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sábado, 17 de marzo de 2018

EL ARTE DEL MOMENTO OPORTUNO

Generalizando un poco, existen dos tipos de obras de arte con desarrollo temporal: las que administran los momentos intensos a lo largo de su desarrollo y las que dejan la emoción para el final. Dicho de otra forma, hay dos tipos de composiciones musicales, novelas, películas u obras de teatro, las que dosifican los momentos intensos y dejan una sensación placentera que invita a una relectura o revisión, y aquellas otras que dejan al lector o espectador completamente devastado, con los nervios al límite, después de un clímax que pone la piel de gallina. La Milán - Sanremo pertenece sin duda a esa segunda clase de obras de arte, especialmente en ediciones logradas como la de este año. 

La Milán-Sanremo es la carrera que todo ciclista desea tener en su palmarés, especialmente si es italiano; desde el sprinter más laureado al corredor más modesto, todos se ven con posibilidades. Es el gioiello que todo ciclista desea tener en su colección. Sin embargo, su prestigio muchas veces supera a las emociones que depara, y cada día su resultado parece más anunciado. Pero en casos como el de este año el amante del ciclismo se siente reconciliado con su deporte preferido. La Milán-Sanremo de 2018 ha sido una carrera que invita al aplauso final. 

¿Por qué? Porque se han visto resumidas las esencias del deporte ciclista. Por un lado, ha acabado con un premio justo para el atacante. Por otro, en sus kilómetros finales se ha visto resumida la esencia mítica del ciclismo, la lucha del escapado contra el grupo perseguidor, la habitual historia del pez pequeño cuyo destino es ser devorado por el grande. Cuando ese destino es alterado, cuando el ratón logra escapar del gato y se alza con el triunfo, la historia se convierte en David venciendo a Goliat. Da igual que el ganador sea Marc Gomez o Nibali, un fuoriclasse indiscutido, pues en Via Roma Nibali no deja de ser un pez fuera de su medio.

La carrera empezó, siete horas antes de su conclusión, con lluvia y frío. Se formó la consabida escapada, con modestos como Mirco Maestri, Lorenzo Rota, Evgeny Kobernyak, Guy Sagiv, Dennis van Winden, Sho Hatsuyama, Charles Planet, Jacopo Mosca y un habitual, Matteo Bono. La carrera parecía seguir su guion ya escrito (el pelotón remoloneando con los escapados a tiro), con la particularidad del mal tiempo. Un fuerte oleaje golpea contra los pretiles, devorando las playas, y el pelotón es simplemente una sucesión de chubasqueros negros bajo un aguacero de los que se ven de tanto en tanto en Italia. La carretera comienza a secarse y como en un ritual ya escrito, empiezan a volar chubasqueros y cubrezapatillas, saliendo a la luz poco a poco el colorido del pelotón. En Ceriale comienzan a abrirse los claros y las cámaras de televisión recogen una bella imagen de los escapados huyendo de los negros nubarrones y avanzando hacia el sol: la imagen-símbolo de la Primavera.  

El sol luce y llegan los capi. Se suceden lugares comunes, notas esperadas: alguna caída; Kittel sufre en el Berta; los idiotas de las bengalas... Los escapados son cazados después del estrecho paso por la calle porticada de Imperia. Nada parece salirse de los raíles marcados. La Cipressa se sube a tren, sin ataques: en primer lugar es van Baarle quien controla para Kwiatkowski; después, y durante casi toda la subida, FDJ-Groupama hace una exhibición de fuerza. Ignatas Konovalovas comanda el grupo, con Demare en cuarta posición, advirtiendo de su fuerza, intentando despejar dudas pasadas. ¿Va a ser una Milán-Sanremo predecible? ¿Una Milán-Sanremo propia del ciclismo moderno? Todo apunta en esa dirección. Sin embargo un pequeño detalle anuncia el futuro desenlace: Nibali está delante, a pesar de haberse arrastrado en la Tirreno-Adriatico (o precisamente por ello). Incluso adelanta puestos en una curva tomada a cuchillo.

En la insidiosa bajada de la Cipressa los hombres de FDJ-Groupama siguen controlando la situación, comandados por Ladagnous. Han debido memorizar el descenso de la Cipressa como la lección a recitar, pues al volver a la Aurelia han logrado distanciarse del grupo. Tal control parece tener como objeto mantener la carrera controlada desde el ascenso de la Cipressa hasta la via Roma, sin que Demare en ningún momento salga de las posiciones delanteras. La gente importante parece seguir toda en el grupo, excepto Kittel, como era de esperar.

En la aproximación al Poggio aumenta la tensión. Mi tocayo Konovalovas remonta el grupo y todavía tiene un momento de protagonismo, con su fabulosa planta y maillot. Los hombres de Lotto y de Mitchelton comienzan a progresar, formándose varias puntas de lanza. Es en ese punto cuando Cavendish sufre una aparatosa caída, muy fea. Este inicio de temporada tiene la negra; los dioses del ciclismo le están enviando señales bastante duras, advirtiéndole de que es mejor que se retire.

El Poggio se inicia con fuerza, con mucha gente delante, demasiada. En las primeras rampas Marcus Burghardt lanza un ataque que parece más bien un arreón para tomar la cabeza. Mohoric lo mantiene unos metros a raya, pero cuando el campeón alemán comienza a despegarse, es Jean-Pierre Drucker quien sale a darle alcance, rebasándole. La cámara registra bonitas imágenes del corredor luxemburgués del BMC a contraluz, con el mar al fondo. El pelotón sigue comandado por los Bahrein, que parecen querer jugar la carta de Colbrelli. De esta manera, la mitad del Poggio se consume, con ataques de segundas espadas, que son más movimientos tácticos que otra cosa.

De pronto un corredor progresa desde el interior del grupo, demarrando con fuerza. Es Krists Neilands, campeón letón del Israel Academy. Nadie salta a su rueda. Me alegro de ver a ese corredor al ataque, pues en la Tirreno - Adriatico me había dejado una buena impresión en la escapada que compartió con el ruso Vlasov. Me había llamado tanto la atención que lo había puesto en la selección de tropela (antes de cambiarlo en el último momento por Keukeleire). Sin embargo, nunca hubiese imaginado que sería el hombre decisivo de la jornada.

Su ataque es duro, con mucho desparpajo dada su edad. Tiene las hechuras y la edad para ser alguien destacado. De pronto alguien sale tras él. Su espalda baja, sus codos abiertos, su barba de tres días y su maillot rojo son inconfundibles: es Nibali.  Muchas veces el siciliano lo ha intentado en Sanremo (en 2012 y 2014, por ejemplo), pero es muy difícil llegar solo y siempre ha tenido el handicap de su escasa punta de velocidad. Los Bahrein, que controlaban la cabeza, se dispersan al ver a su líder delante, permitiendo que abran hueco. Por detrás Spilak y Battaglin intentan darles alcance, sin éxito. Nibali comienza a dar relevos al corredor letón, diez años más joven que él. ¿Podrán llegar juntos a meta? Ese es el sueño que todos los años se gesta en el Poggio y que casi siempre los últimos kilómetros devuelven a la dura realidad. En el falso llano que conduce a la iglesia de Nostra Signora della Guardia Nibali hace su allungo. Va a por todas, como en años anteriores, pero en este caso no parece tener por detrás gente que le siga. Neilands cede mientras que el siciliano imprime un trepidante ritmo a los pedales. Quedan todavía 6 kilómetros a meta, distancia que es un mundo en esta carrera, con 7 horas de bicicleta y más de 285 kilómetros a las espaldas.

(via INRNG)



Detrás no hay organización. Sagan, como en sus días caprichosos, decide que sean otros los que hagan el trabajo. Tiene el día tonto. Cuando finalmente Oss toma la cabeza del grupo para iniciar la caza, Nibali está a punto de iniciar el descenso en la famosa curva de la cabina telefónica.  Apenas 9'' le separan del grupo. El descenso de Nibali es suicida, como es de esperar, mientras que por detrás Kwiatkowski y Sagan se marcan. Es Trentin el único que decide lanzarse en el descenso, a la manera de Kelly en 1992. Al final del descenso, Nibali mantiene su exigua diferencia. Ha luchado por cada segundo en cada curva.

En el corso Cavalotti suele ser el lugar en el que las tentativas valientes se estrellan contra la dura realidad. Sin embargo, en el grupo trasero no hay gregarios (a diferencia de lo que sucedía en los años locos de principios de siglo). El marcaje y el choque de egos entre las dos estrellas del este permite que el siciliano vaya haciendo camino. Aún así a Nibali le queda un mundo; puede que sufra la más dura de las decepciones del ciclismo, morir a pocos metros de la línea de meta. Trentin es cazado, llegan los refuerzos de los sprinters. La suerte de Nibali parece cantada. Una vez más triunfará la ley del pelotón, comandado por tres Quick Step al entrar en el último kilómetro.

Pero esta vez no va a ganar el pelotón, o al menos el grupo de los velocistas. Al entrar en la via Roma Nibali conserva una ventaja que le permite levantarse de brazos a falta de 20 metros, a pesar de que por detrás Ewan encabeza un sprint formidable, en el que deja al resto a más de dos bicicletas de distancia. Demare, Kristoff, Roelandts, Sagan, Matthews, habituales en via Roma, entran después. Nibali consigue así su victoria más grande, la más épica, e Italia respira, evitado el incubo de una sequía equiparable a los años post-Petrucci. El siciliano contabiliza así siete grandes triunfos, entre grandes clásicas y grandes vueltas, a la espera de un inminente octavo. Es ya un mito viviente del ciclismo italiano, sólo por detrás de los más grandes (Coppi, Bartali, Binda y Gimondi, quizá Moser).

La Milán - Sanremo de esta manera se reivindica como gran monumento, frente a las voces que todos los años quieren degradarla, a pesar de su historia, su kilometraje y su belleza inherente. Sanremo suele coronar al más astuto, al que sabe seguir las ruedas indicadas, y condena al bobalicón que lleva tras de sí a rivales más veloces. Sanremo quiere más al furbo que mete la rueda que al que malgasta fuerzas, pero también al loco que se la juega bajando que al que prefiere esperar. Sólo en situaciones escogidas, Sanremo corona al más valiente, al que no mira para atrás cuando lanza el ataque. Son esas las ocasiones de los grandes campeones, en las que no sólo sirve la fuerza, sino también la suerte y el kairos, el "momento oportuno" de los griegos. Por ello, cuando se parte del consenso de ir todos con la pistola cargada o con el tanque bien lleno, la inteligencia puede ser un elemento determinante. Una parte importante, si no decisiva, del espectáculo.



domingo, 7 de agosto de 2016

LA MEJOR CARRERA DEL AÑO

Si a un circuito vivo y matapersonas como el de ayer se le suma la reducción de corredores por equipo propia de los JJOO, tenemos como resultado la carrera perfecta. La de ayer estuvo muy cerca de serlo, con una auténtica selección y un final de infarto. Quizá sólo deslució un tanto el resultado un descenso excesivamente peligroso y un público que en algún momento puso en riesgo a los ciclistas. Por lo demás, una carrera como la de ayer, corrida con una actitud ofensiva constante, contribuye a que la prueba de ruta de los JJOO se abra un hueco cada vez más asentado entre las grandes pruebas del calendario ciclista internacional.

El circuito tocaba todos los palos: subida, bajada, adoquín, llano...Era un compendio de lo mejor que se puede ver en pruebas de un día en el ciclismo. El inicio pegado a la costa, por una carretera estrecha que salvaba de vez en cuando algún promontorio, recordaba a la via Aurelia de los últimos kilómetros de la Milán-Sanremo, aunque con una vegetación más bien tropical y exhuberante. Los barrios de edificios en altura, separados entre sí, dominaban las llanuras, encajonados entre la línea de costa y las lagunas interiores. Éstos se alternaban con montañas convertidas en barrios de favelas, como una kasbah de colores. Su amontonamiento daba la impresión de ser como aquellas viviendas neolíticas de Çatal Huyuk a las que se accedía por el techo. O las pigne de Cipressa y Sanremo, encaramadas en colinas para protegerse de los ataques berberiscos. Las llanuras y las montañas ofrecían la imagen clara de un país de contrastes y desigualdades, que tenía su reflejo en un recorrido muy variado y con grandes desniveles. 

En este primer tramo, Tony Martin enfiló el grupo, intentando abrir el primer hueco. Prácticamente se salió sin respiro, después de que la mafia británica se apartase de los puestos cabeceros. Finalmente se formó una fuga que no era de comparsas, sino de gente fuerte que podía abrir hueco con facilidad: Jarlison Pantano, Michal Kwiatkowski, Sven Erik Bystrom, Michael Albasini, Simon Geschke y Pavel Kochetkov. Dos ganadores de etapa de Tour (Pantano y Geschke), dos campeones del mundo, uno profesional y otro sub-23 (Kwiatkowski y Bystrom, ambos campeones en Ponferrada), el tercero este año en la Lieja (Albasini), y un ruso dispuesto a dejar ver a su selección después de los problemas de dopaje. Mientras tanto, Tom Dumoulin abandonaba.  
Bystrom, Kochetkov, Greschke, Pantano, Kwiatkowski y Albasini.


El primer circuito, el de Grumari, tenía lo mejor de un circuito mundialístico: terreno rompepiernas,  alguna rampa importante y bajada pedalabile. Añadía además un tramo de adoquín que se tomaba en bajada. Una reminiscencia del circuito mundialístico de Richmond o más bien un mini-Arenberg costero. En él volaron botellines, saltaron muchas cadenas (la de Porte hasta dos veces), aunque solo hubo una caída destacable, la de un ciclista turco. La ventaja de los escapados, que había alcanzado los siete minutos al entrar en el circuito, se redujo a dos al salir de él. Por delante se relevaban sin descanso; por detrás Imanol Erviti, Alessandro De Marchi e Ian Stannard lideraron la caza.

Primer circuito: Grumari.

A pesar del ritmo, en el grupo principal seguían todavía a cola corredores como el argelino Reguigui o el coreano Joon Yong Seo. Si alguna de las figuras quedaba rezagada, no le era difícil volver a conectar, con algún que otro tras-coche prolongado y vergonzoso: el breve de Mollema, el habitual de Aru y también el que fue más escandaloso, el de Froome y Thomas. 

El segundo circuito se planteaba como un pequeño Giro di Lombardia, con una subida a Vista Chinesa que recordaba a un Civiglio extendido, con una bajada suicida, al mejor estilo italiano-lombardo. Desde la especie de pagoda-mirador que daba nombre a la subida se podía contemplar una vista alucinante de la ciudad, con sus manchas blancas de edificios, sus grises y verdes de las picudas e innumerables montañas, y el fondo del mar, con su poderoso oleaje. Este segundo circuito iba a convertir a la prueba en el circuito de mundial/JJOO más duro en muchisimos años. Así pues, el grupo delantero de Kwiatkowski, Pantano, Geschke, Bystrom, Albasini y Kochetkov lo tomó en cabeza. A medida que se iba ascendiendo, el polaco y el ruso quedaron destacados en cabeza. 

Visión de Río desde "Vista Chinesa": el ciclismo, siempre un buen medio para vender turismo.

Por detrás comenzaron los movimientos tácticos: Damiano Caruso, que había estado tirando en sustitución de De Marchi, lanzó un ataque para evitar el desgaste de su selección. Sorprendentemente salió a su rueda Greg Van Avermaet, en un movimiento que consideré demasiado precipitado y quizá suicida. Afortunadamente me equivoqué (tras muchos años viendo ciclismo-rácano, algo incluso se contagia). A estos dos se unieron Sergio Luis Henao y Geraint Thomas, y más tarde Rein Taaramae. Se formaba así un cuarteto perseguidor en el que el italiano era el más débil. Por detrás, como es habitual, la selección española tuvo que trabajar. Ante la desaparición de Ion Izagirre (al que no se vio en ningún momento de carrera), Jonathan Castroviejo tuvo que asumir todo el peso, en lo que viene siendo el sino característico de España/Movistar con Valverde. Mientras tanto, la dureza de la ascensión fue cobrándose sus víctimas importantes: Tim Wellens y Wout Poels. 

La segunda ascensión supuso la neutralización de los fugados por parte del grupo, y la unión en cabeza de Van Avermaet, Henao, Thomas y Caruso con Kwiatkowski y Kochetkov, que aguantaron poco. Taaramae cedió y al ser neutralizado, comenzó a forzar el ritmo en el grupo trasero, preparando el terreno para su único compatriota, Tanel Kangert. Fue sustituido en el grupo cabecero por Andrey Zeits, que en un sorprendente ataque dio caza a los escapados, Los Astana volaron ayer. 

Fue en el descenso donde se produjo el movimiento táctico del día. Las cámaras no ofrecieron imágenes, ya que el descenso fue tan rápido que las motos se vieron incapaces de seguir a los que más arriesgaron. Solo vimos a Richie Porte dolorido en la acera después de haber impactado contra un árbol. Ya finalizada la parte difícil del descenso, Fabio Aru y Vincenzo Nibali alcanzaron al grupo delantero. Con ellos llegaron también Rafal Majka, Adam Yates y Jakob Fuglsang. Tanto Caruso como Kwiatkowski se vaciaron para sus respectivos líderes antes de la última ascensión. Por detrás, Castroviejo se apartó y fueron Valverde y Cancellara los que tiraron para sus compañeros. El murciano se sacrificó para que Rodríguez pudiese tener opciones de ganar su última carrera profesional à la Vinokourov. 

El desafortunado Porte fue el primero en caerse en el peligroso descenso de Vista Chinesa.
En la última subida se vieron varios fuegos de artificio. Nibali aceleró repetidamente, y logró seleccionar el grupo delantero, aunque como le sucediese en el Joux Plane el pasado Tour, no pudo marcharse en solitario. Por detrás, Purito Rodríguez, Louis Meintjes y Julian Alaphilippe salieron del paquete y dieron alcance al grupo delantero, al mismo tiempo que Adam Yates cedía. Tanel Kangert se quedó en tierra de nadie y Chris Froome también lo intentó, aunque acabó rebasado por varios ciclistas, y con Rui Costa a rueda: la peor pesadilla de un perseguidor. Durante toda la ascensión, los más escaladores (Nibali, Henao, Majka) intentaron abrir hueco, pero Van Avermaet y Thomas sufrieron para mantenerse a una distancia prudencial que les permitiese reducir la diferencia en el descenso y el llano. Sin embargo, la última aceleración del siciliano parecía ya la definitiva, con Henao y Majka a su rueda. Un trío para jugarse las medallas. 

Nibali, Henao y Majka (vía Getty Images)

En el descenso, Nibali intentó reafirmar su superioridad distanciando a los otros dos. Parecía no tenerlas todas consigo en el sprint y por eso pudo decidir forzar. Pero Henao también es un gran descendedor y le costó dejarlo de rueda. Como una jugada del destino, el azar le devolvió lo que le dio en el Agnello: Nibali se fue al suelo, también Henao. Los elevados bordillos laterales les dejaron fuera de carrera, con el doloroso resultado de clavícula rota y pelvis dañada respectivamente. Majka, que había bajado con más prudencia, se los encontró en el suelo y pudo seguir su camino en solitario. En el grupo perseguidor también cayeron Thomas y Alaphilippe. Al galés se le vio caído en uno de los surcos que limitaban peligrosamente la calzada, pero como es de roca, continuó.   

Henao y Nibali caídos. Majka prosigue en solitario.

Nibali caído.

Al concluir la bajada, Majka estaba solo en cabeza. Quedaban todavía 10 kilómetros a meta. El polaco tenía que darlo todo, pero no está acostumbrado a rodar solo. Por detrás se formó un grupo perseguidor con los restantes de las caídas: Van Avermaet, Fuglsang, Aru, Meintjes, Rodríguez, Yates, Zeits y Alaphilippe, que volvió al grupo in extremis. Tres Astana de ocho. De todas formas, el grupo no parecía organizado. Rodríguez daba sus característicos relevos (los mismos que dan Valverde y Costa), abriéndose y mirando siempre al corredor que le sigue. Meintjes y Yates no están acostumbrados a que les dé el aire. La persecución parecía condenada al fracaso. Van Avermaet intentó marcharse, pero Purito le cogió la rueda: el típico marcaje para favorecer siempre al escapado. El mismo que se vio en la Clásica de San Sebastián. 

Rodríguez, Van Avermaet, Zeits, Aru, Meintjes y Fuglsang: nadie releva.


Por delante, Majka boqueaba y cabeceaba. No estaba en su medio. Demasiado pequeño para rodar solo. Por detrás, Van Avermaet se marchó a la parte trasera del grupo, a recuperar o quién sabe si coger fuerzas para el sprint por la plata. Alaphilippe reclamaba relevos; no obtenía respuesta, hasta que Fuglsang lanzó un ataque seco, que fue respondido de inmediato por Van Avermaet. Nadie se movió para cerrar el hueco: las medallas estaban ya repartidas. Alaphilippe lo intentó tarde. 

Majka ante la posible gran victoria de su vida.


Quedaba sin embargo la parte final, la más agónica. Un llano interminable junto al paseo marítimo y la playa, que recordaba al paseo de la Concha de la reciente Clásica de San Sebastián. A Majka se le echaban encima poco a poco. Van Avermaet y Fuglsang parecían haber guardado fuerzas en un cajón muy escondido de sus cuerpos. La carrera se puso realmente emocionante: tenía el sabor de los mejores mundiales (no esos de pacotilla que se celebraron en Copenhague y Australia). Finalmente le dieron caza, y el polaco miró atrás, estiró las piernas, y se contentó con seguirles el ritmo para hacer bronce. En el sprint no hubo opción posible para Fuglsang: ganó Van Avermaet con una superioridad irritante. La misma que no había tenido en el pasado para batir a Cancellara en la Ronde de 2014, por poner un ejemplo. La misma que tiene desde hace dos años para batir a Sagan siempre que quiere, hasta el punto de haberse convertido en su particular "bestia negra".  

1º Van Avermaet, 2º Fuglsang

3º Majka


4º Alaphilippe, 5º Rodríguez, 6º Aru, 7º Meintjes, 8º Zeits

En unos juegos marcados por la concienciación ecológica, gana el belga relacionado con los tratamientos de ozono: un pequeño símbolo de los nuevos tiempos. Contando desde el principio entre los favoritos visto su rendimiento en el Tour, el corredor belga tuvo mucha fuerza, supo sufrir en las subidas y tuvo también esa intuición que nunca han tenido ni Purito ni Valverde para saber leer las carreras sin esperar al sprint o a la cuesta final. Es lo que se llama anticiparse a los movimientos del rival, y es una habilidad que suele estar muy relacionada con la victoria. Un digno vencedor, que corona así una carrera plagada de puestos de honor, que vaticino que se convertirán en victorias en los años venideros (tiene todavía edad para una "vejez" valverdiano-puritiana demoledora). 


Así pues, ésta ha sido la mejor carrera del año, con un circuito trepidante, un espiritu ofensivo sin descanso por parte de los corredores, con escapadas de tipos fuertes desde el primer minuto. Esto nos ofrece una gran lección: ¡qué bonito es el ciclismo cuando se corre sin pinganillos y con una reducción del número de corredores por equipo que fuerza a correr a la ofensiva! Lo que viene siendo la antítesis del estilo Movisky del pasado (y digno de olvido) Tour de Francia. 

martes, 31 de mayo de 2016

LA BAJADA DEL AGNELLO

Somos muchos los que consideramos al Giro d'Italia como la mejor vuelta por etapas de tres semanas: la más apasionante, la más sorprendente, la más hermosa. En ella no son extraños los vuelcos inesperados, las polémicas más ácidas, los "y si..." repetidos in aeternum. El ganador puede serlo gracias a su fuerza pero también a su astucia e incluso, como gusta tanto a la prensa italiana, gracias a oscuros complots. El perdedor podría haber sido ganador de haber mediado entre él y la victoria un poco más de fortuna, o un equipo mejor, o más alianzas en el pelotón. De este modo, la historia del Giro puede ser considerada una larga lista de "y si..."(s), alimentados por una afición y una prensa predispuesta por idiosincrasia peninsular a buscar siempre los tres pies al gato. Los helicópteros de la crono de Verona, el affaire de Savona, la traición de Sappada, el "complot" de Madonna di Campiglio, historias de medias verdades contadas y recontadas una y mil veces, hasta la extenuación o la tergiversación total, a las que quizá un día se una la bajada del Agnello.

Un instante de duda que vale un Giro


Steven Kruijswijk, joven escalador holandés, pelirrojo, pecoso, ancho de hombros y estrecho de caderas (como si se tratase de un albino nadador keniata), lo tenía todo para ganar este Giro. O casi todo. Una renta de tres minutos sobre el segundo clasificado, Esteban Chaves, y todavía dos etapas de montaña por delante. Vincenzo Nibali, su rival más complicado, parecía por completo fuera de juego después de una cronoescalada desastrosa y una crisis aparentemente total en Andalo. Perdía cuatro minutos y cuarenta y tres segundos con respecto al holandés. Desde su ambiente se esgrimían ya todo tipo de excusas, desde las bielas a una posible enfermedad, amplificadas por la prensa italiana, que había puesto todas sus esperanzas patrióticas en sus manos, a falta de alguien mejor.

Así pues, con lo squalo convertido en sardina, el holandés lo tenía todo para ganar. Kruijswijk se mostraba como pocas veces lo hacen los líderes, saliendo con suficiencia a cualquier ataque, incluso de gregarios. Aunque precisamente la necesidad de salir a cualquier ataque evidenciaba su punto débil: la ausencia de equipo.

¿Seguiría el mismo camino que Hesjedal y Hampsten o el de Olano y Evans?

La decimonovena etapa, con final en Risoul previo paso por el Col del Agnello, no parecía excesivamente peligrosa. Corta, con más subida que llano, podía ser manejada por un líder sin equipo pero en un estado de forma excepcional. La que parecía más complicada era la etapa siguiente, la que finalizaba en Sant'Anna in Vinadio, con tres puertos (Vars, Bonette y Lombarda) y la subida final de la meta, pues con varios puertos de salida se podía poner en jaque a un líder sin compañeros. Aunque ninguna de las dos alcanzaba en kilometraje y número de puertos al tappone dolomitico de Corvara, en el que Kruijswijk y Chaves habían abierto un importante hueco sobre el resto de rivales. En Valparola, tras un ataque de Nibali, Kruijswijk y Chaves se habían acabado marchando después de un ascenso demoledor al Passo Giau. En las dos etapas siguientes, Kruijswijk había ampliado su ventaja, cosechando tres segundos puestos consecutivos.

Chaves y Kruijswijk subiendo Valparola
De este modo, con la clasificación bastante clarificada, comenzó la decimonovena etapa en la mítica Pinerolo. Los 162 kilómetros consistían en el acercamiento y ascenso al Agnello, cima Coppi, bajada y subida a Risoul. Por delante se marchó una escapada, con varios Movistar (Rojas, Sutherland, Herrada), Astana (Kozhatayev y Scarponi) e incluso Orica (Plaza), pero ningún Lotto-Jumbo. Scarponi coronó el Agnello, contando con un amplio margen como para llevarse el triunfo de etapa. La subida estaba cobrándose sus primeras víctimas, como es normal en un puerto de más de 2.700 metros en el que la vegetación comienza a escasear, llega la niebla y sobre las laderas se dibujan las primeras lenguas de nieve. El Giro hasta el momento había sido nervioso y trepidante. Todas las etapas se habían rodado a gran velocidad, con dominio de Kittel y Greipel en los sprints, y finales muy intensos en Praia a mare (con victoria de Ulissi), Arezzo (con victoria de Brambilla) y Asolo (con nueva victoria de Ulissi, pero con una más meritoria demostración de fuerza de Bob Jungels, revelación de la carrera). Subidas ratoneras y empinadas como Alpe di Poti, con sterrato, Forcella Mostaccin o Cima Porzus, habían puesto el picante necesario a cada etapa, esa salsa siempre bien condimentada que ofrece el Giro. La velocidad de la carrera había comportado ya importantes retiradas, como la de Dumoulin. Pero quizá la más sonada había sido la de Landa, gran favorito de muchos (entre los que me incluyo), nada menos que el día después de la jornada de descanso. Con todo lo que la historia nos ha enseñado sobre esos días de "descanso activo".

Jungels: rodador que se defiende en montaña y que además sabe explicarse...¿ha nacido un nuevo campeón?


En las últimas rampas del col del Agnello, flanqueadas por paredes de nieve como en las míticas fotografías de Coppi, Chaves lanza su ataque. El sonriente Chaves ha llegado al Giro sin prácticamente días de competición, como quien dice "de la playa", y está casi tan intratable como Kruijswijk. Le siguen el líder y Nibali, Valverde cede. Al murciano no le sientan bien ni las alturas ni el frío. Por detrás quedan Zakarin, Majka, Urán, Pozzovivo, i soliti ignoti. Comienza el descenso. 

La realización nos privó del plano en directo. Concentrados en cambios de cámara sinsentido o tomas de meta con bimbi e ragazze, vimos ya a la maglia rosa en el suelo. Con las heridas todavía calientes, el holandés se dispone a recoger su Bianchi del suelo. El mecánico del coche Vittoria le ayuda a colocar de nuevo en su sitio la cadena. Kruijswijk parece desorientado pero calmado al mismo tiempo. En realidad la caída no ha alterado su expresión de aparente control de la situación. Poco después vemos la repetición del dramático suceso. En el estrecho descenso del Agnello, con la carretera encajonada entre taludes de nieve, Kruijswijk toma mal una curva, y cuando parece que va tumbarse más, rectifica la trazada, se yergue e impacta contra el talud de nieve sin posibilidad de atenuar el golpe. Da la voltereta entre la nieve y el aire, golpeando con los riñones sobre el asfalto. Su Bianchi sale despedida unos metros por delante. Precisamente por saberse sin equipo, el holandés había puesto excesivo celo en seguir el endiablado ritmo de Nibali. Lo squalo cimienta su victoria en un descenso, al modo de il Falco. 



El infierno blanco de Kruijswijk


Kruijswijk parece aturdido, con dificultades para seguir. Tendrá que cambiar de bicicleta, de manera que el grupo de Valverde le pasa como una exhalación. Nibali y Chaves se están marchando, aunque Kruijswijk todavía tiene un buen colchón de minutos. Ventaja que irá desapareciendo poco a poco, como un castillo de arena dispersado por la brisa. El descenso es largo, pedalabile. Pasado el tren del grupo de Valverde, el líder se desfonda en una persecución en solitario durante la cual van aflorando el dolor de una caída fea y el hundimiento moral de una renta de tiempo que se esfuma.

A la caza de un Giro que se esfuma.

Pero el Agnello no será solo la tumba de un Giro que ya parecía holandés. También será el final de las esperanzas de Valverde y la retirada de carrera de Zakarin. El murciano, a veintitrés segundos de Chaves, tenía todavía muchas opciones para la general. Por delante Scarponi se paró en seco, sacrificando su cantada victoria de etapa para tirar de su líder. Herrada y Rojas, hombres del Movistar que marchaban por delante, poco pudieron hacer para Valverde: Rojas fue cogido en las últimas rampas del Agnello y se quedó cortado en la bajada, mientras que a Herrada le faltaron las fuerzas. Como a Jesús Hernández, que nunca anduvo sobrado de ellas. Mientras tanto, en el grupo de cabeza Pirazzi, siempre tan pestoso, se unía los relevos, sin tener nada que ver en la fiesta organizada, en una de esas "colaboraciones desinteresadas" que tantas páginas han escrito en el Giro.


Además, el descenso se cobró otra víctima: el impetuoso Ilnur Zakarin. La cámara del helicóptero captó unas imágenes escalofriantes del ruso tendido en plena ladera, con la bici a varios metros de distancia, sin la rueda delantera. Afortunadamente la caída no tuvo graves consecuencias, pero supuso su retirada. El tártaro hubiese sido una ayuda fundamental para Valverde en esa larga persecución que ganó claramente el Astana. Al campeón murciano difícilmente se le presentará una oportunidad tan propicia para hacerse con una gran vuelta. De haber contado con algún compañero más en el descenso, o incluso de haberse implicado más él en primera persona en esa persecución, podría haberse quedado a una diferencia de Chaves que no hubiese sido posible remontar por parte de Nibali. Hay que tener en cuenta que el grupo de Valverde inició la subida de Risoul tan solo con diez segundos de diferencia con respecto a la cabeza de carrera: si hubiesen conectado con el grupo de Nibali y Chaves durante el descenso, Valverde podría haber sido ganador del Giro. Pero todo esto son conjeturas, pues la táctica del equipo ideada por Chente García Acosta estaba enfocada a objetivos dispares e inasequibles en conjunto: etapas para Visconti, top ten para Amador y clasificación por equipos. Típicas migajas que invalidan la victoria final, y que dan lugar a situaciones  inexplicables y contraproducentes, como la actitud de Visconti durante todo el Giro.

Valverde, Zakarin y Kruijswijk camino de Andalo.
En Risoul Nibali dejó atrás a Chaves, que aun así se convertiría en efímero líder de la carrera con sólo 44" sobre el de Astana. Nibali reencontraba le gambe, en una de las resurrecciones de última hora a las que nos tienen acostumbrados los kazajos. Por detrás, Kruijswijk encontró colaboración en Jungels, aunque fue un intento vano, pues cuando volvió la subida, las fuerzas y los ángeles protectores le abandonaron, dejándolo a merced del implacable cronómetro. En meta era consciente de haber perdido "su Giro".

"He perdido mi Giro"

Al día siguiente, en el colle della Lombarda Nibali asestaría su golpe definitivo, llevándose así un Giro en el que él había ido a más mientras que Chaves había terminado claramente con pocas fuerzas. Scarponi y Kangert fueron de nuevo los puntales del siciliano en su nueva victoria. Un triunfo para el que no dejó de lado en ningún momento la actitud combativa, a veces incluso soberbia, que le caracteriza. Valverde en cambio, manso como es, se contentará con el podio. Uno más.

Nibali en Risoul: the winner takes it all.


¿Había arriesgado demasiado en el descenso Kruijswijk? ¿Habia coronado el Agnello aturdido, y por ello había errado en esa curva? Sin duda las cosas hubiesen sido algo distintas de haber tenido un compañero. Todos desaparecieron durante la subida del Agnello, pero su director, Addy Engels, no tuvo la perspicacia de mandar algún corredor por delante. Lo mismo le sucedió a Dumoulin en la Morcuera, a las órdenes del mismo director y sin compañeros a la vista. ¿Qué hubiese pasado de tener mejor equipo o mejor director, y de seguir una estrategia más adecuada? Pues seguramente hoy no estaríamos hablando de la milagrosa resurrección de Nibali y de su cuarta gran vuelta por etapas, ni siquiera del abrazo de Nibali con los padres de Chaves. Seguramente la bajada del Agnello no hubiese acabado convirtiéndose en uno de esos recurrentes "y si..." de la historia del Giro.  



miércoles, 2 de octubre de 2013

I MONDIALI DI FIRENZE

Hace tres días, en Fiesole, los ancianos italianos que nos rodeaban, y que intentaban adularnos a nosotros extranjeros con palabras elogiosas acerca de los ciclistas españoles, y con sentimientos de solidaridad ante la pareja situación socioeconómica y política de ambos países, se quedaron realmente asombrados de que unas personas aparentemente tan educadas y calmadas como nosotros comenzasen a maldecir con la resolución del mundial, sazonando sus entrecortadas palabras con algún que otro insulto y blasfemia. Precisamente fue así como acabó el mundial, con un clamoroso desastre táctico, que hizo que pasásemos de la indignación al insulto. Y eso que no habíamos ido precisamente allí, a Florencia, a la hermosa villa de Fiesole (escalando por la empinadísima y alternativa Via Vecchia di Fiesole), a animar solo a los españoles, sino al ciclismo en general. 



De todas formas, presenciamos un auténtico espectáculo ciclístico y deportivo. Ya el día anterior las mujeres me habían puesto la carne de gallina en la subida a Fiesole, con la esperada victoria de la holandesa Marianne Vos, la dominadora total de los últimos años. Tras explorar el circuito, nos pareció lo suficientemente duro como para que Cancellara y Sagan pasasen problemas de desarrollarse la carrera rápida desde el principio. De todas formas, también pensábamos que la larga línea de meta era todo un obstáculo para las aspiraciones de Joaquím "Purito" Rodríguez y Vincenzo Nibali, hombres que debían llegar solos para vencer. El recorrido, a priori, se planteaba ideal para corredores completos y rápidos como Valverde o Gilbert, y quizá para alguna que otra sorpresa. Por supuesto, partíamos del convencimiento de que Contador había venido a Florencia de turismo.

Escaparates florentinos preparados para la ocasión.
La subida de via Salviati


En la primera vuelta, poco antes del primer paso de los corredores por Fiesole, comenzó el diluvio. Los ciclistas ya lo llevaban sufriendo desde la salida en Lucca, hecho que agrandaba más si cabe la dureza de las diez vueltas a un circuito final sazonado con tres subidas, una larga pero tendida hasta Fiesole, otra infernal en Via Salviati, y el remate, de apenas 200 metros, en Via Trento. Con esta lluvia, arrivederci Valverde, fue nuestro primer pensamiento. 

Imágenes del diluvio. Abajo: Rui Costa en uno de los primeros pasos en Via Salviati.
Gran parte del público, especialmente aquellos que no se habían pertrechado adecuadamente para la lluvia como era nuestro caso, buscó refugio en los bares del pueblo. Allí, entre noruegos, belgas y algún que otro italiano, vimos el desarrollo de la prueba, saliendo de vez en cuando para ver el paso de los corredores. La lluvia se llevó consigo a Wiggins, Froome y Horner, nada menos, también a Porte y Daniel Martin, todos ellos exponentes del "nuevo" ciclismo anglosajón, tan irregular (con lo que ello comporta, los entendidos saben) como arrollador en los últimos años. El primer paso por Fiesole se realizó a una velocidad infernal, asombrosa dadas las circunstancias, con el equipo italiano en cabeza.

En las últimas tres vueltas el diluvio remitió. Llegó la claridad, y con ella el primer ataque serio, el de Giovanni Visconti. El irregular Visconti, renacido al parecer este año, alcanzó al polaco Bartosz Huzarski, escapado prácticamente desde la salida.  El polaco había formado un infatigable dúo durante muchas vueltas con su compañero de escuadra, el checo Jan Barta. Visconti reclamó relevos al polaco ante una enfervorizada masa de italianos que veían por fin a uno de los suyos escapado. El equipo italiano ya se había "fundido" en la persecución a muerte de Huzarski y Barta, quedándoles tan solo la opción de comenzar los ataques individuales. De todas formas, el ataque de Visconti pareció ser debido más a la búsqueda del aplauso del público (Visconti es uno de los protegidos de Bettini, y suficientemente "cuentista" como para ser entrevistado cada dos por tres por la infame locutora de la RAI), que a razones tácticas de peso. Lo cierto es que marchando escapado, en el grupo scivolarono en una curva Luca Paolini y Vincezo Nibali, el líder de la escuadra azzurra.

Nibali se montó en la bici de nuevo con algo de lentitud, lo que hizo pensar lo peor. Ya sobre los pedales, su ritmo parecía renqueante, inseguro. Los ánimos de los locales parecían por los suelos, y las esperanzas en Nibali parecían haberse esfumado. Pero entonces Il Grillo Bettini puso su coche delante del corredor siciliano, y el mecánico le "arregló" un poco el freno, y así Nibali pudo reengancharse "milagrosamente" al grupo de los favoritos.  Una de las tantas argucias típicas, que pueden pasarse por alto en una etapa cualquiera, pero no en un mundial.

Lo squalo e il grillo. En el momento oportuno, el siciliano tendrá la ammiraglia a su servicio.

En el penúltimo paso por Fiesole, Visconti y Huzarski son cazados, pero nadie se mueve, y el nerviosismo aumenta. Nos cambiamos de sitio, buscando la proximidad de la pantalla gigante para no perder detalle, la gente comienza a comentar, a lanzar sus apuestas, y llegamos así a la última vuelta. El sol comienza a secar el asfalto, y Scarponi acelera el ritmo, para locura y gozo de sus paisanos de la peña ciclista de Ancona. Scarponi se lleva consigo a Purito y a Nibali. En el último paso por Fiesole, Nibali y Purito encabezan el grupo, seguidos a pocos metros por Rui Costa, Rigoberto Urán y Alejandro Valverde. Más atrás, con un pedaleo más pesado, pasan Gilbert, Cancellara, Sagan, los clasicómanos que lideraban todas las apuestas, y mucho más descolgado Boasson Hagen. "Il portoghese è pericoloso", señalo a los italianos que nos rodean. No lo conocen. El nombre de Rui Costa, o Hosta, como dicen los locales, solo les suena al de un ex-defensa de la Fiorentina. Algo me dice que puede ganar. Es inteligente y potente; sabe cuándo ahorrar fuerzas, y cuándo atacar y dar el todo, es un caza-etapas, y ya ha demostrado sus capacidades en el Tour, en el GP de Montreal, en Suiza, y se diferencia notablemente de su compañero de Movistar Alejandro Valverde, que no destaca precisamente por su facilidad en leer las carreras. De todas formas, no me esperaba un fallo tan garrafal como el que se daría a continuación.

Los dos protagonistas de la carrera: Nibali y Purito.

Vemos el desenlace en el teleschermo gigante. Un gigantesco Purito estira el grupo en el descenso. Hoy no se esnconde. Nibali intenta seguirle, pero el temor a una nueva caída impide que saque su habitual rabia en los descensos. Urán se va al suelo, estrellándose contra un terraplén. Costa y Valverde conectan. Purito parece intratable, y se mantiene en el descenso hacia Via Salviati en cabeza. Por detrás Nibali lleva el peso del grupo, fogoso y visceral como siempre (es un lujo verle correr), ante la vigilancia de Valverde y el astuto racaneo de Rui Costa. En el auténtico muro de Via Salviati, vacío de público por la absurda medida de cobrar entrada (nada menos que cien euros de entrada), Nibali y Valverde prácticamente cazan a Purito, y Costa aparentemente muestra síntomas de flaqueza. Mira hacia atrás, pero no porque le fallasen las fuerzas, como pensamos entonces, sino porque estaba "calculando" la diferencia, la distancia, la victoria... 

Purito alla grande. Detrás Nibali, Costa y Valverde.

El grupo alcanza a Purito en el falso llano que lleva de vuelta a Florencia. Pero el pequeño corredor catalán tiene uno de esos días magistrales, como en el Giro de Lombardía del año pasado. Uno de esos días en los que se deja de cálculos, como hiciera en el Stelvio el año pasado, y se lanza al ataque. Corona el breve repecho de Via Trento en cabeza, y Nibali parece cansado de llevar todo el peso del grupo. El catalán abre hueco, y todo pinta bien para los españoles: Valverde debe limitarse a vigilar detrás, a no dar relevos y saltar a cualquier ataque, y si finalmente el italiano y el portugués alcanzan a Purito, vencerles al sprint. 

En el paso elevado de las vías del tren, Rui Costa lanza su previsible ataque. El portugués ha visto que Purito ha abierto demasiada diferencia, y sus opciones de victoria comienzan a menguar. Pero entonces viene el momento crucial de la carrera: Valverde, en vez de cerrar el hueco y alcanzar al portugués, se pone a rueda de Nibali esperando que éste le lleve hasta él. ¡¡¡Fallo clamoroso!!! Valverde sabe (o debe saber) que es el más rápido, y si alcanza a Rui Costa pueden darse dos situaciones: o bien que el portugués se detenga, y gane Purito, o bien que el portugués tire (cosa improbable, pues no es tonto), y le gane Valverde el sprint. Pero no, Valverde considera más peligroso a Nibali, que nunca ha destacado por su velocidad al sprint, y que además se ha caído y lleva tirando del grupo toda la vuelta, que a Rui Costa, su compañero de equipo al que realmente conoce muy bien, y que sabe que de alcanzar a Purito no le será muy difícil batirlo.

La recta de meta, como era de suponer, se le hace interminable a un corredor como a Joaquím Rodríguez. Rui Costa le da alcance. Purito se muestre inteligente y guarda fuerzas, pero hace lo que puede ante un inconmensurable Rui Costa, que le bate al sprint aunque por poco, convirtiéndose en el primer portugués en vencer el campeonato del mundo, y con permiso de Agostinho, en el mejor ciclista luso de la historia.  Valverde, como era de esperar, bate con gran facilidad a Nibali al sprint, pero con su fallo táctico no solo ha perjudicado las opciones de Purito, sino que ha llevado al traste su posibilidad de triunfo, en un mundial que se le escapa año tras año.


Imágenes de la línea de meta: Costa bate a Rodríguez, Costa exultante, y Valverde gana a su vez la medalla de bronce frente a Nibali.


Maldecimos, blasfemamos: Porco Dio! Nunca había estado tan cerca y el resultado había sido tan amargo. Algún italiano se alegra de la victoria del portugués, espoleado por la prensa y la RAI que habían vendido el mundial de ciclismo como una nueva versión del Italia-España del fúbtol. Futboleros e idiotas hay en todas partes, en España, en Italia, y seguramente en algún que otro país más. Los belgas y los noruegos, completamente alcoholizados y empapados por la lluvia, festejan su no victoria, yo me quedo tiritando con los pies congelados, y mientras tanto Valverde se va de nuevo de vacío. Valverde es uno de los corredores más completos y polivalentes de los últimos años, uno de los mejores corredores españoles de siempre (con permiso de Indurain y Freire), y podría contar con un palmarés excepcional, a la altura de los más grandes de la historia, de los diez más fuertes,  si no fuese por sus despistes. Es bueno en montaña, rápido en pequeños grupos y muy apto para clásicas como la Lieja o la Flecha Valona. Estar en un equipo como el de Unzúe le perjudica notablemente para sus aspiraciones en las clásicas, pero de todas formas ha acumulado muchos fallos en solitario. Un cambio de rueda mal gestionado en el presente Tour, una mala colocación en el Cauberg en el mundial del año pasado, un impermeable mal puesto en una crucial etapa de la Vuelta que le obligó a descolgarse y a perder más de un cuarto de hora, un fallo de cálculo en el descenso de Monachil en la Vuelta que ganó Vinokourov, una Lieja regalada a Di Luca...demasiados errores. A fuerza de errores se ha convertido en el nuevo Poulidor, al menos de los mundiales. Con cinco podios supera al francés al menos en eso. Valverde es un corredor portentoso, pero como suelen decir en esa estúpida jerga propia los directores deportivos, "le falla la cabeza". No le puede tanto la presión como la mala gestión de su superioridad. Quizá Valverde comience a liderar la clasificación de los mejores segundones de la historia. 

A continuación un repaso a los podios de los mundiales de Valverde:

 Hamilton 2003: 1º Igor Astarloa, 2º Alejandro Valverde, 3º Peter Van Petegem
Madrid 2005: 1º Tom Boonen, 2º Alejandro Valverde, 3º Anthony Geslin
Salzburg 2006: 1º Paolo Bettini, 2º Alejandro Valverde, 3º Erik Zabel
Valkenburg 2012: 1º Philippe Gilbert, 2º Edvald Boasson Hagen, 3º Alejandro Valverde

Firenze 2013: 1º Rui Costa, 2º Joaquim Rodríguez, 3º Alejandro Valverde
Purito inconsolable en el podium. Ya son muchas cosas las que se le escapan: una Vuelta, un Giro, una Lieja, un mundial...
Florencia vista desde Fiesole, después de la tormenta. Al fondo, la cúpula de Brunelleschi entre la torre de la Signoria y el campanile de Giotto.