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| El pódium esperado. |
En los primeros kilómetros de la carrera, recién salida de Amberes bajo un cielo gris que anunciaba chaparrones, se formó la fuga, con los siguientes corredores: Frison del Pinarello, Van Boven del Lotto, De Pooter del Jayco, Sainbayar y Fagúndez del Burgos, de Vries del Unibet, Zamperini del Cofidis, Gradek del Bahrein, Lamperti del EF, van den Berg del Picnic, Dillier del Alpecin y Connor Swift del Ineos. En ese tramo somnoliento de la carrera llegó uno de los momentos polémicos del día, a falta de 213 kilómetros para meta: un paso a nivel. La mitad del pelotón delantera lo cruzó, con la señal en rojo pero todavía con las barreras levantadas, mientras que la otra mitad se detuvo.
Es cierto que, con el reglamento en la mano, medio pelotón, en el que figuraban Pogačar, Evenepoel y Pedersen, debería haber sido descalificado, al haber cruzado el paso a nivel con la luz intermitente roja en marcha. Pero también, si se mira con ojos más indulgentes, más prácticos también, no inflamados por el afán de hoguera que siempre reina en las redes sociales, los propios coches y motos de la carrera debieron pasar un instante antes de que las señales se pusieran en marcha; Bjerg, que encabezaba en ese momento el pelotón, debió pasar justo cuando el semáforo se puso en rojo. Nadie se ha saltado esta vez las barreras, como sí sucedió en los dos precedentes más recordados, la París - Roubaix de 2006 y la de 2015, con resoluciones diferentes (dado el número de corredores que se saltó entonces las barreras). ¿Era más conveniente que se hubieran parado todos, incluso en medio del paso a nivel? Se obró correctamente. Fue un incidente de carrera, todo lo demás es clickbait.
La primera selección importante de la carrera tuvo lugar en el Molenberg, a menos 102 kilómetros de meta. Florian Vermeersch aceleró la marcha, con su líder a rueda, formándose un grupo delantero, con los principales favoritos, la mayoría de ellos con algún gregario. La selección del día estaba hecha: Pogačar y Florian Vermeersch del UAE, Evenepoel, Gianni Vermeersch y Tim van Dijke de Red Bull, van Aert y Laporte de Visma, Watson y Sheffield de Ineos, Trentin y Pluimers de Tudor, y ya individualmente, van der Poel, Pedersen, Mohorič, Stuyven y Dewulf. Los Red Bull colaboraron activamente con los UAE, pasando incluso Evenepoel y van der Poel a unos relevos liderados con bastante intensidad por el propio Pogačar, hiperactivo como siempre. Este grupo selecto se unió a los escapados a falta de 78 kilómetros a meta. Muchos equipos, como Movistar, Groupama o Uno-X, apenas contaron en ningún momento con corredores enfocados por las cámaras de la tele.
A menos 57 kilómetros, en el segundo paso por Oude Kwaremont, llegó el momento decisivo. Con el paso de los años, Pogačar ha hecho del Oude Kwaremont uno de sus sitios predilectos, como Sante Marie, Cipressa, el Passo di Ganda o La Redoute. Se sabe que ahí va a venir su ataque, no intenta sorprender. Es más, esta vez su aceleración tuvo lugar antes de comenzar la parte adoquinada, como si desease aprovechar al máximo los metros de subida. La aceleración esperada de Pogačar volvió a coger a Mathieu van der Poel descolocado, como sucediera ya otros años. Tuvo que hacer un esfuerzo extra para coger su rueda, un esfuerzo que quizá acabó pagando al final. Esta vez fue van Aert el más valiente, intentando seguir el ritmo in crescendo del esloveno: lo acabaría pagando. Después de la ascensión, con su parte más plana final, el grupo delantero quedó reducido a tres corredores: Pogačar, van der Poel y Evenepoel. Esta tripleta de campeones mundiales iba a durar junta poco tiempo, puesto que Evenepoel iba a ceder unos metros decisivos en el último tramo del Paterberg.
Los momentos más intensos de la carrera llegaron entonces, entre el primer paso por el Paterberg y el Koppenberg. Pogačar y van der Poel se relevaban delante, con Evenepoel por detrás, con un retraso que oscilaba en torno a los 10 segundos. Evenepoel no cedía, como un perro con su hueso, aplastado contra la bici, con su rodar aerodinámico. Cuando pasaba Pogačar delante, la diferencia se ampliaba; cuando le tocaba el turno a van der Poel, aminoraba. En realidad, van der Poel no se estaba matando en los relevos, pero de todos modos pasaba. Seguramente le hubiese interesado no pasar, introduciendo así un elemento de inestabilidad con la entrada de Evenepoel en cabeza, a fin de poner más nervioso a Pogačar, su principal rival. Pero Mathieu van der Poel no corre así, no escatima relevos: el concibe cada carrera como un ciclocrós, en la que ir a tope de principio a fin, sin ocultarse.
Poco antes de iniciar el Koppenberg, Evenepoel había conseguido reducir la diferencia tras un esfuerzo titánico en solitario. Los había tenido en todo momento a la vista, pero como un elástico, se separaban o se acercaban, según quién diese los relevos. Pero en el Koppenberg la diferencia iba a aumentar, poniendo ya el dúo de cabeza tierra de por medio con Evenepoel, que tendría que contentarse con la tercera posición.
El momento decisivo final llegó en el tercer y definitivo paso por el Oude Kwaremont. Pogačar no tuvo clemencia y, de nuevo, hizo de esta colina histórica, durante mucho tiempo colocada al inicio de la prueba, su rampa de lanzamiento. Su Baikonur, su Cabo Cañaveral. Se despegó de van der Poel y fue desde allí solo a meta. En plena subida se vio algún vaso de plástico, cargado de cerveza, salir del público, desde la zona de las carpas, con destino a Pogačar o quizá a van der Poel. Ya se sabe: en la mejor afición del mundo se lanzan bidones a van der Poel a la cara, o se le escupe, o se amenaza a Florian Vermeersch por tirar a por van Aert. Se masca un Puy de Dôme 1975 si el dominio de Pogačar sigue siendo tan monolítico: solo hay que pasearse un poco por el engendro de Musk, esa criatura de Frankenstein, formada no ya por parches de carne sino por múltiples voces, una plataforma plagada de ganas de bronca y gresca en estos días, para encontrar una muestra. Opiniones contrastadas, de todos modos. Por un lado, el ciclismo, casi diría que por primera vez en muchos años, aparece en noticiarios generalistas, y no a causa de dopaje, caídas o cortes de carrera. Por otro, es lógico el aburrimiento ante un mismo ganador habitual, y cada uno es libre de decidir apagar el televisor o cambiar de canal.
En el llano final hasta Oudenaarde no sucedió nada, como estaba previsto. Es un terreno de nadie en el que nunca sucede nada, en el que casi nunca se produce ningún reagrupamiento, salvo en aquella edición de 2022, en la que el marcaje de Pogačar y van der Poel permitió la entrada de dos nuevos actores. Había desaparecido la emoción del tramo final de la edición de 2023, en la que Pogačar, todavía con el cuerpo no hecho para estas carreras, se batió con esfuerzo contra un grupo de rodadores. Esta vez Pogačar iba a mantener su distancia, rodando de forma poco aerodinámica, pero accionando con fuerza sus patorras, más gordas que las de ninguno en esta edición. Es curioso el cambio físico del esloveno, que en estas carreras parece más crecido, con las espaldas más anchas, con más piernas y más mofletes, en esta ocasión algo hinchados por un chaparrón inicial. Seguramente para julio activará la operación bikini, pero ahora sorprende este cambio, quizá gradual, en el que la escasa grasa juvenil de 2023 ha dado paso a cierta musculatura intimidatoria.
En la carrera femenina, Demi Vollering ejerció el rol de Pogačar, destrozando también a la concurrencia, pero de forma más humana. Sus rivales también eran numerosas (Longo Borghini, Kopecky, Ferrand-Prevot, Pieterse, Reusser, que abandonó por caída y rotura de clavícula), pero las distanció, a la manera del esloveno, en el Oude Kwaremont, también con un ritmo asfixiante.
En resumen, ¿Hubiese sido distinta la carrera si van der Poel no hubiese colaborado en ningún momento con Pogačar? Seguramente, no. Podría haberse ahorrado algún relevo, haber permitido la entrada de nuevo de Evenepoel, a fin de introducir ciertas dudas en la confianza de Pogačar, pero el resultado seguramente hubiese sido el mismo. Habrían entrado todos de uno en uno, como ha sucedido esta vez. Existe un claro contraste entre este ciclismo de ahora, concebido como un club de caballeros, una élite selecta, en la que no se niegan un relevo, y aquel con el que muchos crecimos, aquel de Museeuw, Tchmil y Van Petegem, en el que nadie daba una pedalada de más. O, sin ir tan lejos, el tiempo en el que la presencia de Valverde en un grupo era sinónimo de escasa colaboración o en el que nadie pasaba al relevo a Peter Sagan. Eran otros tiempos, otras concepciones, y este ciclismo actual, más noble si se quiere, o más desprendido y menos inteligente si se mira con ojos pragmáticos, es el que practican hoy los grandes nombres. Nadie quiere ofrecer una mala imagen, nadie quiere quedar expuesto o cancelado. Todos pasan al relevo. Todos contentos.
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| Evenepoel contento. Quizá ha encontrado su sitio. Ha hecho una inmensa primera participación. Volverá. |

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