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lunes, 1 de octubre de 2018

GIRO COPERNICANO

Valverde ha conseguido por fin el arcoíris: así figura la noticia en casi todas las portadas de periódicos. Valverde aparecía en todas las quinielas para el triunfo, cómo no después de seis medallas, pero ¿quién lo hubiese afirmado categóricamente? "Esta es su oportunidad", se decía, "quizá la última". Había en el ambiente cierta inquietud de "ahora o nunca". Las ya míticas "valverdadas" se habían interpuesto entre él y la ansiada prenda durante años, en una especie de maldición del arcoíris adelantada, y debido a ello nadie pensaba que fuese posible que dos conceptos hasta el momento por completo antitéticos como "Valverde" y "arcoíris", conceptos tan opuestos como el frío y el calor o el día y la noche, pudiesen figurar en una misma frase. Valverde y el arcoíris parecían repelerse tanto como en su día Poulidor y el maillot jaune. Pero el milagro se ha cumplido y por ello su triunfo tiene algo de giro copernicano, de descubrimiento alegre y un tanto atolondrado de que lo que se consideraba imposible e inimaginable es real. Yo no me lo acabo de creer. 

Falta Evenepoel para completar una alegoría de las tres edades del hombre.


Alejémonos sin embargo de visiones en exceso milagreras. El recorrido era para Valverde más propicio que nunca, con una cuesta de cabras final (Gramartboden) que al murciano le sentaba como un traje nuevo. Pocas veces ha contado con un circuito tan parecido a sus habituales cotos de caza ardeneses o de la Vuelta, quizá a excepción de aquel de Florencia. La subida final sólo se subía una vez en toda la semana, subvirtiendo los cánones de los mundiales. Una subida final que ha acabado siendo decisiva y ha condicionado gran parte de la carrera, aunque hay que reconocer que la subida de Igls, de porcentajes humanos y longitud exigente, fue dejando un rosario de cadáveres que hacía mucho tiempo que no se veía en el mundial de fondo en carretera. Durante un momento, a medida que se descolgaban uno a uno supuestos favoritos, el mundial volvió a recobrar ese aura ya perdida desde hace mucho de carrera de selección natural, ante la que algunos ciclistas, habituados a kilometrajes más suaves, fueron sucumbiendo sin remedio. 

La escabechina comenzó a falta de tres vueltas para el final. Por delante marchaba una fuga inicial formada por corredores no tan desconocidos como era habitual en años recientes: Didier, Fominykh, Hnik, Britton, Mullen, Dunne, Koshevoy, Jacques Jense van Rensburg, Ludvigsson, Stake Laengen y Asgreen. Y por detrás, en plena subida a  Igls, la selección austriaca comenzó a marcar un tempo infernal, que tuvo en el triple campeón del mundo Peter Sagan su primera víctima. Parecía la muestra evidente de que Sagan se había presentado al mundial más para honrar sus tres títulos mundiales anteriores que con intenciones reales de vencer un cuarto. A punto de coronar, Dario Cataldo lanzaba un primer ataque para los italianos, siendo secundado por Herrada, demostrando que la táctica de España iba a ser salir a todo azul que se moviese. Primoz Roglic se caía en la primer a curva del descenso y Miguel Ángel López coronaba también descolgado. Comenzaban a sumarse los eliminados después de casi 200 km. Después del descenso, en el repecho ubicado en la misma ciudad, Van Avermaet intentaba adelantar acontecimientos, formando con Caruso y Fraile un terceto que marchó un tiempo en cabeza. 

Sagan nunca tuvo opciones


A pesar de que Fraile en un primer momento parecía no querer relevar, después valoró la brillantez táctica del movimiento y comenzó a pasar a los relevos a Caruso y Van Avermaet. Mientras tanto, la escapada delantera quedaba reducida a dos hombres: Michael Asgreen y Vegard Stake Laengen, dos rodadores que demostraron sus habilidades en un circuito muy exigente. En el penúltimo ascenso a Igls, Simon Geschke alcanzaba al terceto intercalado formado por Van Avermaet, Caruso y Fraile, antes de ser todos ellos absorbidos por un grupo delantero en el que holandeses, italianos, españoles y franceses se mostraban muy activos. Los italianos forzaron la marcha con Brambilla y De Marchi, pero fue sobre todo el empuje del aniñado escalador Antwan Tolhoek el que dinamitó la carrera. Por detrás se quedaron descolgados, simplemente por la acumulación de subidas y kilómetros, supuestos favoritos como Dan Martin, Ilnur Zakarin, Wout Poels, Michal Kwiatkowski, Bob Jungels y Simon Yates. La selección española y la francesa seguían siempre en cabeza, secando cualquier ataque, con David De la Cruz y Rudy Molard. Estaba siendo un mundial emocionante.

Se entraba de esta forma en la última vuelta, más larga que las demás al contar con la subida de Gramartboden. Si bien Italia quería controlar la situación para un previsible ataque de Nibali, la última subida a Igls fue un continuo ir y venir de ataques. En este caso fue otro escalador holandés, Sam Oomen, el que contribuyó a derribar muchas caretas. Saliendo como continuación de un ataque de su compatriota Steven Kruijswijk, el ataque de Oomen contribuyó a que Nibali dijera basta y se abriera de piernas para descolgarse con elegancia. También en esta vuelta cayeron como fruta madura Tim Wellens, Greg Van Avermaet y Enric Mas, la "sensación" de la Vuelta. Por delante se formaba una efímera avanzadilla formada por Sam Oomen, Roman Kreuziger, Thibaut Pinot, Ion Izagirre, Sergey Lutsenko, Gianni Moscon, Michael Valgren Andersen y Peter Kennaugh. El británico de la Isla de Man fue el primero que trató de marcharse, siendo cazado en el falso llano de la cima de Igls por Michael Valgren Andersen, en un movimiento táctico ejecutado a la perfección. Además, el mofletudo danés subía sin abrir la boca, con la mirada asesina que tantas veces se ve en los ciclistas del Astana.  

El danés se lanzó al descenso con mucha determinación, mientras detrás se apreciaba la indecisión típica de los momentos en los que se forma por delante el movimiento ganador. Al retornar a Innsbruck llegó a poseer el tesoro de 30 segundos de ventaja. Si se hubiese aplanado el circuito, desmochando la cima del Gramartboden, Valgren Andersen sería campeón del mundo. Pero quedaba la rampa para las cabras tirolesas. Antes de las rampas más infernales, a medida que el camino se iba estrechando y el asfalto agrietándose, los franceses se colocaron en cabeza y forzaron el ritmo. Pinot, Bardet y Alaphilippe. Los dos grandes escaladores de 1990 preparaban el terreno para el nervioso uphill finisher francés. Pegados a la rueda de éste se soldaron Gianni Moscon, Michael Woods y...Alejandro Valverde. El murciano se agarraba al último vagón del tren de un posible triunfo, a rueda del ex-fondista y de algunos de los más eximios representantes de la generación 10 años más joven que él. 

Pinot una vez hecha su labor, con Valgren Andersen a tiro, se descolgaba, y entonces Bardet aceleró de forma brutal en el momento más comprometido. El danés fue cazado. El ritmo del escuálido escalador francés era tan exigente que Alaphilippe comenzó a retorcerse, a apretar los dientes y abrir los codos. La infalible fórmula de Quick Step, al igual que la de los hermanos Yates, parecía evaporarse con el paso de los esfuerzos y los kilómetros. Valverde vio atento la jugada, al ser un habitual de estos duelos a 20 por hora, y esquivó con soltura al francés para seguir agarrado, cada vez más aliviado, a ese vagón ganador. Después de los 100 metros de aceleración de Bardet, éste finalmente se dio cuenta de la "petada" de su supuesto líder, bajando inmediatamente el ritmo. Sin embargo fue secundado por Michael Woods, el ganador del Monte Oiz y segundo clasificado en Lieja, que siguió forzando el ritmo en las rampas más duras.

El cuarteto a punto de afrontar el momento decisivo


Se había formado un cuarteto delantero bastante definido con Woods, Bardet, Valverde y Moscon, mientras por detrás Dumoulin, el eterno segundo de esta temporada, superaba haciendo eses a Alaphilippe y Valgren Andersen. Corredores haciendo eses, golpes de riñón y tirones de brazos, desnivel de más del 20 % y espectadores estúpidos correteando al lado de los ciclistas (entre ellos un ya tambaleante Didi Senft) ofrecían una estampa insólita en unos mundiales, aunque habitual en los recientes espectáculos de ASO. En ese momento, acosado por dos o tres corredores de sanfermines, Moscon cedía y Valverde le superaba de nuevo para coger la rueda de Bardet. Se coronaba de esta manera en un grupo de tres, con una medalla por cabeza.

Marcajes en la cuesta de cabras


Poco antes del descenso, Bardet lograba solventar con gran habilidad un pequeño problema en la cadena y lanzaba a continuación la típica aceleración al coronar, arreón que quizá hubiese sido más violento de no haberse visto importunado por ese leve fallo mecánico. Valverde, muy atento, le cogió rápido rueda, evitando hacer una valverdada demasiado temprana. Por detrás, Moscon y Dumoulin coronaban conjuntamente, marchándose el holandés del italiano al principio de bajada. 

Si bien Bardet y Woods comandaban la bajada, una vez Valverde se percató de que Dumoulin se estaba acercando peligrosamente pasó a la cabeza. Las imágenes del helicóptero recordaban a la intensidad de los mejores descensos. Dumoulin exprimía sus habilidades de descendedor y rodador, con el acicate de la rabia de tantos segundos puestos, para dar alcance in extremis al terceto delantero. De esta forma, un convidado peligroso se unía a la fiesta. Sin embargo llegaba sin fuerzas, como demostró un ataque bajo el banderín del último kilómetro, que quedó en amago.

Valverde se quedaba en primera posición del cuarteto en el largo rectilíneo de meta: todo el mundo sabe que es la peor posición para lanzar un sprint, pero sus rivales tenían que aprovecharse de alguna manera de la clamorosa inferioridad en el sprint en confrontación con el murciano. Valverde lanzó el sprint desde lejísimos, dando la falsa impresión de que podía ser atrapado y superado por Bardet. ¿Iba a cagarla una vez más en el momento crucial? ¿Le fallarían las fuerzas en el sprint final como en Salzburgo en 2006? Allí se enfrentó a Bettini y Zabel, nada menos; en este caso, Bardet, Woods y Dumoulin parecían rivales más favorables para su triunfo. La suerte le sonreía, los astros parecían haberse confabulado para ofrecer un triunfo crepuscular al faraón murciano. Y así fue, Valverde cruzaba el primero la meta. Luego vinieron los gritos de alegría, casi alaridos desesperados, los sollozos en la intimidad de la carpa, la mirada decepcionada de un Bardet inconmensurable (al que le esperan grandes momentos si se decide por las pruebas de un día) y finalmente el arcoíris en el podio.


No podía fallar


Valverde entra así en el Olimpo ciclista, con seis triunfos de primer nivel (un mundial, una Vuelta, cuatro Liejas), a los que se suman cinco Flechas Valonas, 2 Clásicas de San Sebastián, 6 grandes vueltas de una semana (3 Voltas, 2 Dauphinés, 1 Vuelta al Pais Vasco) e infinidad de podiums (seis en mundiales, siete en grandes vueltas, seis en monumentos), a lo que habría que añadir además etapas y podiums en las tres grandes y más de 100 victorias profesionales. Han sido muchas sus ocasiones perdidas, pero sus triunfos también son incontables, lo que le situará en breve, cuando finalice la temporada, como el mejor corredor español de todos los tiempos en mi particular clasificación. En su pasado figuran sus dos años de suspensión, precedidos de su implicación en la OP y del juego del gato y el ratón con el CONI. Sin embargo, su carácter afable, simple y llano hacen del campeón murciano alguien muy cercano, del que se han sentido casi como propias las derrotas, sus errores tácticos, sus despistes o sus fallos en la planificación de la temporada, de forma que, a pesar de equivocaciones que haya podido tener en el pasado y de las prácticas actuales en las que pueda incurrir y que no escapan a lo que es común en el pelotón ciclista, es difícil decir que es un corredor que no merece este grandísimo triunfo.

Los dos conceptos contrapuestos, Valverde y arcoíris, casaban por fin ayer en una tarde soleada en Innsbruck. La luna y el sol concordaban: sobre la cara arrugada, con barba de tres o cuatro días y calvorota trasera del campeonísimo murciano se superpuso, cual luna tapando al sol, el ansiado arcoíris. Lo imposible se había cumplido: las teorías del pasado habían saltado por los aires.  


Después de muchos años, Valverde ocupa el escalón central
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Atendiendo a la actualización de los datos de la reciente estadística sobre abandonos en los mundiales, el mundial de Innsbruck no figuraría entre los más duros. Se sitúa un poco por encima de la media con un 59,57 % de abandonos. Todo ello tiene una explicación: el factor de "circuito largo" ha perjudicado a esta edición, repercutiendo en que no haya habido muchos abandonos, cuando sobre el papel ha habido bastantes desfallecimientos y aparente dureza. 



AñoLugarGanadorSalidosLlegadosPorcentaje de abandonos

27º2018InnsbruckAlejandro Valverde1887659,57

viernes, 29 de abril de 2016

ÉPICA, ABURRIMIENTO Y TRAGEDIA EN LA TEMPORADA DE CLÁSICAS DE 2016

A estas alturas del año, ha llegado la hora de hacer balance acerca de lo que ha dado de sí el primer cuarto de la temporada ciclista, la campaña de clásicas. En estos momentos se está disputando el Tour de Romandie, carrera que antes era preparatoria para el Giro y que en los últimos años se ha convertido en una de las tantas escalas de los hombres-Tour antes de la anodina cita de julio. Se trata de una carrera propicia para demostraciones extrañas y que pocas veces - por no decir ninguna - me ha acabado enganchando. Tan sólo los paisajes ordenados de Suiza, donde todo parece terminado y en su sitio, atraen mi atención a la espera del Giro, carrera que aunque no siempre ofrezca buen ciclismo, siempre colma las expectativas culturales y paisajísticas que también atraen al consumidor de ciclismo.  

Así pues, toca echar la vista atrás sobre unos meses de marzo y abril que suelen concentrar más calidad que en el resto del año ciclista. Este abril sobresale una París-Roubaix que ha recuperado la épica que antes era consustancial a esta clásica, aunque como sucediese el año pasado con la espectacular Gante-Wevelgem, el vencedor desmerezca notablemente al desarrollo de la prueba. 

Comencemos por marzo. La Milán-Sanremo tuvo un desarrollo dentro de su particular cánon de últimos kilómetros trepidantes e incertidumbre hasta el final. Quizá este año las caídas marcaron en exceso su desarrollo, así como las polémicas a ellas aparejadas, dando lugar a un processo en el mejor -o peor- modo italiano que superó incluso a la propia carrera. Matthews y Démare se fueron al suelo antes de la Cipressa, y solo el francés pudo conectar con el grupo delantero en el llano de Arma di Taggia, en una demostración que suscitó más de una recriminación por parte de corredores italianos. Todo ello en un contexto de críticas y descrédito hacia el ganador y a la suavidad del recorrido, emitidas incluso por el propio periódico organizador de la carrera. Por si faltara poco, la caída de Gaviria poco antes de entrar a vía Roma y el fallo mecánico de Bouhanni en la misma recta de meta, añadieron un poco más de demérito a la victoria de Démare, que se vio rodeada de demasiados "y si...".  Lo cierto es que el principio de año de FDJ está siendo todo menos convencional, y el sprint en vía Roma fue una demostración de superioridad insultante por parte del ex-campeón francés.



Luego vinieron las clásicas de acercamiento a la Ronde, que poco a poco le han ido ganando terreno en interés y alternativas. El G.P. E3 de Harelbeke y la Gante-Wevelgem se jugaron de lejos y ofrecieron interesantes movimientos tácticos. En el caso de la carrera de la autovía, se formó una dupla imperial con Kwiatkowski y Sagan, en la que el polaco humilló en el sprint al campeón del mundo. Parecía entonces que la campaña de clásicas de "Kwiato" iba a ser todo menos ramplona; pero el polaco es un corredor guadianesco, habituado a dar una de cal y otra de arena, con exhibiciones de übermensch y desfallecimientos de otros tiempos.



La Gante-Wevelgem se reivindicó como sexto monumento, ofreciendo su imagen más tradicional frente a una menguante Ronde van Vlaanderen, cada día más falta de hitos. Pues la Gante-Wevelgem los tiene en abundancia: el monte Kemmel, subido este año por la empinadísima cuesta del osario, la larga recta hasta Wevelgem, el paso por la fantástica y reconstruida Ypres, los cementerios de la guerra del 14, etc. Un terreno predispuesto a la batalla y a los grandes vendavales, que tampoco deslució este año. Al sorprendente Kuznetsov se le unió el trío de favoritos, formado por Sagan, Vanmarcke y Cancellara. Rodaron como caballos desbocados con el ruso guardando fuerzas a rueda, de modo que en el sprint casi da la campanada. Sagan pudo quitarse de encima su mal fario con una victoria con el arco-iris y Cancellara demostró que lo suyo nunca fue el sprint, a pesar de quejarse con bastante mala sombra de lo perjudicado que había quedado en Sanremo por la caída de Gaviria.



A pesar del espectáculo presenciado, la muerte de Antoine Demoitié atropellado por una moto de carrera quitó relevancia al ganador, al recorrido y al desarrollo de la carrera. Un atropello más, sin responsables, con un desgraciado e irreparable desenlace en este caso, después de muchos avisos previos tanto en clásicas como en grandes vueltas. Lo que fue un asesinato por imprudencia se resolvió con un carpetazo "y a otra cosa", aduciéndose incluso el argumento falaz de que el ciclismo "es un deporte de riesgo". 

Rodeada de un ambiente tan sombrío llegó la Ronde van Vlaanderen, convertida en espectáculo para borrachos en vez de en momento crucial del año. No me cansaré de decir que una carrera se lo debe todo a sus hitos, ya sean el Poggio y sus invernaderos, el Stelvio y sus paredes de nieve, el Tourmalet y sus apartamentos, la Madonna del Ghisallo y sus campanas repicando, el bosque de Arenberg y sus banderolas o incluso la llegada a Lieja con el plano aéreo del estadio del Standard. La Ronde ha perdido su "símbolo", el Muur Kapelmuur de Geraardsbergen, y con él gran parte de su encanto: el plano áereo de Geraardsbergen, los planos fijos del Muur, el mito del que pasa primero el Bosberg vence la carrera... Aunque por justicia tengo que admitir que el mito cayó algo antes de la desaparición del Kapelmuur del recorrido, y tiene una fecha concreta: 2010.  Además, este año venía precedida de un acontecimiento tan trágico que se afrontaba la carrera sin excesivas ganas de ciclismo. 

En cuanto al desarrollo de la prueba, comenzó con las caídas de Van Avermaet y Benoot, que perdieron así gran parte de su temporada. Posteriormente, Kwiatkowski dinamitó de nuevo la carrera llevándose a Sagan consigo, mientras Cancellara jugaba al tacticismo rajoyano de esperar acontecimientos. Por delante marchaba un grupo de escapados entre los que figuraba Imanol Erviti. La verdad es que no recuerdo muy bien el desarrollo de la carrera, que por momentos fue confuso (tendría que volver a verla).  Kwiatkowski desapareció rápidamente disuelto como un azucarillo cuando la cosa comenzó a ponerse seria. Se esperaba a Terpstra y Kristoff, que anduvieron claramente por debajo de las expectativas, y el arreón final de Cancellara no le permitió dar caza a Sagan, que hizo del Paterberg su particular cuesta de Richmond. En las carreteras de acercamiento a Oudenaarde  tuvo lugar una interesante persecución entre Sagan por delante y Cancellara y Vanmarcke por detrás. El voluntarioso belga decidió devolverle al engreído suizo su escaqueo de la Roubaix de 2013, y el eslovaco hizo toda una demostración de sus dotes de rodador. En fin, la consagración definitiva de Sagan, venciendo con el arco-iris como Bobet, Van Looy, Merckx y Boonen,  y consiguiendo un doblete con Wevelgem como Van Looy, Godefroot y el propio Boonen.



Cuando poco o nada se esperaba de la París-Roubaix, condenada desde hace unos años (quizá desde el mismo 2010) a cierta monotonía, se desveló de nuevo como aquella reina de las clásicas que fuese en su día. A ello contribuyó sin duda la retransmisión íntegra, que ofreció unos primeros kilómetros muy interesantes, rodados a una gran velocidad, en los que se desarrolló una intensa lucha por crear la escapada. Una fuga que tendría finalmente su trascendencia, pues en ella estaría el ganador de la prueba: el sorprendente Mathew Hayman. 

Las caídas - ese mal a evitar - afectaron de nuevo a la carrera, dejando cortados a dos de los grandes favoritos: Sagan y Cancellara. Por delante quedaron Vanmarcke, Stannard, Boasson Hagen y...Boonen. El recordman de Roubaix contribuyó a subir el nivel de la prueba, pues sin ser ya tan demoledor sobre el pavé como en sus mejores tiempos, puso alma, fuerza y empeño en echar tierra de por medio y evitar una victoria de su archienemigo Cancellara. Dieron caza a los fugados - entre los que también se encontraba Erviti de nuevo -, y tan solo un sorprendente Hayman pudo aguantar el ritmo de los cuatro percherones de cabeza. El que fuera gregario de Flecha ya se había dejado ver previamente tomando unos metros de ventaja sobre el grupo de fugados en uno de los tramos de pavé, mostrando fuerzas sobradas. En el Carrefour de l'Arbre lo intentó Vanmarcke, que obtuvo una ganancia que parecía ya definitiva, pero acabó desinflándose sobre el asfalto. De esta manera los cinco se la jugaron en unos últimos kilómetros de infarto, de los mejores que recuerdo en años, con Hayman como invitado. Stannard, Boasson Hagen y Boonen lanzaron ataques que parecían los defintivos, todo fuerza y desarrollo: pero más bien eran los intentos vanos de cuatro hombres fatigados fuera de su medio, boqueado sobre el asfalto como peces sobre la arena. Mientras tanto, Hayman esperaba. 

Poco antes de entrar en el último kilómetro, Hayman asestó su golpe de gracia. Inusitada fuerza para un escapado, que "vacilaba" de esta manera a los supuestos favoritos. Boonen se lanzó en su persecución, en toda una demostración de fuerza que quedará gravada en la retina de muchos como su casi seguro canto del cisne. Todo un despliegue de potencia y valentía, esta vez estéril. En el último kilómetro daba alcance al australiano, lo más seguro con algún año menos de vida en su futuro dado el enorme esfuerzo realizado. Ya en el velódromo se produjo el reagrupamiento, y en un desliz de principiante por parte de Boonen, o en derroche de fuerza suprahumana por parte de Hayman, se produjo el desenlace. El australiano tomó la cuerda, pasó la última curva en cabeza y ya nadie pudo remontarle. De nuevo un australiano venciendo y ultrajando un monumento, con cara de espanto o sorpresa absoluta al cruzar la línea de meta.



Final agridulce, por tanto, continuado por la prolongación cansina de las Ardenas, como era previsible. Estas carreras se fían a los últimos kilómetros, al repecho final, dándose previamente escenas de marcaje, reserva de energías e inusitada velocidad al paso de las cotas. La Amstel fue de las peores que recuerdo, y ya es decir. Otros años Freire, Sagan o Gilbert habían logrado sacar a la carrera de su particular somnolencia, aunque no nos engañemos, aquí ganó Ivanov también. Y Gasparotto este año, que esperó con astucia su momento a rueda de Valgren Andersen para asestar el golpe definitivo y dedicar la victoria a su compañero recientemente fallecido.



La Flècha tuvo su habitual desarrollo, con un "patapum pa'arriba" carente de toda táctica en el que Valverde es el rey. Lo que resulta alarmante es la ausencia de alternativas por parte del resto de equipos, que confía a ciegas en un sprint en cuesta en el que poco o nada tienen que hacer ante el poderío murciano. Realizó toda la subida en cabeza, marcó a sus rivales y asestó el golpe en el mismo lugar de siempre; incluso giró la cabeza para ver la diferencia realizada en el mismo lugar que en los dos años anteriores. Movimientos mecanizados, victoria estudiada de antemano por un alumno poco dado a saber leer las carreras. El muro de Huy es su particular terreno para el veni.vidi, vinci. 



Y finalmente llegó la Lieja, punto final de esta temporada de clásicas. Para muchos lectores del Marca fue durante mucho tiempo la única clásica potable, la única que no era una lotería. Hoy se sabe que es un bodrio en el que desgraciadamente se han dejado ver tipos de artes dudosas como Bettini, Di Luca, Etxebarría, Rebellin, Boogerd o Vinokourov. De modo que esta vez, como un guiño a ese pasado reciente del que el ciclismo no puede despegarse, como si se tratase de una mancha que no sale a pesar de infinitos lavados, aparecieron actores de esos años en los que el naranja se dejaba ver con asiduidad en los toboganes de Lieja, con sus fábricas apocalípticas y sus barrios de ladrillo a la inglesa. Después de la nevada en Haute Levée, el marcaje del Movistar con Rory Sutherland, los sorprendentes movimientos tácticos de Betancur en Saint-Nicholas, ahí estaba Samuel Sánchez en la cuesta empedrada de la rue Naniot, tras Albasini, Rui Costa y Poels.



En fin, dureza previa, rodeada de bosques hermosos y este año gélidos, que poco sirvió, pues se confió de nuevo en los kilómetros finales. El cuarteto abrió hueco y en la cuesta de Ans no se le pudo dar alcance. Al menos debemos contentarnos que no se jugase la victoria en la subida final, como en 2013 o 2014, o al sprint como en 2015. Rui Costa comenzó a escaquearse, Samuel Sánchez, con 40 años recién cumplidos, hacía bastante con aguantar, y ya se masticaba una nueva victoria del Orica, esta vez con un corredor ya canoso y cazaetapas en vueltas locales. Al menos la Doyenne se resolvió con algo de dignidad y Wouter Poels se hizo con la victoria, arrancando con fuerza tras la última curva. Además, como dato positivo, la carrera no recayó en ninguno de los "pancarteros" habituales, ya sea Purito, Gerrans o el irlandés. 

Una primavera ciclista más ha pasado, con momentos interesantes, otros anodinos y desafortunadamente otro muy trágico. Una muerte por desgracia demasiado anticipada, que se une a la serie de descréditos que este deporte sufre (motores ocultos, médicos sospechosos, enfermedades que aumentan el rendimiento, organizadores y directivos que se despreocupan de la salud del ciclista, etc.), y que como suele señalar el autor del interesante blog "ciclismo2005", nos lleva a pensar que "el enemigo está dentro". 

sábado, 4 de octubre de 2014

EL MUNDIAL DE PONFERRADA

Que vaya por delante que no acerté en los pronósticos. No puse al polaco Michal Kwiatkowski en la amplia terna de favoritos para ganar en Ponferrada, a pesar de su fantástica primavera, en la que terminó entre los cinco primeros en las tres clásicas de las Ardenas. En el Tour se arrastró, y quizá por eso me olvidé de él. Ahora no desentona vestido con el arcobaleno, como sucidiese con Rui Costa, otro vencedor sorpresa.

Un podio de Lieja: Gerrans, Kwiatkowski y Valverde.
Kwiatkowski no solo fue el más listo, sino también el más fuerte. Como se venía diciendo desde que se pronosticase lluvia para el domingo, la diferencia se hizo en la bajada; aunque no ya en la segunda, una vertiginosa caída libre hasta la meta, digna de la Cipressa, sino en la primera, otra auténtica trampa mortal que terminaba en una curva de noventa grados que conducía a la espectral presa del embalse de Bárcena. Kwiatkowski, como decía, no solo fue el más listo a la hora de escoger el punto decisivo donde atacar (última vuelta, penúltima bajada), sino que tuvo fuerzas suficientes como para superar la última ascensión con la misma diferencia con la que la había empezado, ante un pujante grupo comandado por Valverde, Gerrans y Gilbert. 

Kwiatkowski destacado en la presa del embalse de Bárcena.


El circuito finalmente se presentó más complicado de lo que se había dicho en un inicio. Ni mucho menos fue un mundial asequible y anodino, como lo fueron los de Madrid, Salzburgo y Geelong, y por supuesto, demostró estar alejado años luz de las farsas de Zolder y Copenhague. No fue un mundial para los clasicómanos puros, como Boonen y Cancellara, a los que apenas se vio. En el primer caso, estaba claro que la selección belga contaba con tipos más en forma que la leyenda flamenca, que se encuentra, no nos engañemos, en sus años crepusculares. Van Avermaet se presentaba como una opción más clara, después de sus victorias en Gerardsbergen en el Eneco Tour y en el Grand Prix de Wallonie. Pero en la selección suiza todo se jugó a la carta de Cancellara, desgastando inutilmente a un portentoso Michael Albasini, vencedor reciente de los Tre valli varesine. De todas formas no fueron las únicas decepciones. El rendimiento de Sagan y Nibali sí que estuvo muy por debajo de lo esperado. Al primero ni se le vio, y el segundo se abrió de piernas ante la maniobra de despiste de Purito en el alto de Mirador. Los velocistas jóvenes sí que estuvieron a la altura. De no ser por la lluvia y el ataque de Kwiatkowski, el mundial se hubiese resuelto en el sprint entre Kristoff, Degenkolb y Bouhanni. Como una Sanremo.


Después de tantear los días anteriores varios puntos en los que ver la carrera, nos colocamos en el paso por el falso llano que coronaba el alto de Confederación. Amaneció nublado y lloviznaba en la montaña, entre los pinos y los cables de alta tensión, que no cesaban de crepitar. Las vueltas se fueron sucediendo. La escapada inicial la formaron el colombiano Quintero, el ucraniano Polivoda, el croata Kvasina y el letón Savickas. La persecución fue comandada en exclusiva por la selección de Polonia, la única que hizo algo en las vueltas iniciales para evitar que el pelotón se apoltronase demasiado. La niebla se levantaba poco a poco sobre el bosque de pinos replantados, y a cada paso, el pelotón y los coches arrastraban tras de sí un auténtico vendaval. Más tarde llegó el turno de los "segundas espadas" de las grandes selecciones: Giovanni Visconti, Peter Kennaugh, Sep Vanmarcke, Christopher Juul Jensen, Dani Navarro, etc. En varios movimientos, el que puso más empeño fue  el suizo Michael Albasini. Tras unas vueltas en las que el sol asomaba tímidamente entre las nubes, el cielo se fue cubriendo, escuchándose a lo lejos algún trueno. Cuando comenzó a arreciar la lluvia con más fuerza, la selección italiana realizó una vuelta de infarto, con un propósito más suicida que claro. Fue una delicia ver pasar como una exhalación al grupo comandado por Bennati y el resto de azzurri, deslizándose a gran velocidad sobre el asfalto mojado. Posteriormente llegó el turno del número en solitario de Tony Martin, condenado al fracaso pero útil como acción de desgaste para el pelotón. Cruzó delante nuestro con su típica estampa: posición aerodinámica, desarrollo masivo y boca abierta.

La espera se hacía larga, y a cada nuevo paso por nuestra cuneta, la situación de carrera se presentaba totalmente cambiada. De este modo, a falta de dos pasos por meta, se formó un trío con Cyril Gautier, Michael Valgren Andersen y Alessandro De Marchi, seguido de cerca por Vassil Kiryienka. Se trataba de tres corredorazos, voluntariosos y atacantes, salidos de la Vuelta (Valgren Andersen, Kiryenka y De Marchi), acompañados del joven francés, el mejor pupilo de Voeckler en cuanto a "pestosidad". En la última vuelta, el cuarteto pasó por delante de nuestras narices con apenas unos segundos de ventaja sobre un pelotón cada vez más reducido. Veinte metros delante de nuestra posición se jugó el mundial, aunque no pudimos verlo. Kwiatkowski se lanzó en el descenso hasta el embalse y sacó unos segundos preciosos que Dani Moreno no pudo recortar. Precisamente lo habíamos visto pasar por ahí dos dias antes, entrenando con toda la selección polaca, tanto femenina como masculina. Los habíamos visto seguros, sorprendentemente seguros.

Kwiatkowski deja atrás en el Mirador a Valgren Andersen y De Marchi
Tras pasar la presa y el túnel, el polaco se prensetó con el cuarteto cabecero. De Marchi, sin duda el mejor de los italianos como era de esperar, era el que más fuerzas gastaba en ese grupo delantero. Éste y Valgren Andersen intentaron permanecer a rueda del polaco el máximo tiempo posible, aunque fue inútil, pues se deshizo de ellos con facilidad al venir fundidos después de dos vueltas de machaque. Mientras tanto, detrás, tras unos segundos de incertidumbre, Jonathan Castroviejo se puso a tirar para recortar diferencias en beneficio de Purito y Valverde. Cuando Castroviejo ya no pudo más, Purito se lanzó al ataque, quizá demasiado tarde. Nunca se sabrá si se trató en realidad de un ataque de despiste, a la espera de un ataque todavía más demoledor de Valverde, o un ataque en serio. Lo que sí que es cierto es que el ataque de Purito sirvió para rematar a Nibali, en una baja forma alarmante para un ganador de Tour, y para que Gilbert, Gerrans, Valverde y Breschel se le pusiesen a rueda. Sí, también Breschel, ese corredor que sale de la tumba solo en los mundiales (y no todos los años). Valverde y Gilbert prolongaron el ataque de Purito, formándose un grupo de siete (Valverde, Gilbert, Gerrans, Van Avermaet, Gallopin y Breschel). Como siempre, Valverde atacó demasiado tarde, mientras que Purito, parece que más por desidia que falta de fuerzas, se dejó llevar. Parecía no querer estar involucrado con Valverde una vez más en un grupo que se jugase una victoria. O simplemente no estaba dispuesto a asumir un rol de gregario para el murciano. Quién sabe.

Kwiatkowski tenía ya medio triunfo en el bolsillo, y amplió la ventaja con un gran descenso hasta meta. Detrás hubo los típicos parones, especialmente debido a la racanería de Gerrans. Valverde y Gilbert fueron los únicos que pusieron algo de empeño en la caza, especialmente el valón, que se sacrificó por Van Avermaet. Su compatriota y compañero de equipo no remató, como es habitual en él, pero Gilbert demostró que si bien ya no está (ni estará) a la altura de su año mágico de 2011, aquel en el que Omega Pharma parecía ser más bien un chiste malicioso que un patrocinador, sigue siendo un corredor competitivo y entregado. 

El polaco acabó haciéndose con la victoria, mientras que por detrás Gerrans se hacía con facilidad con la medalla de plata, y Valverde con la de broce en un disputado sprint con Breschel.  Gerrans racaneó todo lo que pudo y más, esperando ser conducido a meta en carroza para rematar a todos con su nueva punta de velocidad, insólita a sus 34 años. Gerrans no solo es un corredor que no da una pedalada de más, y que busca con zorrería el abrigo, como se viese a la perfección en su Sanremo de 2012, en la que se aprovechó con astucia de la nula estrategia de Cancellara, sino que es además un corredor guadianesco, que aparece y desaparece, y que está teniendo a los 34 años su mejor temporada con diferencia. No es un corredor que me guste, todo lo contrario. Por eso suscribí la campaña de twitter #anyonebutgerrans. Nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos a Kwiatkowski por haber evitado un ganador que estaría a la altura de Leblanc, Astarloa o Brochard.


Valverde hizo de nuevo tercero, siendo éste su tercer año consecutivo en esa posición. Lo de Valverde y los mundiales merece un análisis aparte. Ha superado los podios de Poulidor, y si se suman sus puestos entre los diez primeros, puntuándolos de 10 a 1, Valverde es el mejor corredor de los mundiales de todos los tiempos, por delante de Merckx, Freire y Zoetemelk. Aunque, a diferencia de estos tres, le falta precisamente el mundial. Este año, a diferencia de los dos anteriores, su puesto es digno de elogio, pues se trataba de un mundial no tan apto para sus características, pasado por agua además (hay que tener en cuenta que con la lluvia los murcianos se disuelven, no hay que ver más que a Luis León Sánchez). A Valverde solo le queda ganar el mundial como Zoetemelk, con 39 años. 



En fin, la merecida victoria de Kwiatkowski marca un cambio generacional. El polaco pertenece a ese generación dorada de 1990, como Sagan, Pinot, Quintana y Bouhanni, diez años mayores que Valverde, Gerrans, Boonen y Wiggins, que siguen dando guerra. Kwiatkowski tiene 24 años, uno más de los que tenía Freire al vencer su primer mundial, dos más que Merckx en Heerlen, Lemond en Altenrhein y Armstrong en Oslo, y tres más que Monsere. Se trata por tanto de un campeón con futuro. De todas maneras, habrá que esperar a que confirme con más victorias este grandísimo triunfo. Este año ha andando como una moto, como todo su equipo (exceptuando a De Gendt). Aunque los corredores del este suelen explotar demasiado pronto, luego parecen dormirse en los laureles, o simplemente volatilizarse. Fue el caso de Berzin, también el de Vainsteins. Sagan parece que anda de camino. Al menos, el polaco se presenta como el gran rival generacional del eslovaco en el futuro más inmediato.


De nuevo pasa un mundial, y con él se acerca la conclusión de la temporada. El destartalado urbanismo de la ciudad, sus malas comunicaciones con la consiguiente ausencia de público, y varios problemas con las vallas, no han sido problemas suficientes como para ensombrecer este mundial, del que al final me he ido satisfecho. La carrera fue emocionante, y tuvo de todo: ataques en subida, ataques en bajada, lluvia, emoción, labor de equipo, escapadas intermedias, curvas tomadas a cuchillo y sprint finales interesantes. Lo poco que necesita un mundial para ser interesante. Y si a eso se añade un podio digno de Liège - Bastogne - Liège, todavía mejor.

miércoles, 2 de octubre de 2013

I MONDIALI DI FIRENZE

Hace tres días, en Fiesole, los ancianos italianos que nos rodeaban, y que intentaban adularnos a nosotros extranjeros con palabras elogiosas acerca de los ciclistas españoles, y con sentimientos de solidaridad ante la pareja situación socioeconómica y política de ambos países, se quedaron realmente asombrados de que unas personas aparentemente tan educadas y calmadas como nosotros comenzasen a maldecir con la resolución del mundial, sazonando sus entrecortadas palabras con algún que otro insulto y blasfemia. Precisamente fue así como acabó el mundial, con un clamoroso desastre táctico, que hizo que pasásemos de la indignación al insulto. Y eso que no habíamos ido precisamente allí, a Florencia, a la hermosa villa de Fiesole (escalando por la empinadísima y alternativa Via Vecchia di Fiesole), a animar solo a los españoles, sino al ciclismo en general. 



De todas formas, presenciamos un auténtico espectáculo ciclístico y deportivo. Ya el día anterior las mujeres me habían puesto la carne de gallina en la subida a Fiesole, con la esperada victoria de la holandesa Marianne Vos, la dominadora total de los últimos años. Tras explorar el circuito, nos pareció lo suficientemente duro como para que Cancellara y Sagan pasasen problemas de desarrollarse la carrera rápida desde el principio. De todas formas, también pensábamos que la larga línea de meta era todo un obstáculo para las aspiraciones de Joaquím "Purito" Rodríguez y Vincenzo Nibali, hombres que debían llegar solos para vencer. El recorrido, a priori, se planteaba ideal para corredores completos y rápidos como Valverde o Gilbert, y quizá para alguna que otra sorpresa. Por supuesto, partíamos del convencimiento de que Contador había venido a Florencia de turismo.

Escaparates florentinos preparados para la ocasión.
La subida de via Salviati


En la primera vuelta, poco antes del primer paso de los corredores por Fiesole, comenzó el diluvio. Los ciclistas ya lo llevaban sufriendo desde la salida en Lucca, hecho que agrandaba más si cabe la dureza de las diez vueltas a un circuito final sazonado con tres subidas, una larga pero tendida hasta Fiesole, otra infernal en Via Salviati, y el remate, de apenas 200 metros, en Via Trento. Con esta lluvia, arrivederci Valverde, fue nuestro primer pensamiento. 

Imágenes del diluvio. Abajo: Rui Costa en uno de los primeros pasos en Via Salviati.
Gran parte del público, especialmente aquellos que no se habían pertrechado adecuadamente para la lluvia como era nuestro caso, buscó refugio en los bares del pueblo. Allí, entre noruegos, belgas y algún que otro italiano, vimos el desarrollo de la prueba, saliendo de vez en cuando para ver el paso de los corredores. La lluvia se llevó consigo a Wiggins, Froome y Horner, nada menos, también a Porte y Daniel Martin, todos ellos exponentes del "nuevo" ciclismo anglosajón, tan irregular (con lo que ello comporta, los entendidos saben) como arrollador en los últimos años. El primer paso por Fiesole se realizó a una velocidad infernal, asombrosa dadas las circunstancias, con el equipo italiano en cabeza.

En las últimas tres vueltas el diluvio remitió. Llegó la claridad, y con ella el primer ataque serio, el de Giovanni Visconti. El irregular Visconti, renacido al parecer este año, alcanzó al polaco Bartosz Huzarski, escapado prácticamente desde la salida.  El polaco había formado un infatigable dúo durante muchas vueltas con su compañero de escuadra, el checo Jan Barta. Visconti reclamó relevos al polaco ante una enfervorizada masa de italianos que veían por fin a uno de los suyos escapado. El equipo italiano ya se había "fundido" en la persecución a muerte de Huzarski y Barta, quedándoles tan solo la opción de comenzar los ataques individuales. De todas formas, el ataque de Visconti pareció ser debido más a la búsqueda del aplauso del público (Visconti es uno de los protegidos de Bettini, y suficientemente "cuentista" como para ser entrevistado cada dos por tres por la infame locutora de la RAI), que a razones tácticas de peso. Lo cierto es que marchando escapado, en el grupo scivolarono en una curva Luca Paolini y Vincezo Nibali, el líder de la escuadra azzurra.

Nibali se montó en la bici de nuevo con algo de lentitud, lo que hizo pensar lo peor. Ya sobre los pedales, su ritmo parecía renqueante, inseguro. Los ánimos de los locales parecían por los suelos, y las esperanzas en Nibali parecían haberse esfumado. Pero entonces Il Grillo Bettini puso su coche delante del corredor siciliano, y el mecánico le "arregló" un poco el freno, y así Nibali pudo reengancharse "milagrosamente" al grupo de los favoritos.  Una de las tantas argucias típicas, que pueden pasarse por alto en una etapa cualquiera, pero no en un mundial.

Lo squalo e il grillo. En el momento oportuno, el siciliano tendrá la ammiraglia a su servicio.

En el penúltimo paso por Fiesole, Visconti y Huzarski son cazados, pero nadie se mueve, y el nerviosismo aumenta. Nos cambiamos de sitio, buscando la proximidad de la pantalla gigante para no perder detalle, la gente comienza a comentar, a lanzar sus apuestas, y llegamos así a la última vuelta. El sol comienza a secar el asfalto, y Scarponi acelera el ritmo, para locura y gozo de sus paisanos de la peña ciclista de Ancona. Scarponi se lleva consigo a Purito y a Nibali. En el último paso por Fiesole, Nibali y Purito encabezan el grupo, seguidos a pocos metros por Rui Costa, Rigoberto Urán y Alejandro Valverde. Más atrás, con un pedaleo más pesado, pasan Gilbert, Cancellara, Sagan, los clasicómanos que lideraban todas las apuestas, y mucho más descolgado Boasson Hagen. "Il portoghese è pericoloso", señalo a los italianos que nos rodean. No lo conocen. El nombre de Rui Costa, o Hosta, como dicen los locales, solo les suena al de un ex-defensa de la Fiorentina. Algo me dice que puede ganar. Es inteligente y potente; sabe cuándo ahorrar fuerzas, y cuándo atacar y dar el todo, es un caza-etapas, y ya ha demostrado sus capacidades en el Tour, en el GP de Montreal, en Suiza, y se diferencia notablemente de su compañero de Movistar Alejandro Valverde, que no destaca precisamente por su facilidad en leer las carreras. De todas formas, no me esperaba un fallo tan garrafal como el que se daría a continuación.

Los dos protagonistas de la carrera: Nibali y Purito.

Vemos el desenlace en el teleschermo gigante. Un gigantesco Purito estira el grupo en el descenso. Hoy no se esnconde. Nibali intenta seguirle, pero el temor a una nueva caída impide que saque su habitual rabia en los descensos. Urán se va al suelo, estrellándose contra un terraplén. Costa y Valverde conectan. Purito parece intratable, y se mantiene en el descenso hacia Via Salviati en cabeza. Por detrás Nibali lleva el peso del grupo, fogoso y visceral como siempre (es un lujo verle correr), ante la vigilancia de Valverde y el astuto racaneo de Rui Costa. En el auténtico muro de Via Salviati, vacío de público por la absurda medida de cobrar entrada (nada menos que cien euros de entrada), Nibali y Valverde prácticamente cazan a Purito, y Costa aparentemente muestra síntomas de flaqueza. Mira hacia atrás, pero no porque le fallasen las fuerzas, como pensamos entonces, sino porque estaba "calculando" la diferencia, la distancia, la victoria... 

Purito alla grande. Detrás Nibali, Costa y Valverde.

El grupo alcanza a Purito en el falso llano que lleva de vuelta a Florencia. Pero el pequeño corredor catalán tiene uno de esos días magistrales, como en el Giro de Lombardía del año pasado. Uno de esos días en los que se deja de cálculos, como hiciera en el Stelvio el año pasado, y se lanza al ataque. Corona el breve repecho de Via Trento en cabeza, y Nibali parece cansado de llevar todo el peso del grupo. El catalán abre hueco, y todo pinta bien para los españoles: Valverde debe limitarse a vigilar detrás, a no dar relevos y saltar a cualquier ataque, y si finalmente el italiano y el portugués alcanzan a Purito, vencerles al sprint. 

En el paso elevado de las vías del tren, Rui Costa lanza su previsible ataque. El portugués ha visto que Purito ha abierto demasiada diferencia, y sus opciones de victoria comienzan a menguar. Pero entonces viene el momento crucial de la carrera: Valverde, en vez de cerrar el hueco y alcanzar al portugués, se pone a rueda de Nibali esperando que éste le lleve hasta él. ¡¡¡Fallo clamoroso!!! Valverde sabe (o debe saber) que es el más rápido, y si alcanza a Rui Costa pueden darse dos situaciones: o bien que el portugués se detenga, y gane Purito, o bien que el portugués tire (cosa improbable, pues no es tonto), y le gane Valverde el sprint. Pero no, Valverde considera más peligroso a Nibali, que nunca ha destacado por su velocidad al sprint, y que además se ha caído y lleva tirando del grupo toda la vuelta, que a Rui Costa, su compañero de equipo al que realmente conoce muy bien, y que sabe que de alcanzar a Purito no le será muy difícil batirlo.

La recta de meta, como era de suponer, se le hace interminable a un corredor como a Joaquím Rodríguez. Rui Costa le da alcance. Purito se muestre inteligente y guarda fuerzas, pero hace lo que puede ante un inconmensurable Rui Costa, que le bate al sprint aunque por poco, convirtiéndose en el primer portugués en vencer el campeonato del mundo, y con permiso de Agostinho, en el mejor ciclista luso de la historia.  Valverde, como era de esperar, bate con gran facilidad a Nibali al sprint, pero con su fallo táctico no solo ha perjudicado las opciones de Purito, sino que ha llevado al traste su posibilidad de triunfo, en un mundial que se le escapa año tras año.


Imágenes de la línea de meta: Costa bate a Rodríguez, Costa exultante, y Valverde gana a su vez la medalla de bronce frente a Nibali.


Maldecimos, blasfemamos: Porco Dio! Nunca había estado tan cerca y el resultado había sido tan amargo. Algún italiano se alegra de la victoria del portugués, espoleado por la prensa y la RAI que habían vendido el mundial de ciclismo como una nueva versión del Italia-España del fúbtol. Futboleros e idiotas hay en todas partes, en España, en Italia, y seguramente en algún que otro país más. Los belgas y los noruegos, completamente alcoholizados y empapados por la lluvia, festejan su no victoria, yo me quedo tiritando con los pies congelados, y mientras tanto Valverde se va de nuevo de vacío. Valverde es uno de los corredores más completos y polivalentes de los últimos años, uno de los mejores corredores españoles de siempre (con permiso de Indurain y Freire), y podría contar con un palmarés excepcional, a la altura de los más grandes de la historia, de los diez más fuertes,  si no fuese por sus despistes. Es bueno en montaña, rápido en pequeños grupos y muy apto para clásicas como la Lieja o la Flecha Valona. Estar en un equipo como el de Unzúe le perjudica notablemente para sus aspiraciones en las clásicas, pero de todas formas ha acumulado muchos fallos en solitario. Un cambio de rueda mal gestionado en el presente Tour, una mala colocación en el Cauberg en el mundial del año pasado, un impermeable mal puesto en una crucial etapa de la Vuelta que le obligó a descolgarse y a perder más de un cuarto de hora, un fallo de cálculo en el descenso de Monachil en la Vuelta que ganó Vinokourov, una Lieja regalada a Di Luca...demasiados errores. A fuerza de errores se ha convertido en el nuevo Poulidor, al menos de los mundiales. Con cinco podios supera al francés al menos en eso. Valverde es un corredor portentoso, pero como suelen decir en esa estúpida jerga propia los directores deportivos, "le falla la cabeza". No le puede tanto la presión como la mala gestión de su superioridad. Quizá Valverde comience a liderar la clasificación de los mejores segundones de la historia. 

A continuación un repaso a los podios de los mundiales de Valverde:

 Hamilton 2003: 1º Igor Astarloa, 2º Alejandro Valverde, 3º Peter Van Petegem
Madrid 2005: 1º Tom Boonen, 2º Alejandro Valverde, 3º Anthony Geslin
Salzburg 2006: 1º Paolo Bettini, 2º Alejandro Valverde, 3º Erik Zabel
Valkenburg 2012: 1º Philippe Gilbert, 2º Edvald Boasson Hagen, 3º Alejandro Valverde

Firenze 2013: 1º Rui Costa, 2º Joaquim Rodríguez, 3º Alejandro Valverde
Purito inconsolable en el podium. Ya son muchas cosas las que se le escapan: una Vuelta, un Giro, una Lieja, un mundial...
Florencia vista desde Fiesole, después de la tormenta. Al fondo, la cúpula de Brunelleschi entre la torre de la Signoria y el campanile de Giotto. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

FREIRE, ENTRE LOS MEJORES DE LOS MUNDIALES

Han pasado los campeonatos del mundo en ruta con la apabullante y esperada victoria del valón Philippe Gilbert. Se ha hablado mucho de la mala colocación de Alejandro Valverde al iniciar el Cauberg, así como de la retirada definitiva tras la carrera del cántabro Óscar Freire. La supuesta polémica entre Freire y Valverde no me interesa. Ambos son dos grandísimos campeones, y no tengo la menor duda de que cuando ambos se retiren, dejaran un gran vacío en el ciclismo español. 

Quiero sacar a relucir dos datos. Por un lado, con el podium conseguido por Valverde este año, cuarto en su carrera como profesional, alcanza a Raymond Poulidor como ciclista sin victoria en los campeonatos pero con más podiums. También Alfredo Binda, Rik Van Steenbergen, Rik Van Looy, André Darrigade, Greg Lemond y Óscar Freire han conseguido cuatro podium, pero habiendo conseguido alguna vez la victoria.

Por otro lado, Freire se convierte en el tercer corredor de la historia que ha finalizado en más ocasiones en los diez primeros del campeonato del mundo, alcanzando a Eddy Merckx y Joop Zoetemelk. Freire pasará a la historia del ciclismo como un corredor atípico dentro del panorama español, al igual que Miguel Poblet. A continuación los datos:


EDDY MERCKX




1967 Heerlen (Países Bajos)
1968 Imola (Italia) ganador: Vittorio Adorni (Italia)
1971 Mendrisio (Suiza)
1972 Gap (Francia) ganador: Marino Basso (Italia)
1973 Barcelona (España) ganador: Felice Gimondi (Italia)
1974 Montréal (Canadá)
1975 Yvoir (Bélgica) ganador: Hennie Kuiper (Países Bajos)
1976 Ostuni (Italia) ganador: Freddy Maertens (Bélgica)





JOOP ZOETEMELK




1972 Gap (Francia) ganador: Marino Basso (Italia)
1973 Barcelona (España) ganador: Felice Gimondi (Italia)
1975 Yvoir (Bélgica) ganador: Hennie Kuiper (Países Bajos)
1976 Ostuni (Italia) ganador: Freddy Maertens (Bélgica)
1978 Nürburgring (R.F.A.) ganador: Gerrie Knetemann (Países Bajos)
1982 Goodwood (Reino Unido) ganador: Giuseppe Saronni (Italia)
1984 Barcelona (España) 10º ganador: Claude Criquielion (Bélgica)
1985 Giavera del Montello (Italia)




ÓSCAR FREIRE





1999 Verona (Italia)
2000 Plouay (Francia) ganador: Romans Vainsteins (Letonia)
2001 Lisboa (Portugal)
2003 Hamilton (Canadá) ganador: Igor Astarloa (España)
2004 Verona (Italia)
2010 Geelong (Australia) ganador: Thor Hushovd (Noruega)
2011 Rudersdal (Dinamarca) ganador: Mark Cavendish (Reino Unido)
2012 Valkenburg (Países Bajos) 10º ganador: Philippe Gilbert (Bélgica)