las cosas en su sitio, con un ataque a falta de 6 kilómetros, con el que obtendría una ventaja que rondaba el minuto sobre sus principales adversarios en la escalada, Gall, Lenny Martinez y Lipowitz.  Evenepoel perdió más tiempo, padeciendo una vez más el síndrome-subida de más de 10 kilómetros, al igual que Almeida, completamente desaparecido en esta carrera, como si el cierre del estrecho de Ormuz hubiese afectado también a su rendimiento. Fue una gran ascensión, caracterizada por la facilidad en el pedaleo de Vingegaard y por las paredes sobre las que va colgada la carretera. En la sexta etapa, con final en Queralt y un recorrido digno de gran vuelta, el mismo que en 2024, Vingegaard volvió a ganar sin necesidad de grandes demostraciones, con un ataque ya en la última ascensión, que dejó planchados a Lipowitz y a Lenny Martinez, este último siempre a rueda. Gall ya se había quedado rezagado en la Collada de Sant Isidre y en el terrible falso llano posterior hasta Berga, donde realmente se hacen las diferencias. En el difícil descenso de Sant Isidre, Pidcock se fue al suelo, lastimándose la rodilla. El deseo de emular a Pogačar parecía estar en el trasfondo de la jornada. En realidad, Pogačar y Vingegaard, entrelazados en tantas cosas, solo han compartido cuatro lugares de victoria parcial: Jebel Jais, Hautacam, Combloux y ahora Queralt.  La última etapa en Barcelona apenas tuvo emoción esta vez, con intentos desesperados de Evenepoel por llamar la atención, abortados por Vingegaard. El final se dilucidó al sprint, con victoria para Brady Gilmore, sprinter de típica fisonomía australiana: fornido, no muy alto, al modo de un halterófilo turco o del Cáucaso, y prácticamente desconocido en Europa, pero con victorias en Taiwán.

Victoria en Pal. Sentenciando la carrera, con 2,2 kilómetros menos de subida.



Ganando allí donde lo hizo su némesis.


Los augurios se habían cumplido, con una victoria de Vingegaard, al que al día siguiente pasearon por las instalaciones del Barça, como a un turista más, a modo de calentamiento de la futura salida del Tour. La competencia tan numerosa y prestigiosa de entrada (Almeida, Evenepoel, Lipowitz, Pidcock, Gall, Lenny, Riccitello, Uijtdebroeks, Landa, Mas...) había quedado borrada de un soplido. 







(en un próximo artículo, las clásicas flamencas).  
 



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