Después de las fotos y el paseo, el pelotón entró en París bajo un ambiente borrascoso. Se dieron las vueltas preceptivas a los Campos Elíseos y después se entró en el nuevo circuito, con la subida a Montmartre. El Tour no iba a ser menos que los Juegos Olímpicos. A decir verdad, no me di cuenta de que los tiempos ya se habían tomado, lo que me hizo disfrutar más de ese circuito final, disputado por algunos a sangre y fuego. Algunos corredores demostraron estar por encima de la carrera que disputaban. Arriesgaron en cada curva, aunque la bicicleta diese unos botes tremendos sobre los adoquines. Hicieron las tres subidas a la colina de Montmartre con mucha intensidad, como si fuese una clásica, como si no hubiese una clasificación general en juego (en realidad, ya no la había). Borraron un poco el mal sabor de boca de los últimos días. En el fondo, fue un poco como un criterium, al no haber tiempos, debido a la lluvia.