miércoles, 29 de marzo de 2023

LA BOTICA DE LA ABUELA

El ciclismo es un deporte especialmente prolífico en noticias que te sacan una sonrisa, especialmente si se trata de una sonrisa helada. Al parecer, Mathieu Heijboer, uno de los responsables del equipo Jumbo - Visma, ha afirmado sin rubor que el bicarbonato sódico es el ingrediente secreto en el rendimiento preponderante de Jumbo en este inicio de temporada. Sí, como leen, ese remedio que nuestras abuelas tenían en la despensa para aliviar el ardor estomacal es, nada más y nada menos, que la razón que explica un dominio casi monopolístico en las clásicas flamencas en lo que llevamos de temporada. Hoy en Waregem han obtenido el quinto éxito en carreras de este tipo: solamente el triunfo de Jasper Philipsen en la carrera de De Panne evita el pleno. Una victoria, por cierto, digna de ser nombrada y recordada, ya que al tiempo de perros del Flandes occidental se le unió un espíritu de hombre-orquesta por parte del sprinter de Alpecin, que se implicó en los abanicos, rompió el grupo y remató finalmente ante Olav Kooij, Yves Lampaert y Florian Vermeersch.  

La botica del herbolario de los remedios milagrosos

 

Pero volvamos al dominio de Jumbo, analizando los efectos del bicarbonato sódico en la primera de las grandes carreras de la semana pasada, la Volta a Catalunya. Se trató de una de las ediciones más interesantes de la historia reciente de la prueba, a pesar de reducirse a una disputa entre dos. Primož Roglič y Remco Evenepoel fueron los dos únicos protagonistas, asomando tímidamente en cabeza Giulio Ciccone, Marc Soler y João Almeida en algunos momentos destacados. Roglič supo aprovechar su mejor baza, su habilidad para arrebatar todos los segundos posibles en la misma línea de meta, sprintando hasta el final, mostrando igualmente mucha veteranía a la hora de gestionar los rebotes que se pillaba el joven campeón del mundo. Es decir, acabó imponiéndose la frialdad eslava sobre la hibris del impulsivo belga. 

Evenepoel dijo basta.

La jornada clave, con final en Lo Port, se disputó el mismo día que la E3, conformando de esta manera la mejor jornada de ciclismo en conjunto de lo que llevamos de temporada. Fue una etapa memorable, caracterizada por el empeño infructuoso de Evenepoel por diezmar el grupo e imponer su ley. En las jornadas anteriores, la carrera ya se estaba perfilando irremediablemente como un duelo entre Evenepoel y Roglič. Sin ir más lejos, en la primera etapa de Sant Feliu de Guíxols el propio Roglič se impuso al sprint, en un final en ligera cuesta (el de Colbrelli). Ya en ese sprint, Evenepoel demostró una nueva aptitud para la velocidad antes no vista en su corta carrera. Hubiese ganado de entrar mejor colocado, ya que su remontada fue espectacular. Las dos etapas sucesivas, en finales pirenaicos, no dilucidaron gran cosa (como suele suceder siempre en la vertiente ibérica de la cordillera). Después de un final en tablas en Vallter, aprovechado por Ciccone, Evenepoel pareció el más fuerte en el final pianeggiante de La Molina. Sin embargo, sus ansias de celebrar de forma alaphilippiana fueron superiores a la necesidad de rascar segundos. En la etapa del Mont Caro, Roglič le daría una gran lección de cómo deben exprimirse hasta la última gota los metros finales de cada etapa.   

Final de infarto en Sant Feliu de Guíxols (lo sé, el karma me castigará)

Ciccone supo encontrar su oportunidad.

La ascensión a Lo Port fue de esas que se quedan grabadas en la retina, por la espectacularidad del paisaje, con una carretera zigzagueante, trepando por la ladera rocosa y asomándose de tanto en tanto al precipicio. Se trata de un final que merece más presencia, que debería arrinconar, a ser posible, a los finales de autopista pirenaica o a los finales cuestacabristas, en el caso de la Vuelta a España. Soler y Almeida estuvieron activos, pero finalmente se entró en el último kilómetro con todo por decidir, con los dos grandes protagonistas empatados a tiempo. Fue en ese momento cuando Roglič sacó a relucir su maestría para resolver los sprints en cuesta. A pesar de que Evenepoel intentó cerrarle el paso de la peor manera posible hasta en dos ocasiones, Roglič acabó superándole, distanciándolo en seis decisivos segundos (que a la postre serían 10 con la bonificación). También contribuyó que Evenepoel llegase a los últimos cincuenta metros completamente desfondado, abierto de patas y haciendo eses. 


Escenografía de mitos (capturas de Juanfran de la Cruz)

Pero si algo tiene el campeón del mundo es su obcecación, en parte una bendición para el espectáculo. En la etapa con final en Molins de Rei, Evenepoel aprovechó el descenso del Alt de la Creu d'Aragall para forzar al líder. Se trataba de un descenso complicado, no tanto por las curvas como por la cantidad de trampas, con pasos estrechos por localidades plagadas de bordillos y resaltos. Evenepoel conminaba a Roglič, con su insistencia no ajena a la mala educación y a la insolencia, a que le diese relevos, obteniendo como una única respuesta el silencio. Roglič aplacó con una serenidad casi tibetana la animosidad siempre irrefrenable de Evenepoel. Al día siguiente, en el circuito de Montjuïc, Evenepoel lanzó su ataque a falta de 30 kilómetros. Roglič le cogió rueda y finalmente le regaló la victoria. Un regalo un tanto envenenado, que quizá el orgullo de Evenepoel no acabe de digerir del todo bien. 

El triunfo de Roglič en la Volta enlazaba con la demostración de Jumbo en la Gent - Wevelgem. No se trató de una edición memorable, para nada, sino más bien lo contrario. Un sexto monumento domesticado y bastante anodino, en el que dos corredores de Jumbo parecieron competir contra ciclistas de un nivel diferente. En fin, la carrera se puede resumir muy rápidamente (no me apetece extenderme mucho): en el penúltimo paso por el Kemmelberg, en la subida del belvedere, a falta de cincuenta kilómetros, Wout van Aert lanzó su ataque, coordinado con su compañero de equipo Christophe Laporte. Un ataque de ambos sentados, a ritmo, como si no quisiesen apenas destacar. Se marcharon con inusitada facilidad. En el siguiente paso, esta vez en la subida del osario, van Aert forzó el ritmo, Laporte pareció por un instante que iba a ceder, pero algún mecanismo o resorte en los engranajes internos de van Aert pareció hacer "clic!". Relajó el ritmo, decidió esperar y, tras una apabullante exhibición mecánica de rodar y rodar, en la que van Aert llevó la voz cantante y la diferencia se fue por encima de los dos minutos, el campeón belga decidió regalar el triunfo a Laporte, como un señor feudal desprendido que decide conceder un feudo a su caballo de tiro. En fin, nada que un espectador curtido en mil y una batallas y decepciones no pueda digerir.  

Relaciones feudo-vasalláticas (algo extrañas)

Llegamos así al día de hoy (agradezco la paciencia del lector por haber llegado al final de este artículo-tren de mercancías, a modo de compendio interminable que, por pereza y falta de tiempo, escribo hoy apresuradamente). En la Dwars door Vlaanderen ha habido dos grandes protagonistas sin premio: Alexander Kristoff y Oier Lazkano. El de Movistar ha sido un ejemplo del salto de calidad experimentado en el equipo desde que vieran de cerca el abismo en el otoño pasado. Un salto de calidad que, sin embargo, empalidece en comparación con el del ganador de hoy. Lazkano ha realizado un carrerón portentoso, llevando a un tipo curtido y bregado como Kristoff casi al límite y sacando fuerzas de flaqueza en el último momento para llevarse una meritoria segunda plaza, cuando todo parecía ya perdido. Lazkano y Kristoff han marchado por delante de un grupo intermedio, formado por Küng, Madouas, Benoot, Laporte, Narváez y Hermans, con apenas 20 segundos a lo largo de los últimos 30 kilómetros. Por desgracia, han sido alcanzados casi a las puertas. Poco después, a falta de cuatro kilómetros, Laporte ha lanzado un demoledor ataque sentado. Ni siquiera un rodador experimentado como Küng ha podido cogerle rueda. Estaba claro que era la forma de reivindicarse ante todos los que consideraban su triunfo en Wevelgem como algo inmerecido o regalado. Su triunfo de hoy es la demostración de que cualquier corredor de Jumbo es, a día de hoy, un ganador potencial. Siempre, claro está, que disponga de unos polvos de bicarbonato con los que superar las digestiones difíciles.   

 

"Vaya, regalos a mí..."


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