miércoles, 13 de julio de 2022

TODO POR DECIDIR

Podría decirse que desde la etapa del murito de les Belles Filles, la carrera ha entrado en una fase de estancamiento, pero en realidad todo está todavía por llegar. Las dos próximas etapas se presentan como decisivas, a falta de lo que decida por su propia cuenta el covid. Mientras tanto, para matar la espera, ¿qué imágenes nos han dejado estos días? Un sprint fácil de van Aert en subida, la resurrección de Jungels, los escapados tirados en el suelo nada más cruzar la meta del Altiport de Megève, un líder tranquilo en apariencia, pero que sprinta siempre que puede para obtener segundos o bonificaciones y unos rivales dispuestos a transitar la frontera que separa la paciencia del conservadurismo. 

En el final de Lausana se vio una vez más la potencia casi imbatible de van Aert en grupos reducidos. Apenas tuvo que hacer esfuerzo para encontrar su hueco y rebasar a Matthews y Pogacar en los últimos metros, cuando la pendiente suavizaba. Es más fácil ganar así que tras largas escapadas, claro está. También quizá tenga menos brillo. Pero cada generación parece poseer unas afinidades que les empujan a obrar sin voluntad: si la generación de los ochenta se caracteriza por la duración y la de 1990 por las esperanzas frustradas, la de mediados y finales de los noventa está dotada de un punto de soberbia e insensatez que les hace privilegiar el ataque loco al resultado fácil. Quieren ser ubicuos y a veces se dan duchas frías de realidad, pero el espectador agradece el camino recorrido.

"It means something extra", improvisa van Aert ante la absurda pregunta del periodista del Tour sobre qué significa ganar en el estadio "olímpico". 

 

En las siguientes etapas se ha cumplido un patrón similar: escapada peleada y bastante numerosa, algún ciclista infiltrado que desde una segunda línea puede dar un gran salto en la clasificación, trabajo de UAE en el pelotón y ausencia de ataques importantes. En la primera etapa con encadenado montañoso, se asistió a la resurrección inesperada de Bob Jungels. El luxemburgués llevaba tres años en el más absoluto anonimato, aquejado de las secuelas de la salida de la manada, muchísimo más persistentes que las del covid. Decidió escaparse del grupo de fugados bien pronto, cuando quedaban todavía 60 kilómetros a meta, lo que significa la ascensión al col de la Croix, el descenso, unos diez kilómetros de llano y la ascensión final al Pas de Morgins, más los últimos kilómetros de bajada y subida. La decisión de la etapa fue un bello duelo entre la elegancia del pedaleo siempre compuesto de Jungels y el estilo espasmódico de Pinot por detrás. La habilidad en el descenso decantó la balanza en favor de Jungels e incluso el frágil francés, cuya persecución fue magnificada por la realización, fue superado en última instancia por el dúo de Castroviejo y Verona, gracias al empeño del primero. Al vasco le dieron vía libre cuando ya estaba claro que no iba a haber movimientos por detrás, pero fue demasiado tarde para él. El pelotón mantuvo la diferencia siempre en torno a los tres minutos, debido a la presencia "peligrosa" de Rigoberto Urán (que acabó desfondándose y perdiendo siete minutos). 

Jungels saliendo de un agujero de gusano desde la Lieja de 2018.

 

Llegó el día de descanso y con él los test de la organización. Todos fueron negativos, al contrario de lo que sucedió antes y después en algunos controles internos de los equipos, a resultas de lo cual Laengen, Guillaume Martin, Durbridge y George Bennett se fueron para casa. No así Rafal Majka, que a pesar de dar positivo se mantiene en carrera por "carga viral baja". Vistas las bajas en UAE, podría decirse que el principal rival de Pogacar a día de hoy es la posibilidad de contagio. La enfermedad debería comenzar a tratarse como lo que es a estas alturas, al menos entre gente joven y presumiblemente sana como los integrantes del pelotón: solo se deberían marchar a casa aquellos a los que realmente la enfermedad les impida rendir al cien por cien. Ello no quita que se deban extremar las medidas de seguridad para evitar un contagio masivo que sí podría poner el riesgo la viabilidad de la prueba, aunque resulte paradójico y agotador a estas alturas. Algunos equipos deberían hacerlo por cuenta propia, porque la principal amenaza para perder la carrera puede venir de ahí. 

 

Volviendo al estado de naturaleza.

 

Con el ambiente enrarecido por las bajas de UAE y la presencia incómoda de Majka en el grupo, la etapa de Megève tuvo las mismas características que la anterior (fuga peleada y numerosa, corredor infiltrado peligroso para la general, dejadez de UAE, ausencia de ataques destacados), pero extremadas. Pogacar se mantuvo durante gran parte de la etapa en la panza del grupo, rodeado de corredores de otros equipos (Bahrain, Bike Exchange), mientras sus compañeros marcaban el ritmo delante. Esta vez se coló Lennard Kämna delante, colocándose durante gran parte de la etapa como maillot amarillo virtual, gracias a su diferencia superior a los 8'43''. Si detrás apenas ha habido movimiento e interés, la lucha por la etapa ha estado francamente interesante, con bastantes alternativas: Bettiol primero, más tarde Zimmermann y el italiano y al coronar, un ataque de Luis León Sánchez que parecía bastante peligroso, al contar detrás con Fred Wright en el papel de vigilante. 

 

Une partie en campagne.

 

Finalmente Luis León Sánchez fue alcanzado por Matteo Jorgenson y Nick Schultz, y más tarde por Dylan van Baarle, que amagó con atacar nada más coger. En la rampa final, casi la más dura de toda la tendida y larguísima subida, los cuatro de delante fueron cazados por el resto de escapados, comandados por Benjamin Thomas. El sprint se dirimió por la mínima entre Nick Schultz y Magnus Cort Nielsen, que obtenía finalmente la victoria y podía redimirse con un triunfo de verdad de sus días de payasadas en Dinamarca. Por detrás, como sucedería ya en la etapa anterior a la jornada de descanso, Pogacar intentó distanciar a sus rivales con un ataque/sprint de 100 metros. No obtuvo nada (los jueces no picaron un segundo, a pesar de la visible diferencia), pero sí conservó gracias a ese sprint el maillot amarillo. 

Sprint agónico entre Schultz y Cort Nielsen.

 
 La diferencia estuvo, el segundo no. 

Más allá de conjeturas sobre conservar o ceder el amarillo, lo que llama la atención es el nerviosismo de Pogacar, que se deja vislumbrar bajo su capa de relajación a través de tanto sprint en las metas, en pos de segunditos. Pareciera que no las tiene todas consigo y quisiera así distanciar a Vingegaard a toda costa, algo que siempre es mala señal. También podría interpretarse como una necesidad casi física de dejar constancia de su presencia en todo momento, por si acaso tiene que marcharse por la puerta de atrás debido a un positivo relacionado con los casos de covid en su equipo. Lo cierto es que la pasividad de sus adversarios, rayana en la desidia, contrasta notablemente con esa agresividad de Pogacar, inane por otro lado. También podría ser una manera de manifestar fortaleza en un momento en el que el equipo hace aguas por todas partes. Aunque tampoco habría que minusvalorar a su formación: si bien es presumible que Majka vaya para atrás (cosa que debería hacer simplemente por trayectoria y edad), ahí están Soler y McNulty. El catalán ha demostrado poderío cuando se le ha pedido trabajar y el norteamericano apenas se ha mostrado hasta el momento. Tampoco hay que descartar alianzas de última hora y a la desesperara: no sería la primera vez en el ciclismo (recuérdese el papel de Hesjedal y Kruijswijk en el Giro de 2015). En fin, que todavía está todo por decidir y esto no es más que escribir por escribir. 

 

Día de auténtico ciclismo (en la fuga).

viernes, 8 de julio de 2022

EL ARTE POR EL ARTE

Después de una victoria, tres segundos puestos y un día en la oficina, van Aert se levantó ayer juguetón. Parecía querer imitar a su gran rival Mathieu van der Poel en aquello de atacar de salida, sin grandes objetivos más allá de un maximalista deseo de poner todo patas arriba. Pero como ya le ha sucedido tantas veces a su rival, su apuesta por el espectáculo en detrimento de la acción racional tuvo como resultado no solo la derrota, sino también la pérdida del maillot amarillo. Seguramente esto segundo le da bastante igual a van Aert, que prefirió plantear su particular reto al pelotón, a la manera de Hugo Koblet entre Brive y Agen, en una de esas batallitas del ciclismo clásico regadas de anfetaminas. La fuga de van Aert fue un gesto inútil aunque peleado, una acción que dotó de contenido a una etapa que de otra forma habría sido insulsa, pero un ataque que planteaba muchas dudas a nivel estratégico. El final en Longwy era bastante apto para sus cualidades, pero como le sucede muchas veces a Mathieu van der Poel, pensó de forma equivocada que un ataque de salida sería mejor opción de victoria. La mejor opción incluso de defender un maillot que no debería haber perdido en un día así. Van Aert simplemente se inmoló. O si se prefiere, optó por la vía del arte por el arte, en un gesto completamente inútil pero bello, como el arte que defendían los artistas bohemios del París de finales del XIX. 

"🎵Allá van con el balón en los pies, y ninguno los podrá detener...🎵"

 

Van Aert estuvo en todos los palos iniciales, hasta que finalmente se consolidó una fuga de tres cuando faltaban más de 140 kilómetros para meta. Sus acompañantes finales fueron Jakob Fuglsang, que no estuvo a la altura del reto planteado, y Quinn Simmons, que dio muestras de ser un corredor rocoso y testarudo, al que le va la marcha. Por detrás UAE inició la persecución, con paciencia pero sin querer permitir que van Aert cogiese una minutada. Tampoco se fiaban. Además, no contaban con muchas fuerzas, al haber perdido ya a algún corredor (Hirschi y Bennett quedaron descolgados de primeras, conectado el neozelandés con un trascoche que fue sancionado). El equipo de Matxín contó con la ayuda de Education First y Alpecin (con el potente Van Keirsbulck, al que se echaba de menos). Los intereses de estos equipos eran un tanto más vagos, aunque podría decirse que Education First quería mantener sus opciones de maillot amarillo y Alpecin luchar por la etapa (Philipsen al final fue el mejor de los sprinters puros, sin contar a Matthews).  

A 65 kilómetros de meta, Fuglsang decidió parar. La distancia había bajado a un minuto y medio y en vez de guardar, o de escaquearse en algún relevo, decidió, sin ningún tipo de tacto, parar a mear. Un acto que podría considerarse racional, dadas las escasas opciones de victoria, pero que por las formas fue completamente indigno de un corredor de su clase. Si estás en una fuga, pelea hasta el final. Simmons decidió continuar, sufriendo finalmente el empuje del belga, que lo descolgó por pura y simple fuerza bruta. Con la escapada condenada al fracaso, van Aert decidió llevarla hasta sus últimas consecuencias: lo que toca cuando uno se embarca en una locura así. Le faltaron 11 kilómetros, los mismos que rodó en solitario en la etapa de Calais. 

"El que se escapa es para ir hasta el final, escaparse para dejarse coger es de parguelas", aprende Fuglsang.

 
Llegó hasta donde pudo.

A partir de ese momento comenzó otra etapa, nerviosa y más dura de lo previsto dado el machaque planteado por van Aert de salida. Vuillermoz lo intentó en la penúltima cota, la cota de Pulventeux, una rampa de 800 metros con fuerte desnivel. Algunos consideraron su ataque peligroso: en concreto Pogačar, que ya olía las posibilidades de victoria. En la meta de Longwy no tuvo rival. Roglič saltó demasiado pronto, haciendo el papel involuntario de lanzador de su compatriota. Pogačar en pocas pedaladas ganó muchos metros, distanciando a su vecino Matthews, que hizo segundo. Sin quererlo aparentemente, Pogačar se hacía con el maillot amarillo, puesto que la bonificación le permitía superar a Powless, ya con van Aert fuera de juego. 

 

La he liao parda

He's playing with our balls, isn't it?, la versión de Leeds de los del eclipse.

 

La etapa de hoy ha sido bastante disputada en su fase inicial, con más de cincuenta kilómetros iniciales de tira y afloja hasta que se ha formado la escapada definitiva. En esa lucha por formar el grupo selecto se han visto momentos esperpénticos, muy cosa nostra, como cuando a Ganna le han pedido parar desde el coche. La fuga se ha conformado gracias al empuje de Bora y Trek, que habían colocado por delante a Schachmann y Kämna por un lado, y a Pedersen y Ciccone por otro. Pero los Trek se han descolgado en los puertecillos de aproximación, mostrando un estado lamentable de forma, sobre todo Ciccone. Problemas estomacales, ha dicho Juanpe en rtve. Geschke y Teuns también eran integrantes peligrosos de la fuga, mientras que Erviti permanecía delante con el cometido de perro guardián, no se sabe muy bien de qué.

A la hora de la verdad, al llegar al muro hiperexplotado en los últimos años por el Tour de Prudhomme, Kämna ha sido el que ha planteado más problemas al pelotón. Por detrás UAE sí ha trabajado a destajo hoy: estaba la familia y la novia de Pogačar en meta, han dicho. El chico quería ganar, no quería decepcionar a su gente. La diferencia de la fuga ha ido rondando más o menos los dos minutos durante toda la etapa, siendo el trabajo de Soler el que ha propiciado una aproximación más peligrosa. De todas formas, los movimientos de los diferentes equipos para ganar la posición antes de la entrada a la subida han provocado paradójicamente una cierta ralentización, que ha dado alas a Kämna.

Al alemán lagunar lo han cazado finalmente en el último kilómetro, en el repecho de tierra. La subida ha sido francamente anodina, con un goteo de ciclistas en la parte trasera del grupo, siendo el perjudicado más destacado Vlasov (ha perdido 1'39''). En definitiva, la subida se ha afrontado à la purito, aunque Pogačar se ha quejado de que Majka le dejase demasiado pronto delante. Pogačar ha dudado si lanzar su ataque, siendo sorprendido por Vingegaard. El ataque del danés ha sido seco y contundente, tanto que a Pogačar le ha costado bastante seguirle la rueda. Ha tenido que sacar fuerzas de flaqueza de no se sabe dónde para poderle rebasar en los últimos metros. Por su parte, Vingegaard ha llegado muerto. La expresión de Pogačar era de alivio ante la victoria, pero no se ha mostrado tan relajado ni tan seguro de sí mismo después del triunfo: el danés le ha hecho sudar más de lo esperado, aun a pesar de haberse llevado el triunfo. 

 

"🎵Tu mirá se me clava en los ojos como una espá...🎵"

Esta etapa no ha sido síntoma de nada, en realidad. Pocas veces ha sido decisiva esta meta, salvo en la crontarreloj que todos recordamos. En una llegada en línea se presta a cálculos, a tacticismos, dado el final agónico que propicia siempre. Podría pensarse que la cosa está bastante empatada: Vingegaard se ha mostrado fuerte, Pogačar no ha sentenciado, tan solo les separa medio minuto. A pesar de su segundo triunfo consecutivo, Pogačar ha dado una imagen externa de más humanidad, de más vulnerabilidad. Su equipo ha dado todo lo que podía dar, pero no parece para muchos trotes más. En el lado contrario tampoco parace que vayan a plantear grandes alternativas: en Jumbo cada uno va a la suya. Está todo por decidir, aunque uno de los dos rivales ya lleva ventaja.

"...sentí un amplio abanico de emociones. Primero me sentí nerviosa, luego ansiosa, luego recelosa, aprensiva, luego casi soñolienta, luego preocupada y atribulada después..."

 

jueves, 7 de julio de 2022

DOS MOMENTOS PARA SALVAR EL TOUR DE FRANCIA

El Tour se concibió como una suma de clásicas, al menos eso dice la leyenda. Circulan mil batallitas de ese periodo originario del Tour, aquel tiempo en el que los ciclistas salían de las ciudades antes de la hora de cierre de las tabernas, llegando a la ciudad final de etapa cuando solo quedaban gatos y vagabundos por las calles. Los ciclistas se lanzaban a la aventura, por caminos empedrados o enfangados, cogiendo atajos y algún tren, siendo recibidos en los pueblos con vítores o pedradas, según el parentesco de cada ciclista con la localidad. En fin, batallitas. Ahora, en el ciclismo que nos ocupa, nos conformamos con dos o tres destellos de calidad, momentos que recuerden a ese pasado literaturizado del Tour, que se non è vero, è ben trovato. Estos dos días han tenido algo de clásicas y han permitido por fin disipar el sopor inicial de Dinamarca. 

La etapa entre Dunkerque y Calais no pintaba nada bien en sus inicios. Magnus Cort Nielsen y Anthony Perez se fugaron de un pelotón dormido, sin apenas oposición. Fueron transitando por pueblos casi flamencos, mientras Magnus Cort Nielsen se ponía las botas con los puntos, aunque con menos circo que en su casa. Todo esto acabó en la última cota, la de Cap-Blanc Nez, a falta de doce kilómetros para meta. Cort Nielsen ya se había dejado absorber, pero Perez mantenía una exigua ventaja al llegar a los acantilados blancos de Calais. A través de las imágenes del helicóptero se podía vislumbrar la sombra pálida de los acantilados gemelos de Dover, al otro lado del Canal. Esa cota empinada y corta fue el territorio escogido por Jumbo para realizar uno de sus lanzamientos orquestados, como vienen haciendo desde la pasada París – Niza. Un paisaje que siempre ha sido un punto de conexión o distanciamiento, con esas murallas de creta en ambas costas, que hablan de uniones y alianzas, desembarcos y huidas, y esa estrecha franja de mar, que habla de guerras medievales y aislacionismos antiguos y actuales. 

Esto es Quadrophenia, no el Tour de France.

 

Nathan Van Hooydonck y Tiesj Benoot encendieron la mecha, acelerando el ritmo. Se formó un trenecito de Jumbo, con algún Ineos intercalado. El pelotón había explotado en mil pedazos con esa aceleración tan brusca. A Vlasov se le veía cortado y de Pogačar no había ni rastro. Al campeón esloveno lo habían dejado solo durante toda la etapa. Una vez retirado Benoot, tan solo quedaban delante van Aert, Adam Yates y Vingegaard. El danés de Jumbo giraba la cabeza: por detrás, Roglič no había podido mantener el ritmo tan bestial de su propio equipo, y se abría ligeramente junto con Thomas. En ese instante, en esos últimos 100 metros de subida, estuvo uno de los momentos clave de lo que llevamos de Tour. Van Aert tenía ante sí dos opciones: ralentizar un poco el ritmo y asegurar que Vingegaard le cogiera rueda, para poder sacar así difencia a un Pogačar que no se veía en la lejanía, o marchar en solitario para por fin sumar una victoria de etapa, después de 3 segundos puestos seguidos. Optó por la segunda opción y ofreció bellas imágenes del líder del Tour de Francia luchando en solitario contra todo el pelotón. Seguramente fue la opción correcta, pues Pogačar logró alcanzar a Vlasov al coronar y una ralentización, por mínima que fuese, podría haber supuesto la neutralización de los tres de delante, con la posible desaparición de las posibilidades de triunfo de van Aert. 

¿Esperar o no esperar?, ahí está la cuestión.


 

La etapa de ayer fue más intensa si cabe, un espectáculo de principio a fin que recordó a la etapa de 2014 en la que el pavé fue realmente decisivo, a pesar del kilometraje reducido. Por delante se formó una escapada de corredores de calidad, que finalmente llegó a meta. Como siempre pasa con el pavé, rodar por delante da más ventaja que rodar en pelotón, y así fue de nuevo esta vez. La fuga la integraban Magnus Cort Nielsen, ya sin puntos en liza, Edvald Boasson Hagen y Taco van der Hoorn, a los que más tarde se unieron Neilson Powless, Alexis Gougeard y Simon Clarke. Buenos rodadores en general, con algún corredor no esperado en una etapa de este tipo (Powless, Clarke). Gougeard sería el primero en quedarse.

La etapa fue una París - Roubaix concentrada, con su dosis repartida de pinchazos y caídas, las tremendas polvaredas, el paso peligroso entre coches y el caos habitual de un pelotón atomizado. En el reparto de desgracias, Wout van Aert fue de los primeros en coger número. En un primer momento se fue al suelo junto a Kruijswijk; más tarde, cuando adelantaban coches para volver a entrar al grupo, van Aert casi se estampa contra uno de ellos por ir despistado. Parecía no ser el día del líder de la carrera. Tampoco el de su equipo. Van Aert rodaba en la parte trasera, como si no tuviese fuerzas para ganar posiciones. Lo que se tomó inicialmente por una debilidad, en realidad fue una decisión acertada, dadas las circunstancias posteriores. Vingegaard se vería afectado por un pinchazo, cambiando la bici con la de Van Hooydonck. Intentó rodar con una bici demasiado grande, pero apenas podía pedalear, de forma que la cambió con Kruijswijk e inmediatamente después por la que le ofrecían desde el coche de equipo, en un juego de trileros que se convertirá en una de las imágenes del Tour. Pronto contó con van Aert para comenzar la persecución. No contentos con esta situación desafortunada,  Roglič se fue al suelo por culpa de una bala de paja mal situada. Con él cayeron también Ewan y Thomas, otros habituales, pero en su caso tuvo que recolocarse el hombro luxado, perdiendo más tiempo. Su caída lo situó por detrás del grupo de su compañero Vingegaard. 

Jumbo inventando un nuevo deporte.

 

Mientras tanto, Pogačar rodaba con gran soltura sobre el pavé, sin perder las posiciones delanteras. Nunca bajó más allá del quinto o sexto puesto del grupo, sin contar con ayuda alguna (sus gregarios estaban desaparecidos), más allá de alguna voluntad comprada de forma puntual (Bettiol). También Gaudu, Quintana y Vlasov se defendieron bien, en sus casos arropados por sus respectivos equipos. En uno de los tramos más largos, Stuyven vio la posibilidad de alcanzar al grupo de escapados. Su aceleración fue seguida por Pogačar, que se pegó con gran agilidad a su rueda. A continuación rodarían ambos como si se encontrasen en una Baracchi o como en el pasado Tour de Flandes. Pogačar, completamente solo, hacía del ataque su mejor defensa, y parecía poder sentenciar el Tour en la etapa del pavé.

Clasicómano experimentado.


 

Fue un instante fugaz, una sensación pasajera: Pogačar estaba decantando la balanza a su favor y sus rivales debían actuar inmediatamente para evitarlo. Van Aert se puso en cabeza en el grupo perseguidor y, sin exigir relevos a los demás, inició su caza. Es un experto en el tema. Tras él rodaba Vingegaard, pero también los Ineos, que no pasaron en ningún momento al relevo, e incluso Mas, más agazapado todavía. Alcanzaron al grupo de Gaudu, Quintana y Vlasov, y comenzaron a recortar tiempo al dúo de Stuyven y Pogačar. El belga ganador de la Sanremo intentaba en el asfalto aproximarse al grupo de fugados, y Pogačar parecía visiblemente cansado en el tramo final: le costaba seguir la rueda de Stuyven y su expresión ya no mostraba esa impasibilidad angelical habitual. Por detrás, van Aert había puesto en marcha la máquina. También Roglič en su grupo.

Finalmente los escapados contaron con la ventaja suficiente como para jugar un poco en el último kilómetro. Powless y Boasson Hagen tenían incluso en sus manos la oportunidad de convertirse en líderes de la carrera. Powless lanzó su ataque, siendo secado por Edvald Boasson Hagen, que arrastró a su rueda a van der Hoorn y Clarke. Van der Hoorn inició su sprint de lejos, con mucho desarrollo, a chepazos como en la París – Bruselas. Cuando parecía que iba a ganar, salió de su rueda el veterano Clarke y le arrebató la victoria en el golpe de riñón. Por detrás, Stuyven mostraba menos interés en los relevos y Pogacar parecía cansado. Sacaron solamente una exigua ventaja de 13 segundos sobre el grupo de Vingegaard, comandado en todo momento por van Aert. El líder pareció desentenderse durante un instante, pero visto que el ritmo descendía, aun tuvo fuerzas para tirar hasta el final, manteniendo así el liderato. Lo que comenzó como una exhibición de Pogačar se convirtió finalmente en una muestra más de poderío de van Aert. 

El golpe de riñón decanta la victoria para el equipo de los jubilados.

 

En resumen, el balance de la jornada nos muestra que Roglič y O'Connor ha quedado bastante alejados; Pogačar ha sacado una reducida ventaja, demostrando su fuerza individual pero dejando en evidencia la total ausencia de equipo, que es de presuponer que se recompondrá al llegar la montaña; Vingegaard ha salvado el día gracias a van Aert, como también lo han hecho Thomas y Mas, aprovechándose del trabajo de Jumbo. El equilibrio de fuerzas parece que todavía se mantiene: de un lado de la balanza está el talento individual, la magia del momento, pero una banda de equipo; del otro, el poderío de un equipo afectado muchas veces por la mala suerte y las decisiones controvertidas, pero ya solo con un líder claro.


lunes, 4 de julio de 2022

UN PASEO POR LA NADA

¿Qué se recordará con el paso de los años de esta salida en Dinamarca? ¿Nada, puede ser? ¿Acaso un poco más de indignación? Bien es cierto que en la anterior ocasión en la que una gran vuelta salió de Dinamarca los momentos memorables también brillaron por su ausencia. Fue en el Giro de 2012, aquel de la pugna entre Purito y Hesjedal por segunditos: uno de los peores últimos giros que se recuerdan. Este inicio está a la par, con una contrarreloj algo interesante, seguida de dos etapas dominadas por la ausencia de competitivad en la mayor parte de su desarrollo.

El Tour, la reunión anual de las famiglie.

No es una novedad que el Tour se empeñe, un año más, en defraudar de buenas a primeras todas las esperanzas puestas en él. Viene siendo lo habitual y a nadie pilla por sorpresa. Pero este año, dando un paso en adelante muy vanguardista, el Tour ha llegado incluso a borrar del diccionario el concepto de fuga. Ni siquiera hay fugas de equipos modestos o invitados, destinadas al fracaso; ahora se escapa un corredor, a lo sumo dos, que espera con un ritmo ficticio en cabeza el momento de ser cazado. Esto se produce cuando falta todavía un buen trecho para meta, ya no se molestan ni en disimular. Una vez producida la neutralización, ningún equipo más hace mención de retomar la actividad atacante. Se conforma un frente de pelotón, liderado por cinco o seis equipos, que bloquea el ancho de la calzada para impedir cualquier movimiento. Ni siquiera hay gran velocidad. Los momentos complicados, véase el famoso puente, se pasan cogidos de la mano. El pelotón se ha convertido en un grupo de boy scouts que hace cadenas humanas para pasar un río saltando de roca en roca, sin que nadie tenga que mojarse los pies. Predomina una calma chicha que invita, como ya presagiamos, al sueño profundo, a la siesta colosal al modo de un larga hibernación. 


Bonitas fotos  del puente del Gran Belt (Lars Moller para ASO), pero el pelotón al modo de un balón de rugby.

 

La crono al menos tuvo su interés, no solo por la expectación generada, sino también por tratarse de una de las dos únicas cronos de la carrera. La lluvia acrecentó la peligrosidad ya inherente a una crono urbana. En ese sentido, el Movistar, dado el ejemplo histórico de la caída de Valverde en Düsseldorf, salió a "no arriesgar", con el resultado de que Enric Mas hizo peor tiempo que prácticamente todos los favoritos, salvo O'Connor: cuarenta y nueve segundos se dejó con Pogačar, nada menos...

Todos los favoritos decidieron salir al principio de la crono, propiciando uno de los inicios de Tour más intensos que se recuerdan, seguido de una continuación muy anticlimática.  Todos los equipos esperaban equivocadamente que la lluvia arreciase más tarde. Este error de cálculo no es más que la demostración del largo camino que le queda por recorrer al ciclismo (con todo su chapucerismo histórico) para acercarse al cientificismo de otros deportes. Mejor que siga así, ya que sin estos pequeños alicientes, dados por la improvisación, la espontaneidad y los errores de cálculo, el ciclismo sería mucho más aburrido.

Así pues, Bissegger se fue dos veces al suelo con las primeras gotas, temiéndose una crono muy accidetada: en realidad solo Laporte, Honoré y alguno más se fueron al suelo, demostrando que en gran parte las caídas iniciales del rodador suizo venían de tomar demasiado “a saco” las curvas. Por contra, Mathieu van der Poel retuvo durante gran parte de la prueba el mejor tiempo, gracias a su habilidad al tomar las curvas. Roglič, Thomas y Vingegaard tomaron la salida en el punto álgido de las precipitaciones. Posteriormente se vivió un encadenado muy emocionante con Ganna, van Aert y Pogačar. Van Aert hizo valer su mayor habilidad ante Ganna, al que le penalizó la falta de grandes rectas. Por su parte, el joven campeón esloveno salió al parecer bastante conservador, para comenzar a apretar en la última parte de la crono, quedándose tan solo dos segundos por detrás de van Aert. El dúo de líderes de Jumbo, Roglič y Vingegaard, se dejó menos de diez segundos finalmente con Pogačar. 

En las predicciones meteorológicas todavía no es la F1, por mucha culebrón de Netflix que se haga...

El asunto parecía más que resuelto, aunque quedase más de una hora de carrera, que se preveía que fuese un epílogo plomizo e innecesario. Pero como sucede en esas películas de Marvel que no he visto, había sorpresa en los títulos de crédito. Nadie esperaba a Yves Lampaert. Incluso en rtve cometieron la temeridad de desconectar la emisión en directo, para dar paso a un partido de fútbol femenino cuando todavía no se contaba con imágenes en la plataforma de rtve play. ¿Quién iba a esperar que Lampaert hiciese lo que hizo, con su cara de rudo gregario sacado a empujones del tractor para montarse en la bici? Lefevere lo esperaba, pocos más. Para explicar un poco la situación, podría decirse que Lampaert se benefició de que la lluvia cesó y la calzada fue poco a poco secándose. Pero a decir verdad nadie más se acercó a los tiempos a de los mejores, tan solo Teuns y Pidcock lo hicieron de forma más tímida. La contrarreloj del granjero flamenco fue estratosférica, en la línea de la eterna caja de sorpresas que es su equipo.  Con el triunfo inesperado de Lampaert, el gallito de Lefevere podía comenzar a tapar bocas, sobre todo anglosajonas. Lampaert ya había hecho buenos resultados en cronos, sobre todo entre las que suelen disputarse en fechas cercanas al Tour (el campeonato de Bélgica y la Vuelta a Bélgica), pero pocos esperaban algo así. La cara de van Aert, demasiado habituada ya a los tartazos de última hora, lo decía todo.

A la fuerza se le va a quedar esa cara.

El granjero y la sirenita.


¿Qué decir del resto de días? Más bien poco. Las masas de daneses apostadas en la ruta nos podrían llevar al engaño: en realidad el pelotón ha recorrido los verdes paisajes daneses como una bola de paja de esas que atraviesa los poblados del oeste. A su paso comenzaba el sopor. El segundo día el puente se convirtió en el espacio para una tregua no escrita, amparándose en un supuesto aire de cara. Hubo caídas, entre ellas la del líder y la de Urán. Al primero, los jueces le permitieron seguir el rebufo de los coches para que pudiera volver al grupo, al segundo no. Pero tampoco hubo mayor inconveniente: ya esperó el grupo para que la caída de Urán no fuese un problema. El sprint en curva, con forcejeo entre Jakobsen y Sagan por la posición, fue para neerlandés de Quick Step por delante de van Aert, que pareció confiarse en los últimos metros. Una victoria que se convertía en un argumento más para que Lefevere, al parecer cada día más cómodo en el papel de forocochero, se colgase una nueva medallita.  
 
Primera victoria en el Tour de Jakobsen (foto de los Gruber)

Al día siguiente, ya sin puente, el sopor fue similar o incluso mayor. Magnus Cort Nielsen asumió con bastante alegría el rol de mascota animadora, marchando durante gran parte de la carrera en cabeza, para fervor de sus seguidores, que no dudaban en golpear rítmicamente las vallas al son de "Magnus, Magnus". Cansado ya de rodar delante del pelotón, Cort Nielsen se dejó cazar y a partir de ese momento, cuando quedaban más de treinta kilómetros para meta, se puso en marcha el catenaccio de los 3 kilómetros. Ineos y Jumbo desplegaron por los flancos sus hileras, cerrando el paso a cualquier poco probable intentona. Otros equipos asumieron extrañamente el mismo rol: Lotto-Soudal para Ewan y unos inexplicables Groupama-FDJ, Cofidis e incluso Intermarché-Wanty. Ya estaba el safety car montado, a la espera de superar la pancarta de los menos 3 kilómetros. En una segunda línea, Quick Step, Alpecin y Bike Exchange se tumbaban a la bartola, mirando cómo otros hacían su labor. También Pogačar podía descansar chupando rueda a los Jumbo, aunque estuviese algo solo como casi siempre en estas circunstancias,  únicamente con Bjerg y Laengen a su rueda. Siempre hay alguien que le hace el trabajo al equipo del hombre más fuerte de la carrera, hay qué ver.
 
Atento, con las antenas bien tiesas.

 
El sprint fue en esta ocasión para Groenewegen, ganando in extremis a van Aert, que hacía así segundo por tercer día consecutivo. Jakobsen se quedó encerrado, a pesar del trabajo de su equipo, y en esta ocasión Sagan forcejeó con van Aert. Se podría decir incluso que van Aert hizo equilibrios sobre la línea de la descalificación, llevándose como premio un "madafaka" en boca de Sagan. En resumen, dos días en los que la competitividad real se redujo a tres o cuatro kilómetros y en los que, a pesar de todas las cautelas, no se pudieron evitar las caídas. En el segundo día dentro de los kilómetros de protección (Pogačar entró a más de tres minutos con las dos ruedas pinchadas), en el tercero a nueve kilómetros, quedando cortado en bloque el Bahrain de Jack Haig.
 
Groenewegen se redime. Van Aert, otra vez segundo.

 
 
Bien es cierto que este “control”, que redunda siempre en muermazo, viene propiciado también por una ruta complicada. Masas de daneses se han apelotonado a ambos lados de las cunetas, formando incluso graderíos improvisados en algunas laderas. En los lugares más concurridos se han visto muchos pies en la calzada y muchos fanáticos de las fotos, apartándose en el último momento cual recortadores. Incluso algún tontaina se ha puesto a correr en paralelo en cotas insignificantes. Recordó, incluso en peligrosidad, al ambiente de Yorkshire. Demasiada gente, en definitiva, ocupando parte de la calzada, algo siempre peligroso: el fantasma de Opi y Omi sobrevolaba el pelotón como una amenaza. Si a ello añadimos unos finales criminales, diseñados por un mono con un rotulador, nos encontramos las caídas habituales. Caídas que también vienen acrecentadas por la desidia y el ahorro de fuerzas durante la mayor parte de la carrera, y la necesidad de poner toda la carne en el asador en los últimos diez kilómetros (a veces incluso menos). Es lo que sucede por concentrar la velocidad en tres kilómetros después de un largo trote con charleta, digno de grupeta de jubilados (solo falta la parada para almorzar). La suma de factores podría haber sido catastrófica (público inconsciente, vallado cutre, estrechamientos inesperados, desidia y aceleraciones locas al final), pero finalmente se han esquivado en gran medida las caídas graves. A costa, claro está, de no solo dejar de lado la palabra "espectáculo", palabra más propia del circo y esas cosas, sino también una mucho más importante: competitividad.



martes, 21 de junio de 2022

CUATRO CONSEJOS PARA DISFRUTAR EL TOUR DE FRANCIA

1. No te quejes. El que no quiera polvo, que no vaya a la era, dice el refrán. Nadie te obliga a ver las etapas enteras. Si yo fuese tu médico te recomendaría no solo otras actividades para evitar el sedentarismo, sino también otras distracciones, para que no acumules un exceso de bilis; aquello de los malos humores de lo que hablaban los griegos. Además, el verano es el mejor momento para viajar y para vivir nuevas experiencias. En cambio, si escoges con todas sus consecuencias darte una buena panzada de sofá y tele, evita refunfuñar como un viejo cascarrabias y renuncia, por tu propia dignidad, a los discursos nostálgicos. Si bien el ciclismo se mantiene idéntico en muchos aspectos a como era antes, sí ha cambiado en el de las batallitas: si incurres en la cantinela de "cualquier tiempo pasado fue mejor", apelando a los tiempos de Julio Jiménez o Bahamontes, corres el riesgo de convertirte en aquel viejo del que todos huyen cuando abre la boca para contar las historias de la mili. No más Ares, por favor. A nadie le interesa ya Perico ni Indurain: los actores son otros, y no precisamente españoles. Los kilometrajes también. Esto no quiere decir que esté en contra de la historia, ni mucho menos. Más bien mi desprecio se dirige hacia esa revisitación rocabareana de los triunfos del pasado, acompañada habitualmente de una constante apelación a las "tremendas pelotas" de los tipos duros de ayer. Algo que queda ya muy mal, todo sea dicho: resulta algo desagradable y muy propio del siglo XX. Son comentarios de barra de bar, con puro y copa de soberano en la mano. Ahora los ciclistas ya no se enfadan entre ellos, no hacen ese tipo de comentarios, son casi todos colegas, o al menos lo aparentan al cruzar la meta. El Tour puede que haya perdido su brillo como una de esas monedas de céntimo recubiertas de mugre de tan manoseadas e intercambiadas, pero es algo ya que todos sabemos y no hace falta que se incida una y otra vez en el tema. Dudo mucho que se vaya a escribir una tesis sobre el asunto, ni mucho menos un TFM. Así que, recuérdalo, no te quejes.

Ni quejas ni batallitas: si te pones en plan Abe Simpson, te mandamos a la residencia.


2. Déjate llevar por el sueño cuando la carrera te invite a ello. Está mal que un amante obsesivo del ciclismo como yo lo diga, pero las mejores siestas me las he dado con el Tour. Sí, el cuerpo lo tengo ya entrenado, son años de experiencia y créeme, pocas cosas hay como el Tour para echarse una siesta sosegada, sin sobresaltos, con la mente completamente en blanco. Una siesta daliniana, de las que duran pocos minutos, solo una breve desconexión mental, nada de esas siestas de pijama, cama y gorrito que dejan los sentidos embotados y la boca pastosa. Las microsiestas del Tour son una especie de paraíso en la tierra y algunas etapas, cuando quedan más de ochenta kilómetros, son toda una invitación. Además, el Tour tiene un ritmo premioso, relajante, digno de una película de Ozu. Te pone en sintonía con las cosas buenas de la vida, siempre y cuando pongas un poco de tu parte: te pone en contacto, aunque solo sea a nivel audiovisual, con la naturaleza trabajada por el hombre, con la montaña agreste, con las aburridas estaciones de esquí en el verano, con la paciencia. Puede que a veces la realización adopte un tono censor muy disney, en el que no hay barriadas periféricas, ni multiculturalidad, ni centrales nucleares, nada que escape al ambiente construido de postal publicitaria, tan digno de una película alemana de sobremesa. El ritmo parsimonioso del Tour encaja muy bien con lo que decía Coppola sobre el cine de Rohmer, que era como ver crecer la hierba. El Tour en realidad es como un gran vagón-dormitorio, con miles de espectadores, cada uno en su compartimento y en su cama, embarcados en un viaje a través de Francia en los brazos de un placentero sueño, arrullados por el hipnótico ruido de las hélices del helicóptero. Ni siquiera un viaje de ácido puede superar esta experiencia. Pero no solo hablamos de paisajes: el Tour está tan guionizado que se basa, como el cine de género, en clichés repetidos. Apenas hay sobresaltos. Tampoco los habrá este año, en el que seguramente no afectará a la carrera la plaga de abandonos que ha diezmado la Vuelta a Suiza, dejando el triunfo en bandeja a Geraint Thomas. Por esa falta de acontecimientos extraordinarios, todo aquello que se sale de los raíles marcados es tan recordado, ya sea un abandono inesperado o el penúltimo día del Tour de 2020.

Solo cinco minutitos más...


3. Muestra un sano escepticismo. Ya somos suficientemente mayorcitos como para saber que el ciclismo tiene muchos cadáveres en el armario y mucha suciedad bajo la alfombra. Para encontrar alguna pista de ello no hace falta más que pasear un poco la mirada entre los coches de los directores deportivos. Como en las películas de Lynch, la pátina colorida e inocente de la realidad oculta auténticos horrores. Se diría que el rostro de algunos de estos protagonistas en la sombra es digno de figurar en un cartel pegado al lado de la comisaría del sheriff, con el rótulo de wanted y el dinero de la recompensa. Quien más y quien menos tiene un convicto al volante y ni los de Netflix van a ser capaces de maquillar eso. Además, se ha vuelto a la época de los dobletes, victoria a pares en Dauphiné y, para no ser menos, en el escenario menor de Eslovenia. Roglic ha sumado sin muchos esfuerzos una victoria más en una vuelta de una semana, una de las que le faltaba, cediendo el triunfo parcial en el Plateau de Salaison a Vingegaard. En Eslovenia la carrera ha sido un auténtico paseo: el nivel de la competencia era muy bajo, todo hay que decirlo. Pogacar se ha permitido el lujo de ganar su carrera nacional disfrazándose en algún momento de gregario. Decidiendo una victoria de etapa con su compañero Majka a piedra, papel o tijera. Resultaría divertido, de no ser una exhibición tan aplastante de un solo equipo. Por no hablar de las marrullerías del equipo de los lobos, una banda que empequeñece a la de Al Capone. En vez de a los suelos laminados podrían dedicarse a los sandwiches, como han demostrado con destreza en la Vuelta a Bélgica. Otros equipos también parecen embarcados en su particular escalada armamentística: Israel y Education First han salido del pozo, con Woods, Fuglsang y Guerreiro; Intermarché continúa su imparable ascenso a la cima y Bora ha demostrado, con Vlasov e Higuita, que es un equipo que puede disputar de tú a tú el primer puesto con las grandes formaciones. Solo Ineos deja una sensación agridulce de fin de una era, a pesar del triunfo de Thomas en Suiza: veremos. Por tanto, resumiendo un poco, ya se sabe lo que hay: recuperaciones milagrosas, deditos en la boca, pactofugas...Adorna tu escepticismo con un punto de cinismo, a fin de convertir cada arqueamiento de cejas, cada nota discordante, en un elemento más del juego, en un detalle más del espectáculo. Es el único truco válido para un espectador superviviente.

El único desliz de Jumbo durante el Dauphiné.

Como en el Alex Kidd.


Intermarché continúa de cabeza hacia el éxito.


4. Evita el ruido patriotero. Este es el cosenjo más útil, hazme caso. Antiguamente era muy habitual que en julio aparecieran nuevos aficionados de golpe, salidos de la nada. Aficionados que parecían dormir en letargo durante todo el año, enterrados en alguna cripta, y que solo en julio, con el calor y las piscinas, salían de sus tumbas como personajes de una película de Romero, siendo las banderas los harapos que cubrían sus cuerpos de zombis. Este es un fenómeno cada vez menos habitual, ha ido desapareciendo a medida que el ciclismo ha quedado arrinconado como un deporte estigmatizado y propio de otra época, sobre todo en España.

Cada vez despierta menos interés el ciclismo entre los futboleros, no nos engañemos. El interés de estos ha virado hacia el nadalismo, y quizá sea mejor así, aunque siempre despierte algo de tristeza que un deporte deje de ser masivo y popular para convertirse en un reducto de ratas de biblioteca. Sin embargo, sigue habiendo ruido patriotero, aunque no sea español el ra-ra-ra de fondo. En Francia, después del subidón artificial de 2019, parece difícil digerir el dominio de ciclistas extranjeros. Sobre todo si su dominio es tan potente. Al tercer año ya parecen  completamente hartos de Pogacar, preparándose para atizarle con un menhir como si fuese un legionario romano que acerca su nariz a la empalizada de la irreductible aldea gala. Muchos comentarios destilan un profundo resentimiento. Ese pequeño pelotón de indignados lo encabeza el festinoloco, con sus historias delirantes de complots extranjeros en la sombra, y lo secunda algún nostálgico de los campeones politoxicómanos franceses del pasado. Más allá de estas discusiones de cariz nacional, rozando la xenofobia, aparecerán nuevos debates, porque el Tour es el momento deseado para los amantes de la turra, para los creadores de hilos, para los que se suben al carro de cualquier polémica para hablar de cualquier cosa menos de ciclismo. También están los contadores de wattios, con discusiones bizantinas y sus datos sacados de la chistera. Me estoy haciendo mayor y todo este ruido me impide disfrutar de la carrera. 

 

Un día normal en twitter, cada uno con sus equipos imaginarios.


lunes, 30 de mayo de 2022

LA MAGLIA ROSA Y EL ESPECTADOR (UNA CORRESPONDENCIA, CAPÍTULO FINAL)

DEL ESPECTADOR A LA MAGLIA ROSA:

Verona, 29 de mayo

Me temo que esta carta equivale a un final. El final de una ilusión, maltratada sistemáticamente con el paso de los años. Creo sinceramente que no has estado a la altura; yo sí, todos los días al pie del cañón desde el inicio de la retransmisión, aunque muchas veces más ausente que despierto. El sueño ha sido más poderoso que tus encantos. A fin de cuentas, he acabado harto de la mediocridad de tu propuesta.

Nadie parecía querer ganar. Llegado a un determinado punto, la carrera parecía una competición de tortugas, esforzándose cada equipo por lanzar el ataque más tarde que su rival. Nadie quería desvelar las cartas antes de tiempo. Y finalmente, las tres semanas han acabado condensándose en tres kilómetros. Un maldito ataque de tres kilómetros a base de potenciómetro. Bora lo hizo bien, qué duda cabe; Ineos ya no es lo que era. Ni Sivakov, ni Castroviejo, ni Tulett sirvieron de auténtica ayuda para Carapaz, que más bien los utilizó para camuflar su debilidad en montaña. En cambio, el pendular Kämna ejecutó a la perfección su labor de gregario, sirviendo de lanzadera para el ataque de Hindley y descolgando a Carapaz, que se empeñó en seguirlos. Pero sin el bajón momentáneo de Carapaz, acrecentado por el pasillo humano en el que se convirtió la ascensión al Fedaia, la diferencia de Hindley habría sido menor. El día dejó las cosas bastante claras para esta crono, en la que no ha habido historia. 

¿Y qué decir de Landa? Ha rozado su tope en este Giro, a más no puede aspirar. Podría decirse que se ha movido dentro de sus posibilidades, pero siempre por debajo de las altas expectativas marcadas por la afición. Ni siquiera pudo servirse de Bilbao en el momento decisivo, y su equipo pareció optar incluso en la etapa del Fedaia por un difícil triunfo parcial de Novak (que finalmente fue para Covi). Aun así, pudo superar a un desfondado Carapaz en la subida, quedándose a poco de ponerse por delante de él en la general. Su último día en la crono ha sido catastrófico. Nadie le amenazaba por detrás, con lo cual no necesitaba forzar, pero su septuagésimo sexto puesto da un poco de vergüeza. Por detrás, la crono de Nibali también ha sido para olvidar: Bilbao y Hirt se le han acabado acercando demasiado. El podium ha sido barato.

El vigésimo corredor ha acabado a una hora, a dos horas el vigésimo noveno. El último clasificado lo ha hecho a más de siete horas: como si hubiese realizado una etapa de 250 kilómetros de más. En otra época, muchos corredores se habrían ido para casa por llegar fuera de control de forma reiterada. Todo ello es una muestra de que la carrera al final la han acabado disputando veinte corredores, siempre los veinte mismos durante los últimos días. Especialmente Hugh Carthy, renacido en la última semana, apartando incluso a Carapaz de mala manera en el pasillo del Fedaia.

De estos últimos días, carentes de intensidad, me quedo con la etapa de Treviso, con un cuarteto desafiando de nuevo al pelotón y a su mafia. Aprovechándose sobre todo de la contemporización habitual que hace el pelotón para no absorber demasiado pronto a los fugados, el cuarteto formado por De Bondt, Affini, Cort Nielsen y Gabburo consiguió plantarse en meta. Bien por ellos. Lo demás, salvo la concentrada intensidad del final en la Marmolada, apenas ha valido la pena. Desaprovechado el Pordoi, una vez más. ¿Y qué decir de la exasperante etapa del Santuario de Castelmonte, con una meta criminal y un paso completamente anodino por el Kolovrat esloveno? Para eso no merece la pena ni siquiera hacer turismo.

En fin, tengo que tomar distancia. Descansar un poco la mente, ver otras cosas. Me duele verte reducida a un estado tan lamentable, rebajando tu nivel para intentar congraciarte con todos. Ya está bien. Tienes que volver a tu esencia, la que me apasionaba: tu salvajismo, tus colpi di scena, tu infinita capacidad para transformarte. Ni siquiera has rozado el aprobado...Lo lamento. 

No sé si el año próximo tendré ganas de verte con la misma ilusión que tenía antaño.  

Hasta pronto.



DE LA MAGLIA ROSA AL ESPECTADOR (última carta)


Verona, 29 de mayo,


Acabo de recibir tu última carta. La he recibido rápido: estamos en la misma ciudad, aunque no hayas querido verme. Te escribo unas palabras en las que espero que notes más mi voluntad de disculparme que mi orgullo herido. Sé que este año quizá las expectativas eran más altas que en otros y que difícilmente podremos repetir en los próximos años el apasionamiento de 2015, 2016 o 2018. Entonces, maniatada la francesa por la tiranía del Sky, muchos visteis de nuevo en mí una esperanza de recobrar el ciclismo puro. ¡Pero no te puedes imaginar las presiones a las que me he visto sometida! Es difícil ser yo. He tenido que hacer muchos sacrificios. No es fácil compaginar ser guía turística, documental de naturaleza y espectáculo deportivo en retransmisiones de cuatro o cinco horas. La tensión se pierde durante tanto tiempo, irremediablemente. Y si quiero salpimentar mis días con dureza, los chicos se me suben a las barbas. Soy una mujer mayor, ya no acostumbrada a pelear, en el fondo me he vuelto demasiado permisiva con mis chicos. Les dejo hacer lo que quieran, ellos son ya los amos de la fiesta, y muchas veces se burlan de mí, pero yo les dejo hacer sus cosas. ¡Qué le voy a hacer! Me hacen gracia sus gamberradas...

Pero cuando te pones a comparar, y hablas de podios baratos, bien pronto te olvidas de los años oscuros del tránsito de siglo, de las participaciones infames, de los equipos casi de saldo, de los Caucchioli, Mazzoleni o Breseghin copando el podio. He pasado por tiempos tenebrosos, aunque entonces a ti, más joven y despreocupado, te hiciese la cosa gracia. Eran épocas en las que tan solo te ofrecía a la vista un tobillo o media pierna, lo que activaba tu imaginación; retransmisiones de 20 o 50 kilómetros, que hacían imaginar batallas previas de larga duración. Por no hablar de épocas que ni viviste, que conoces solo de oídas, mediante crónicas magnificadas o clips de youtube. Ahora ya has visto cómo están las cosas. Ya no tengo secretos y has sido partícipe de mis horas de sopor. Es como el paso de un noviazgo a una relación estable: no es lo mismo compartir unas horas al día, en las que todo parece una aventura, que el día a día, con sus momentos bajos, sus aburrimientos y sus sombras. Limítate a contemplar el paisaje, es lo que te aconsejo. 

¿Y no tienes palabras buenas para Hindley Aun recuerdo cómo, después de la ilusión inicial, renegaste de él en 2021. Te sentías decepcionado. Pues ahora ha vuelto, demostrando que quien se acerca a mí es por algo: porque tiene calidad, porque es un escalador de verdad, aunque lo sea en esta época de ataques más controlados y calculados. ¿No viste lo que cuentan los datos? Hay chicos que hacen comparaciones a veces quizá muy alocadas, sacándose datos de la manga, pero Hindley aparecía al lado de Pantani. Mi Pantani, mi mito, nada menos. Por algo será, digo yo.

Por lo demás, ha habido días en los que te he ofrecido cosas. Bien es verdad que se podrían haber arremangado más los de la general, pero no me negarás que la lucha de las etapas ha estado interesante. Todo lo interesante que ha sido posible, dado el material con el que me ha tocado jugar. Ahí ha estado van der Poel todos los días, haciendo el loco; la exhibición de Girmay; las escapadas que han llegado a meta y las que se han quedado a poco; algunas revelaciones, como Leemreize, siempre en fuga; el empuje de los viejos, como el remendado Pozzovivo; las sorpresas de Hirt en Aprica o el empuje infatigable de Carthy; el destronamiento definitivo de Ineos, que parecía tenerlo todo hecho desde un principio. No lo querrás ver así, pero este Giro ha tenido algo de simbólico: el final de Ineos, el landismo llegando a su culminación a medias...Para algo habrá servido.

No quiero que te quedes con la impresión amarga de que te invito a la resignación, a renegar de las ilusiones que antes depositabas en mí. Viví tiempos muy locos, con doctores de por medio, en los que todo parecía posible: ahora hay otros, claro está, pero algo más discretos. Se acabaron los tiempos de liarse la manta a la cabeza y salir a dar palos por ahí. Nos estamos haciendo mayores para eso. Los jóvenes de ahora parecen distintos. Sé que aunque ahora reniegues de mí, nuestra despedida no será definitiva. Te espero el año que viene. Sé que ahí estarás, aunque ahora te hagas el duro. 

Siempre tuya, tu maglia rosa.