lunes, 18 de julio de 2022

¡ESTE NO ES MI TOUR, ME LO HAN CAMBIADO! (PARA BIEN)

Imaginemos una escena de una película alemana de tarde. Los niños vuelven del campamento de verano, después de dos semanas de nuevas amistades, amores inocentes, aventuras, raspones en las rodillas y alguna diarrea. Las madres y los padres aguardan en la sombra. Con la llegada de ese autobús se acabarán dos semanas de tranquilidad y sano aburrimiento. Ahí está, por fin, el autobús asomando por la curva y aminorando la velocidad. Entre la barahúnda de niños cansados y ruidosos uno sale corriendo y se abalanza sobre una de las madres, abrazándose con fuerza a su cintura. La madre parece dubitativa.  Algo no funciona. ¿Quién es ese niño?, parece pensar. Es más guapo, más rubio, más espabilado que la imagen que tenía anteriormente de su hijo. Parece otro, pero ese amor incondicional le hace dudar por un momento de esa primera impresión: se lo acaba quedando, sea o no su hijo de verdad. Así nos pasa a los espectadores del Tour de Francia. Parece que nos hayan cambiado el Tour que conocíamos, somos incapaces de reconocerlo, pero nos quedamos con el cambio. Ojalá fuese así siempre.

Las etapas se están completando a un ritmo vertiginoso, de arquear la ceja, y el duelo entre Vingegaard y Pogačar se promete a la altura de los de 1964, 1971, 1975 o 1989. También al de 2007, dirá alguno con sonrisa maliciosa. Esperemos que las promesas se cumplan: de momento ya se ha visto una de las mejores etapas de montaña en años. 

El Marca francés siempre defendiendo su producto.

 

Los ciclistas se tomaron la etapa del Alpe d'Huez con tranquilidad y algo de miedo. El desgaste del día anterior pesaba en las piernas de todos. A pesar de encadenar tres hors catégorie, la venganza de Pogačar tendría que esperar. Las transiciones llanas entre puertos jugaban en su contra, ya que la superioridad de Jumbo, que se demostraría a lo largo de toda la jornada, hubiese condenado al fracaso cualquier tentativa lejana. Quizá tampoco se sentía muy seguro de haber recuperado plenamente sus fuerzas. Por tanto, la montaña-circo del Alpe d'Huez sería el lugar donde se producirían los ataques. Una subida en la que los estrechos pasillos entre borrachos disfrazados, energúmenos con banderas y muñecas hinchables y aspirantes a sanfermineros se hacen cada año más complicados que sus famosas y sobrevaloradas catorce curvas de herradura.  

En el Galibier se formó una fuga inicial con Giulio Ciccone, Louis Meintjes y Neilson Powless, entre otros, a la que accederían en el descenso Chris Froome y Tom Pidcock. El menudo británico hizo un descenso del Galibier que puso los pelos de punta, deslizándose con suavidad por la sinuosa carretera, haciendo de las curvas, la bicicleta y el cuerpo una unidad. Su descenso estuvo a la altura de los mejores de Savoldelli o Nibali, sin esa inestabilidad que provocan por ejemplo los descensos de Mohorič (desparecido en carrera, por cierto). Al llegar a la altura de Froome, Pidcock pareció serenarse en actitud de humilde admiración hacia el campeón británico que ya todo el mundo daba por acabado. 

Jugándose la vida.

 

La etapa no tuvo mucho más. Jumbo demostró su poderío haciendo que Laporte, Van Hooydonck y Benoot marcasen el ritmo en la Croix de Fer, en la mejor tradición de los trenecitos del pasado. Van Aert comandó el pelotón en el llano hasta Bourg-d'Oisans, sin ningún afán en dar caza a los escapados. Por delante, Pidcock se desmarcó en las primeras curvas, marchándose hacia el triunfo, a pesar de la resistencia inicial de Meintjes. Por detrás todo fue calma hasta que faltaron tres kilómetros. Pogačar realizó dos aceleraciones, explosivas y breves, sin excesiva confianza, que fueron controladas por Vingegaard sin grandes sobresaltos. También por Thomas, al que no pudieron distanciar, ni siquiera en el sprint largo y demoledor de Pogačar. Bardet, Quintana y Gaudu sí pagaron un poco el esfuerzo previo del Granon. 

Lo mejor visto en Leeds desde el Dirty Leeds.

La etapa de Saint-Étienne no tuvo la dureza de otras ocasiones, permitiéndose de nuevo una fuga, en este caso de grandes rodadores. Stefan Küng, Filippo Ganna y Matteo Jorgenson se marcharon por delante, siendo alcanzados más tarde por Mads Pedersen, Quinn Simmons, Fred Wright y Hugo Houle. El joven barbudo norteamericano mostró una vez más su poderío físico, sacrificándose para Pedersen, demostrando que va a ser uno de los corredores más presentes en el futuro inmediato. De este grupo se destacaron Pedersen, Wright y Houle, y para el danés fue fácil controlar una fuga en la que ninguno de sus dos acompañantes pareció querer inquietarlo en exceso. Incluso Houle marcó el ritmo durante prácticamente los dos últimos kilómetros. La victoria fue para Pedersen, como era de esperar, dando para su país su tercer triunfo de etapa. 

El trumpista redimido.

La siguiente etapa, con final en el aeródromo de Mende, sí se iba a plantear como una jornada dura desde el inicio. A falta de 180 kilómetros para meta, Pogačar, imbuido por el espíritu de van der Poel o van Aert en sus días más inspirados, decidió probar al líder de la carrera. Este se encontraba mal colocado. El ataque del esloveno fue controlado inicialmente por van Aert, hasta que Vingegaard, visiblemente nervioso, le daba alcance remontando puestos. Era la muestra de que Pogačar estaba comenzando a despertarse. La pelea por la fuga fue muy intensa y en cierto momento dio la impresión de que el Jumbo (o van Aert) no tenía intención de que la carrera parase, a pesar de que Roglič y Benoot se les hubiesen ya descolgado. Por contra, UAE parecía más tranquilo, pero finalmente coló a Soler en la fuga, a pesar de que al final su presencia delante no sirvió para nada. 

Probando al líder...a falta de 182 kilómetros para meta.

 

"Kalise para todos"

Una vez formada la fuga, esta alcanzó una diferencia enorme, superior a los catorce minutos en algunos puntos de la carrera. Se había filtrado nuevamente Meintjes, que podría suponer una amenaza para todos aquellos equipos que tienen como objetivo prioritatio el top ten. Por detrás, Jumbo marcaba el ritmo con suavidad, hasta la penúltima cota, la Côte de la Fage, una subida de duros porcentajes y expuesta al viento, en la que van Aert aceleró el ritmo y fragmentó al pelotón. La intención parecía ser querer evitar un ataque de Pogačar, que pudiera contar con Soler como puente. Mientras tanto, en la fuga, Matthews se mostraba como el corredor más activo. Aprovechando un descenso se marchó por delante, junto con Luis León Sánchez, Alexander Kron y Felix Großschartner. El danés del Lotto, que podría haber obtenido una histórica cuarta victoria para su país, se quedó fuera de la lucha final a causa de un pinchazo. La exigua diferencia con el resto de fugados se esfumaría en las primeras rampas de la subida al aeródromo.

Matthews se destaca, con Kron, Großschartner y Sánchez detrás.

 

Alberto Bettiol parecía el más fuerte en la fuga. Superó a Luis León Sánchez y a Großschartner y parecía querer hacer lo mismo con Matthews. Le alcanzó y le superó, pero el australiano siguió a su ritmo, manteniendo al italiano a unos metros. Finalmente, cuando todavía no había finalizado la subida, ni siquiera cuando había suavizado, Matthews comenzó a remontar, poco a poco, a chepazos, con gestos de visible esfuerzo. No llegó a coger rueda a Bettiol: con veteranía se escoró a la otra parte de la calzada y lanzó su ataque, para impedir que Bettiol le cogiese rueda. Matthews se marchaba así a conseguir uno de sus triunfos más bellos y más sufridos. 

Call an ambulance...But not for me!

Por detrás, la debilidad circunstancial de Jumbo quedó reflejada en que al inicio de la última subida Vingegaard contaba tan solo con Kuss como gregario. Tampoco iba a necesitar mucho más. Pero por primera vez UAE contaba con superioridad numérica: junto a Pogačar estaban Majka y McNulty, por fin reaparecido. Pogačar forzó el ritmo casi desde el principio de la explosiva ascensión, con un ataque sostenido, sin mirar atrás, muy diferente a los inseguros fuegos de artificio del día de Alpe d'Huez. Los cronometradores oficiosos aseguran que es la segunda ascensión más rápida, tras la de Pantani, Indurain y Riis en 1995. Gaudu, Bardet, Mas, Quintana, Thomas y Adam Yates fueron perdiendo comba, pero Vingegaard, por contra, permanecía completamente soldado a rueda de Pogačar. No lo pudo descolgar ni siquiera en el terrible sprint final, marca de la casa del esloveno. 

Pogi y su sombra (vía @DansLaMusette)

Finalmente, la etapa de ayer con final en Carcassone fue de nuevo disputada a gran ritmo, bajo una terrible ola de calor. La etapa se alejó de paseos de otros años, en los que Cavendish imponía su ley gracias a un equipo que controlaba de cabo a rabo la carrera. Precisamente uno de sus secuaces llegaría ayer fuera de control. Jumbo-Visma tuvo un día bastante cruzado: a la retirada consensuada de Roglič, pensando en la Vuelta, se sumó la caída de Kruijswijk, que supuso su retirada, y la caída sin consecuencias de Vingegaard. Todos estos pequeños detalles muestran que el Tour, a pesar del dominio de Vingegaard y su equipo, todavía no ha acabado. Por lo demás, la etapa contó con una fuga inicial, formada por Nils Politt, Mikkel Honoré y de nuevo van Aert (al que desde el propio coche de equipo le pidieron que parara). Una vez cazados Politt y Honoré, se formó una nueva escapada, con Benjamin Thomas como principal protagonista. Por detrás, del grupo principal los sprinters puros fueron descolgándose uno a uno, debido al ritmo duro impuesto por los Trek para Pedersen. Benjamin Thomas se mantuvo en cabeza hasta bien entrado el último kilómetro, ayudado por su extraordinaria planta de pistard y por las motos, hasta que el pelotón le dio caza. El sprint se dirimió entre van Aert, Pedersen y Philipsen, siendo finalmente el triunfo para el belga del Alpecin.

Un día cruzado.

Hoy sí que no había nadie delante.

En meta, una vez más, todo fueron choques de manos y abrazos entre rivales, como viene siendo habitual en este ciclismo que (para bien) parece haber imitado el buenrollismo juvenil, casi adolescente, de otros deportes, alejándose de la imagen tradicional del ciclista de otras épocas, adusto y resentido, con mil excusas y malas caras ante la derrota. Los abrazos de bros no quitan que se prevea una semana final de lucha. De ser otras las circunstancias, Vingegaard contaría con una diferencia holgada como para estar bien tranquilo. De momento, tiene las de ganar, pero qué duda cabe que Pogačar le va a poner las cosas difíciles. Vingegaard parece muy sólido en montaña, pero no es descartable un mal día. Dadas sus cuentas deportivas pendientes, ambos equipos van a poner todo de su parte, dentro y fuera de carrera, para conseguir el triunfo final en París. 

Imperante buen rollo. ¿Predecerá a la lucha encarnizada?



jueves, 14 de julio de 2022

¿YA ESTÁ TODO DECIDIDO?

Ante días como el de hoy es difícil no caer en la tentación de la épica y de la batallita. No se recuerdan días así, al menos en el pasado más inmediato. Es el día idóneo para sacar la pluma de oca del estuche de madera y comenzar a rasgar con ella el papel rugoso en el que escribir la crónica. Ha llegado el día de ponerse poetas. Atiborrados de etapas sin trascendencia, con equipos maniatando la carrera y ataques pancarteros, lo de hoy ha sido una bella excepción: corredores de uno en uno en meta, tras más de cuatro horas de alternativas diferentes en pantalla. Como un plato colocado en una mesa desnivelada, el control de la carrera ha ido oscilando de la mano de Vingegaard a la de Pogačar, para acabar finalmente en poder del danés. Con el príncipe destronado, lo fácil es mentar Orcières-Merlette, por aquello de Merckx, Ocaña y la derrota del tirano. Pero en realidad cada acontecimiento es independiente a los del pasado, cada uno llega a nuestro presente vacío de sentido y las comparaciones no son más que construcciones humanas, relatos al calor de la hoguera. Batallitas, a fin de cuentas. Pero en un día como hoy se puede reivindicar la batallita como aquello que nos permite seguir viendo con interés este deporte que tantas veces desespera. Esta etapa se la contaremos a alguien algún día, como Abe Simpson cuenta la historia del limonero a los niños de Springfield.  

 



No solo eso: la etapa de hoy se promete el anticipo de muchas otras interesantes, si Pogačar sabe reponerse del golpe. Pues ha sido duro: tanto que no va a encontrar muchas opciones de rivalizar de nuevo con Vingegaard de tú a tú. El duelo por equipos ya lo tienen ganado en Jumbo y se tienen que limitar a controlar la carrera: un Pogačar debilitado, hasta hoy ansioso por sacar tiempo en lugares y situaciones en las que la ganancia es mínima, es el que tiene que proponer a partir de ahora. Tiene que inventar algo acorde a su joven leyenda, no lo puede fiar todo a la crono.


 

En el campo opuesto, el Jumbo de Vingegaard ha ejecutado a la perfección su táctica. Desde el primer momento han colado gente delante, con van Aert escapado de salida junto a van der Poel. A su fuga a lo Baracchi han llegado pronto más corredores, los protagonistas del día (Barguil, Geschke, Latour), y entre ellos Laporte. Luego Benoot ha forzado el ritmo en el ascenso al Telegraphe. En su descenso, a más de sesenta kilómetros para la meta y con apenas imágenes, un ataque de Roglič ha logrado dejar aislado a Pogačar. Comenzaba el plan. Roglič ha hecho con habilidad la labor de señuelo, con una sucesión constante de ataques alternados al líder entre él y Vingegaard. Pogačar ha entrado al trapo a todos. Más tarde, en el reagrupamiento posterior al Galibier, han contado con superioridad numérica,  incluso el ritmo de van Aert en el llano ha impedido a muchos recuperar. Finalmente, Vingegaard ha sido mejor escalador, más adaptado a los puertos prolongados y al calor. Su ataque a falta de cinco kilómetros a meta ha sido demoledor. Un ataque que vale un Tour de Francia. Hoy los directores de Jumbo pueden decir la frase típica de Hannibal Smith: "me encanta que los planes salgan bien".  



Pogačar también ha contribuido  a su descalabro con sus propios errores. Los de hoy y los de los días pasados. Intentando ocultar una debilidad en montaña que hoy se ha hecho patente, había jugado en los días anteriores a sacar tiempo en los lugares más inverosímiles, demostrando ambición y derrochando fuerzas. Hoy ha querido imponer su ley en la parte más dura del Galibier, cuando la carretera trepa por una pared cenicienta que parece ocultar el cielo. En el descenso y en el llano hasta el Granon quizá no se ha alimentado bien, más pendiente de las carantoñas a la cámara que en recuperar fuerzas. Ha sobrevalorado sus capacidades para afrontar todo en solitario y no ha sido bien guiado desde su coche: a él le ha faltado paciencia, pero también le han dejado solo en todos los sentidos. Lo han dejado a su aire, a la deriva, sin supervisión, y ha actuado como un alumno acostumbrado a las notazas que se presenta al examen demasiado confiado. En resumen, ha sufrido una dura lección moral. En su descargo,  mentalmente parece que sabe desconectar y sabrá reponerse. No deja de ser, a día de hoy, el corredor más completo del pelotón. 


 

Ha habido varias imágenes de esta etapa que quedarán para el recuerdo. La sucesión de ataques, como un toma y daca, de Roglič y Vingegaard en el comienzo suave de la ascensión al Galibier. Se turnaban como el poli bueno y el poli malo dando guantazos a un Pogačar maniatado, que ha respondido a todos con entereza y ha intentado incluso acallarlos con alguna aceleración del ritmo. Otra imagen ha sido la soledad del líder, una constante hoy más dolorosa, con Soler conectando con una aceleración prodigiosa con el cuarteto de Pogačar, Roglič, Vingegaard y Thomas en el inicio del Galibier, para desaparecer después; o el trabajo de Majka al inicio del Granon, con rictus cadavérico, remontando desde atrás de forma muy sorprendente para alguien enfermo (aunque sea levemente). También el ataque de Quintana, con la cara impertérrita de los mejores días, que ha hecho soñar con el colombiano inscribiendo una vez más su nombre en una montaña mítica, dando el relevo en cabeza a su compañero Barguil, que ha afrontado la ascensión con mucha valentía.






Pero sin duda la imagen del día ha sido el desfallecimiento del líder. Para darle el tono apreciado de batallita, se ha hablado incluso de "pájara". Y eso ha sido. Pogačar ha demostrado por primera vez su vertiente más frágil, quizá para decepción del festino loco y sus seguidores más fanáticos, que hubiesen preferido ver a un líder humillando al resto antes que a uno "de rostro humano". En el momento de la verdad, cuando Vingegaard ha lanzado su ataque definitivo, a Pogačar se le ha visto dudar un tiempo a rueda de Majka, incluso le ha dejado un poco de hueco a su gregario. Luego se ha quedado junto con Thomas, que le ha rebasado con su ritmo constante y sin fisuras; más tarde lo ha hecho Adam Yates y finalmente Gaudu, que ha hecho una excepcional etapa, protegido por su equipo y de menos a más. Pogačar se ha dejado todo en esa persecución sin fuerzas. El resultado de la paliza recibida ha sido de 2'51'' en meta y 2'22'' en la general. Bardet, gracias a su fantástico rendimiento, también le ha superado en la general. No había esta vez pelos saliendo del casco, o al menos no era lo más destacado de su estampa: con el maillot abierto al completo, la sonrisa de debilidad dibujada en la cara y la cabeza hundida entre los hombros, Pogačar ha pasado hoy quizá el peor día de su vida deportiva. Vingegaard, por contra, ha tenido su día de gracia, un gran triunfo que ya reluce en su exiguo palmarés. Su pedaleo, su rostro apretado por el esfuerzo, su forma de entrar en meta sin ceder un segundo, eran la viva imagen de la determinación y el cumplimiento de un objetivo. Todos los corredores del Jumbo han funcionado hoy como fichas de risk desplegadas con sabiduría sobre el tablero.


 

Lo fácil, por continuar con la literatura, sería contrastar los dos estilos, las dos personalidades, a fin de crear un relato, un dualismo: el más insolente y despreocupado de Pogačar, con su punto de arrogancia desenfadada y su dosis de exhibicionismo juguetón, frente al distraido y pasota Vingegaard, a veces con la impresión de estar desubicado como un pez en tierra. A la hora de correr son bastante parecidos, aunque a Vingegaard lo serenen de forma más efectiva desde el coche. Se han revertido los sucesos de La Planche des Belles Filles 2020. Pero a fin de cuentas, esto no dejan de ser historietas inventadas, basadas en impresiones parciales. La pregunta clave es: ¿todavía queda Tour de Francia? Toca elucubrar. A favor de Pogačar está su carácter ofensivo, que puede ser más eficiente al contraataque que desde una posición dominante; parece compartir con Roglič la capacidad para superar las adversidades, pero por contra nunca se ha visto en una de estas. Su equipo no puede plantear una alternativa "de pizarra" al dominio de Jumbo: Pogačar continuará solo mañana. Además, la pérdida ha sido demasiado cuantiosa como para subsanarla en un único ataque afortunado. Por parte de Vingegaard queda por ver si aguantará la presión del liderato y si no es embarcado, incluso contra su propia voluntad, en uno de esos fallos tácticos a los que nos tenía acostumbrados hasta hoy su equipo.


miércoles, 13 de julio de 2022

TODO POR DECIDIR

Podría decirse que desde la etapa del murito de les Belles Filles, la carrera ha entrado en una fase de estancamiento, pero en realidad todo está todavía por llegar. Las dos próximas etapas se presentan como decisivas, a falta de lo que decida por su propia cuenta el covid. Mientras tanto, para matar la espera, ¿qué imágenes nos han dejado estos días? Un sprint fácil de van Aert en subida, la resurrección de Jungels, los escapados tirados en el suelo nada más cruzar la meta del Altiport de Megève, un líder tranquilo en apariencia, pero que sprinta siempre que puede para obtener segundos o bonificaciones y unos rivales dispuestos a transitar la frontera que separa la paciencia del conservadurismo. 

En el final de Lausana se vio una vez más la potencia casi imbatible de van Aert en grupos reducidos. Apenas tuvo que hacer esfuerzo para encontrar su hueco y rebasar a Matthews y Pogacar en los últimos metros, cuando la pendiente suavizaba. Es más fácil ganar así que tras largas escapadas, claro está. También quizá tenga menos brillo. Pero cada generación parece poseer unas afinidades que les empujan a obrar sin voluntad: si la generación de los ochenta se caracteriza por la duración y la de 1990 por las esperanzas frustradas, la de mediados y finales de los noventa está dotada de un punto de soberbia e insensatez que les hace privilegiar el ataque loco al resultado fácil. Quieren ser ubicuos y a veces se dan duchas frías de realidad, pero el espectador agradece el camino recorrido.

"It means something extra", improvisa van Aert ante la absurda pregunta del periodista del Tour sobre qué significa ganar en el estadio "olímpico". 

 

En las siguientes etapas se ha cumplido un patrón similar: escapada peleada y bastante numerosa, algún ciclista infiltrado que desde una segunda línea puede dar un gran salto en la clasificación, trabajo de UAE en el pelotón y ausencia de ataques importantes. En la primera etapa con encadenado montañoso, se asistió a la resurrección inesperada de Bob Jungels. El luxemburgués llevaba tres años en el más absoluto anonimato, aquejado de las secuelas de la salida de la manada, muchísimo más persistentes que las del covid. Decidió escaparse del grupo de fugados bien pronto, cuando quedaban todavía 60 kilómetros a meta, lo que significa la ascensión al col de la Croix, el descenso, unos diez kilómetros de llano y la ascensión final al Pas de Morgins, más los últimos kilómetros de bajada y subida. La decisión de la etapa fue un bello duelo entre la elegancia del pedaleo siempre compuesto de Jungels y el estilo espasmódico de Pinot por detrás. La habilidad en el descenso decantó la balanza en favor de Jungels e incluso el frágil francés, cuya persecución fue magnificada por la realización, fue superado en última instancia por el dúo de Castroviejo y Verona, gracias al empeño del primero. Al vasco le dieron vía libre cuando ya estaba claro que no iba a haber movimientos por detrás, pero fue demasiado tarde para él. El pelotón mantuvo la diferencia siempre en torno a los tres minutos, debido a la presencia "peligrosa" de Rigoberto Urán (que acabó desfondándose y perdiendo siete minutos). 

Jungels saliendo de un agujero de gusano desde la Lieja de 2018.

 

Llegó el día de descanso y con él los test de la organización. Todos fueron negativos, al contrario de lo que sucedió antes y después en algunos controles internos de los equipos, a resultas de lo cual Laengen, Guillaume Martin, Durbridge y George Bennett se fueron para casa. No así Rafal Majka, que a pesar de dar positivo se mantiene en carrera por "carga viral baja". Vistas las bajas en UAE, podría decirse que el principal rival de Pogacar a día de hoy es la posibilidad de contagio. La enfermedad debería comenzar a tratarse como lo que es a estas alturas, al menos entre gente joven y presumiblemente sana como los integrantes del pelotón: solo se deberían marchar a casa aquellos a los que realmente la enfermedad les impida rendir al cien por cien. Ello no quita que se deban extremar las medidas de seguridad para evitar un contagio masivo que sí podría poner el riesgo la viabilidad de la prueba, aunque resulte paradójico y agotador a estas alturas. Algunos equipos deberían hacerlo por cuenta propia, porque la principal amenaza para perder la carrera puede venir de ahí. 

 

Volviendo al estado de naturaleza.

 

Con el ambiente enrarecido por las bajas de UAE y la presencia incómoda de Majka en el grupo, la etapa de Megève tuvo las mismas características que la anterior (fuga peleada y numerosa, corredor infiltrado peligroso para la general, dejadez de UAE, ausencia de ataques destacados), pero extremadas. Pogacar se mantuvo durante gran parte de la etapa en la panza del grupo, rodeado de corredores de otros equipos (Bahrain, Bike Exchange), mientras sus compañeros marcaban el ritmo delante. Esta vez se coló Lennard Kämna delante, colocándose durante gran parte de la etapa como maillot amarillo virtual, gracias a su diferencia superior a los 8'43''. Si detrás apenas ha habido movimiento e interés, la lucha por la etapa ha estado francamente interesante, con bastantes alternativas: Bettiol primero, más tarde Zimmermann y el italiano y al coronar, un ataque de Luis León Sánchez que parecía bastante peligroso, al contar detrás con Fred Wright en el papel de vigilante. 

 

Une partie en campagne.

 

Finalmente Luis León Sánchez fue alcanzado por Matteo Jorgenson y Nick Schultz, y más tarde por Dylan van Baarle, que amagó con atacar nada más coger. En la rampa final, casi la más dura de toda la tendida y larguísima subida, los cuatro de delante fueron cazados por el resto de escapados, comandados por Benjamin Thomas. El sprint se dirimió por la mínima entre Nick Schultz y Magnus Cort Nielsen, que obtenía finalmente la victoria y podía redimirse con un triunfo de verdad de sus días de payasadas en Dinamarca. Por detrás, como sucedería ya en la etapa anterior a la jornada de descanso, Pogacar intentó distanciar a sus rivales con un ataque/sprint de 100 metros. No obtuvo nada (los jueces no picaron un segundo, a pesar de la visible diferencia), pero sí conservó gracias a ese sprint el maillot amarillo. 

Sprint agónico entre Schultz y Cort Nielsen.

 
 La diferencia estuvo, el segundo no. 

Más allá de conjeturas sobre conservar o ceder el amarillo, lo que llama la atención es el nerviosismo de Pogacar, que se deja vislumbrar bajo su capa de relajación a través de tanto sprint en las metas, en pos de segunditos. Pareciera que no las tiene todas consigo y quisiera así distanciar a Vingegaard a toda costa, algo que siempre es mala señal. También podría interpretarse como una necesidad casi física de dejar constancia de su presencia en todo momento, por si acaso tiene que marcharse por la puerta de atrás debido a un positivo relacionado con los casos de covid en su equipo. Lo cierto es que la pasividad de sus adversarios, rayana en la desidia, contrasta notablemente con esa agresividad de Pogacar, inane por otro lado. También podría ser una manera de manifestar fortaleza en un momento en el que el equipo hace aguas por todas partes. Aunque tampoco habría que minusvalorar a su formación: si bien es presumible que Majka vaya para atrás (cosa que debería hacer simplemente por trayectoria y edad), ahí están Soler y McNulty. El catalán ha demostrado poderío cuando se le ha pedido trabajar y el norteamericano apenas se ha mostrado hasta el momento. Tampoco hay que descartar alianzas de última hora y a la desesperara: no sería la primera vez en el ciclismo (recuérdese el papel de Hesjedal y Kruijswijk en el Giro de 2015). En fin, que todavía está todo por decidir y esto no es más que escribir por escribir. 

 

Día de auténtico ciclismo (en la fuga).

viernes, 8 de julio de 2022

EL ARTE POR EL ARTE

Después de una victoria, tres segundos puestos y un día en la oficina, van Aert se levantó ayer juguetón. Parecía querer imitar a su gran rival Mathieu van der Poel en aquello de atacar de salida, sin grandes objetivos más allá de un maximalista deseo de poner todo patas arriba. Pero como ya le ha sucedido tantas veces a su rival, su apuesta por el espectáculo en detrimento de la acción racional tuvo como resultado no solo la derrota, sino también la pérdida del maillot amarillo. Seguramente esto segundo le da bastante igual a van Aert, que prefirió plantear su particular reto al pelotón, a la manera de Hugo Koblet entre Brive y Agen, en una de esas batallitas del ciclismo clásico regadas de anfetaminas. La fuga de van Aert fue un gesto inútil aunque peleado, una acción que dotó de contenido a una etapa que de otra forma habría sido insulsa, pero un ataque que planteaba muchas dudas a nivel estratégico. El final en Longwy era bastante apto para sus cualidades, pero como le sucede muchas veces a Mathieu van der Poel, pensó de forma equivocada que un ataque de salida sería mejor opción de victoria. La mejor opción incluso de defender un maillot que no debería haber perdido en un día así. Van Aert simplemente se inmoló. O si se prefiere, optó por la vía del arte por el arte, en un gesto completamente inútil pero bello, como el arte que defendían los artistas bohemios del París de finales del XIX. 

"🎵Allá van con el balón en los pies, y ninguno los podrá detener...🎵"

 

Van Aert estuvo en todos los palos iniciales, hasta que finalmente se consolidó una fuga de tres cuando faltaban más de 140 kilómetros para meta. Sus acompañantes finales fueron Jakob Fuglsang, que no estuvo a la altura del reto planteado, y Quinn Simmons, que dio muestras de ser un corredor rocoso y testarudo, al que le va la marcha. Por detrás UAE inició la persecución, con paciencia pero sin querer permitir que van Aert cogiese una minutada. Tampoco se fiaban. Además, no contaban con muchas fuerzas, al haber perdido ya a algún corredor (Hirschi y Bennett quedaron descolgados de primeras, conectado el neozelandés con un trascoche que fue sancionado). El equipo de Matxín contó con la ayuda de Education First y Alpecin (con el potente Van Keirsbulck, al que se echaba de menos). Los intereses de estos equipos eran un tanto más vagos, aunque podría decirse que Education First quería mantener sus opciones de maillot amarillo y Alpecin luchar por la etapa (Philipsen al final fue el mejor de los sprinters puros, sin contar a Matthews).  

A 65 kilómetros de meta, Fuglsang decidió parar. La distancia había bajado a un minuto y medio y en vez de guardar, o de escaquearse en algún relevo, decidió, sin ningún tipo de tacto, parar a mear. Un acto que podría considerarse racional, dadas las escasas opciones de victoria, pero que por las formas fue completamente indigno de un corredor de su clase. Si estás en una fuga, pelea hasta el final. Simmons decidió continuar, sufriendo finalmente el empuje del belga, que lo descolgó por pura y simple fuerza bruta. Con la escapada condenada al fracaso, van Aert decidió llevarla hasta sus últimas consecuencias: lo que toca cuando uno se embarca en una locura así. Le faltaron 11 kilómetros, los mismos que rodó en solitario en la etapa de Calais. 

"El que se escapa es para ir hasta el final, escaparse para dejarse coger es de parguelas", aprende Fuglsang.

 
Llegó hasta donde pudo.

A partir de ese momento comenzó otra etapa, nerviosa y más dura de lo previsto dado el machaque planteado por van Aert de salida. Vuillermoz lo intentó en la penúltima cota, la cota de Pulventeux, una rampa de 800 metros con fuerte desnivel. Algunos consideraron su ataque peligroso: en concreto Pogačar, que ya olía las posibilidades de victoria. En la meta de Longwy no tuvo rival. Roglič saltó demasiado pronto, haciendo el papel involuntario de lanzador de su compatriota. Pogačar en pocas pedaladas ganó muchos metros, distanciando a su vecino Matthews, que hizo segundo. Sin quererlo aparentemente, Pogačar se hacía con el maillot amarillo, puesto que la bonificación le permitía superar a Powless, ya con van Aert fuera de juego. 

 

La he liao parda

He's playing with our balls, isn't it?, la versión de Leeds de los del eclipse.

 

La etapa de hoy ha sido bastante disputada en su fase inicial, con más de cincuenta kilómetros iniciales de tira y afloja hasta que se ha formado la escapada definitiva. En esa lucha por formar el grupo selecto se han visto momentos esperpénticos, muy cosa nostra, como cuando a Ganna le han pedido parar desde el coche. La fuga se ha conformado gracias al empuje de Bora y Trek, que habían colocado por delante a Schachmann y Kämna por un lado, y a Pedersen y Ciccone por otro. Pero los Trek se han descolgado en los puertecillos de aproximación, mostrando un estado lamentable de forma, sobre todo Ciccone. Problemas estomacales, ha dicho Juanpe en rtve. Geschke y Teuns también eran integrantes peligrosos de la fuga, mientras que Erviti permanecía delante con el cometido de perro guardián, no se sabe muy bien de qué.

A la hora de la verdad, al llegar al muro hiperexplotado en los últimos años por el Tour de Prudhomme, Kämna ha sido el que ha planteado más problemas al pelotón. Por detrás UAE sí ha trabajado a destajo hoy: estaba la familia y la novia de Pogačar en meta, han dicho. El chico quería ganar, no quería decepcionar a su gente. La diferencia de la fuga ha ido rondando más o menos los dos minutos durante toda la etapa, siendo el trabajo de Soler el que ha propiciado una aproximación más peligrosa. De todas formas, los movimientos de los diferentes equipos para ganar la posición antes de la entrada a la subida han provocado paradójicamente una cierta ralentización, que ha dado alas a Kämna.

Al alemán lagunar lo han cazado finalmente en el último kilómetro, en el repecho de tierra. La subida ha sido francamente anodina, con un goteo de ciclistas en la parte trasera del grupo, siendo el perjudicado más destacado Vlasov (ha perdido 1'39''). En definitiva, la subida se ha afrontado à la purito, aunque Pogačar se ha quejado de que Majka le dejase demasiado pronto delante. Pogačar ha dudado si lanzar su ataque, siendo sorprendido por Vingegaard. El ataque del danés ha sido seco y contundente, tanto que a Pogačar le ha costado bastante seguirle la rueda. Ha tenido que sacar fuerzas de flaqueza de no se sabe dónde para poderle rebasar en los últimos metros. Por su parte, Vingegaard ha llegado muerto. La expresión de Pogačar era de alivio ante la victoria, pero no se ha mostrado tan relajado ni tan seguro de sí mismo después del triunfo: el danés le ha hecho sudar más de lo esperado, aun a pesar de haberse llevado el triunfo. 

 

"🎵Tu mirá se me clava en los ojos como una espá...🎵"

Esta etapa no ha sido síntoma de nada, en realidad. Pocas veces ha sido decisiva esta meta, salvo en la crontarreloj que todos recordamos. En una llegada en línea se presta a cálculos, a tacticismos, dado el final agónico que propicia siempre. Podría pensarse que la cosa está bastante empatada: Vingegaard se ha mostrado fuerte, Pogačar no ha sentenciado, tan solo les separa medio minuto. A pesar de su segundo triunfo consecutivo, Pogačar ha dado una imagen externa de más humanidad, de más vulnerabilidad. Su equipo ha dado todo lo que podía dar, pero no parece para muchos trotes más. En el lado contrario tampoco parace que vayan a plantear grandes alternativas: en Jumbo cada uno va a la suya. Está todo por decidir, aunque uno de los dos rivales ya lleva ventaja.

"...sentí un amplio abanico de emociones. Primero me sentí nerviosa, luego ansiosa, luego recelosa, aprensiva, luego casi soñolienta, luego preocupada y atribulada después..."

 

jueves, 7 de julio de 2022

DOS MOMENTOS PARA SALVAR EL TOUR DE FRANCIA

El Tour se concibió como una suma de clásicas, al menos eso dice la leyenda. Circulan mil batallitas de ese periodo originario del Tour, aquel tiempo en el que los ciclistas salían de las ciudades antes de la hora de cierre de las tabernas, llegando a la ciudad final de etapa cuando solo quedaban gatos y vagabundos por las calles. Los ciclistas se lanzaban a la aventura, por caminos empedrados o enfangados, cogiendo atajos y algún tren, siendo recibidos en los pueblos con vítores o pedradas, según el parentesco de cada ciclista con la localidad. En fin, batallitas. Ahora, en el ciclismo que nos ocupa, nos conformamos con dos o tres destellos de calidad, momentos que recuerden a ese pasado literaturizado del Tour, que se non è vero, è ben trovato. Estos dos días han tenido algo de clásicas y han permitido por fin disipar el sopor inicial de Dinamarca. 

La etapa entre Dunkerque y Calais no pintaba nada bien en sus inicios. Magnus Cort Nielsen y Anthony Perez se fugaron de un pelotón dormido, sin apenas oposición. Fueron transitando por pueblos casi flamencos, mientras Magnus Cort Nielsen se ponía las botas con los puntos, aunque con menos circo que en su casa. Todo esto acabó en la última cota, la de Cap-Blanc Nez, a falta de doce kilómetros para meta. Cort Nielsen ya se había dejado absorber, pero Perez mantenía una exigua ventaja al llegar a los acantilados blancos de Calais. A través de las imágenes del helicóptero se podía vislumbrar la sombra pálida de los acantilados gemelos de Dover, al otro lado del Canal. Esa cota empinada y corta fue el territorio escogido por Jumbo para realizar uno de sus lanzamientos orquestados, como vienen haciendo desde la pasada París – Niza. Un paisaje que siempre ha sido un punto de conexión o distanciamiento, con esas murallas de creta en ambas costas, que hablan de uniones y alianzas, desembarcos y huidas, y esa estrecha franja de mar, que habla de guerras medievales y aislacionismos antiguos y actuales. 

Esto es Quadrophenia, no el Tour de France.

 

Nathan Van Hooydonck y Tiesj Benoot encendieron la mecha, acelerando el ritmo. Se formó un trenecito de Jumbo, con algún Ineos intercalado. El pelotón había explotado en mil pedazos con esa aceleración tan brusca. A Vlasov se le veía cortado y de Pogačar no había ni rastro. Al campeón esloveno lo habían dejado solo durante toda la etapa. Una vez retirado Benoot, tan solo quedaban delante van Aert, Adam Yates y Vingegaard. El danés de Jumbo giraba la cabeza: por detrás, Roglič no había podido mantener el ritmo tan bestial de su propio equipo, y se abría ligeramente junto con Thomas. En ese instante, en esos últimos 100 metros de subida, estuvo uno de los momentos clave de lo que llevamos de Tour. Van Aert tenía ante sí dos opciones: ralentizar un poco el ritmo y asegurar que Vingegaard le cogiera rueda, para poder sacar así difencia a un Pogačar que no se veía en la lejanía, o marchar en solitario para por fin sumar una victoria de etapa, después de 3 segundos puestos seguidos. Optó por la segunda opción y ofreció bellas imágenes del líder del Tour de Francia luchando en solitario contra todo el pelotón. Seguramente fue la opción correcta, pues Pogačar logró alcanzar a Vlasov al coronar y una ralentización, por mínima que fuese, podría haber supuesto la neutralización de los tres de delante, con la posible desaparición de las posibilidades de triunfo de van Aert. 

¿Esperar o no esperar?, ahí está la cuestión.


 

La etapa de ayer fue más intensa si cabe, un espectáculo de principio a fin que recordó a la etapa de 2014 en la que el pavé fue realmente decisivo, a pesar del kilometraje reducido. Por delante se formó una escapada de corredores de calidad, que finalmente llegó a meta. Como siempre pasa con el pavé, rodar por delante da más ventaja que rodar en pelotón, y así fue de nuevo esta vez. La fuga la integraban Magnus Cort Nielsen, ya sin puntos en liza, Edvald Boasson Hagen y Taco van der Hoorn, a los que más tarde se unieron Neilson Powless, Alexis Gougeard y Simon Clarke. Buenos rodadores en general, con algún corredor no esperado en una etapa de este tipo (Powless, Clarke). Gougeard sería el primero en quedarse.

La etapa fue una París - Roubaix concentrada, con su dosis repartida de pinchazos y caídas, las tremendas polvaredas, el paso peligroso entre coches y el caos habitual de un pelotón atomizado. En el reparto de desgracias, Wout van Aert fue de los primeros en coger número. En un primer momento se fue al suelo junto a Kruijswijk; más tarde, cuando adelantaban coches para volver a entrar al grupo, van Aert casi se estampa contra uno de ellos por ir despistado. Parecía no ser el día del líder de la carrera. Tampoco el de su equipo. Van Aert rodaba en la parte trasera, como si no tuviese fuerzas para ganar posiciones. Lo que se tomó inicialmente por una debilidad, en realidad fue una decisión acertada, dadas las circunstancias posteriores. Vingegaard se vería afectado por un pinchazo, cambiando la bici con la de Van Hooydonck. Intentó rodar con una bici demasiado grande, pero apenas podía pedalear, de forma que la cambió con Kruijswijk e inmediatamente después por la que le ofrecían desde el coche de equipo, en un juego de trileros que se convertirá en una de las imágenes del Tour. Pronto contó con van Aert para comenzar la persecución. No contentos con esta situación desafortunada,  Roglič se fue al suelo por culpa de una bala de paja mal situada. Con él cayeron también Ewan y Thomas, otros habituales, pero en su caso tuvo que recolocarse el hombro luxado, perdiendo más tiempo. Su caída lo situó por detrás del grupo de su compañero Vingegaard. 

Jumbo inventando un nuevo deporte.

 

Mientras tanto, Pogačar rodaba con gran soltura sobre el pavé, sin perder las posiciones delanteras. Nunca bajó más allá del quinto o sexto puesto del grupo, sin contar con ayuda alguna (sus gregarios estaban desaparecidos), más allá de alguna voluntad comprada de forma puntual (Bettiol). También Gaudu, Quintana y Vlasov se defendieron bien, en sus casos arropados por sus respectivos equipos. En uno de los tramos más largos, Stuyven vio la posibilidad de alcanzar al grupo de escapados. Su aceleración fue seguida por Pogačar, que se pegó con gran agilidad a su rueda. A continuación rodarían ambos como si se encontrasen en una Baracchi o como en el pasado Tour de Flandes. Pogačar, completamente solo, hacía del ataque su mejor defensa, y parecía poder sentenciar el Tour en la etapa del pavé.

Clasicómano experimentado.


 

Fue un instante fugaz, una sensación pasajera: Pogačar estaba decantando la balanza a su favor y sus rivales debían actuar inmediatamente para evitarlo. Van Aert se puso en cabeza en el grupo perseguidor y, sin exigir relevos a los demás, inició su caza. Es un experto en el tema. Tras él rodaba Vingegaard, pero también los Ineos, que no pasaron en ningún momento al relevo, e incluso Mas, más agazapado todavía. Alcanzaron al grupo de Gaudu, Quintana y Vlasov, y comenzaron a recortar tiempo al dúo de Stuyven y Pogačar. El belga ganador de la Sanremo intentaba en el asfalto aproximarse al grupo de fugados, y Pogačar parecía visiblemente cansado en el tramo final: le costaba seguir la rueda de Stuyven y su expresión ya no mostraba esa impasibilidad angelical habitual. Por detrás, van Aert había puesto en marcha la máquina. También Roglič en su grupo.

Finalmente los escapados contaron con la ventaja suficiente como para jugar un poco en el último kilómetro. Powless y Boasson Hagen tenían incluso en sus manos la oportunidad de convertirse en líderes de la carrera. Powless lanzó su ataque, siendo secado por Edvald Boasson Hagen, que arrastró a su rueda a van der Hoorn y Clarke. Van der Hoorn inició su sprint de lejos, con mucho desarrollo, a chepazos como en la París – Bruselas. Cuando parecía que iba a ganar, salió de su rueda el veterano Clarke y le arrebató la victoria en el golpe de riñón. Por detrás, Stuyven mostraba menos interés en los relevos y Pogacar parecía cansado. Sacaron solamente una exigua ventaja de 13 segundos sobre el grupo de Vingegaard, comandado en todo momento por van Aert. El líder pareció desentenderse durante un instante, pero visto que el ritmo descendía, aun tuvo fuerzas para tirar hasta el final, manteniendo así el liderato. Lo que comenzó como una exhibición de Pogačar se convirtió finalmente en una muestra más de poderío de van Aert. 

El golpe de riñón decanta la victoria para el equipo de los jubilados.

 

En resumen, el balance de la jornada nos muestra que Roglič y O'Connor ha quedado bastante alejados; Pogačar ha sacado una reducida ventaja, demostrando su fuerza individual pero dejando en evidencia la total ausencia de equipo, que es de presuponer que se recompondrá al llegar la montaña; Vingegaard ha salvado el día gracias a van Aert, como también lo han hecho Thomas y Mas, aprovechándose del trabajo de Jumbo. El equilibrio de fuerzas parece que todavía se mantiene: de un lado de la balanza está el talento individual, la magia del momento, pero una banda de equipo; del otro, el poderío de un equipo afectado muchas veces por la mala suerte y las decisiones controvertidas, pero ya solo con un líder claro.