martes, 11 de abril de 2017

DE DIERICKX A MERCKX PASADA LA TREINTENA

La París - Roubaix del pasado domingo fue una edición rara. Disputada a una velocidad endiablada, no se consintió la habitual fuga inicial y a diferencia de otras ediciones, los grupos cabeceros se sucedieron sin cesar, con una diferencia que en ningún caso superó el minuto, formándose y descomponiéndose mediante ataques y contraataques incesantes. Descrita así parecería una carrera alocada y por tanto atractiva; sin embargo, a falta de 30 kilómetros todo estaba más que decidido. En el Carrefour de l'Arbre entraron seis corredores y estaba claro, con la absoluta certeza de las intuiciones, que la victoria iba a ser para uno de ellos: para el de siempre, para el incasable Greg Van Avermaet.

Nadie puede con Van Avermaet esta primavera.


Si bien la París - Roubaix fue casi siempre una carrera de eliminación, en este caso no se pudo decir en ningún momento que el que quedaba rezagado estaba por completo eliminado. El viento trasero era el que forzaba una y otra vez el reagrupamiento, impidiendo que sacasen diferencia los grupos delanteros. Los tramos adoquinados no separaron el grano de la paja. Salvo en los casos de Naesen y Sagan, la carrera afortunadamente apenas fue accidentada. El tiempo fue benigno, primaveral como nos tiene acostumbrados últimamente la carrera, de manera que el polvo volvió a ser el protagonista y los ciclistas pudieron aprovechar las cunetas, esquivando en muchos casos el adoquinado. Siempre acababa llegando alguien desde atrás y así sucedió con el ganador de la carrera, al que se dio por eliminado antes de Wallers Arenberg y gracias a una combinación de factores acabó entrando de nuevo en la terna de posibles ganadores.

Como sucediese ya el año pasado, los primeros kilómetros fueron un tiovivo de ataques, en el que ningún equipo parecía conforme, mientras los líderes (Sagan, Van Avermaet, Boonen...) marchaban cómodamente en la panza del grupo. Finalmente se conformó un trío, con Jelle Wallays, Mickael Delage y Yannick Martinez. Jelle Wallays se mantuvo en la punta, aunque con diferentes acompañantes; posteriormente fueron Stijn Vandenbergh y Sylvain Chavanel sus compañeros de fuga. Por detrás, en el tramo de Wallers, a 5 kilómetros del decisivo Forêt, Van Avermaet tenía un problema mecánico y quedaba cortado, sin equipiers. Su suerte parecía cantada.

Van Avermaet persiguiendo y comiendo polvo.


La brecha de Wallers Arenberg se pasó como si nada. Los botellines volaron, las banderolas eran agitadas por un viento fuerte, pero ningún equipo forzó excesivamente el ritmo para eliminar definitivamente a Van Avermaet. Logró contactar con el grupo gracias a la ayuda de los coches - con el consentimiento del coche de dirección de carrera - y gracias al empuje del Katusha de Kristoff, también rezagado.

Wallers Arenberg pareció un "paseo", en una Roubaix a 45 km/h


A falta de 76 kilómetros para meta tuvo lugar uno de los momentos decisivos: en un tramo de asfalto, Sagan lo intentaba acompañado de su fiel Bodnar, dando alcance a Jasper Stuyven y Daniel Oss que marchaban por delante con unos metros de ventaja. Parecía una jugada acertada, en la que por fin el equipo de Sagan actuaba como tal. Sin embargo, un pinchazo inoportuno devolvería al eslovaco a su dura realidad de maillot arcoiris maldito. Quedaban por delante Oss y Stuyven, dos excelentes rodadores que podían hacer camino, e incluso pensé ilusamente que podían llegar a meta.

Por detrás de la pareja delantera se formó un grupo con dos Quick Step, Boonen y Stybar, dos Cannondale, van Baarle y Langeveld, más Sagan, Degenkolb y Van Avermaet. Tampoco fue la selección definitiva. A falta de 40 kilómetros la pareja delantera era cazada y la carrera comenzaba de nuevo, da capo.


BMC movió bien sus piezas. Oss anduvo delante gran parte de la prueba. 

A falta de 35 kilómetros Oss volvía a moverse, con la intención de permitir a su jefe ir al abrigo. Tras él salieron Langeveld, Roelandts y posteriormente Stybar, con nada menos que Sagan a rueda. El eslovaco intentaba de nuevo desembarazarse de un grupo de favoritos demasiado pegajoso, tanto como la amalgama de polvo y sudor adherida a las pieles de todos los ciclistas. Cuando parecía que por fin había logrado distanciar a sus rivales, un nuevo pinchazo lo devolvió allí de donde había salido. Entonces la realización televisiva comenzó a embrollarse; los acontecimientos se sucedían y de pronto Van Avermaet, seguido de Moscon y Stuyven, daba caza al grupo intermedio de Langeveld, Roelandts y Stybar. Ahora sí que se había logrado la selección, después de múltiples cambios en la jerarquía de la carrera.

Menuda primavera...


Van Avermaet se mantuvo a rueda, mientras Stybar y los demás intentaban dar alcance a Oss. Una vez neutralizado el melenudo trentino, pasó a desempeñar la tarea de gregario. De esta manera, Van Avermaet supo hacer aquello que le ha hecho letal en los últimos tiempos: chupar rueda en los momentos oportunos. En el Carrefour de l'Arbre forzó el ritmo, desgajó a Roelandts primero, y a Moscon y Stuyven después, quedando en cabeza tan solo con Stybar y Langeveld al salir del último tramo de adoquín real. Estaba clara, clarísima, la resolución de la carrera. Solo quedaba esperar al aburrido y consabido desenlace.

Van Avermaet empezó entonces su show. Con la mandíbula desencajada no pidió relevos. Neutralizó el intento final de Stybar, mientras Langeveld, muy justo de fuerzas, parecía contento con estar ahí. Actuó con sangre fría en el velódromo, permitiendo la entrada in extremis de Moscon y Stuyven, y a pesar del portentoso sprint de Stybar, el suyo fue todavía mejor. Por detrás, a 12 segundos, entró un nutrido grupo encabezado por Démare y Greipel, este último muy activo durante toda la prueba; con Boonen y sin Sagan.

Imbatible, infalible, rodando como si no hubiera mañana después de más de 200 kilómetros en las piernas, controlando las acciones de los rivales con la clarividencia del que ha realizado un viaje al futuro y ya sabe de antemano los movimientos de sus competidores, Van Avermaet parece hacer conseguido la fórmula de la victoria. La que aúna fuerza y lucidez. La que permite actuar como un auténtico Eddy Merckx.

Comiendo la moral a los rivales.

¿Quién lo hubiese dicho de este corredor hace cuatro años? Van Avermaet siempre fue un buen corredor, de eso no hay duda. Ganó el campeonato de Bélgica sub-23 y obtuvo resultados desde su primer año como profesional. Sin embargo, nos tenía acostumbrados a innumerables puestos de honor, a que alguien se interpusiese en su camino hacia el triunfo. En 2014 Cancellara hizo lo que quiso de él en la Vuelta a Flandes. Antes había languidecido en el Omega Pharma - Lotto, en el año glorioso de Gilbert. No controlaba las carreras, se limitaba a esperar acontecimientos y siempre había alguien más rápido, más listo, más fuerte. Ahora ya no es así. Precisamente desde que fuese exonerado de un asunto turbio de dopaje relacionado con el doctor Mertens y las terapias de ozono en 2015, su ascenso ha sido imparable.

A finales de 2014, con su victoria en Geraardsbergen en una etapa del Eneco Tour, se vio el advenimiento de un nuevo Van Avermaet. Lo de este año ya es exagerado, más si cabe sabiendo que ha estado malito durante el invierno. Su insultante superioridad ha eclipsado la despedida de Boonen, ha acabado por masacrar toda ilusión de Sagan por conseguir un nuevo monumento. Con treinta y dos años es capaz de todo. Analizando su trayectoria, es como si un típico corredor belga, omnipresente en las clásicas pero habituado a los puestos de honor, como por ejemplo André Dierickx, se hubiese convertido al pasar la treintena nada menos que en Eddy Merckx. 

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