domingo, 7 de agosto de 2016

LA MEJOR CARRERA DEL AÑO

Si a un circuito vivo y matapersonas como el de ayer se le suma la reducción de corredores por equipo propia de los JJOO, tenemos como resultado la carrera perfecta. La de ayer estuvo muy cerca de serlo, con una auténtica selección y un final de infarto. Quizá sólo deslució un tanto el resultado un descenso excesivamente peligroso y un público que en algún momento puso en riesgo a los ciclistas. Por lo demás, una carrera como la de ayer, corrida con una actitud ofensiva constante, contribuye a que la prueba de ruta de los JJOO se abra un hueco cada vez más asentado entre las grandes pruebas del calendario ciclista internacional.

El circuito tocaba todos los palos: subida, bajada, adoquín, llano...Era un compendio de lo mejor que se puede ver en pruebas de un día en el ciclismo. El inicio pegado a la costa, por una carretera estrecha que salvaba de vez en cuando algún promontorio, recordaba a la via Aurelia de los últimos kilómetros de la Milán-Sanremo, aunque con una vegetación más bien tropical y exhuberante. Los barrios de edificios en altura, separados entre sí, dominaban las llanuras, encajonados entre la línea de costa y las lagunas interiores. Éstos se alternaban con montañas convertidas en barrios de favelas, como una kasbah de colores. Su amontonamiento daba la impresión de ser como aquellas viviendas neolíticas de Çatal Huyuk a las que se accedía por el techo. O las pigne de Cipressa y Sanremo, encaramadas en colinas para protegerse de los ataques berberiscos. Las llanuras y las montañas ofrecían la imagen clara de un país de contrastes y desigualdades, que tenía su reflejo en un recorrido muy variado y con grandes desniveles. 

En este primer tramo, Tony Martin enfiló el grupo, intentando abrir el primer hueco. Prácticamente se salió sin respiro, después de que la mafia británica se apartase de los puestos cabeceros. Finalmente se formó una fuga que no era de comparsas, sino de gente fuerte que podía abrir hueco con facilidad: Jarlison Pantano, Michal Kwiatkowski, Sven Erik Bystrom, Michael Albasini, Simon Geschke y Pavel Kochetkov. Dos ganadores de etapa de Tour (Pantano y Geschke), dos campeones del mundo, uno profesional y otro sub-23 (Kwiatkowski y Bystrom, ambos campeones en Ponferrada), el tercero este año en la Lieja (Albasini), y un ruso dispuesto a dejar ver a su selección después de los problemas de dopaje. Mientras tanto, Tom Dumoulin abandonaba.  
Bystrom, Kochetkov, Greschke, Pantano, Kwiatkowski y Albasini.


El primer circuito, el de Grumari, tenía lo mejor de un circuito mundialístico: terreno rompepiernas,  alguna rampa importante y bajada pedalabile. Añadía además un tramo de adoquín que se tomaba en bajada. Una reminiscencia del circuito mundialístico de Richmond o más bien un mini-Arenberg costero. En él volaron botellines, saltaron muchas cadenas (la de Porte hasta dos veces), aunque solo hubo una caída destacable, la de un ciclista turco. La ventaja de los escapados, que había alcanzado los siete minutos al entrar en el circuito, se redujo a dos al salir de él. Por delante se relevaban sin descanso; por detrás Imanol Erviti, Alessandro De Marchi e Ian Stannard lideraron la caza.

Primer circuito: Grumari.

A pesar del ritmo, en el grupo principal seguían todavía a cola corredores como el argelino Reguigui o el coreano Joon Yong Seo. Si alguna de las figuras quedaba rezagada, no le era difícil volver a conectar, con algún que otro tras-coche prolongado y vergonzoso: el breve de Mollema, el habitual de Aru y también el que fue más escandaloso, el de Froome y Thomas. 

El segundo circuito se planteaba como un pequeño Giro di Lombardia, con una subida a Vista Chinesa que recordaba a un Civiglio extendido, con una bajada suicida, al mejor estilo italiano-lombardo. Desde la especie de pagoda-mirador que daba nombre a la subida se podía contemplar una vista alucinante de la ciudad, con sus manchas blancas de edificios, sus grises y verdes de las picudas e innumerables montañas, y el fondo del mar, con su poderoso oleaje. Este segundo circuito iba a convertir a la prueba en el circuito de mundial/JJOO más duro en muchisimos años. Así pues, el grupo delantero de Kwiatkowski, Pantano, Geschke, Bystrom, Albasini y Kochetkov lo tomó en cabeza. A medida que se iba ascendiendo, el polaco y el ruso quedaron destacados en cabeza. 

Visión de Río desde "Vista Chinesa": el ciclismo, siempre un buen medio para vender turismo.

Por detrás comenzaron los movimientos tácticos: Damiano Caruso, que había estado tirando en sustitución de De Marchi, lanzó un ataque para evitar el desgaste de su selección. Sorprendentemente salió a su rueda Greg Van Avermaet, en un movimiento que consideré demasiado precipitado y quizá suicida. Afortunadamente me equivoqué (tras muchos años viendo ciclismo-rácano, algo incluso se contagia). A estos dos se unieron Sergio Luis Henao y Geraint Thomas, y más tarde Rein Taaramae. Se formaba así un cuarteto perseguidor en el que el italiano era el más débil. Por detrás, como es habitual, la selección española tuvo que trabajar. Ante la desaparición de Ion Izagirre (al que no se vio en ningún momento de carrera), Jonathan Castroviejo tuvo que asumir todo el peso, en lo que viene siendo el sino característico de España/Movistar con Valverde. Mientras tanto, la dureza de la ascensión fue cobrándose sus víctimas importantes: Tim Wellens y Wout Poels. 

La segunda ascensión supuso la neutralización de los fugados por parte del grupo, y la unión en cabeza de Van Avermaet, Henao, Thomas y Caruso con Kwiatkowski y Kochetkov, que aguantaron poco. Taaramae cedió y al ser neutralizado, comenzó a forzar el ritmo en el grupo trasero, preparando el terreno para su único compatriota, Tanel Kangert. Fue sustituido en el grupo cabecero por Andrey Zeits, que en un sorprendente ataque dio caza a los escapados, Los Astana volaron ayer. 

Fue en el descenso donde se produjo el movimiento táctico del día. Las cámaras no ofrecieron imágenes, ya que el descenso fue tan rápido que las motos se vieron incapaces de seguir a los que más arriesgaron. Solo vimos a Richie Porte dolorido en la acera después de haber impactado contra un árbol. Ya finalizada la parte difícil del descenso, Fabio Aru y Vincenzo Nibali alcanzaron al grupo delantero. Con ellos llegaron también Rafal Majka, Adam Yates y Jakob Fuglsang. Tanto Caruso como Kwiatkowski se vaciaron para sus respectivos líderes antes de la última ascensión. Por detrás, Castroviejo se apartó y fueron Valverde y Cancellara los que tiraron para sus compañeros. El murciano se sacrificó para que Rodríguez pudiese tener opciones de ganar su última carrera profesional à la Vinokourov. 

El desafortunado Porte fue el primero en caerse en el peligroso descenso de Vista Chinesa.
En la última subida se vieron varios fuegos de artificio. Nibali aceleró repetidamente, y logró seleccionar el grupo delantero, aunque como le sucediese en el Joux Plane el pasado Tour, no pudo marcharse en solitario. Por detrás, Purito Rodríguez, Louis Meintjes y Julian Alaphilippe salieron del paquete y dieron alcance al grupo delantero, al mismo tiempo que Adam Yates cedía. Tanel Kangert se quedó en tierra de nadie y Chris Froome también lo intentó, aunque acabó rebasado por varios ciclistas, y con Rui Costa a rueda: la peor pesadilla de un perseguidor. Durante toda la ascensión, los más escaladores (Nibali, Henao, Majka) intentaron abrir hueco, pero Van Avermaet y Thomas sufrieron para mantenerse a una distancia prudencial que les permitiese reducir la diferencia en el descenso y el llano. Sin embargo, la última aceleración del siciliano parecía ya la definitiva, con Henao y Majka a su rueda. Un trío para jugarse las medallas. 

Nibali, Henao y Majka (vía Getty Images)

En el descenso, Nibali intentó reafirmar su superioridad distanciando a los otros dos. Parecía no tenerlas todas consigo en el sprint y por eso pudo decidir forzar. Pero Henao también es un gran descendedor y le costó dejarlo de rueda. Como una jugada del destino, el azar le devolvió lo que le dio en el Agnello: Nibali se fue al suelo, también Henao. Los elevados bordillos laterales les dejaron fuera de carrera, con el doloroso resultado de clavícula rota y pelvis dañada respectivamente. Majka, que había bajado con más prudencia, se los encontró en el suelo y pudo seguir su camino en solitario. En el grupo perseguidor también cayeron Thomas y Alaphilippe. Al galés se le vio caído en uno de los surcos que limitaban peligrosamente la calzada, pero como es de roca, continuó.   

Henao y Nibali caídos. Majka prosigue en solitario.

Nibali caído.

Al concluir la bajada, Majka estaba solo en cabeza. Quedaban todavía 10 kilómetros a meta. El polaco tenía que darlo todo, pero no está acostumbrado a rodar solo. Por detrás se formó un grupo perseguidor con los restantes de las caídas: Van Avermaet, Fuglsang, Aru, Meintjes, Rodríguez, Yates, Zeits y Alaphilippe, que volvió al grupo in extremis. Tres Astana de ocho. De todas formas, el grupo no parecía organizado. Rodríguez daba sus característicos relevos (los mismos que dan Valverde y Costa), abriéndose y mirando siempre al corredor que le sigue. Meintjes y Yates no están acostumbrados a que les dé el aire. La persecución parecía condenada al fracaso. Van Avermaet intentó marcharse, pero Purito le cogió la rueda: el típico marcaje para favorecer siempre al escapado. El mismo que se vio en la Clásica de San Sebastián. 

Rodríguez, Van Avermaet, Zeits, Aru, Meintjes y Fuglsang: nadie releva.


Por delante, Majka boqueaba y cabeceaba. No estaba en su medio. Demasiado pequeño para rodar solo. Por detrás, Van Avermaet se marchó a la parte trasera del grupo, a recuperar o quién sabe si coger fuerzas para el sprint por la plata. Alaphilippe reclamaba relevos; no obtenía respuesta, hasta que Fuglsang lanzó un ataque seco, que fue respondido de inmediato por Van Avermaet. Nadie se movió para cerrar el hueco: las medallas estaban ya repartidas. Alaphilippe lo intentó tarde. 

Majka ante la posible gran victoria de su vida.


Quedaba sin embargo la parte final, la más agónica. Un llano interminable junto al paseo marítimo y la playa, que recordaba al paseo de la Concha de la reciente Clásica de San Sebastián. A Majka se le echaban encima poco a poco. Van Avermaet y Fuglsang parecían haber guardado fuerzas en un cajón muy escondido de sus cuerpos. La carrera se puso realmente emocionante: tenía el sabor de los mejores mundiales (no esos de pacotilla que se celebraron en Copenhague y Australia). Finalmente le dieron caza, y el polaco miró atrás, estiró las piernas, y se contentó con seguirles el ritmo para hacer bronce. En el sprint no hubo opción posible para Fuglsang: ganó Van Avermaet con una superioridad irritante. La misma que no había tenido en el pasado para batir a Cancellara en la Ronde de 2014, por poner un ejemplo. La misma que tiene desde hace dos años para batir a Sagan siempre que quiere, hasta el punto de haberse convertido en su particular "bestia negra".  

1º Van Avermaet, 2º Fuglsang

3º Majka


4º Alaphilippe, 5º Rodríguez, 6º Aru, 7º Meintjes, 8º Zeits

En unos juegos marcados por la concienciación ecológica, gana el belga relacionado con los tratamientos de ozono: un pequeño símbolo de los nuevos tiempos. Contando desde el principio entre los favoritos visto su rendimiento en el Tour, el corredor belga tuvo mucha fuerza, supo sufrir en las subidas y tuvo también esa intuición que nunca han tenido ni Purito ni Valverde para saber leer las carreras sin esperar al sprint o a la cuesta final. Es lo que se llama anticiparse a los movimientos del rival, y es una habilidad que suele estar muy relacionada con la victoria. Un digno vencedor, que corona así una carrera plagada de puestos de honor, que vaticino que se convertirán en victorias en los años venideros (tiene todavía edad para una "vejez" valverdiano-puritiana demoledora). 


Así pues, ésta ha sido la mejor carrera del año, con un circuito trepidante, un espiritu ofensivo sin descanso por parte de los corredores, con escapadas de tipos fuertes desde el primer minuto. Esto nos ofrece una gran lección: ¡qué bonito es el ciclismo cuando se corre sin pinganillos y con una reducción del número de corredores por equipo que fuerza a correr a la ofensiva! Lo que viene siendo la antítesis del estilo Movisky del pasado (y digno de olvido) Tour de Francia. 

domingo, 24 de julio de 2016

OJALÁ SÓLO HAYA SIDO UN MAL SUEÑO

Es bien sabido para el fiel seguidor de la temporada ciclista que el mejor ciclismo no se ve en julio. De hecho, el Tour es más un "espectáculo deportivo" que una carrera ciclista, y a ese punto se llegó después de años de aceptación sumisa de la tiranía desvergonzada de Armstrong y su blue train de droga. Desde hace unos años, la tiranía del "equipo científico" ha vuelto a sumir al ciclismo en una era de las tinieblas que se manifiesta exteriormente como espectáculo cada vez más global, más mediático, más youtubizable, desterrando por completo de las carreteras todo lo que el aficionado auténtico espera encontrar en el ciclismo: ataques, movimientos tácticos, velocidad, ambición, etc. Lo que viene siendo lo propio de un deporte de competición. 

En la edición de este año todas esas características propias del ciclismo han brillado por su ausencia. Es más, ha habido motivos sobrados para el espanto. Así pues, una vez terminado el paseo final en París, es hora de pasar el escalpelo e iniciar la autopsia para detectar cuáles han sido los factores que han contribuido a que este Tour haya sido el peor en bastantes años. 

1. No hay batalla para formar la escapada. No es algo nuevo. Pareciera que las cartas están repartidas de antemano, y ya todo el mundo supiese su puesto en el pelotón. Este año el Tour empezaba con una etapa en línea, y apenas hubo lucha para entrar en una escapada que podía tener la recompensa de un maillot amarillo. Lejos por tanto de la interesante primera hora que pudimos ver este año en la París - Roubaix. En las etapas decisivas se ha llegado al extremo de consentir prácticamente todos los días la escapada, llegando todas ellas a meta salvo en la etapa de Saint-Gervais - Mont Blanc que venció Bardet. Precisamente el comienzo de esa etapa fue el colmo de la pasividad del pelotón, dando la impresión  de que alguien había repartido o quitado los permisos para poder atacar antes de la salida lanzada. Lo que tiene bastante relación con el siguiente punto. 

2. "La mafia del kilómetro menos 3". En el Giro de 2015  ya acostumbraba Contador de servirse de Bennati y Tosatto para merodear por la cabeza del pelotón para entrar "sin riesgos" en los últimos kilómetros, con lo cual no es algo nuevo. Sí que es nuevo que todos los equipos con ínfulas de general lo pretendan; y también es nuevo que estos equipos coaccionen y entorpezcan deliberadamente la acción de los equipos de los velocistas.
Bien es cierto que se ha pasado una primera semana sin apenas caídas - sólo la solitaria de Contador y la de Bennet y Morkov en un sprint -, pero fue lamentable la imagen de Burghardt y Bookwalter actuando de hampones con los corredores del Direct Energie. Con Cancellara siempre a punto para plantar el safety car mafioso, como ya hiciese en 2010 para interés de su equipo. Por no hablar de la pinta de esbirros o gorilas de discoteca, apartando a la oposición, de Stannard y Rowe. Además en este caso, entre risas. Permitiendo salir a quien ellos querían, o incluso empujando a aquellos indecisos. 
Durante la primera semana, los persuasivos aparatos de prensa de estos equipos anglosajones incluso hicieron circular la "gran idea" de no contabilizar los tiempos en los últimos tres kilómetros en todas las etapas llanas: es decir, convertir en norma lo que ya se vio en el pasado Giro, en Bibione y Turín, circuito mediante. En resumen, abogar por la tergiversación de la competición.


3. El resplandor cegador del sueño amarillo. A esa actitud mafiosa hay que añadir el conservadurismo generalizado de los equipos que se enfrentaban a los cyborgs de Sky. En especial, ha sido lamentable la materialización del cacareado "sueño amarillo" de Nairo Quintana, que se ha limitado a chupar rueda a Froome con descaro. Y cuando ya estaba lo suficientemente distanciado del anglokeniata, chupar rueda a Porte o aquel que pusiese en riesgo su puesto. La Sombra lo llamó acertadamente alguien en Twitter.   
Todo un equipo movilizado para un ataque decisivo que nunca llegaba, para el que siempre era "demasiado pronto", y que al final nadie ha visto por ningún lado. Luego llegó el momento de denunciar la fuerza de un viento que "ponía en riesgo la vida de los ciclistas" como excusa para ocultar la ineficacia del equipo ante un Froome que parecía reinventarse con ataques inverosímiles.
Para colmo, en el caos del Ventoux Quintana llegó a rodar un tiempo agarrado a una moto, según sus palabras para no perder el equilibrio. Lo que viene siendo un remolque en toda regla, y que merece al menos una sanción en tiempo. 
Finalmente, Quintana con todo su país a cuestas no lanzó su ataque decisivo de la última etapa. Se limitó a esperar, interiorizando a la perfección las lecciones magistrales de Unzúe, aquellas que sin Indurain no funcionan por ningún lado. Bueno, para algo sí sirven: para conseguir la clasificación por equipos.

La prueba del delito

4. Más allá de la ley del puestómetro: Adam Yates. Todo el mundo sabe que cuando un líder domina con solvencia la carrera, su equipo no necesita apenas trabajar en la última semana porque cualquier ataque de un hombre de la general es neutralizado por otro, en la típica lucha cainita del puestómetro. Es decir, a por el décimo sale el noveno, a por el noveno sale el octavo, a por el octavo el séptimo, y así sucesivamente. La ley del puestómetro. 
En este Tour se ha superado un límite. La ley del puestómetro se ha superado a sí misma. Después de perder la tercera plaza por segundos, el joven Adam Yates no sintió tentación alguna de disputar en la última etapa el puesto a Quintana, a pesar de que la última etapa terminaba en Morzine después de ascenderse el Joux Plane. A pesar de la lluvia. Ni intentarlo. Se conformó con ser cuarto, no quiso ni siquiera soñar con ser tercero, puesto que colma para muchos una carrera profesional entera. De hecho, en la última etapa, con un recorrido final que recordaba a lo mejor del Giro, nadie lo intentó: imperó la Mafia de la no-agresión. Sólo Kreuziger intimidó un poco al personal, y por ello Purito, ferviente seguidor de la ley del puestómetro, lanzó un ataque. También atacó Mollema, aunque por diferentes razones. Al menos fueron los únicos, los demás permanecieron contentos en sus puestos.

5. Los guardaespaldas del chico de oro. Mucho se ha hablado de la superioridad presupuestaria de Sky. Son ricos, por eso fichan a los mejores y controlan en exceso la carrera. Eso dicen. Ninguno de los periodistas que esgrimen esta mentira se ha parado a pensar quién era Stannard antes de fichar por Sky (un vulgar corredor del Landbouwkrediet), quién era Poels (un corredor prometedor en Vacansoleil, pero alejado del supergregario de esta edición del Tour) o incluso quién era Froome. Nos toman por imbéciles: no son los millones los que hicieron que un corredor que se quedaba en las subidas de autopista ganase el Tour en 2012, o los que convirtieron al keniata exótico de Barloworld en alguien diferente después de liberarse de su bicho bilharziano en 2011. No, no son los millones los que convierten a los guardaespaldas del chico de oro en intratables cyborgs.  Es otra cosa.

Wouter Poels, el segundo hombre más fuerte de la carrera.


6. El retorno del Cabezón de Man. Continuando con al dominio del Imperio, el Cabezón de Man ha vuelto por sus fueros. Macarra, marrullero, empleando tanto o más la cabeza que las piernas, ha vuelto el fullero por excelencia, brillante y polémico. Vuelve en año olímpico, pues piensa hacer pareja de baile con el Mod en Río, y por ello ha vuelto intratable. Pero como todo pequeño ratero ha dejado una huella de su crimen: en el campeonato británico perdió de manera humillante ante Adam Blythe, una semana antes del inicio del Tour. Nadie se explica esa brutal transformación: de estrella en declive a macho alfa de nuevo, en apenas siete días. Algo funciona mal en el ciclismo.

Al filo de la descalificación, pero con el beneplácito de los jueces. 


7. ASO, como pollo sin cabeza. Por último, toca hablar del bochorno del Ventoux, obra y gracia de Christian Prudhomme. Lo de aquel día fue un cúmulo de despropósitos en el que, como si se tratase de los delincuentes de Todos a la cárcel, cada uno aprovechó los momentos que brindó el espectáculo para perpetrar su delito. 
Todo comenzó con un viento huracanado, el viento que el día anterior había permitido a Froome tomar unos segundos al pelotón. La decisión fue categórica: el Ventoux sería capado, y se subiría tan solo al Chalet Reynard. Se eliminaron seis kilómetros, pero nadie pensó en que se acumularían en los quince precedentes todos los aficionados (entre ellos, los numerosos imbéciles) concentrados en los kilómetros eliminados. ¿Para qué vallar los dos últimos kilómetros?, pareció pensar Prudhomme, olvidando al parecer la cantidad de mentecatos que van a lucir disfraz y bandera y salir por la tele, ya que el Tour es gratis. 
Se juntó todo: ausencia de vallas, espectadores imbéciles y motos, muchas motos. De las que matan. Y se produjo de este modo el mayor estropicio de una organización en años, a lo que se sumó la carrera alocada de Froome, el agarrón disimulado de Quintana y la injusta decisión de los jueces, que no sólo benefició a Froome y Porte (que al menos se fueron al suelo), sino también a Valverde, Van Garderen y Quintana.

Porte, Mollema y Froome por los suelos. El caos del Ventoux.


Pero no todo ha sido malo, el Tour nos ha dejado también sus cosas buenas (aunque en menor número). Los habituales de las escapadas han sido más protagonistas que los líderes de la general: ahí están Pantano y sus descensos, De Gendt y sus cabalgadas, Zakarin y su victoria en Finhaut-Emosson, Dumoulin como impresionante rodador-escalador, incluso Rui Costa y Majka. También Bardet, el único que ha atacado. 
También hay que valorar el cambio de actitud de Mollema, que de defensor del puestómetro se ha convertido en un corredor digno de todo elogio al "morir matando" en el Joux Plante o al defender lo que le habían arrebatado los jueces en el Ventoux.
Y por supuesto Froome y Sagan. Si bien la Mantis se ha escudado al final en su equipo, hay que reconocer que se ha reinventado un poco en este Tour, con ataques bajando y en jornadas de viento. Pero fundamentalmente ha sido Sagan el gran protagonista de este Tour, con tres etapas, maillot verde, varios segundos puestos y participación activa en los movimientos tácticos de la etapa de Montpellier y la etapa de Morzine.

Las dos grandes figuras del Tour.


En fin, quedémonos con estos últimos detalles, los más esperanzadores, e intentemos borrar rápido de nuestra mente el suplicio que ha supuesto este "espectáculo deportivo global".

martes, 31 de mayo de 2016

LA BAJADA DEL AGNELLO

Somos muchos los que consideramos al Giro d'Italia como la mejor vuelta por etapas de tres semanas: la más apasionante, la más sorprendente, la más hermosa. En ella no son extraños los vuelcos inesperados, las polémicas más ácidas, los "y si..." repetidos in aeternum. El ganador puede serlo gracias a su fuerza pero también a su astucia e incluso, como gusta tanto a la prensa italiana, gracias a oscuros complots. El perdedor podría haber sido ganador de haber mediado entre él y la victoria un poco más de fortuna, o un equipo mejor, o más alianzas en el pelotón. De este modo, la historia del Giro puede ser considerada una larga lista de "y si..."(s), alimentados por una afición y una prensa predispuesta por idiosincrasia peninsular a buscar siempre los tres pies al gato. Los helicópteros de la crono de Verona, el affaire de Savona, la traición de Sappada, el "complot" de Madonna di Campiglio, historias de medias verdades contadas y recontadas una y mil veces, hasta la extenuación o la tergiversación total, a las que quizá un día se una la bajada del Agnello.

Un instante de duda que vale un Giro


Steven Kruijswijk, joven escalador holandés, pelirrojo, pecoso, ancho de hombros y estrecho de caderas (como si se tratase de un albino nadador keniata), lo tenía todo para ganar este Giro. O casi todo. Una renta de tres minutos sobre el segundo clasificado, Esteban Chaves, y todavía dos etapas de montaña por delante. Vincenzo Nibali, su rival más complicado, parecía por completo fuera de juego después de una cronoescalada desastrosa y una crisis aparentemente total en Andalo. Perdía cuatro minutos y cuarenta y tres segundos con respecto al holandés. Desde su ambiente se esgrimían ya todo tipo de excusas, desde las bielas a una posible enfermedad, amplificadas por la prensa italiana, que había puesto todas sus esperanzas patrióticas en sus manos, a falta de alguien mejor.

Así pues, con lo squalo convertido en sardina, el holandés lo tenía todo para ganar. Kruijswijk se mostraba como pocas veces lo hacen los líderes, saliendo con suficiencia a cualquier ataque, incluso de gregarios. Aunque precisamente la necesidad de salir a cualquier ataque evidenciaba su punto débil: la ausencia de equipo.

¿Seguiría el mismo camino que Hesjedal y Hampsten o el de Olano y Evans?

La decimonovena etapa, con final en Risoul previo paso por el Col del Agnello, no parecía excesivamente peligrosa. Corta, con más subida que llano, podía ser manejada por un líder sin equipo pero en un estado de forma excepcional. La que parecía más complicada era la etapa siguiente, la que finalizaba en Sant'Anna in Vinadio, con tres puertos (Vars, Bonette y Lombarda) y la subida final de la meta, pues con varios puertos de salida se podía poner en jaque a un líder sin compañeros. Aunque ninguna de las dos alcanzaba en kilometraje y número de puertos al tappone dolomitico de Corvara, en el que Kruijswijk y Chaves habían abierto un importante hueco sobre el resto de rivales. En Valparola, tras un ataque de Nibali, Kruijswijk y Chaves se habían acabado marchando después de un ascenso demoledor al Passo Giau. En las dos etapas siguientes, Kruijswijk había ampliado su ventaja, cosechando tres segundos puestos consecutivos.

Chaves y Kruijswijk subiendo Valparola
De este modo, con la clasificación bastante clarificada, comenzó la decimonovena etapa en la mítica Pinerolo. Los 162 kilómetros consistían en el acercamiento y ascenso al Agnello, cima Coppi, bajada y subida a Risoul. Por delante se marchó una escapada, con varios Movistar (Rojas, Sutherland, Herrada), Astana (Kozhatayev y Scarponi) e incluso Orica (Plaza), pero ningún Lotto-Jumbo. Scarponi coronó el Agnello, contando con un amplio margen como para llevarse el triunfo de etapa. La subida estaba cobrándose sus primeras víctimas, como es normal en un puerto de más de 2.700 metros en el que la vegetación comienza a escasear, llega la niebla y sobre las laderas se dibujan las primeras lenguas de nieve. El Giro hasta el momento había sido nervioso y trepidante. Todas las etapas se habían rodado a gran velocidad, con dominio de Kittel y Greipel en los sprints, y finales muy intensos en Praia a mare (con victoria de Ulissi), Arezzo (con victoria de Brambilla) y Asolo (con nueva victoria de Ulissi, pero con una más meritoria demostración de fuerza de Bob Jungels, revelación de la carrera). Subidas ratoneras y empinadas como Alpe di Poti, con sterrato, Forcella Mostaccin o Cima Porzus, habían puesto el picante necesario a cada etapa, esa salsa siempre bien condimentada que ofrece el Giro. La velocidad de la carrera había comportado ya importantes retiradas, como la de Dumoulin. Pero quizá la más sonada había sido la de Landa, gran favorito de muchos (entre los que me incluyo), nada menos que el día después de la jornada de descanso. Con todo lo que la historia nos ha enseñado sobre esos días de "descanso activo".

Jungels: rodador que se defiende en montaña y que además sabe explicarse...¿ha nacido un nuevo campeón?


En las últimas rampas del col del Agnello, flanqueadas por paredes de nieve como en las míticas fotografías de Coppi, Chaves lanza su ataque. El sonriente Chaves ha llegado al Giro sin prácticamente días de competición, como quien dice "de la playa", y está casi tan intratable como Kruijswijk. Le siguen el líder y Nibali, Valverde cede. Al murciano no le sientan bien ni las alturas ni el frío. Por detrás quedan Zakarin, Majka, Urán, Pozzovivo, i soliti ignoti. Comienza el descenso. 

La realización nos privó del plano en directo. Concentrados en cambios de cámara sinsentido o tomas de meta con bimbi e ragazze, vimos ya a la maglia rosa en el suelo. Con las heridas todavía calientes, el holandés se dispone a recoger su Bianchi del suelo. El mecánico del coche Vittoria le ayuda a colocar de nuevo en su sitio la cadena. Kruijswijk parece desorientado pero calmado al mismo tiempo. En realidad la caída no ha alterado su expresión de aparente control de la situación. Poco después vemos la repetición del dramático suceso. En el estrecho descenso del Agnello, con la carretera encajonada entre taludes de nieve, Kruijswijk toma mal una curva, y cuando parece que va tumbarse más, rectifica la trazada, se yergue e impacta contra el talud de nieve sin posibilidad de atenuar el golpe. Da la voltereta entre la nieve y el aire, golpeando con los riñones sobre el asfalto. Su Bianchi sale despedida unos metros por delante. Precisamente por saberse sin equipo, el holandés había puesto excesivo celo en seguir el endiablado ritmo de Nibali. Lo squalo cimienta su victoria en un descenso, al modo de il Falco. 



El infierno blanco de Kruijswijk


Kruijswijk parece aturdido, con dificultades para seguir. Tendrá que cambiar de bicicleta, de manera que el grupo de Valverde le pasa como una exhalación. Nibali y Chaves se están marchando, aunque Kruijswijk todavía tiene un buen colchón de minutos. Ventaja que irá desapareciendo poco a poco, como un castillo de arena dispersado por la brisa. El descenso es largo, pedalabile. Pasado el tren del grupo de Valverde, el líder se desfonda en una persecución en solitario durante la cual van aflorando el dolor de una caída fea y el hundimiento moral de una renta de tiempo que se esfuma.

A la caza de un Giro que se esfuma.

Pero el Agnello no será solo la tumba de un Giro que ya parecía holandés. También será el final de las esperanzas de Valverde y la retirada de carrera de Zakarin. El murciano, a veintitrés segundos de Chaves, tenía todavía muchas opciones para la general. Por delante Scarponi se paró en seco, sacrificando su cantada victoria de etapa para tirar de su líder. Herrada y Rojas, hombres del Movistar que marchaban por delante, poco pudieron hacer para Valverde: Rojas fue cogido en las últimas rampas del Agnello y se quedó cortado en la bajada, mientras que a Herrada le faltaron las fuerzas. Como a Jesús Hernández, que nunca anduvo sobrado de ellas. Mientras tanto, en el grupo de cabeza Pirazzi, siempre tan pestoso, se unía los relevos, sin tener nada que ver en la fiesta organizada, en una de esas "colaboraciones desinteresadas" que tantas páginas han escrito en el Giro.


Además, el descenso se cobró otra víctima: el impetuoso Ilnur Zakarin. La cámara del helicóptero captó unas imágenes escalofriantes del ruso tendido en plena ladera, con la bici a varios metros de distancia, sin la rueda delantera. Afortunadamente la caída no tuvo graves consecuencias, pero supuso su retirada. El tártaro hubiese sido una ayuda fundamental para Valverde en esa larga persecución que ganó claramente el Astana. Al campeón murciano difícilmente se le presentará una oportunidad tan propicia para hacerse con una gran vuelta. De haber contado con algún compañero más en el descenso, o incluso de haberse implicado más él en primera persona en esa persecución, podría haberse quedado a una diferencia de Chaves que no hubiese sido posible remontar por parte de Nibali. Hay que tener en cuenta que el grupo de Valverde inició la subida de Risoul tan solo con diez segundos de diferencia con respecto a la cabeza de carrera: si hubiesen conectado con el grupo de Nibali y Chaves durante el descenso, Valverde podría haber sido ganador del Giro. Pero todo esto son conjeturas, pues la táctica del equipo ideada por Chente García Acosta estaba enfocada a objetivos dispares e inasequibles en conjunto: etapas para Visconti, top ten para Amador y clasificación por equipos. Típicas migajas que invalidan la victoria final, y que dan lugar a situaciones  inexplicables y contraproducentes, como la actitud de Visconti durante todo el Giro.

Valverde, Zakarin y Kruijswijk camino de Andalo.
En Risoul Nibali dejó atrás a Chaves, que aun así se convertiría en efímero líder de la carrera con sólo 44" sobre el de Astana. Nibali reencontraba le gambe, en una de las resurrecciones de última hora a las que nos tienen acostumbrados los kazajos. Por detrás, Kruijswijk encontró colaboración en Jungels, aunque fue un intento vano, pues cuando volvió la subida, las fuerzas y los ángeles protectores le abandonaron, dejándolo a merced del implacable cronómetro. En meta era consciente de haber perdido "su Giro".

"He perdido mi Giro"

Al día siguiente, en el colle della Lombarda Nibali asestaría su golpe definitivo, llevándose así un Giro en el que él había ido a más mientras que Chaves había terminado claramente con pocas fuerzas. Scarponi y Kangert fueron de nuevo los puntales del siciliano en su nueva victoria. Un triunfo para el que no dejó de lado en ningún momento la actitud combativa, a veces incluso soberbia, que le caracteriza. Valverde en cambio, manso como es, se contentará con el podio. Uno más.

Nibali en Risoul: the winner takes it all.


¿Había arriesgado demasiado en el descenso Kruijswijk? ¿Habia coronado el Agnello aturdido, y por ello había errado en esa curva? Sin duda las cosas hubiesen sido algo distintas de haber tenido un compañero. Todos desaparecieron durante la subida del Agnello, pero su director, Addy Engels, no tuvo la perspicacia de mandar algún corredor por delante. Lo mismo le sucedió a Dumoulin en la Morcuera, a las órdenes del mismo director y sin compañeros a la vista. ¿Qué hubiese pasado de tener mejor equipo o mejor director, y de seguir una estrategia más adecuada? Pues seguramente hoy no estaríamos hablando de la milagrosa resurrección de Nibali y de su cuarta gran vuelta por etapas, ni siquiera del abrazo de Nibali con los padres de Chaves. Seguramente la bajada del Agnello no hubiese acabado convirtiéndose en uno de esos recurrentes "y si..." de la historia del Giro.  



viernes, 29 de abril de 2016

ÉPICA, ABURRIMIENTO Y TRAGEDIA EN LA TEMPORADA DE CLÁSICAS DE 2016

A estas alturas del año, ha llegado la hora de hacer balance acerca de lo que ha dado de sí el primer cuarto de la temporada ciclista, la campaña de clásicas. En estos momentos se está disputando el Tour de Romandie, carrera que antes era preparatoria para el Giro y que en los últimos años se ha convertido en una de las tantas escalas de los hombres-Tour antes de la anodina cita de julio. Se trata de una carrera propicia para demostraciones extrañas y que pocas veces - por no decir ninguna - me ha acabado enganchando. Tan sólo los paisajes ordenados de Suiza, donde todo parece terminado y en su sitio, atraen mi atención a la espera del Giro, carrera que aunque no siempre ofrezca buen ciclismo, siempre colma las expectativas culturales y paisajísticas que también atraen al consumidor de ciclismo.  

Así pues, toca echar la vista atrás sobre unos meses de marzo y abril que suelen concentrar más calidad que en el resto del año ciclista. Este abril sobresale una París-Roubaix que ha recuperado la épica que antes era consustancial a esta clásica, aunque como sucediese el año pasado con la espectacular Gante-Wevelgem, el vencedor desmerezca notablemente al desarrollo de la prueba. 

Comencemos por marzo. La Milán-Sanremo tuvo un desarrollo dentro de su particular cánon de últimos kilómetros trepidantes e incertidumbre hasta el final. Quizá este año las caídas marcaron en exceso su desarrollo, así como las polémicas a ellas aparejadas, dando lugar a un processo en el mejor -o peor- modo italiano que superó incluso a la propia carrera. Matthews y Démare se fueron al suelo antes de la Cipressa, y solo el francés pudo conectar con el grupo delantero en el llano de Arma di Taggia, en una demostración que suscitó más de una recriminación por parte de corredores italianos. Todo ello en un contexto de críticas y descrédito hacia el ganador y a la suavidad del recorrido, emitidas incluso por el propio periódico organizador de la carrera. Por si faltara poco, la caída de Gaviria poco antes de entrar a vía Roma y el fallo mecánico de Bouhanni en la misma recta de meta, añadieron un poco más de demérito a la victoria de Démare, que se vio rodeada de demasiados "y si...".  Lo cierto es que el principio de año de FDJ está siendo todo menos convencional, y el sprint en vía Roma fue una demostración de superioridad insultante por parte del ex-campeón francés.



Luego vinieron las clásicas de acercamiento a la Ronde, que poco a poco le han ido ganando terreno en interés y alternativas. El G.P. E3 de Harelbeke y la Gante-Wevelgem se jugaron de lejos y ofrecieron interesantes movimientos tácticos. En el caso de la carrera de la autovía, se formó una dupla imperial con Kwiatkowski y Sagan, en la que el polaco humilló en el sprint al campeón del mundo. Parecía entonces que la campaña de clásicas de "Kwiato" iba a ser todo menos ramplona; pero el polaco es un corredor guadianesco, habituado a dar una de cal y otra de arena, con exhibiciones de übermensch y desfallecimientos de otros tiempos.



La Gante-Wevelgem se reivindicó como sexto monumento, ofreciendo su imagen más tradicional frente a una menguante Ronde van Vlaanderen, cada día más falta de hitos. Pues la Gante-Wevelgem los tiene en abundancia: el monte Kemmel, subido este año por la empinadísima cuesta del osario, la larga recta hasta Wevelgem, el paso por la fantástica y reconstruida Ypres, los cementerios de la guerra del 14, etc. Un terreno predispuesto a la batalla y a los grandes vendavales, que tampoco deslució este año. Al sorprendente Kuznetsov se le unió el trío de favoritos, formado por Sagan, Vanmarcke y Cancellara. Rodaron como caballos desbocados con el ruso guardando fuerzas a rueda, de modo que en el sprint casi da la campanada. Sagan pudo quitarse de encima su mal fario con una victoria con el arco-iris y Cancellara demostró que lo suyo nunca fue el sprint, a pesar de quejarse con bastante mala sombra de lo perjudicado que había quedado en Sanremo por la caída de Gaviria.



A pesar del espectáculo presenciado, la muerte de Antoine Demoitié atropellado por una moto de carrera quitó relevancia al ganador, al recorrido y al desarrollo de la carrera. Un atropello más, sin responsables, con un desgraciado e irreparable desenlace en este caso, después de muchos avisos previos tanto en clásicas como en grandes vueltas. Lo que fue un asesinato por imprudencia se resolvió con un carpetazo "y a otra cosa", aduciéndose incluso el argumento falaz de que el ciclismo "es un deporte de riesgo". 

Rodeada de un ambiente tan sombrío llegó la Ronde van Vlaanderen, convertida en espectáculo para borrachos en vez de en momento crucial del año. No me cansaré de decir que una carrera se lo debe todo a sus hitos, ya sean el Poggio y sus invernaderos, el Stelvio y sus paredes de nieve, el Tourmalet y sus apartamentos, la Madonna del Ghisallo y sus campanas repicando, el bosque de Arenberg y sus banderolas o incluso la llegada a Lieja con el plano aéreo del estadio del Standard. La Ronde ha perdido su "símbolo", el Muur Kapelmuur de Geraardsbergen, y con él gran parte de su encanto: el plano áereo de Geraardsbergen, los planos fijos del Muur, el mito del que pasa primero el Bosberg vence la carrera... Aunque por justicia tengo que admitir que el mito cayó algo antes de la desaparición del Kapelmuur del recorrido, y tiene una fecha concreta: 2010.  Además, este año venía precedida de un acontecimiento tan trágico que se afrontaba la carrera sin excesivas ganas de ciclismo. 

En cuanto al desarrollo de la prueba, comenzó con las caídas de Van Avermaet y Benoot, que perdieron así gran parte de su temporada. Posteriormente, Kwiatkowski dinamitó de nuevo la carrera llevándose a Sagan consigo, mientras Cancellara jugaba al tacticismo rajoyano de esperar acontecimientos. Por delante marchaba un grupo de escapados entre los que figuraba Imanol Erviti. La verdad es que no recuerdo muy bien el desarrollo de la carrera, que por momentos fue confuso (tendría que volver a verla).  Kwiatkowski desapareció rápidamente disuelto como un azucarillo cuando la cosa comenzó a ponerse seria. Se esperaba a Terpstra y Kristoff, que anduvieron claramente por debajo de las expectativas, y el arreón final de Cancellara no le permitió dar caza a Sagan, que hizo del Paterberg su particular cuesta de Richmond. En las carreteras de acercamiento a Oudenaarde  tuvo lugar una interesante persecución entre Sagan por delante y Cancellara y Vanmarcke por detrás. El voluntarioso belga decidió devolverle al engreído suizo su escaqueo de la Roubaix de 2013, y el eslovaco hizo toda una demostración de sus dotes de rodador. En fin, la consagración definitiva de Sagan, venciendo con el arco-iris como Bobet, Van Looy, Merckx y Boonen,  y consiguiendo un doblete con Wevelgem como Van Looy, Godefroot y el propio Boonen.



Cuando poco o nada se esperaba de la París-Roubaix, condenada desde hace unos años (quizá desde el mismo 2010) a cierta monotonía, se desveló de nuevo como aquella reina de las clásicas que fuese en su día. A ello contribuyó sin duda la retransmisión íntegra, que ofreció unos primeros kilómetros muy interesantes, rodados a una gran velocidad, en los que se desarrolló una intensa lucha por crear la escapada. Una fuga que tendría finalmente su trascendencia, pues en ella estaría el ganador de la prueba: el sorprendente Mathew Hayman. 

Las caídas - ese mal a evitar - afectaron de nuevo a la carrera, dejando cortados a dos de los grandes favoritos: Sagan y Cancellara. Por delante quedaron Vanmarcke, Stannard, Boasson Hagen y...Boonen. El recordman de Roubaix contribuyó a subir el nivel de la prueba, pues sin ser ya tan demoledor sobre el pavé como en sus mejores tiempos, puso alma, fuerza y empeño en echar tierra de por medio y evitar una victoria de su archienemigo Cancellara. Dieron caza a los fugados - entre los que también se encontraba Erviti de nuevo -, y tan solo un sorprendente Hayman pudo aguantar el ritmo de los cuatro percherones de cabeza. El que fuera gregario de Flecha ya se había dejado ver previamente tomando unos metros de ventaja sobre el grupo de fugados en uno de los tramos de pavé, mostrando fuerzas sobradas. En el Carrefour de l'Arbre lo intentó Vanmarcke, que obtuvo una ganancia que parecía ya definitiva, pero acabó desinflándose sobre el asfalto. De esta manera los cinco se la jugaron en unos últimos kilómetros de infarto, de los mejores que recuerdo en años, con Hayman como invitado. Stannard, Boasson Hagen y Boonen lanzaron ataques que parecían los defintivos, todo fuerza y desarrollo: pero más bien eran los intentos vanos de cuatro hombres fatigados fuera de su medio, boqueado sobre el asfalto como peces sobre la arena. Mientras tanto, Hayman esperaba. 

Poco antes de entrar en el último kilómetro, Hayman asestó su golpe de gracia. Inusitada fuerza para un escapado, que "vacilaba" de esta manera a los supuestos favoritos. Boonen se lanzó en su persecución, en toda una demostración de fuerza que quedará gravada en la retina de muchos como su casi seguro canto del cisne. Todo un despliegue de potencia y valentía, esta vez estéril. En el último kilómetro daba alcance al australiano, lo más seguro con algún año menos de vida en su futuro dado el enorme esfuerzo realizado. Ya en el velódromo se produjo el reagrupamiento, y en un desliz de principiante por parte de Boonen, o en derroche de fuerza suprahumana por parte de Hayman, se produjo el desenlace. El australiano tomó la cuerda, pasó la última curva en cabeza y ya nadie pudo remontarle. De nuevo un australiano venciendo y ultrajando un monumento, con cara de espanto o sorpresa absoluta al cruzar la línea de meta.



Final agridulce, por tanto, continuado por la prolongación cansina de las Ardenas, como era previsible. Estas carreras se fían a los últimos kilómetros, al repecho final, dándose previamente escenas de marcaje, reserva de energías e inusitada velocidad al paso de las cotas. La Amstel fue de las peores que recuerdo, y ya es decir. Otros años Freire, Sagan o Gilbert habían logrado sacar a la carrera de su particular somnolencia, aunque no nos engañemos, aquí ganó Ivanov también. Y Gasparotto este año, que esperó con astucia su momento a rueda de Valgren Andersen para asestar el golpe definitivo y dedicar la victoria a su compañero recientemente fallecido.



La Flècha tuvo su habitual desarrollo, con un "patapum pa'arriba" carente de toda táctica en el que Valverde es el rey. Lo que resulta alarmante es la ausencia de alternativas por parte del resto de equipos, que confía a ciegas en un sprint en cuesta en el que poco o nada tienen que hacer ante el poderío murciano. Realizó toda la subida en cabeza, marcó a sus rivales y asestó el golpe en el mismo lugar de siempre; incluso giró la cabeza para ver la diferencia realizada en el mismo lugar que en los dos años anteriores. Movimientos mecanizados, victoria estudiada de antemano por un alumno poco dado a saber leer las carreras. El muro de Huy es su particular terreno para el veni.vidi, vinci. 



Y finalmente llegó la Lieja, punto final de esta temporada de clásicas. Para muchos lectores del Marca fue durante mucho tiempo la única clásica potable, la única que no era una lotería. Hoy se sabe que es un bodrio en el que desgraciadamente se han dejado ver tipos de artes dudosas como Bettini, Di Luca, Etxebarría, Rebellin, Boogerd o Vinokourov. De modo que esta vez, como un guiño a ese pasado reciente del que el ciclismo no puede despegarse, como si se tratase de una mancha que no sale a pesar de infinitos lavados, aparecieron actores de esos años en los que el naranja se dejaba ver con asiduidad en los toboganes de Lieja, con sus fábricas apocalípticas y sus barrios de ladrillo a la inglesa. Después de la nevada en Haute Levée, el marcaje del Movistar con Rory Sutherland, los sorprendentes movimientos tácticos de Betancur en Saint-Nicholas, ahí estaba Samuel Sánchez en la cuesta empedrada de la rue Naniot, tras Albasini, Rui Costa y Poels.



En fin, dureza previa, rodeada de bosques hermosos y este año gélidos, que poco sirvió, pues se confió de nuevo en los kilómetros finales. El cuarteto abrió hueco y en la cuesta de Ans no se le pudo dar alcance. Al menos debemos contentarnos que no se jugase la victoria en la subida final, como en 2013 o 2014, o al sprint como en 2015. Rui Costa comenzó a escaquearse, Samuel Sánchez, con 40 años recién cumplidos, hacía bastante con aguantar, y ya se masticaba una nueva victoria del Orica, esta vez con un corredor ya canoso y cazaetapas en vueltas locales. Al menos la Doyenne se resolvió con algo de dignidad y Wouter Poels se hizo con la victoria, arrancando con fuerza tras la última curva. Además, como dato positivo, la carrera no recayó en ninguno de los "pancarteros" habituales, ya sea Purito, Gerrans o el irlandés. 

Una primavera ciclista más ha pasado, con momentos interesantes, otros anodinos y desafortunadamente otro muy trágico. Una muerte por desgracia demasiado anticipada, que se une a la serie de descréditos que este deporte sufre (motores ocultos, médicos sospechosos, enfermedades que aumentan el rendimiento, organizadores y directivos que se despreocupan de la salud del ciclista, etc.), y que como suele señalar el autor del interesante blog "ciclismo2005", nos lleva a pensar que "el enemigo está dentro". 

domingo, 20 de marzo de 2016

GUIÓN PREVISTO EN SANREMO: POGGIO DESCAFEINADO Y FINAL CON UNA PIZCA DE DRAMA

Viene siendo habitual que una vez finalizada la carrera más larga del año, emerjan las voces críticas de siempre. "Poca dureza", "carrera para velocistas", "carrera aburrida", "una lotería", "ganadores desconocidos". Parece mentira que muchos todavía no sepan que lo específico de la Milán - Sanremo es precisamente su guión ya escrito, de manera que cada edición aporta pequeñas y sutiles variaciones a partir de una partitura que casi siempre suena igual: escapada matutina, crescendo en la Aurelia, escaramuzas en la Cipressa, escapada abortada en el llano entre colinas, ataque en el falso llano final del Poggio, descenso vertiginoso y final con sorpresa, casi siempre al sprint.


Bien es cierto que de esta esta edición apenas se recordará algo más que el vencedor y la caída de Gaviria. No ha habido fuegos de artificio ni en Cipressa ni en el Poggio. No ha sido una edición para enmarcar como la del 2011. Tan sólo el sky pareció querer plantear algo diferente a la llegada masiva, aunque contasen con Swift y hubiesen perdido a Geraint Thomas. Los demás se limitaron a esperar acontecimientos, o bien porque confiaban en su punta de velocidad, o bien por estar habituados a permanecer a la expectativa (Valverde). Katusha en concreto notó enormemente la ausencia de Paolini, la derny tras la cual el gigantón noruego afianzó su victoria de 2014 y su segundo puesto en 2015.

A pesar de todo, el desarrollo anodino de la Cipressa y el Poggio se ha visto compensado con unos dos kilómetros finales caóticos y bastante entretenidos, en los que se notó la dureza del kilometraje y la ausencia de equipos que controlasen la carrera. Afortunadamente han pasado a la historia los años en los que casi un treno al completo pasaba el Poggio, para lanzar, como si fuese una etapa cualquiera en Maddaloni o Rovigo, a Cipollini o Petacchi. En esos dos kilómetros finales, ya en las calles de Sanremo, apareció de nuevo el genio protector de la carrera, ese que con una mezcla de justicia y azar da a la clásica su carácter impredecible y teatral. Ese mismo geniecillo que actuó para hacer vencer a Freire en 2004 aprovechando un despiste de Zabel, o a Tchmil y Pozzato atacando en el último kilómetro.

En Sanremo todo es posible.
Recapitulemos. La carrera comenzó a ponerse interesante al pasar el capo Berta, como suele suceder.  Marchaban escapados habituales de la Aurelia, como Matteo Bono, Jan Barta y Maarten Tjallingii. El progresivo incremento del ritmo en el grupo fue creando cada vez más nerviosismo, provocando caídas, una mala costumbre de los últimos tiempos. Michael Matthews y Geraint Thomas fueron los más perjudicados, pero también al pie de la Cipressa se fue al suelo el que resultaría ganador, Arnaud Démare. Los escapados fueron cazados en las primeras rampas de la Cipressa, entre los olivos. En esta primera ascensión tan sólo se movieron Giovanni Visconti e Ian Stannard, que acometieron la bajada con escasos segundos. En el llano se les unieron Daniel Oss (otro habitual), Fabio Sabatini y Matteo Montaguti. Mientras tanto, en cola (y sin imágenes de televisión), la FDJ lograba lo imposible: meter a Démare de nuevo en el gran grupo.

El viento de cara fue el gran enemigo de los ciclistas, el que imposibilitó que los ataques prosperasen más tiempo. De hecho, el grupo de Visconti, Stannard, Oss, Sabatini y Montaguti fue cazado poco después de Arma di Taggia, antes de empezar el Poggio. Este viento contrario impidió movimientos espectaculares en el Poggio, si bien parece ser que se trató de una de las ascensiones más rápidas de los últimos años. Sólo se movieron Andrea Fedi, Tony Gallopin y finalmente Michal Kwiatkowski. El polaco lanzó un ataque muy al estilo de Ponferrada, en el falso llano que va de la iglesia al pueblo de Poggio di Sanremo. Por detrás apenas hubo respuesta, sólo Nibali forzó un poco el ritmo,  de manera que en la curva de la cabina telefónica Kwiatkowski contaba con apenas 2 segundos sobre un grupo muy numeroso, liderado por Nibali.

El descenso no fue tan espectacular como siempre. Sólo Kwiatkowski hizo algún numerito, pero Sagan se mostró especialmente cauto, forzando a que Cancellara, Nibali e incluso Valverde asumieran más riesgos. A pesar de ello, Kwiatkowski no hizo un hueco suficiente, y ya en el Corso Cavalotti Cancellara, con Matteo Trentin soldado a rueda, lograron darle alcance. Es entonces cuando empezó el espectáculo auténtico, con equipos desorganizados, escaramuzas abortadas y un último kilómetro algo accidentado. Boasson Hagen y Van Avermaet lo intentaron ya bajo el triángulo rojo del último kilómetro, siendo alcanzados por Sagan, Gaviria y Cancellara. Al dejar de lado la fuente que da acceso a la Via Roma, el quinteto relajó el ritmo, siendo alcanzados por una treitena de corredores. El sensacional colombiano contaba con una muy buena colocación para afrontar un sprint que nunca es fácil controlar, por la distancia a la que los velocistas se quedan sin abrigo, por el kilometraje acumulado y por picar muy ligeramente hacia arriba. Entonces sucedió lo impredecible.

Gaviria cae, Sagan, Cancellara y Swift evitan la caída.

Desafortunadamente se trató en este caso de una caída. En un despiste, Gaviria hizo el afilador con Van Avermaet y se fue al suelo. Cayó solo, pues Sagan, Cancellara, Swift y Colbrelli, que marchaban a rueda, hicieron equilibrios para esquivarlo, perdiendo como contrapartida unos metros decisivos para afrontar el sprint. Aprovechando el caos general, Jürgen Roelandts lanzó un duro ataque (¿sprint lejano o ataque de último kilómetro?) al entrar en Via Roma. Fue un movimiento alocado y genial, en la misma línea en la que luchó contra el viento infernal camino a Wevelgem. De todas formas, Bouhanni parecía tener controlada la situación, marchando casi a su rueda.

El sprint se lanzó. Parecía un duelo entre Bouhanni y Démare, tantas veces rivales (y a la larga, representantes de dos Francias diferentes), a la caza de Roelandts. Pero algo falló en la bici de Bouhanni (¿el cambio?) y apenas pudo levantarse del sillín. El camino parecía libre para Démare, seguido del británico Swift. Aún así les costó superar a Roelandts, cuyo ataque final/sprint largo estuvo a punto de dar la campanada. El francés fue abriéndose paso, con fuerza y limpieza, en una Via Roma que nunca pareció tan ancha. Victoria para la promesa francesa por tanto, después de unos últimos kilómetros de infarto.



2º Swift, 1º Démare, 3º Roelandts



En el processo posterior, comenzaron las voces críticas. Démare no parece suficiente nombre para muchos, que no dudan en colocarlo anticipadamente en el mismo grupo que los muñecos rotos Goss y Ciolek. Otros han preferido quedarse en los "y si..", pensando que Gaviria (e incluso Sagan) le hubiesen puesto la victoria mucho más difícil a Démare. En Italia han surgido muchas voces en la línea de endurecer la carrera, haciéndole el juego a Nibali, que al parecer está de morros con la organización después de la anulación de la etapa reina de la Tirreno - Adriático. No hay que olvidar que la Pompeiana era todo un guiño de Acquarone a la única estrella italiana del momento, y finalmente no prosperó. En ese sentido, vuelve el ritornello italiano de la ausencia de dureza que propicia victorias extranjeras y ganadores extraños. Parecen haberse olvidado de lo que gustaron a la prensa y a la RAI las victorias de Cipollini (en su año mágico, más preparado que un caballo del Grand National) y Petacchi.

Gaviria acompañado de Brambilla. ¿Futuro vencedor de la Classicissima?

De hecho, en Italia llevan ya diez años de sequía, acercándose a los 17 que mediaron entre las victorias de Petrucci (1953) y Dancelli (1970). Para sobreponerse a la desesperación del público ante las victorias de belgas y de Poblet, y poder así seguir vendiendo periódicos, Torriani incluyó el Poggio en 1960. La cosa no funcionó: Adorni y Balmamion fueron humillados por Den Hartog en 1965, y Merckx se deshizo de las vedettes italianas (Gimondi, Motta y Bitossi) en 1967 con insultante facilidad. Las otras décadas no fueron mejores. Sólo dos victorias italianas de 1971 a 1980, con tiranía de Merckx y De Vlaeminck incluidas.


La pertinaz sequía (victoria de Merckx ante Motta, Bitossi y Gimondi en 1967)

La década siguiente comienza con victoria extranjera de nuevo (Alfons De Wolf), aunque se argumentase que había vencido debido al marcaje de Moser y Saronni. Se introdujo la Cipressa en 1982, con el resultado menos esperado: victoria del desconcido francés Marc Gomez, después de una fuga matutina con Alain Bondue. En resumen, la década no remontó para los intereses del periódico organizador: sólo 3 victorias italianas de 1981 a 1990.

Una de las grandes victorias en Sanremo: Saronni en 1983. Moser al año siguiente se llevará la suya, en el primer "año mágico" de la historia del ciclismo.


En los noventa, en plena época dorada de la EPO, aumentaron un poco las victorias (y su vistosidad): 4 triunfos italianos, aunque no se pudieran evitar los sprints masivos en los últimos años del siglo. En el periodo de 1990 a 1996 el predominio fue indudablemente italiano (¡cinco victorias en siete años!), claramente influido por las pócimas de Conconi, Ferrari y compañía.


20": la ventaja de Furlan en Via Roma, después de atacar en el Poggio, lo dice todo.

Al igual que en la década anterior, también fueron 4 los triunfos italianos en la década del 2000, en este caso ya no con estrellas de un día como Furlan o Colombo, sino con i big: Cipollini, Bettini y Petacchi, a los que habría que sumar a Pozzato, al que se le auguraba un futuro prometedor. A pesar de su edad, el guaperas italiano fue todavía ayer el mejor de los suyos.

L'ultima gioia italiana

Por tanto, esperemos que Mauro Vegni (ese organizador que parece un personaje sacado de una commedia sexy de Lino Banfi) no escuche los cantos de sirena y continúe manteniendo la pureza de la carrera, no desvirtuándola con Pompeianas o pegotes de última hora. Aunque si se rescatase Le Manie, una subida lo suficientemente alejada del final como para no ser decisiva,  tampoco estaría mal del todo.