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domingo, 29 de julio de 2018

SKY, CASA DE RECAMBIOS

Arco de triunfo, tomas aéreas, champagne y ribetes amarillos: con la solemnidad del protocolario "fin de fiesta" de París (un día de escasa o casi nula competición), se pone fin a la aventura de tres semanas que supone el Tour. Una aventura que antiguamente propiciaba ilusiones y noches en vela, pero que cada vez es más renqueante, como una galopada protagonizada por achacosos podencos. Una película a la que se le notan las costuras, en la que se sabe que el chico acabará con la chica desde el primer minuto, a pesar de que la protagonicen las superestrellas del momento: así es el Tour. En este terreno baldío, expoliado y tiranizado durante años por sinvergüenzas y personajes sin escrúpulos, Sky ha encontrado el ambiente perfecto - un aire viciado de invernadero - para criar sus particulares especímenes. 

Un triunfo muy merecido de Kristoff, el sprinter que junto a Sagan, pasa mejor la montaña.



Y sin embargo aquí seguimos hablando del invento, escribiendo sobre el tema, malgastando el tiempo durante casi un mes entero, pegados al televisor y al móvil, sumidos en largas conversaciones sobre un Tour aburrido, uno más, quejándonos como amargados ancianos de banco de parque público, con añoranza de tiempos pasados. En todo este ambiente enrarecido, irrespirable como decían en la portada de L'Equipe, Sky hace brotar sus hierbas. Flores exóticas, flores carnívoras, malas hierbas que se enroscan y se enredan como una tupida maraña de zarzales que ha acabado ocultando campos y châteaux, monumentos y bosques, montes y canales, hasta hacerse con todo el mapa de Francia, como una plaga. Han secuestrado la carrera y con un síndrome de Estocolmo del copón seguimos hablando de ella. Seguimos hablando de ellos. Su desfachatez llega al extremo de haber creado un cyborg alternativo al cyborg ya existente; un cyborg reluciente y polivalente, y además humilde, que sustituye al cyborg ya conocido y cuestionado, ese cyborg tan polite de origen colonial. Thomas ha sido el recambio perfecto, uno más en esta casa de recambios inagotable que es el Sky. Un recambio para no soliviantar al público francés con la presencia de un corredor blanqueado por la bajada de pantalones antológica de la UCI y la AMA durante las vísperas del Tour. 

Irrespirable

El recambio había sido planeado hacía ya bastante tiempo. Las incertidumbres del inicio de temporada obligaban a que en sky intentasen amarrar una victoria en julio con un plan B. Y el plan B ha sido Geraint Thomas, el gregario perfecto, el corredor batallador, el chico humilde de Cardiff, ya un hombre maduro, que parece conservar en su mirada limpia la inocencia del adolescente que evitó las tardes de taberna, alcoholismo, dardos y snooker, con una bicicleta como instrumento de libertad. En el campo de pruebas habitual que es Dauphiné, Thomas había dejado caer señales del calibre y espesor de su preparación. Algunos quizá se dieron cuenta de lo que podría ocurrir en julio: yo no. ¿Su trayectoria y palmarés auguraban algo parecido? Siempre me había parecido que aquellos que defendían que podía ser un corredor de grandes vueltas simplemente estaban dejándose llevar por la convincente propaganda anglosajona. He de tragarme mis palabras, por tanto. 




En su defensa hay que decir que posee un palmarés previo a su victoria en el Tour significativamente mejor que el de otros ganadores recientes, tipo Riis, Pereiro o Sastre. También que su mutación de rodador y corredor de clásicas a vueltómano no ha sido cosa de este julio, sino que se remonta a 2015 o 2016, algunos dicen que de forma gradual. Pero mutación hubo. Sin embargo ha gozado siempre de buena prensa, incluso entre el público tan exigente de twitter, por su planta, por su vinculación temprana a las piedras y, por qué no, por su hasta el momento proverbial mala suerte (o falta de habilidad) en forma de caídas. No tengo ningún recuerdo suyo de su etapa en Barloworld: aparece de golpe camino de Arenberg con el maillot de campeón británico en una etapa del Tour de 2010 en la que finalizaría segundo. La etapa posterior al safety car mafioso de Cancellara y José Iván Gutiérrez. Los entendidos decían que venía de la pista y le gustaban las piedras. Era el año 1 de esta factoría que luego sumiría con su humo negrísimo al mundo del ciclismo en una nueva era de oscuridad.

Thomas, un amante de las piedras.


Su terreno predilecto parecían las clásicas, allí donde el equipo negro andaba un poco más cojo. Le veo rodando mano a mano con Daniel Oss camino de Sanremo, siendo atrapados en el Corso Cavalotti. También le veo en una Harelbeke, su gran victoria de un día (¿no parecía entonces un Stannard menos robusto, con más garbo, un poco atrancado?). Y cómo no, también en aquella ventosa Gent-Wevelgem que acabó llevándose Luca Paolini, antes de hundir, cual Tony Montana, la cabeza en una montaña blanca. Una ráfaga de infernal viento flamenco se llevó al galés literalmente en volandas, en una de esas imágenes que suelen emitir los noticiarios o los programas de refrito y relleno de Eurosport, a los que les faltan las risas enlatadas. No fue la última vez que se le vio por los suelos: en un descenso del col de Manse, en el Blockhaus al chocar con la moto de un carabiniere aparcada con desgana y mala sombra en un lugar indebido, en el Mont du Chat...

Su época de clasicómano (Gent-Wevelgem de 2015)

Un día malo y caídas, ese parecía su sino en las grandes vueltas. Sin embargo este año ha sido un ganador de Tour indestructible, sin un día malo, sin un desliz. Un ganador solvente, sin grandes alardes, pero sí con unos hachazos de inusitada e insultante fuerza en los últimos kilómetros de las etapas de montaña, en pos de la bonificación, como si no se hubieran escalado anteriormente puertos, como si el desnivel de las etapas alpinas y pirenaicas fuese el equivalente al de la llanura que separa el Kemmelberg de Wevelgem. En resumen, unas arrancadas con el made in United Kingdom & N.I. en la solapa. 


Cyborg moreno (recambio) - Cyborg rubia (la ya vista)


Dumoulin ha sido su víctima, una vez más segundo. El excepcional rodador holandés ha demostrado de nuevo ser el que posee el cuerpo más elegido por los dioses del ciclismo para las grandes victorias. Sin embargo, como viene siendo habitual, ese cuerpo único no está acompañado por la mente de un Clausewitz, ni mucho menos. Tampoco los que conducen el coche de su equipo son Bobby Fischer, precisamente. A ello se suma un equipo sin el potencial necesario para enfrentarse a una trituradora de carne humana como Sky. Geschke, Haga y Ten Dam se han limitado a seguir en el grupo hasta donde han podido, hasta que sus cuerpos han dicho basta, y poco más. Aún así, Thomas tampoco ha demostrado una superioridad arrolladora en confrontación con el holandés. Han llegado prácticamente juntos en casi todas las etapas del Tour, siendo irónicamente la llegada del Mur de Bretagne aquella más decisiva. Ya se sabe, la maldita primera semana y sus trampas. Una vez más queda la sensación de que ha perdido Dumoulin más de que han ganado sus rivales. 

Vayamos a los números. En la contrarreloj por equipos, Sky sacó a Sunweb solamente 7'', lo que era sin duda una buena defensa de posiciones por parte del equipo germano-holandés. Sin embargo, en el Mur de Bretagne Dumoulin perdería 50'' debido a un inoportuno pinchazo, que se convertirían en 1'10'' al añadírsele una justa sanción por un descarado trascoche (para lo único que sirvieron los chóferes del Sunweb fue para conseguir una sanción de 20''). Fueron los Alpes el lugar en el que Thomas y sus amos decidieron lucir sus nuevas aplicaciones de cyborg: sendos hachazos finales le reportaron 20'' en La Rousière y 2'' en Alpe d'Huez, además de las consabidas bonificaciones por los triunfos de etapa. En el fantástico final del Col de Portet, en la microetapa de 65 km,  Thomas le endosó de nuevo 5'' con su demarraje en cuesta. En la crono final Dumoulin recuperó 14'', logro en parte debido a que Thomas levantó el pie en su tramo final descendente para no arriesgar, en un intento añadido (y fallido) de ofrecer una victoria compensatoria a Froome. Así pues, si a la diferencia final de 1'30'' entre el galés y el holandés sumamos la diferencia de bonificaciones obtenidas (21'' a favor del galés), tenemos ahí los 1'51'' que separan a Dumoulin de la gloria. De todas formas, si se descuentan las diferencias de la crono por equipos, del pinchazo y la sanción y las bonificaciones, Thomas aun cuenta con ventaja sobre Dumoulin: victoria merecida por tanto. 

De maillot amarillo en la cima circo. 

¿Qué se esconde tras estos números? Una primera semana anodina, sin lucha para formar las escapadas, pero sin un dominador claro en los sprints; una formidable defensa del amarillo por parte de Van Avermaet en la primera etapa de montaña; un golpe de mano de Sky en dos etapas alpinas y un tímido intento de Lotto - Jumbo con Kruijswijk de alterar lo inevitable; la colaboración inexplicable de Movistar en la Croix de Fer y el naufragio total de la tricefalia; un trenecito-sky más tren de carga que nunca, con innumerables vagones (Rowe, Poels, Kwiatkowski, Castroviejo y Bernal); un descontrol organizativo total en Alpe d'Huez, con espectadores subnormales armados con bengalas, provocando la caída y abandono de Nibali; el festival de muecas de Alaphilippe, digno sucesor de Virenque y Voeckler, con un maillot a lunares obtenido casi sin contestación; la expulsión de Moscon por liarse a mamporros, una vez más; nuevo caos organizativo, en el que el pelotón fue rociado con gas pimienta; una absurda parrilla de salida en la que solo faltaba un Jean Todt de atrezzo para simular un paddock de F1 y que los ciclistas (como los espectadores) se tomaron a guasa; una pírrica victoria de Quintana en el col de Portet; Sagan consiguiendo su sexto maillot verde, pese a una dura caída, con una diferencia abismal con el segundo; una última jornada pirenaica en la que Dumoulin se limitó a atar en corto a Roglic, saliendo a sus repetidos ataques, haciéndole de este modo el trabajo a Thomas, y un fantástico descenso de Roglic del Aubisque, que sin embargo no le valió el tercer puesto por una desastrosa contrarreloj al día siguiente. 


Dos momentos bajos del Tour. ASO piensa poco en los ciclistas. 

Esto en resumen ha sido el Tour, en un párrafo un tanto telegráfico me ha cabido. Como es habitual, ha habido más polémicas que chicha auténtica. Algunas etapas volvieron a ser interesantes, gracias a un Lotto-Jumbo que jugó un poco más al ataque en las etapas de Alpe d'Huez y Bagneres-de-Luchon, gracias al buen estado de forma de Gesink, Kruijswijk y Roglic. A pesar de ello, Sky ha controlado todo con una endiablada estrategia, consistente en dejar marchar escapadas multitudinarias en etapas de montaña, marcando detrás el ritmo que les convenía y debilitando a los rivales, que al filtrar gente por delante no tenían suficiente personal como para marcar un ritmo alternativo en el paquete de favoritos. Por otro lado, Sky ha estado en todo momento preocupado por mantener el trenecito compacto para trabajar en los llanos entre puertos, tirando de la magistral naturalidad de Bernal para solventar la papeleta final en el último puerto. La máquina perfectamente engrasada de todos los julios, dejándonos con la misma sensación de déjà vu de siempre, con el amargo presentimiento añadido de que la casa de recambios sky, la del humo negro, tiene cuerda para rato.   


domingo, 27 de mayo de 2018

EL HOMBRE QUE NUNCA DEBIÓ ESTAR ALLÍ

Nunca debería haber sucedido, pero allí estaba Froome en la rampa de salida, en Jerusalén, la ciudad de las apariciones. Una mueca de dolor confería más patetismo a su participación. Poco antes se había ido al suelo en una vuelta de reconocimiento al circuito de la contrarreloj inicial, ante la curiosa mirada de dos jóvenes jasídicos de levitas y tirabuzones. La opinión de muchos, por mí compartida, es que nunca debería haber estado allí. Por su parte, los medios anglosajones y de RCS se habían esforzado en pintar "su caso adverso" como una gran cruz arrastrada camino al Gólgota por un profeta traicionado, dispuesto a ser martirizado por aquellos que no comprendían las "razones científicas" de su mala asimilación del salbutamol.



Los primeros días en Italia auguraban sólo descalabros e infortunios para Sky, como si la hermosura de Italia, y de Sicilia en particular, infligiesen de nuevo una derrota estética a la fealdad ejemplificada por el equipo británico. Pérdida de tiempo en el Etna, de nuevo caída en Montevergine di Mercogliano, nueva pérdida de tiempo en Campo Imperatore, aparente debilidad general en una etapa más o menos intrascendente como la de Gualdo Tadino...¿Dónde estaba la efectividad del pedaleo de Froome, "bruttissimo da vedere" (según expresión de Silvio Martinello)? En esos momentos de debilidad y desamparo su estilo Paula Radcliffe parecía más inane que nunca. El propio de un escarabajo panza arriba que agita las patitas con desesperación pero sin utilidad. Yo incluso vaticiné su abandono.

Mientras tanto una "new big thing" parecía emerger de las mismas cloacas del British Cycling. Un corredor menudo, atacante, con un lejano parecido a Billy Elliot. Un corredor también asmático, una insólita combinación de pistard y escalador, como otros productos de la misma factoría: Simon Yates. En el Etna dejó ganar a Chaves en la mejor línea del Saunier Duval, pero ya en Campo Imperatore comenzó a imponerse sin contestación. Ya nadie confundía a Adam y Simon. La idea de que se alternasen en carrera, un día uno, otro día otro, estaba dejando de tener gracia. Simon se mostraba imperial, con un pedaleo grácil en montaña, cogido de abajo, infatigable. Esprintaba incluso en las metas volantes. En Gualdo Tadino se disolvió como un azucarillo Chaves, su posible rival interno, de manera que a partir de entonces todo parecía un monólogo. En Osimo, donde ganase Argentin, Simon Yates sacó sus habilidades de uphill finisher, aguantando un mano a mano a Dumoulin, el único que parecía capaz de seguir su ritmo de lejos.



Llegó de esta manera la cima-circo del Giro, el Monte Zoncolan, el particular caramelo que Vegni había puesto delante de los ojos de Froome para motivar su participación. Sólo una subida de rampas tan imposibles, de porcentajes tan grotescos, podía activar, como las pilas que nunca se acababan en aquellos conejitos de Duracel, el movimiento frenético de sus patas. Así fue. Codos fuera, giro continuo de cuello hasta "convertirse en espárrago hervido" y agitación de las piernas propia de un autómata. El muñeco salía disparado de la caja sorpresa como un resorte. Esta vez, a diferencia de lo visto anteriormente, su pedaleo abría hueco. Por detrás, Simon Yates asomaba la punta de la lengua entre los dientes, intentando atraparle con un sprint continuo. Froome salía y entraba de los túneles, avisando a todos de que la feria acababa de empezar, mientras Simon Yates tenía que sentarse en los últimos doscientos metros, incapaz de atraparle. Froome tenía así su etapita y la organización parecía satisfecha.

(pic.Cor Vos)

La nueva cosa británica no parecía dar su brazo a torcer y camino de Sappada dejó la primera "impresa" del Giro. La que quizá hubiese pasado a la pequeña historia del Giro de no ser por acontecimientos posteriores. Después de un rápido descenso del Passo di San Antonio, en Costalissoio, a falta de 17 km, Simon Yates se despedía de sus rivales sin mirar atrás, con inusitada facilidad. López, Pozzovivo, Carapaz, Pinot y Dumoulin se quedaron mirando cómo la menuda maglia rosa se perdía en la lejanía. La ausencia de cooperación facilitó las cosas a Yates, que parecía de este modo abrir el hueco necesario para mantener el liderato frente al empuje de Tom Dumoulin en la única contrarreloj de entidad. Mientras tanto, Froome naufragaba una vez más.



En la contrarreloj de Rovereto, Simon Yates aguantó la maglia, como era de suponer. Dumoulin, aún haciendo una buena crono, no reventó la carrera lo suficiente como para superar a Simon Yates. Éste, con rítmicos saltitos sobre el sillín, con un mono de contrarreloj que le venía incluso holgado, parecía en una situación perfecta para defender la maglia rosa en las tres etapas de montaña que quedaban. En Mitchelton las cosas marchaban a las mil maravillas. Nieve apenas se había dejado ver, mientras que Tuft, Bewley, Juul Jensen y sobre todo Haig habían controlado en exceso la carrera, tirando todos los días de cabeza del pelotón, a la manera de los grandes equipos de droga del pasado y presente (O.N.C.E, Us Postal, Sky...). La etapa de Iseo fue masacrante en ese sentido, realizada a una media infernal, con alternancia de lluvia y sol. Esfuerzos innecesarios que se pagarían durante la traca final.




El Giro nos ha acostumbrado a "colpi di scena" inesperados. Los muertos no lo están y los vivos resbalan con una piel de plátano y se caen del escenario, como decían en Libération. Nibali, en ese sentido, logró dar la vuelta a una clasificación adversa en dos días. Il Falco ganó un Giro sin equipo en un descenso. Pantani distanció mínimamente a Tonkov en Madonna di Campiglio y luego realizó la crono de su vida. Lo que tenía preparado Froome iba a dejar a todo lo anterior en zafios cambios de guión de estudiante de primero de audiovisuales. Lo suyo iba a ser teatro del bueno, puro Shakespeare.

Para empezar, la mecha de Simon Yates comenzó a agotarse en el último kilómetro de Pratonevoso. El corredor que parecía infalible, que había triunfado allí donde lo hicieron Pantani, Argentin y van der Velde, parecía por fin humano. Los pómulos se le marcaban en su afilado rostro como un presagio de desfallecimientos futuros. Todo ello animaba a planear movimientos, especialmente en el caso de Dumoulin, que tenía a tiro de piedra la maglia rosa. La etapa entre Venaria Reale y Bardonecchia/Jafferau presentaba el mejor recorrido sobre el papel. Un puerto infernal y largo como el Colle delle Finestre, seguido de otra subida "pedalabile" a Sestriere y un largo final, en bajada y falso llano abierto a los vientos traicioneros de los valles, antes de afrontar la última subida a Bordonecchia-Jafferau. El lugar ideal para perder una minutada si uno se queda solo desde Finestre. El lugar ideal para que un equipo montase una ofensiva para aislar al lider. El lugar ideal para que un competidor nato como Froome, al que no le valen los puestos de honor, se la jugase.

Asistimos el pasado viernes a uno de esos momentos del ciclismo que entran en la leyenda pero que, por obra y gracia del ciclismo moderno, dejan al mismo tiempo un regusto amargo. Se disfruta del espectáculo, al igual que sucedió en Sappada, pero al poco tiempo se tiene la sensación de hay una parte de la historia que no se nos ha contado. En el caso de la particular Cuneo-Pinerolo de Froome,  dejó una sensación final entre la incredulidad y el shock.




A Simon Yates le pasó lo de Ícaro. Rozó demasiado pronto el sol y sus alas se derritieron, cayendo estrepitosamente al mar. En este caso, su "crollo" no fue aislado; curiosamente su equipo, hasta el momento siempre presente, hizo aguas por todos lados, empezando por Jack Haig. De este modo, la maglia rosa perdía contacto en las primeras rampas del Colle delle Finestre, un puerto que está entrando en la historia del Giro con mucha más decisión que el Monte Zoncolan. Sky puso su ritmo más infernal, como si Froome fuese a atacar de forma inminente. Primero Poels, tímidamente De la Cruz y finalmente con decisión el pequeño Elissonde. El grupo de favoritos estalló, desgajándose del mismo racimos de corredores. Al líder los minutos comenzaron a caerle uno tras otro y en la cima todo el mundo parecía haberse olvidado de él, de su peligrosidad y de sus demostraciones pasadas. Finalmente Froome atacó a falta de más de 80 km para meta y Dumoulin no pudo en ese momento seguir su rueda. Todo parecía una locura y Dumoulin todavía controlaba la situación, pues era preferible que subiese a su ritmo antes que atufarse intentando imitar la diabólica cadencia del anglokeniata.



Froome se abría paso con su particular estilo por las rampas no asfaltadas de Finestre, entre paredes de nieve sucia. Su rueda delantera zigzagueaba bajo la presión de sus largos brazos de codos abiertos, abriendo surcos en el camino no pavimentado de pendiente demencial. Por su parte, Dumoulin comandaba el grupo perseguidor, con Pinot, López y Carapaz a rueda. La diferencia era controlable de momento para el holandés. Sin embargo, a falta de un km para la cima, Pinot pinchó, cambiando rápidamente la bicicleta con su compañero Reichenbach, y Dumoulin decidió esperar. Consideró que, a falta de coequipiers, era preferible tener aliados para el largo descenso hasta Sestriere. Ese fue su primer error. Un error quizá menor, que en su momento era difícil incluso de considerar como tal. Froome pasaba por la cima con apenas 40'' de ventaja.



Froome ya ha demostrado que es un buen bajador. Además, uno concienzudo, que se estudia los puertos, como hizo con el Peyresourde. En el estrecho descenso de Finestre, Froome se la jugó a todo o nada, despeñarse o vencer. Mientras tanto, Dumoulin cometía su segundo error táctico, un error garrafal, el que pagaría más caro: decidió esperar a Reichenbach para tener un colaborador más. En realidad, para intentar aprovechar un gregario de un rival en una situación que de nuevo se presentaba desesperada. Una vez más, el equipo de Dumoulin mostraba su insuficiencia en montaña, a lo que se añadía, sin ser en este caso tampoco la primera vez, una mala visión de carrera. Dumoulin decidió delegar en otros, en este caso en otros equipos rivales peor posicionados que él en la general, lo que tendría que haber sido una persecución personal "a muerte". Además, Reichenbach demostró ser un mal bajador y se perdió tiempo en la espera. Dumoulin, con bastante mala sombra, cargó las tintas después sobre el escalador suizo, al que achacó que bajó "como una abuela". Declaraciones fuera de lugar, muy estúpidas e impropias de un campeón, que pretenden enmascarar no sólo la debilidad de su equipo sino también sus erróneas decisiones tácticas.

De esta manera, Froome amplió en un minuto su diferencia con el grupo de Dumoulin durante el descenso de Finestre, y en otro en el ascenso "pedalabile" a Sestriere. Froome iba encendido, sacando su mejor versión de rodador, pues cuando rueda pasa de patito feo a cisne. Mientras tanto, Dumoulin exigía relevos a un Pinot fundido y a su gregario. Realmente esos relevos le cortaban el ritmo, permitiendo que la diferencia de Froome aumentase. Al mismo tiempo, Carapaz y López, enquistados en una lucha por las migajas, decidían mantenerse al margen. 



Otro minuto cayó en favor de Froome en el largo descenso de Sestriere. Froome echaba mano a un botecito morado, mientras detrás todo eran caras agrias por el esfuerzo y la infructuosa colaboración. En Jafferau las distancias se mantuvieron y Froome logró pasar del cuarto al primer puesto. Para lo que Nibali había necesitado dos días en 2016, con apoyo de su equipo, un inconmensurable Scarponi y caída del líder, Froome tan sólo había necesitado uno, con una fuga de 80 km en solitario, aprovechando que el equipo de Dumoulin seguía en la Morcuera. Lo de Froome era una "impresa" de otro tiempo, parangonable a las de Coppi, Merckx...o Landis.

La última etapa de montaña en Cervinia demostró que el mazazo moral impuesto por Froome a sus rivales era irreversible. Es más, se asistió a uno de los momentos más dramáticos del Giro, con una pájara monumental por parte de Pinot, que en algunos momentos parecía incapaz de mantenerse en equilibrio sobre la bicicleta. Su agonía sí que fue digna del Gólgota. Una pájara o blancazo más en un Giro caracterizado por el excesivo número de desfallecimientos brutales de los corredores de cabeza: Chaves, Aru, Simon Yates, Pinot. Demasiados. Sin ir más lejos, el líder a falta de tres días ha perdido más de 1 hora y cuarto en tan sólo dos etapas. Lo nunca visto.

Por si fuera poco, para aumentar el descrédito de este Giro "tra virgolette", la etapa del domingo ha sido una pachanga, un amaño, el triunfo de nuevo de la mafia del pelotón. Encabezados por el propio Froome y por los siempre mafiosos Quick Step (no en vano tienen en el coche al más mafioso de los ex-ciclistas y directores de los últimos veinte años), el pelotón decidió neutralizar los tiempos, debido a la supuesta peligrosidad del circuito final en Roma. El resto del pelotón se plegó al criterio de una mafia de la que todos participan.  Ni Dumoulin cuestionó la situación, a tan sólo 46'' de la maglia rosa, ni tampoco los equipos italianos, sin victoria de etapa. Y lo peor de todo, RCS cedió gustosamente: ya se la colaron en la etapa de Milán en 2009 y en el final el Turín en 2016. No se dan cuenta de que están restando seriedad, año en año, a su propia carrera con estas decisiones desacertadas. Nunca fue más oportuna la ya mítica frase de ciclismo2005: "los enemigos del ciclismo están dentro".

Froome y los suyos se descolgaron a hacer cucamonas y fotos, siendo acompañados por los otros líderes del pelotón, mientras por delante un grupo de una cincuentena bregaba por la victoria, obviando la supuesta peligrosidad del recorrido. Sin embargo, Pozzovivo estaba agazapado en ese grupo delantero. Sería él y no otro el auténtico ganador de este Giro si se hubiesen computado tiempos hasta el último kilómetro. Al menos hubo justicia poética y Sam Bennett pudo vencer a Elia Viviani.

Sin embargo, a pesar del mal sabor de boca dejado por un último día amañado y sin competición, el Giro siempre depara momentos memorables. Las etapas de Sappada y sobre todo Bardonecchia lo han sido, por supuesto, a pesar de que su credibilidad en un caso y su duración en el palmarés en otro, dejen esa combinación desagradable de sensaciones enfrentadas. Aparte de estos dos momentos habrá que recordar las típicas etapas de sube y baja del Giro, como la de Caltagirone, ganada por Wellens, o la de Gualdo Tadino, ganada por Mohoric. También las movidas etapas de Imola e Iseo, finalizadas al sprint, pero con movimientos por doquier, en el segundo caso con una fuga dos o tres veces atrapada y renacida, protagonizada por Luis León Sánchez y Alessandro De Marchi. También ha sido digno de elogio el ahínco de Giulio Ciccone y Fausto Masnada y otros Androni por conseguir el triunfo. O la regularidad de Mikel Nieve, que termina el Giro como el mejor Mitchelton, no habiendo bajado del 25º puesto en ninguna de las grandes vueltas en las que ha tomado la salida.

Froome consigue así su tercera gran vuelta "d'affilée", con su mejor prestación de un día de toda su carrera deportiva. Sin embargo, he escogido como título de esta entrada el de una película (mala) de los hermanos Coen, aunque ligeramente modificado, porque me parece el mejor resumen de la carrera: Froome no debería haber estado de la partida en Jerusalén.  La inacción de la UCI le permitió tomar la salida. RCS está contenta, Netanyahu está contento y el pirata Brailsford por supuesto que lo está. Su escapada de 80 km. se emparenta con la mitología más excelsa del ciclismo, pero dado el limbo en el que se encuentra Froome debido a un positivo no sancionado, su victoria sólo contribuye a que aumenten las negros nubarrones que se ciernen sobre el ciclismo. Su victoria ha sido bella pero también dolorosa como una bofetada. En realidad, el aficionado al ciclismo tiene más paciencia que Job.

(via @javigoros61)

lunes, 24 de julio de 2017

DEFINIENDO LO ANODINO

Todos los julios pasa lo mismo, mucho ruido y pocas nueces. La expectación es enorme, pensamos que este año sí, este año va a saltar todo por los aires, este año vamos a volver a enamorarnos del Tour como cuando éramos chavales, y luego llegan las amargas decepciones. Si el Tour de 2016 era difícil de superar, éste lo ha conseguido con creces. Aquel fue un Tour nefasto, a la altura de 2002 o 2004. Aún así, ya se sabe que el paso del tiempo todo lo edulcora y lo nefasto se tiende a olvidar. De 2016 quedará el extraño descenso de Froome del Peyresourde, el abanico montado por Sagan, Froome, Bodnar y Thomas, y cómo no, el esperpento del Ventoux. Pero, ¿qué hay de este año? ¿Ha habido algo "memorable" que no tenga que ver con caídas o expulsiones inmerecidas? En serio, no sé qué recordaré de este Tour, uno de los más anodinos que recuerdo.  

Propongo un pequeño vocabulario, para así acordarme de algo sobre el Tour de 2017 cada vez que me de por releer esta entrada. De esta manera, también el lector puede escoger libremente en qué centrarse, si en la A de "ausencia de ataques", en la L de "Landismo" o en la O de "omertà". Porque repito, ha sido un Tour para olvidar. 

A: Ataques, ausencia de

Este Tour, como el Giro de este mismo año, se ha caracterizado por la igualdad, por mantener a los primeros clasificados con diferencias mínimas hasta el último día. Algunos lo llaman "emoción", otros preferimos decir que realmente no hay diferencias porque no pasa nada. Pero la diferencia notable entre el Giro y el Tour es que en la corsa rosa había una contrarreloj digna, anterior al núcleo más importante de etapas de montaña, mientras que en el Tour no. En un caso los escaladores se vieron forzados a inventar algo (tampoco mucho), mientras que en el caso que nos ocupa no. En el Tour sólo ha habido una primera crono de 14 km. y otra final de 22 km. Una birria si se compara con la apabullante cantidad de contrarreloj que se estilaba hasta hace bien poco en julio.

Todo ello ha determinado etapas de montaña en las que ha predominado la vigilancia e ir a rueda. Sky marcando un ritmo infernal de la mano de Kwiatkowski y todos los demás esperando su oportunidad una vez pasada la pancarta del último km. La etapa pirenaica fue vergonzosa en ese sentido: una etapa de tres puertos convertida en una etapa de final en el murito de Peyragudes. Ahí hubiese ganado Purito. 

B: Bardet, Romain

Romain Bardet vuelve al podio, en este caso al tercer escalón, y de milagro. El francés subalimentado ha ido de más a menos, siendo quizá el momento más recordado de todo su Tour la pésima contrarreloj de Marsella. La organización le había preparado un recorrido a medida, con finales en descenso, etapas de montaña cortas o sin excesivos puertos, muritos y poca crono. Todo ello ha contribuido a que este nuevo "hombre-Tour" estuviese en la pelea de forma irreal en todo momento, a pocos segundos de Froome. Luego la contrarreloj lo ha puesto en su sitio. El pobre no podía ni mantenerse de pie en la subida de Notre-Dame de la Garde, y sólo ha podido conservar el podio por haber esprintado al límite de sus fuerzas en los últimos metros (cosa que no hizo su rival para el tercer puesto, Mikel Landa). En fin, el corredor francés parece haber alcanzado su tope. Habría que verle en un Tour de los de antaño, con cronos larguísimas, con largas rectas abiertas al viento, y etapas con un auténtico encadenado de puertos.


C: Contador, Alberto

La prensa patria había comprado una vez más la teoría de un Contador al asalto de París, pero la dura realidad ha vuelto a colocar al pinteño y a las soflamas "marca España" en su sitio. Algo que se auguraba después del positivo de André Cardoso, sin duda un toque de atención previo al equipo, un "no os paséis". Sin embargo, Contador ha sacado esa variante suya, cada vez más habitual, de ataques suicidas y lejanos de meta que, si bien no llegan a nada, ponen bastante interés a la carrera.

Contador dice que no volverá al Tour y es evidente que no está para ganarlo. Desde 2011 alterna años de ataques suicidas con otros de abandonos por caída. Pero al menos ha sido la nota discordante en un Tour marcado por la monotonía y el tran-tran. Él fue el que armó la marimorena en la etapa de Foix, llevándose consigo a Landa, y más tarde a Barguil y Quintana. También lo intentó en la etapa de Serre Chevalier, donde se le atragantó el Galibier, para el que "necesitó" todo un "ventolinazo" (ver V: ventolinazo).  E hizo una contrarreloj en Marsella muy notable que le ha permitido asentarse en el top-ten. Algo escaso para alguien que atesora siete grandes vueltas.  

D: De Gendt, Thomas

¿Qué sería de una carrera sin Thomas De Gendt? Es más, ¿qué sería del ciclismo sin este tipo de corredores en vías de extinción, ciclistas que prefieren que les de el aire a ir agazapados y protegidos en la panza del pelotón? De Gendt ha puesto la salsa a muchas etapas intrascendentes. Ha convertido lo anodino en memorable. Y sin embargo no se ha llevado una etapa. Ni siquiera la combatividad. Delgado, ese suplicio de comentarista no preparado, ha dicho constantemente, con un tono de burla nada disimulado, que De Gendt corre sin cabeza y gasta muchas fuerzas innecesariamente. En la escapada de la etapa de Peyragudes, De Andrés no ocultaba sus simpatías por el anciano tueizado Cummings, un auténtico filibustero de la bicicleta.

Pero más allá de estas pequeñas mezquindades, De Gendt nos ha alegrado la vista con infinidad de escapadas condenadas al fracaso, machacando los pedales, con una entrega sin par en las etapas de la primera semana para su sprinter Greipel. En definitiva, un corredor que ataca y marcha en solitario debe ser siempre elogiable. Así que también  es justo acordarse de otros protagonistas de escapadas, como Offredo, Backaert, Van Keirsbulck, Gesbert, Perichon, Bodnar, y ya en los últimos días, Pauwels, Mollema, Boasson Hagen, Matthews y Chavanel.



E: Expulsión

En la llegada de la cuarta etapa en Vittel tuvo lugar uno de los momentos más bajos de este Tour, en general por los suelos: la inmerecida expulsión de Peter Sagan por lanzar supuestamente un codazo a Cavendish. Twitter echaba humo esa tarde con opiniones para todos los colores: que si Cavendish se metió  donde no debía, que si Sagan lanzó el codo, que el codo simplemente lo movió para no caerse...En fin, mi impresión es que Cavendish ya estaba cayendo antes de que Sagan sacase el codo, que realmente el codo no llegó a impactar en Cavendish y que la expulsión de carrera me pareció una decisión totalmente desproporcionada, pues el gesto de Sagan no ocultaba una intención violenta. No hubiese visto mal una descalificación en la etapa, pero nada más. Pero claro, el marrullero de Man sacó a relucir todo su arsenal victimista. El mismo que oculta cuando se ha comportado repetidamente como un psicópata de los sprints. Y la organización dijo "sí, bwana, el eslovaco fuera", demostrando cuál es el país que corta el bacalao en este nuevo ciclismo. El mismo (con el mismo personaje) al que no retiran una medalla olímpica después de derribar a conciencia a un pistard coreano.



F: Froome, Chris

Lejos quedan los años en los que Bilharzio/la Mantis arrasaba en montaña. Esos años en los que él y Brailsford jugaban a ser una repetición de Armstrong y Bruyneel, pero "en limpio". Años de demostraciones demenciales en el Ventoux y Pierre-de-Saint-Martin. Años raros. Después llegaron las filtraciones de datos, las comparativas con vídeos de youtube, los TUEs... Y desde entonces se ha visto una versión de Froome que para mi gusto es mucho mejor. Un corredor que, a pesar de su aparente torpeza, es inteligente y hábil, que está atento en los descensos y en las llegadas al sprint complicadas. Un corredor que se ampara en un potente equipo pero que sabe en determinados momentos dar la cara, como en Rodez. Un corredor que sólo ha atacado una vez (un ataque de chichinabo) para pasar solo por la Casse Déserte. Un corredor que no falla en las cronos. Pues así ha sido, Froome ha ganado en la crono, y estoy seguro de que si le hubiesen puesto todavía menos crono, hubiese ganado igual. Y si le hubiesen puesto más, sin duda su dominio hubiese sido más palpable.



G: Galibier

En este Tour solamente ha habido cuatro puertos y finales en alto por encima de los 2000 metros, uno de ellos el mítico Galibier. Se esperaba mucho de esta etapa, con meta en Serre Chevalier, pero finalmente pasó bien poco. Sólo el advenimiento de un nuevo corredor excepcional, que tampoco es nuevo pero que sorprende a cada día: Primoz Roglic. A este ex-saltador de esquí se le conocía como excelente contrarrelojista después del Giro de 2016, reconvertido en ganador de vueltas de una semana en Algarve. Pero pocos esperaban esta reconversión suya en escalador adaptado a la altitud extrema, subiendo a ritmo, sin descomponer las formas, deslizándose en el descenso como por un trampolín de vuelo con esquíes. Sin embargo, no todos son flores, pues esta prestación excepcional hay que ponerla en relación con el abandono en la etapa anterior de su compañero de equipo George Bennett, justo después de la etapa de descanso.


H: Hors délais (fuera de control)

Arnaud Démare ha ganado por fin una etapa en el Tour de Francia. El país galo respiró aliviado. Madiot también. Sin embargo, al joven francés las subidas se le atragantan. En la octava etapa, con final en la Station des Rousses, ya se las vio canutas para entrar dentro del tiempo. Incluso en algún momento pudo parecer que recibió alguna ayudita para poder hacerlo, pues en la última subida redujo las diferencias de forma muy notable. Al día siguiente ya no pudo hacer nada y se marchó para casa nada menos que con tres compañeros más, Konovalovas, Delage y Guarnieri. Una decisión extraña, pues o estaban todos enfermos o se decidió, de forma muy desafortunada por parte de Madiot, llevar el servilismo del gregario al extremo. El resultado final fue un FDJ en cuadro, del que han acabado la carrera solo tres corredores.

I: Izoard

El mítico Izoard, por primera vez como final de etapa, era la última oportunidad para los escaladores. Infinidad de veces se escuchó (lo repitieron hasta la saciedad) que en la Casse Déserte los campeones coronan en solitario. Pero más allá de viejas retóricas, se sabía que el nuevo ciclismo sólo iba a ser capaz de ofrecer ataques después de la ligera bajada posterior a la Casse Déserte, en los últimos dos kilómetros.

Kwiatkowski marcó un ritmo infernal durante toda la subida y cuando dejó de tirar paró en seco (el polaco da miedo con esas cosas tan suyas). Por delante marchaba una escapada de cincuenta tíos, ya desgranada. Entonces saltó Barguil, que pudo remontar a Atapuma, el último superviviente de la fuga, y hacerse con un triunfo espectacular. Landa, en libertad condicional, atacó para hacerse con la tercera plaza. Por fin volaba libre, aunque atado por los pies como una cometa guiada por Froome y el coche del equipo. Sin embargo fue cazado por el grupo de Bardet, Urán y Froome. De este modo, el landismo no llegó al orgasmo.

K: Kittel, Marcel

Si el año pasado el tirano de los sprints fue el Cabezón, este año, sacado de carrera por el incidente de Vittel, ha sido Kittel. Cinco triunfos se ha llevado, a cada cual más fácil para el gigantón alemán, que no ha necesitado ni siquiera los lanzamientos de Sabatini. Para vecer simplemente le ha bastado salir de la nada en los últimos metros para remontar a todos con dos o tres zapatazos finales, con una facilidad insultante. Para ello había sido necesario previamente controlar las escapadas, consintiendo sólo aquellas más fáciles de reprimir llegado el momento (ver: Omertà). La única llegada ajustada (ajustadísima más bien) la tuvo con Boasson Hagen en Nuits-Saint-Georges.



La conquista del maillot verde ha sido otro cantar. Para eso hay que pasar la montaña y hacer frente a moscas-cojoneras como Matthews. El australiano no le ha dejado respirar en las etapas más complicadas, colándose en todas las fugas. Asfixiado, completamente desfondado por un Matthews agresivo, y mermado finalmente por una caída (provocada lo más seguro por el estado de cansancio en el que se encontraba), tuvo que retirarse, con cinco etapas pero sin la guinda del maillot verde.  


L: Landismo

Si por algo será recordado este Tour anodino será por el hype improvisado en torno a Landa, con el hashtag #MikelLandaAskatu o el rap del gran Bemancio. Un hype desmedido, motivado sin duda alguna por el deseo de muchos aficionados de trascender el aburrimiento de la primeras dos semanas, al que contribuyó la soltura del alavés en las subidas, su estilo de escalador a la antigua usanza y el posible morbo de un conflicto en el seno del equipo sky.

Landa fue el primero que lanzó la piedra. En la corta etapa de Foix se marchó junto a Contador con la intención de poner patas arriba la clasificación general. A ellos se unieron Barguil y Quintana, en un bonito día de ciclismo. Sin embargo hay que tener en cuenta que Landa lanzó el ataque con las espaldas cubiertas (siendo él mismo parte del grupo dominador) y en situación de libertad vigilada. Cuando la cosa se puso fea, sky se puso a tirar por detrás, por miedo a que un Quintana todavía no rematado volviese a escalar puestos en la clasificación. Pero la posibilidad de un conflicto de intereses entre un Froome "menor" y un Landa aparentemente pletórico estaba ya en el aire.

Las descafeinadas etapas de los Alpes se vivieron con mucha expectación y algo de rabia en su desarrollo. El ataque de Landa no llegaba. El forofo y obtuso Josu Garai se empezaba a poner impaciente. En el Izoard finalmente voló libre, todo lo libre que se puede volar dentro del equipo del líder. Sin embargo, su ataque no fue el ataque demoledor esperado por la afición. Su cara de placidez habitual mostraba signos de cansancio, siendo atrapado con relativa rapidez por Urán, Bardet y Froome.

Pero el destino le tenía reservada al provocativo vasco una trampa más en la crono de Marsella. Si bien puede considerarse su crono muy digna, a la altura de la primera del Giro de 2016, no contaba con el descalabro de Bardet. Si hubiese esprintado un poco más en meta, si hubiese tomado el descenso de Notre-Dame de la Garde con más entusiasmo y no con esa apariencia de no esforzarse, hoy no estaría fuera del tercer cajón por un segundo tan sólo. 




M: Matthews, Michael

La expulsión de Sagan del Tour dejaba huérfano al maillot verde, a merced del muchachote alemán y sus cinco triunfos de etapa. Sin embargo iba a aparecer Matthews para derribar en una lenta campaña de desgaste las defensas alemanas, en uno de los episodios más interesantes de la segunda semana. Matthews siempre ha demostrado ser un corredor rapidillo, hábil en todos los terrenos y sobre todo despierto; sin duda el mejor continuador de Sagan.

Después de la victoria en Rodez, nada menos que frente al intratable Van Avermaet, llegó la etapa de Romans-sur-Isère en la que Sunweb, con Ten Dam a la cabeza, aprovechó la debilidad de Kittel para dejarlo distanciado durante toda la etapa. Para rematar la faena de su equipo, Matthews se hizo con la victoria, no sin antes cerrar un tanto a Degenkolb. En el día siguiente se coló en la escapada camino de Serre Chevalier para hacerse con los puntos y comerle la moral al alemán. La retirada al día siguiente de Kittel, motivada por una caída provocada por el agotamiento, dejó vía libre para que el australiano se hiciese con el maillot verde.


N: Notre-Dame de la Garde

La empinada subida hasta la iglesia neobizantina de Notre-Dame de la Garde ha sido uno de los puntos más interesantes de la carrera. La imagen de un Bardet exhausto, incapaz de mantenerse en pie sobre los pedales, ha sido a mi entender uno de los momentos más "memorables" de este Tour tan poco dado a imágenes a recordar. En ella no sólo perdió la segunda plaza frente a Urán, algo más que previsible, sino que estuvo a punto de sucumbir frente a Landa. Sin embargo, el vitoriano comenzó la bajada con bastante tranquilidad, como si la cosa no fuese con él, mientras que el francés, con más panache, se lanzaba con las últimas reservas a defender lo que parecía una derrota inminente.



O: Omertà

Se lleva diciendo un tiempo que Stefan Küng es el heredero natural de Cancellara. Quizá lo sea como rodador, pero hay algo que los separa irremediablemente: si Cancellara era uno de los principales capi mafiosi del pelotón, quizá el capo di tutti i capi, muy dado a parar o acelerar la marcha del pelotón según su propio interés, Küng es uno de esos bobalicones que se pliega sin rechistar a los imperativos de la omertà. Según las palabras de Arribas (siempre a poner entre paréntesis su fiabilidad), el bueno de Küng aceptó de buen grado que se le impidiese atacar, al considerársele demasiado bueno para hacerlo. Eso es la omertà, que no solo obliga a callar sobre determinadas cosas, sino que impone también leyes severas a los que se mueven sin el consentimiento de los que cortan el bacalao.

¿Quiénes son estos? Pues en la primera semana fueron los Quick Step (Vermote, Gilbert, Bauer y demás), acompañados en función de mamporreros por Lotto - Soudal y Katusha. Todos ellos actuando bajo la mirada vigilante de los Sky, los auténticos capi. Sin Stannard pero con Rowe en plan gorila de discoteca.  ¿Quién tenía permiso de atacar? Los invitados a la fiesta, claro está, las cenicientas, Fortuneo y Wanty. Los demás no. De este modo se vio el espectáculo bochornoso de escapadas que se formaban nada más se daba el banderazo de salida, sin apenas oposición. Los demás sabían cuál era su sitio. Ver, oír y callar. Sólo Bodnar, quizá en un alegato silencioso en favor de su líder expulsado, rompió la monotonía, con una ataque casi victorioso. Al menos, el voluntarioso polaco se llevó el triunfo de su vida en la crono de Marsella.


P: Porte

El desafortunado australiano se presentaba al Tour en el que parecía el estado de forma de su vida. En la Dauphiné se había subido a las barbas de su antiguo líder Froome, sin llevarse aún así la victoria final por una de esas conjunciones de decisiones desafortunadas, despistes y desgracias tan habituales en su trayectoria. El buen resultado en la crono de Düsseldorf auguraba un duelo entre Froome y Porte, pero la trayectoria del tasmano en este Tour no duró mucho más. Tuvo su final en el revirado descenso del Mont du Chat, en una durísima caída que puso los pelos de punta a los espectadores.

Sin duda las caídas en esa etapa determinaron la carrera. En el descenso del Col de la Biche, más difícil que el Mont du Chat, se fueron al suelo Thomas y Majka, en buena forma ambos. Estos abandonos se unieron a los de Valverde y Ion Izagirre en la crono de Düsseldorf. La primera semana dejaba su habitual dosis de bajas, sin haberse producido las consabidas montoneras.

Q: Quintana

Para el colombiano y sus forofos la temporada estaba marcada por el reto del doblete Giro-Tour. Lo que se presumía un paseo triunfal por Italia se convirtió en un suplicio en el que el colombiano tuvo que dar el máximo, además de sufrir la humillación de perder la maglia rosa el último día. El Tour se preveía su desquite, cuando ha sido en realidad su descalabro total. El de él y el de su equipo, que ha rendido en un tono bajísimo muy impropio de los monjes. La caída de Valverde, un Valverde que podría haber estado perfectamente peleando por la general, dejaba al equipo navarro un tanto desamparado sin su habitual bicefalia. El rendimiento comenzó a partir de ese momento a ser decepcionante. Nadie ha andando en Movistar, ni Castroviejo, ni Herrada, ni Amador, ni mucho menos Quintana. Todos han sido sombras. Luego se dirá que el colombiano estaba enfermo, cuando es bien patente que nadie ha andado en Movistar, por extrañas razones. 

R: Rodez

Rodez, o cómo una etapa con un último kilómetro en repecho es capaz de crear más diferencias que los Pirineos, ese podría ser el subtítulo de esta entrada.  Por primera vez en el reinado de Sky, iniciado en 2012, habían perdido el liderato en Peyragudes. En una jugada del destino, Froome había perdido unos segunditos que le alejaban del amarillo en el mismo lugar en el que en 2012 había humillado a su líder Wiggins.

Sin embargo en Rodez, una llegada que ya marcó en 2015 el inicio del nuevo Van Avermaet, Froome iba a recuperar lo perdido. Poco antes del último kilómetro se vio al líder Aru muy retrasado, aislado y con mala cara (esa sonrisa torcida que se le pone cuando va cascado). Froome, guiado por Kwiatkowski, se colocó en la parte delantera en el momento en que el pelotón se partió en pedazos. Urán y Bardet, bastante atentos, entraron con él. No así Quintana, Landa y Contador, que se dejaron unos valiosos segundos. Y sobre todo Aru, que perdía en una etapa aparentemente intrascendente el liderato en favor de Froome, que ya no lo iba a ceder más.



S: Sky

¿Qué decir de la máquina asfaltadora? Este año han ido de blanco, por aquello de acojonar menos, pero su dominio ha seguido siendo el mismo. Está claro que Brailsford deja un año en maceración sus nuevos fichajes, que al segundo año rinden mejor que vinos viejos. Así ha sido con Kwiatkowski, así ha sido con Landa...pero incluso así fue con Wiggins. Este año no han necesitado a Poels, ni siquiera a Thomas, accidentado en la primera semana. Con Kwiatkowski se han bastado y sobrado.

El polaco ha rendido hasta la extenuación, subiendo, bajando, llaneando, en un rol parecido al de Thomas en 2015 y Poels en 2016. Pero por si faltara poco, Sky ha contado con Landa como electrón libre, sin necesidad de sacrificarse, sino más bien con la posibilidad de aprovecharse de la situación propiciada por un dominio aplastante, sin contestación posible.

Salvo el breve intervalo de Aru, han llevado el maillot amarillo todos los días. Han decidido quién se escapaba y quién no. Se han llevado la clasificación por equipos. Casi cuelan a un segundo corredor en el podio. Bien es cierto que Froome ya no revienta todo en la primera etapa de montaña, a lo Armstrong, porque eso huele muy mal. Pero la tiranía continua.

T: Tail wind

La ascensión más rápida de la historia al Izoard, como bien recoge Mihai Cazacu. Un récord rebajado en dos minutos, nada menos. Está claro que los récords de subidas deben interpretarse en su contexto, no como datos aislados: el viento, la dureza previa de la etapa, la competitividad de ese día, el orden en el que se encuentra el puerto en la etapa, el orden en el que se encuentra la etapa dentro de la gran vuelta, son todas ellas variables a considerar. Pero dos minutos son muchos minutos. Bien es cierto que nunca el Izoard se ha disputado como final de etapa, con lo cual es lógico que haya más ataques para ganar la etapa o al menos más interés en subir rápido. Sin embargo, su disposición al final de etapa también contribuye a que se suba con más cansancio acumulado.

¿Cuál es la razón que hay detrás de este espeluznante récord? Küng se lo comentó al propio Mihai Cazacu: tail wind. Ese viento de cola que lleva soplando todo el año y que ha propiciado la subida espectacular al Poggio o el récord de velocidad en la París-Roubaix. El maldito tail wind...

U: Urán

Que levante la mano el primero que se esperaba este resultado de Urán. Tras dos temporadas de ausencia en la lucha por las generales, nadie esperaba nada del colombiano, que finalmente se ha hecho con la segunda plaza demostrando mucha fuerza y concentración pero no atacando jamás. Se ha limitado a seguir los dictados del chuparruedismo, que Meintjes y Simon Yates han llevado a su máxima expresión.

El colombiano es un corredor que en general me gusta, pues es todoterreno, se defiende en pruebas de un día, brilla en muchos terrenos. En este Tour ha seguido una táctica muy conservadora, que le ha reportado el fruto del podio, a lo máximo que aspiraba. Se ha llevado además la dura y accidentada etapa de Chambery, con un sprint "a piñón fijo" contra Barguil. Ha estado atento siempre a la rueda de Froome, en Rodez, en el Izoard. Pero su presencia en el podio es la confirmación de que, si bien las diferencias han sido exiguas, Froome no se ha visto prácticamente intimidado en ningún momento.  

V: Ventolinazo

Las imágenes no engañan y parte de la épica de los ataques de Contador se ha construido a base de inhalaciones. Al menos eso se vio en el Galibier, en el que el madrileño recurrió a no sólo una, sino a dos inhalaciones ante las cámaras, pensando que Pauwels, que comandaba el grupo, se interponía entre la cámara y él, ocultando de este modo ese secreto truquillo de última hora. Un ventolinazo en toda regla, para el que Contador seguro que tiene su consabido TUE, y que sin embargo no le permitió seguir el ritmo de Roglic hacia la cima del Galibier.

W: Warren

Otro ciclista recuperado, como en parte Urán, es Warren Barguil, el tercer francés de la generación de 1990 (al segundo, Pinot, sólo se le ha visto en la cola, en un rendimiento todavía peor que el de Quintana). Barguil, con su voz atiplada y sus piernas finas, se ha convertido en el nuevo Virenque de la afición. Un típico corredor mimado por la afición, capaz de levantarse de las derrotas amargas y llevarse dos triunfos, uno de ellos en el mítico Izoard.

En Chambery, la etapa "italiana" preparada por la organización, Barguil fue en todo momento delante, siendo alcanzado por el grupo de favoritos. Después de recuperar fuerzas, Barguil lanzó el sprint, creyendo haber rebasado a Urán, que le ganó por nada. Se desquitó de esta pequeña humillación en la etapa de Foix, marchándose en un cuarteto de lujo con Contador, Quintana y Landa, a los que batió sin mucho esfuerzo al sprint. Finalmente dejó a sus rivales boquiabiertos con su ascensión al Izoard.  Estas han sido sus demostraciones. Lo que me cuesta más de entender es que le hayan otorgado el premio de la combatividad en detrimento de De Gendt. Ahí ha primado la nacionalidad.



Z: Zubeldia e Irizar.

Con su mala sombra habitual, Delgado y De Andrés se divierten mucho el último día nombrado a aquellos ciclistas "que no han venido", los que no han aparecido en todo el Tour por ir agazapados en el pelotón, o simplemente por ir con lo justo. Nombraron muchos, de variados países, excepto, claro está, a Zubeldia e Irizar, enrolados en el equipo Trek de Contador.

De todas formas, Contador no podrá esta vez quejarse de equipo, pues ha contado con un buen grupo de corredores que le han ayudado en todo momento: Mollema, Pantano, Gogl e incluso Degenkolb. No así André Cardoso, que se quedó en casa por un arcaico positivo por EPO.  Además, no ha tenido la incordiante presencia de un jefe como Oleg Tinkoff, con sus particulares meadas fuera de tiesto.

Sin embargo, ha contado con dos rémoras, no una sino dos, un poco para recordar la presencia de su añorado Jesús Hernández: Markel Irizar y Haimar Zubeldia. El encuentro entre Zubeldia y Contador era de los esperados. Volvían a verse las caras desde aquel Astana de 2009, en el que el guipuzcoano optó por Armstrong. Ha vuelto a hacer lo mismo que en toda su larguísima trayectoria ciclista: luchar por su posición individual, aunque sea la trigésimo octava. En realidad se le puede perdonar,  está muy mayor para cambiar a estas alturas. Por su parte, a Irizar tampoco se le ha visto. Pero como es muy simpático no entra en la lista de Delgado y De Andrés.

martes, 13 de septiembre de 2016

QUINTANA Y FROOME HACEN GRANDE UNA VUELTA PEQUEÑA

Ha terminado la Vuelta y con ella las carreras de tres semanas del año, y si bien la calidad media del ciclismo visto en las carreteras peninsulares ha sido bajo, la competitividad mostrada por los dos mejores corredores de grandes vueltas de la actualidad ha deparado algunos momentos brillantes. 

Aún así, este intenso duelo no nos ha librado de ciertos momentos vergonzosos. A un recorrido francamente mejorable, plagado de rampones imposibles, se le ha unido este año la total ausencia de sprinters de relieve, sin muchos corredores caza-etapas que equilibrasen el nivel. Los grandes velocistas han decidido reservarse de cara al mundial de Qatar, optando por un calendario alternativo y pasando de una Vuelta con fama de insegura (como pudo comprobar en carne propia Sagan el año pasado o Kruijswijk en éste).  De esta manera muchos equipos presentaron en Ourense su "versión Z" y otros lo hicieron como si viniesen de vacaciones, cosa que explica el paseo monumental de Urdax y la vergonzosa actitud del "autobús" camino de Formigal. 

La sucesión de cuestas de cabras no ha aportado nada, siendo la Camperona la única que ha supuesto alguna diferencia entre los grandes de la general. Las cuestas gallegas fueron de fogueo y el cacareado Mas de la Costa, que tenía más de atentado ecológico que de cima-mito, no hizo diferencia alguna entre los cuatro primeros. Sin Purito estos hitos del ciclismo pancartero han perdido su dominador y animador natural, si es que puede considerarse espectáculo ver a los corredores dando chepazos para superar unos porcentajes imposibles en los que no hay velocidad ni posibilidades de ataque. Sin embargo, el cuestacabrismo no está muerto. El ciclismo agradecerá la retirada del corredor catalán, aunque mayor desgracia sería su permanencia en el "mundillo" (imagínenselo de diseñador de recorridos, una vez más). 

En cambio sí puede hablarse de algunos aciertos, aún a pesar de la organización. La recuperación de la etapa del Naranco estuvo muy bien, con una fuga de gente importante que anduvo a palos todo el rato,  aunque la resolución dejase alguna que otra duda en el ambiente. También en Asturias, la etapa de los Lagos volvió a recuperar su prestigio perdido, sin duda gracias a la buena actuación de Quintana y a la extraña táctica de Froome, que decidió guiarse por el potenciómetro en vez de seguir a sus rivales directos y se marcó una remontada como aquella de Pantani en Oropa. Aún así, siguiendo la estela de los Zintchenko, Barredo y Piedra, Omar Fraile realizó una ascensión por encima de sus posibilidades naturales. 

En los Lagos, los líderes dan caza a los escapados. La posibilidad de un nuevo Piedra abortada. 

Después del fraude de Urdax, las dos etapas de montaña (Aubisque y Aitana) tuvieron un desarrollo notable gracias a la táctica de Orica, que decidió atacar de lejos mandando gente por delante, algo que hacía al menos una década que no se veía. Sin embargo, apenas hubo diferencias entre Quintana y Froome en ambas etapas: en la primera porque Quintana no pudo despegarse de Froome, que esta vez hizo de sombra del colombiano, y en la segunda porque estaba todo decidido, y fue el anglokeniata el que no pudo distanciar a Quintana en una subida sin la dureza necesaria para marcar diferencias. La primera contó con la victoria de Gesink frente a Elissonde y Silin; la segunda estuvo animada por las locuras de Elissonde y supuso la confirmación de Latour, un prometedor escalador que renuncia a las cadencias infernales y prefiere la tradicional "tranca" . 

El precioso y deforestado col de Inharpu.


Fue en la corta etapa de Formigal en la que acabó decidiéndose una Vuelta que por el momento comandaba Quintana, pero que presumiblemente iba a perder en la crono de Calpe. A una salida nerviosa, con repechos no puntuables, se unió el empeño de Brambilla y Contador, y el buen olfato de Quintana y los suyos. Sin parecer sobre el papel una etapa determinante y sin serlo claramente por recorrido y kilometraje, acabó siéndolo debido principalmente al blancazo (término acuñado y popularizado por ciclismo2005) generalizado del equipo Sky. Más que una cabalgada épica de Contador, la etapa de Formigal fue un duelo entre Movistar y Sky para dilucidar cuál es el equipo más preparado a nivel médico del pelotón. Sin embargo, dudo mucho que los Movistar hubiesen iniciado el movimiento de no haberlo hecho de forma suicida Contador. El madrileño comenzó la Vuelta cayéndose, despotricando a continuación sobre la necesidad de tomar tiempos a falta de tres kilómetros en aquellas etapas que no son de su conveniencia, y demostrando finalmente que cuando calla y actúa es mejor ciclista que con un micrófono delante. Camino de Formigal exprimió a Rovny y Trofimov hasta la extenuación, obligando al primero a entrar al relevo aún a pesar de haber hecho mención de descolgarse completamente fundido, y dio relevos como el que más. Pero también los dio Quintana, y sobre todo sus gregarios Rubén Fernández y Jonathan Castroviejo. El excepcional rodador vasco fue uno de los grandes protagonistas del día y su labor fue decisiva para la victoria de su líder.

Froome no sólo corre, también aplaude


Mientras tanto detrás, Froome perdía la Vuelta sin encontrar colaboración alguna, totalmente solo y desamparado. Los Orica se inhibieron, mientras el resto de Sky pasaban a engrosar un furgón de cola que fue creciendo paulatinamente y que acabó entrando a 54 minutos de Brambilla. Totalmente de paseo, lanzaron un órdago mafioso a la organización, a ver quien tenía "más huevos", si el organizador de excluirlos o ellos de tomarse el día de reposo. Como era de suponer, la bajada de pantalones de Guillén fue proverbial y digna de ser recordada. 

Así pues, la etapa de Formigal contuvo al mismo tiempo lo mejor y lo peor de la Vuelta. Fue decisiva y confirmó prácticamente la victoria de Nairo Quintana y supuso al mismo tiempo una demostración de poca profesionalidad por parte de 91 ciclistas que debieron ser expulsados. Entre ellos Adam Hansen, que de haber imperado las reglas del juego no podría hoy contar con su decimosexta vuelta de tres semanas acabada consecutivamente. Tampoco Magnus Cort Nielsen, Jean-Pierre Drucker y Pierre Latour deberían haber ganado etapa. El episodio ha sido sin duda de los más lamentables de los últimos tiempos, que dice bien poco de la profesionalidad de los ciclistas, que se comportaron como un clan mafioso o un grupo de estudiantes irresponsables que decide pelarse en masa un examen. 

Omertà

No creo que esta Vuelta sea demasiado recordada en los años venideros. Quintana y Froome han mantenido un duelo digno, brillante por momentos, pero no memorable. Ha primado la igualdad entre ambos, y sólo el desequilibrio de fuerzas de las escuadras ha decantado la balanza en favor del colombiano. En los duelos de tú a tú, sólo en la Camperona y los Lagos fue superior Quintana. En Formigal fue determinante el bajón inexplicable del equipo Sky, que salió aturdido o con un mal carburante corriendo por las venas. En la crono, la mantis dictó su ley. En resumen, la victoria de Quintana fue merecida. Pudo consolidar su triunfo el único día que abandonó su actitud cautelosa y se lanzó a la ofensiva. 

De todas formas, no todo ha sido un diálogo Movisky. Orica y Tinkoff jugaron más a la ofensiva que las dos grandes formaciones. Los australianos se llevaron cuatro etapas, una de ellas con el exonerado Simon Yates, y un podium con el sonriente Chaves, que cada vez da más miedo. Sin embargo fueron Keukeleire, Gerrans y Howson los que hicieron el trabajo sucio, tirando entre llanos, para que la estrategia del "equipo del buen rollito" surtiese algo de efecto. 

Con lo todo lo dicho, quizá por desgracia permanecerán más en la memoria el duelo Cobo-Froome y las demostraciones metahumanas de Horner, el viejo que no se sentaba, que la reciente edición de la Vuelta.   

  

domingo, 24 de julio de 2016

OJALÁ SÓLO HAYA SIDO UN MAL SUEÑO

Es bien sabido para el fiel seguidor de la temporada ciclista que el mejor ciclismo no se ve en julio. De hecho, el Tour es más un "espectáculo deportivo" que una carrera ciclista, y a ese punto se llegó después de años de aceptación sumisa de la tiranía desvergonzada de Armstrong y su blue train de droga. Desde hace unos años, la tiranía del "equipo científico" ha vuelto a sumir al ciclismo en una era de las tinieblas que se manifiesta exteriormente como espectáculo cada vez más global, más mediático, más youtubizable, desterrando por completo de las carreteras todo lo que el aficionado auténtico espera encontrar en el ciclismo: ataques, movimientos tácticos, velocidad, ambición, etc. Lo que viene siendo lo propio de un deporte de competición. 

En la edición de este año todas esas características propias del ciclismo han brillado por su ausencia. Es más, ha habido motivos sobrados para el espanto. Así pues, una vez terminado el paseo final en París, es hora de pasar el escalpelo e iniciar la autopsia para detectar cuáles han sido los factores que han contribuido a que este Tour haya sido el peor en bastantes años. 

1. No hay batalla para formar la escapada. No es algo nuevo. Pareciera que las cartas están repartidas de antemano, y ya todo el mundo supiese su puesto en el pelotón. Este año el Tour empezaba con una etapa en línea, y apenas hubo lucha para entrar en una escapada que podía tener la recompensa de un maillot amarillo. Lejos por tanto de la interesante primera hora que pudimos ver este año en la París - Roubaix. En las etapas decisivas se ha llegado al extremo de consentir prácticamente todos los días la escapada, llegando todas ellas a meta salvo en la etapa de Saint-Gervais - Mont Blanc que venció Bardet. Precisamente el comienzo de esa etapa fue el colmo de la pasividad del pelotón, dando la impresión  de que alguien había repartido o quitado los permisos para poder atacar antes de la salida lanzada. Lo que tiene bastante relación con el siguiente punto. 

2. "La mafia del kilómetro menos 3". En el Giro de 2015  ya acostumbraba Contador de servirse de Bennati y Tosatto para merodear por la cabeza del pelotón para entrar "sin riesgos" en los últimos kilómetros, con lo cual no es algo nuevo. Sí que es nuevo que todos los equipos con ínfulas de general lo pretendan; y también es nuevo que estos equipos coaccionen y entorpezcan deliberadamente la acción de los equipos de los velocistas.
Bien es cierto que se ha pasado una primera semana sin apenas caídas - sólo la solitaria de Contador y la de Bennet y Morkov en un sprint -, pero fue lamentable la imagen de Burghardt y Bookwalter actuando de hampones con los corredores del Direct Energie. Con Cancellara siempre a punto para plantar el safety car mafioso, como ya hiciese en 2010 para interés de su equipo. Por no hablar de la pinta de esbirros o gorilas de discoteca, apartando a la oposición, de Stannard y Rowe. Además en este caso, entre risas. Permitiendo salir a quien ellos querían, o incluso empujando a aquellos indecisos. 
Durante la primera semana, los persuasivos aparatos de prensa de estos equipos anglosajones incluso hicieron circular la "gran idea" de no contabilizar los tiempos en los últimos tres kilómetros en todas las etapas llanas: es decir, convertir en norma lo que ya se vio en el pasado Giro, en Bibione y Turín, circuito mediante. En resumen, abogar por la tergiversación de la competición.


3. El resplandor cegador del sueño amarillo. A esa actitud mafiosa hay que añadir el conservadurismo generalizado de los equipos que se enfrentaban a los cyborgs de Sky. En especial, ha sido lamentable la materialización del cacareado "sueño amarillo" de Nairo Quintana, que se ha limitado a chupar rueda a Froome con descaro. Y cuando ya estaba lo suficientemente distanciado del anglokeniata, chupar rueda a Porte o aquel que pusiese en riesgo su puesto. La Sombra lo llamó acertadamente alguien en Twitter.   
Todo un equipo movilizado para un ataque decisivo que nunca llegaba, para el que siempre era "demasiado pronto", y que al final nadie ha visto por ningún lado. Luego llegó el momento de denunciar la fuerza de un viento que "ponía en riesgo la vida de los ciclistas" como excusa para ocultar la ineficacia del equipo ante un Froome que parecía reinventarse con ataques inverosímiles.
Para colmo, en el caos del Ventoux Quintana llegó a rodar un tiempo agarrado a una moto, según sus palabras para no perder el equilibrio. Lo que viene siendo un remolque en toda regla, y que merece al menos una sanción en tiempo. 
Finalmente, Quintana con todo su país a cuestas no lanzó su ataque decisivo de la última etapa. Se limitó a esperar, interiorizando a la perfección las lecciones magistrales de Unzúe, aquellas que sin Indurain no funcionan por ningún lado. Bueno, para algo sí sirven: para conseguir la clasificación por equipos.

La prueba del delito

4. Más allá de la ley del puestómetro: Adam Yates. Todo el mundo sabe que cuando un líder domina con solvencia la carrera, su equipo no necesita apenas trabajar en la última semana porque cualquier ataque de un hombre de la general es neutralizado por otro, en la típica lucha cainita del puestómetro. Es decir, a por el décimo sale el noveno, a por el noveno sale el octavo, a por el octavo el séptimo, y así sucesivamente. La ley del puestómetro. 
En este Tour se ha superado un límite. La ley del puestómetro se ha superado a sí misma. Después de perder la tercera plaza por segundos, el joven Adam Yates no sintió tentación alguna de disputar en la última etapa el puesto a Quintana, a pesar de que la última etapa terminaba en Morzine después de ascenderse el Joux Plane. A pesar de la lluvia. Ni intentarlo. Se conformó con ser cuarto, no quiso ni siquiera soñar con ser tercero, puesto que colma para muchos una carrera profesional entera. De hecho, en la última etapa, con un recorrido final que recordaba a lo mejor del Giro, nadie lo intentó: imperó la Mafia de la no-agresión. Sólo Kreuziger intimidó un poco al personal, y por ello Purito, ferviente seguidor de la ley del puestómetro, lanzó un ataque. También atacó Mollema, aunque por diferentes razones. Al menos fueron los únicos, los demás permanecieron contentos en sus puestos.

5. Los guardaespaldas del chico de oro. Mucho se ha hablado de la superioridad presupuestaria de Sky. Son ricos, por eso fichan a los mejores y controlan en exceso la carrera. Eso dicen. Ninguno de los periodistas que esgrimen esta mentira se ha parado a pensar quién era Stannard antes de fichar por Sky (un vulgar corredor del Landbouwkrediet), quién era Poels (un corredor prometedor en Vacansoleil, pero alejado del supergregario de esta edición del Tour) o incluso quién era Froome. Nos toman por imbéciles: no son los millones los que hicieron que un corredor que se quedaba en las subidas de autopista ganase el Tour en 2012, o los que convirtieron al keniata exótico de Barloworld en alguien diferente después de liberarse de su bicho bilharziano en 2011. No, no son los millones los que convierten a los guardaespaldas del chico de oro en intratables cyborgs.  Es otra cosa.

Wouter Poels, el segundo hombre más fuerte de la carrera.


6. El retorno del Cabezón de Man. Continuando con al dominio del Imperio, el Cabezón de Man ha vuelto por sus fueros. Macarra, marrullero, empleando tanto o más la cabeza que las piernas, ha vuelto el fullero por excelencia, brillante y polémico. Vuelve en año olímpico, pues piensa hacer pareja de baile con el Mod en Río, y por ello ha vuelto intratable. Pero como todo pequeño ratero ha dejado una huella de su crimen: en el campeonato británico perdió de manera humillante ante Adam Blythe, una semana antes del inicio del Tour. Nadie se explica esa brutal transformación: de estrella en declive a macho alfa de nuevo, en apenas siete días. Algo funciona mal en el ciclismo.

Al filo de la descalificación, pero con el beneplácito de los jueces. 


7. ASO, como pollo sin cabeza. Por último, toca hablar del bochorno del Ventoux, obra y gracia de Christian Prudhomme. Lo de aquel día fue un cúmulo de despropósitos en el que, como si se tratase de los delincuentes de Todos a la cárcel, cada uno aprovechó los momentos que brindó el espectáculo para perpetrar su delito. 
Todo comenzó con un viento huracanado, el viento que el día anterior había permitido a Froome tomar unos segundos al pelotón. La decisión fue categórica: el Ventoux sería capado, y se subiría tan solo al Chalet Reynard. Se eliminaron seis kilómetros, pero nadie pensó en que se acumularían en los quince precedentes todos los aficionados (entre ellos, los numerosos imbéciles) concentrados en los kilómetros eliminados. ¿Para qué vallar los dos últimos kilómetros?, pareció pensar Prudhomme, olvidando al parecer la cantidad de mentecatos que van a lucir disfraz y bandera y salir por la tele, ya que el Tour es gratis. 
Se juntó todo: ausencia de vallas, espectadores imbéciles y motos, muchas motos. De las que matan. Y se produjo de este modo el mayor estropicio de una organización en años, a lo que se sumó la carrera alocada de Froome, el agarrón disimulado de Quintana y la injusta decisión de los jueces, que no sólo benefició a Froome y Porte (que al menos se fueron al suelo), sino también a Valverde, Van Garderen y Quintana.

Porte, Mollema y Froome por los suelos. El caos del Ventoux.


Pero no todo ha sido malo, el Tour nos ha dejado también sus cosas buenas (aunque en menor número). Los habituales de las escapadas han sido más protagonistas que los líderes de la general: ahí están Pantano y sus descensos, De Gendt y sus cabalgadas, Zakarin y su victoria en Finhaut-Emosson, Dumoulin como impresionante rodador-escalador, incluso Rui Costa y Majka. También Bardet, el único que ha atacado. 
También hay que valorar el cambio de actitud de Mollema, que de defensor del puestómetro se ha convertido en un corredor digno de todo elogio al "morir matando" en el Joux Plante o al defender lo que le habían arrebatado los jueces en el Ventoux.
Y por supuesto Froome y Sagan. Si bien la Mantis se ha escudado al final en su equipo, hay que reconocer que se ha reinventado un poco en este Tour, con ataques bajando y en jornadas de viento. Pero fundamentalmente ha sido Sagan el gran protagonista de este Tour, con tres etapas, maillot verde, varios segundos puestos y participación activa en los movimientos tácticos de la etapa de Montpellier y la etapa de Morzine.

Las dos grandes figuras del Tour.


En fin, quedémonos con estos últimos detalles, los más esperanzadores, e intentemos borrar rápido de nuestra mente el suplicio que ha supuesto este "espectáculo deportivo global".