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lunes, 5 de agosto de 2024

SEGUNDO DÍA CONSECUTIVO DE LOCURA PARISINA

La carrera femenina de los juegos olímpicos también ha deparado un espectáculo intenso y emocionante, a pesar de que ha sido muy complicado seguir su evolución, dada la espantosa realización televisiva, completamente desorientada en los momentos decisivos. La carrera se ha corrido constantemente al ataque, como una prueba de juveniles. Pero, a pesar de la euforia, hay que ser conscientes de que ha sido una caída la que ha dinamitado la carrera. Una caída provocada por la ciclista norteamericana Chloé Dygert, reincidente en ese apartado. Ese incidente ha dejado cortadas a Vollering, Wiebes, Niewiadoma y Labous, entre otras, propiciando la formación de un grupo delantero que ha acabado jugándose el triunfo. En la marcha hacia adelante de ese grupo delantero el empuje de Mavi García ha sido determinante. También el de la futura ganadora, la norteamericana Kristen Faulkner, que además de rodar en cabeza durante la fase decisiva, ha sido la más lista en los kilómetros finales. 

domingo, 4 de agosto de 2024

DOBLETE HISTÓRICO

Por primera vez en la breve historia de los juegos olímpicos de ciclismo profesional, un mismo corredor se ha llevado los dos oros de crono y ruta en categoría masculina: Remco Evenepoel. El menudo corredor belga llegaba de callar muchas bocas en el Tour (entre ellas, la mía), que habían cuestionado su capacidad para superar la alta montaña. No tuvo un mal día durante las tres semanas, únicamente los dos duendecillos salvajes que dominan el ciclismo mundial le habían superado. Aunque había quedado a bastante distancia de ellos, Evenepoel parecía muy orgulloso de su resultado. Ahora lo ha redondeado con un doblete histórico, que lo sitúa como uno de los corredores que marcarán a toda una generación, no solo por su palmarés, sino también por su forma de correr, agresiva y valiente. Ya todos lo conocemos. Su carrera es un vaivén constante, siempre en la cuerda floja, entre lo sublime y lo excesivo, sin faltar algo de drama. Este último también ha asomado en los últimos cuatro kilómetros, en forma de pinchazo. Pero no ha sido necesario marcarse un olano, llevaba suficiente ventaja como para aplastar incluso a la mala suerte. 

domingo, 25 de julio de 2021

UNA ESTAMPA DEL MUNDO FLOTANTE

Más allá de la opinión apriorística de los críticos, la importancia de una carrera viene determinada por el interés de los propios protagonistas en querer ganarla, sobre todo si se trata de grandes nombres. Los cánones cambian con el paso del tiempo, incluso en un mundo tan tradicional como el del ciclismo profesional, y la labor del historiador no es la de defender la pureza del canon, sino más bien la de estar atento a los cambios que se suceden e intentar explicarlos.  Así pues, tras unos inicios dubitativos en el mundo del ciclismo profesional, la carrera en ruta de los juegos olímpicos está asentándose como una cita ineludible, de primerísimo nivel, sobre todo si se ofrecen circuitos tan duros e interesantes como el de ayer, con la misma espectacularidad que el de Rio, pero sin la peligrosidad de sus descensos. La calidad del podium, el mejor en la historia de la prueba, así atestigua la importancia que ha adquirido la carrera olímpica con el paso de las décadas. A ello se añade el aliciente de que el ciclismo salga de vez en cuando de sus coordenadas habituales, geográficas y paisajísticas. 
 
Planos dignos de una estampa japonesa o ukiyo-e (pintura del mundo flotante)

 
Dejémonos de rollos justificatorios. La carrera empezó en Tokio, en el parque Mushasinonomori. El pelotón discurrió varios kilómetros mansamente por la ciudad, flanqueado por mucho público en las aceras. Todo el que no pudo acceder a la inauguración en el estadio olímpico parecía haberse agolpado en las calles de Tokio, con su mascarillas y sus móviles para captar el momento, incluso mostrando algún cartel con el nombre de las estrellas extranjeras. Los barrios de edificios en altura, con calles estrechas salpicadas de indicaciones viarias y rótulos publicitarios, dieron paso a barrios residenciales, algunos más precarios, con tendidos eléctricos a modo de telaraña, otros más abiertos a la naturaleza. De vez en cuando la vista se desahogaba con un amplio cementerio arbolado o un hipódromo, o la ruta tomaba un camino estrecho para pasar junto a un templo. Pero ya está bien de notas propias del asombrado viajero que es todo espectador de ciclismo. Vayamos al grano. Una vez lanzada la carrera, se formó la habitual fuga de corredores anónimos. Una fuga de nivel bastante inferior a la que se formó al inicio de la carrera de Rio. La conformaban Nic Dlamini (Sudáfrica), Orluis Aular (Venezuela), Michael Kukrle (República Checa), Phil Daumont (Burkina Fasso), Elchin Asadov (Azerbaiyán), Eduard Grosu (Rumanía), Polychronis Tzorzakis (Grecia) y Juraj Sagan (Eslovaquia). Solo dos corredores de equipos profesionales continentales (Aular y Grosu) y dos de equipos World Tour (Dlamini y Juraj Sagan). 



 
El inicio de la prueba fue francamente anodino. Más si cabe dado el madrugón de los espectadores occidentales, en dura pugna contra el sueño. La fuga alcanzó una ventaja máxima de 19 minutos, algo que evidenciaba que no habría ninguna otra fuga más en el desarrollo intermedio de la prueba. La táctica de las principales selecciones se preveía conservadora. Así pues, la carrera podría ir controlada, con una fuga apenas inquietante, hasta la subida al Mikuni Pass. Cuando la diferencia comenzó a hacerse preocupante,  Bélgica puso a tirar a Greg Van Avermaet, y más tarde Eslovenia hizo lo mismo con Jan Tratnik. De esta forma se evitó lo que sucedería en la prueba femenina, en la que la escapada inicial llegaría a meta, al menos con su vencedora, la escaladora austriaca Anna Kiesenhofer.  
 

 
De la fuga inicial comenzaron a desgajarse corredores. El primero fue Azadov, más tarde Daumont y finalmente Grosu, quedando la fuga reducida a cinco hombres. Los bosques eran la nota paisajística predominante, siempre separados de la ruta por esos taludes de bloques de hormigón tan característicos de las carreteras japonesas. Bosques que la cultura local ha pintado animados, como los de Trono de sangre o La princesa Mononoke, pero que en realidad se convirtieron en lugar de aterrizaje de algún bidón despistado. Después de varios días soleados previos, en los que los ciclistas habían podido fotografiarse con el icónico perfil del monte Fuji de fondo, la humedad del día ocultaba al volcán entre nubes. La carretera aparecía en algunos tramos mojada, pero la temperatura debió ser elevada, dados los viajes de los ciclistas a los coches en busca de hielos. La carrera iba acercándose así al plácido lago Yamanaka, con mansedumbre, sin apenas cambios a destacar. Tan solo la habitual caída de Geraint Thomas, que se llevó consigo a Tao Geoghegan Hart y a Giulio Ciccone, y que dejó al galés una vez más fuera de juego. 



 
Comenzó la ascensión al Fuji Sanroku, en las faldas meridionales del volcán. Jan Tratnik marcó el ritmo durante prácticamente toda la ascensión, convirtiéndose en uno de los grandes protagonistas de la jornada. Del pelotón comenzaron a caer como fruta madura algunos corredores: entre ellos, Omar Fraile y algo más tarde, el propio Alejandro Valverde. Quedaban nada menos que 90 kilómetros a meta y las esperanzas de la selección española comenzaron a desdibujarse sin remedio. La selección italiana, con Giulio Ciccone, endureció un poco en el último tramo de la ascensión, por la que todavía coronaron destacados los cinco escapados, con apenas cinco minutos de ventaja. 
 

 
En el tramo intermedio entre Fuji Sanroku y el Mikuni Pass se vivieron momentos de juegos tácticos. El terreno era quebrado, un continuo sube y baja, incluso en el propio circuito automovilístico, en el que no había un metro llano. En un circuito de velocidad, un pelotón siempre da la impresión de encontrarse fuera de su medio, como una hilera de hormigas cruzado una autopista. Todo parece allí diseñado para un fin más grande, para otras velocidades que no entienden ni de sudor ni de sufrimiento. Poco antes de entrar en el circuito por primera vez, la selección italiana lo intentó con Damiano Caruso. Su objetivo no era otro que el de crear una fuga intermedia que abriese camino, como hicieron con idéntico protagonista en la carrera de Rio. Pero esta vez la carrera no iba a tener el desarrollo loco de 2016, sino el controlado del mundial de Innsbruck: la subida al Mikuni Pass imponía demasiado respeto. Primero Benoot, y más tarde Vansevenant y Kelderman, cogieron rueda a Caruso y abortaron la intentona del equipo de Cassani. Después del primer paso por meta, los fugados eran cazados. 


Más tarde le llegó el turno a Remco Evenepoel. Lanzó un ataque de esos que hacen volar la imaginación de sus fans, pero de poco le sirvió. Primero Dunbar y más tarde Nibali le cogieron rueda, y el italiano no se prestó a colaborar, como es lógico. Evenepoel había comparado el Mikuni Pass con el Mortirolo y Nibali con Civiglio: lo que quedaría claro es que la terrible subida sería la tumba de ambos. Mauri Vansevenant comenzó la subida con un ritmo muy duro, con esos agónicos y rítmicos cabeceos que permiten identificarle de lejos. Por detrás se fueron descolgando grandes nombres: Alejandro Valverde ya definitivamente (después de haber enlazado en el descenso del Fuji Sanroku), Tom Dumoulin y el propio Remco Evenepoel. Cuando el ritmo de Vansevenant pareció aflojar, Tadej Pogačar lanzó su ataque, sin levantarse del sillín. Fue un ataque precipitado, pues quedaban todavía 37 km. a meta y la parte más dura de la subida. Se le pegaron pronto a rueda Michael Woods y su compañero de equipo Brandon McNulty. Los tres marcharon un tiempo con una ligera ventaja sobre el resto de pelotón de favoritos, acompañados por el llamativo sonido de las cigarras japonesas. El ataque de Pogačar sirvió, entre otras cosas, para descolgar a su "enemigo íntimo" Roglič. 
 


 
 
Detrás Wout van Aert comenzó su particular exhibición. Ya tenía fama de corredor generoso, pero a partir de ese momento ya no cedería prácticamente en ningún momento la cabeza de algún grupo perseguidor. Al terceto de Pogačar, Woods y McNulty llegaron primero Kwiatkowski, Carapaz, Bettiol y Urán, y más tarde, una vez superada la zona más dura con el afalto rayado, Van Aert tirando del carro de los "chuparruedas": Mollema, Gaudu, Schachmann, Fuglsang y Adam Yates. Entre todos ellos se jugarían las medallas. Todos provenían del Tour, excepto Adam Yates y Alberto Bettiol, mostrando que los que acaban la carrera francesa son los que están más preparados, como suele ser habitual, independientemente de la aclimatación y el jet-lag. El ataque de Pogačar había sido duro pero no demoledor y la gasolina se le fue agotando a medida que la ascensión continuaba y se suavizaba: quizá no había sido la táctica más acertada, porque no había podido distanciar a van Aert. A partir de ese momento, tanto el esloveno como el belga iban a ser, de forma lógica, las dos ruedas más vigiladas. 
 
 

 
En el descenso del Mikuni lo intentó Michael Woods y fue van Aert el que cerró el hueco. Más tarde lo intentaría Fuglsang en la zona de falso llano entre la cima de Mikuni y el inicio del verdadero descenso tras coronar el Kagosaka pass. El danés, único presente de los protagonistas de Rio, se sabía poco vigilado dado su paso anónimo por el Tour, y atacó como quien no quiere la cosa. Pero todavía había fuerzas y voluntad detrás para darle caza. Con repetidos ataques intentaron alcanzarle Mollema, Kwiatkowski y Pogačar, pero fue finalmente van Aert (cómo no) el que estiró el grupo para dar caza al danés. Si hubiese sido un partido de fútbol, van Aert habría contado con el 80% de la posesión (pero como sucede tantas veces, acabó perdiendo el partido). Una vez cazado Fuglsang, Brandon McNulty supo interpretar el momento. Cuando se produjo el parón tras la neutralización del danés, el norteamericano lanzó su ataque y solo le siguió Carapaz. Como siempre sucede en este tipo de carreras, todos empezaron a mirarse y la diferencia del dúo comenzó a ascender. Faltaban 25 kilómetros para meta; un largo descenso y un trozo traicionero final de sube y baja. 



El grupo le dejó toda la tostada a van Aert. Incluso Pogačar, bastante activo hasta el momento, parecía conforme con la fuga de su gregario. Los veinte segundos se convirtieron rápidamente en cuarenta. De los favoritos, algunos parecían demasiado pendientes de ahorrar o de ensayar caritas voecklerianas (Gaudu) y solo Carapaz supo coger el tren bueno, el expreso McNulty. Una vez finalizado el descenso del Kagosaka pass, empezaron a aflorar las debilidades en el grupo: Bettiol dejó de pedalear, completamente acalambrado, y poco después Fuglsang y Kwiatkowski se quedarían en un duro repecho a falta de 12 kilómetros, destrozados por el esfuerzo de van Aert. A falta de 5,8 kilómetros, Carapaz aprovechó el duro repecho de acceso al circuito para atacar a McNulty, mientras van Aert intentaba dar caza por detrás, al mismo tiempo que pretendía diezmar al grupo de reservones. El grupo se había acercado peligrosamente al dúo cabecero, con una diferencia mínima de 15 segundos, pero el ecuatoriano, todo grinta, supo aumentar esa diferencia final hasta alcanzar el minuto de diferencia en meta.
 

 

Los cinco kilómetros finales del circuito se hicieron eternos. A pesar de la desproporción de tamaño entre Carapaz y las inmensas curvas y rectas del circuito, ya tenía la victoria en el bolsillo. Pudo incluso festejar sin problemas. Por detrás, Schachmann finalmente se quedó del grupo en el último kilómetro. Adam Yates intentó sorprender de lejos, pero no tuvo nada que hacer contra van Aert, que inició el sprint en cabeza (como le suele suceder), con Pogačar astutamente a su rueda. En el momento decisivo, el campeón esloveno pudo salir de su estela y plantarse de tú a tú frente al belga, en una photo-finish, una más para van Aert, por las medallas secundarias. Finalmente la plata fue para van Aert y el bronce para Pogačar.
 

 


 
Richard Carapaz conseguía así un triunfo que suple todos sus intentos frustrados del Tour. El ecuatoriano ha funcionado mejor corriendo por libre, sin presiones añadidas del Imperio. Si bien en otras ocasiones parecía que se le acababa la mecha al final de sus ataques lejanos, esta vez volvió a resurgir el Carapaz del Giro de 2019, el del pedaleo tenaz. Tuvo además la inteligencia de coger la rueda buena de McNulty, un trotón que le permitió abrir bastante hueco. Por su parte, el resultado de van Aert es excepcional, si se tiene en cuenta que es el único corredor del grupo delantero proveniente del ámbito puramente clasicómano. En el ciclocross estaba acostumbrado a comandar el grupo vuelta tras vuelta; en la carretera también, sin darse cuenta de que muchos se aprovechan de su trabajo. Como le sucedía a Sagan en su momento, nadie quiere jugársela con él al sprint, de forma que le dejan todo el trabajo: pero van Aert no teme entregarse demasiado. Está en las antípodas de Valverde, por decirlo así. En esta ocasión, le faltó equipo. Con un corredor que hubiese podido aguantar el ritmo de los mejores (Evenepoel, por ejemplo), las cosas podrían haber sido distintas. Finalmente, el tercer puesto fue para Pogačar. Al esloveno se le vio cansado en algunos momentos, incluso con dificultad para seguir el ritmo de van Aert en algún repecho. Le pudo la sangre caliente, atacó demasiado pronto; debía cumplir con las expectativas, las del ambiente y las propias, y luego, cuando la carrera se le marchó, pareció jugar la carta de devolver favores a su gregario McNulty. Aun así se marcó un sprint espectacular, muy parecido al de la Lieja. En resumen, tres de los hombres más fuertes del Tour (y de la temporada) han ocupado los tres escalones del podium. La carrera olímpica siempre depara finales emocionantes, porque no hay ineptos dando órdenes vía auricular. Ha merecido la pena esperar cinco años.
 





domingo, 7 de agosto de 2016

LA MEJOR CARRERA DEL AÑO

Si a un circuito vivo y matapersonas como el de ayer se le suma la reducción de corredores por equipo propia de los JJOO, tenemos como resultado la carrera perfecta. La de ayer estuvo muy cerca de serlo, con una auténtica selección y un final de infarto. Quizá sólo deslució un tanto el resultado un descenso excesivamente peligroso y un público que en algún momento puso en riesgo a los ciclistas. Por lo demás, una carrera como la de ayer, corrida con una actitud ofensiva constante, contribuye a que la prueba de ruta de los JJOO se abra un hueco cada vez más asentado entre las grandes pruebas del calendario ciclista internacional.

El circuito tocaba todos los palos: subida, bajada, adoquín, llano...Era un compendio de lo mejor que se puede ver en pruebas de un día en el ciclismo. El inicio pegado a la costa, por una carretera estrecha que salvaba de vez en cuando algún promontorio, recordaba a la via Aurelia de los últimos kilómetros de la Milán-Sanremo, aunque con una vegetación más bien tropical y exhuberante. Los barrios de edificios en altura, separados entre sí, dominaban las llanuras, encajonados entre la línea de costa y las lagunas interiores. Éstos se alternaban con montañas convertidas en barrios de favelas, como una kasbah de colores. Su amontonamiento daba la impresión de ser como aquellas viviendas neolíticas de Çatal Huyuk a las que se accedía por el techo. O las pigne de Cipressa y Sanremo, encaramadas en colinas para protegerse de los ataques berberiscos. Las llanuras y las montañas ofrecían la imagen clara de un país de contrastes y desigualdades, que tenía su reflejo en un recorrido muy variado y con grandes desniveles. 

En este primer tramo, Tony Martin enfiló el grupo, intentando abrir el primer hueco. Prácticamente se salió sin respiro, después de que la mafia británica se apartase de los puestos cabeceros. Finalmente se formó una fuga que no era de comparsas, sino de gente fuerte que podía abrir hueco con facilidad: Jarlison Pantano, Michal Kwiatkowski, Sven Erik Bystrom, Michael Albasini, Simon Geschke y Pavel Kochetkov. Dos ganadores de etapa de Tour (Pantano y Geschke), dos campeones del mundo, uno profesional y otro sub-23 (Kwiatkowski y Bystrom, ambos campeones en Ponferrada), el tercero este año en la Lieja (Albasini), y un ruso dispuesto a dejar ver a su selección después de los problemas de dopaje. Mientras tanto, Tom Dumoulin abandonaba.  
Bystrom, Kochetkov, Greschke, Pantano, Kwiatkowski y Albasini.


El primer circuito, el de Grumari, tenía lo mejor de un circuito mundialístico: terreno rompepiernas,  alguna rampa importante y bajada pedalabile. Añadía además un tramo de adoquín que se tomaba en bajada. Una reminiscencia del circuito mundialístico de Richmond o más bien un mini-Arenberg costero. En él volaron botellines, saltaron muchas cadenas (la de Porte hasta dos veces), aunque solo hubo una caída destacable, la de un ciclista turco. La ventaja de los escapados, que había alcanzado los siete minutos al entrar en el circuito, se redujo a dos al salir de él. Por delante se relevaban sin descanso; por detrás Imanol Erviti, Alessandro De Marchi e Ian Stannard lideraron la caza.

Primer circuito: Grumari.

A pesar del ritmo, en el grupo principal seguían todavía a cola corredores como el argelino Reguigui o el coreano Joon Yong Seo. Si alguna de las figuras quedaba rezagada, no le era difícil volver a conectar, con algún que otro tras-coche prolongado y vergonzoso: el breve de Mollema, el habitual de Aru y también el que fue más escandaloso, el de Froome y Thomas. 

El segundo circuito se planteaba como un pequeño Giro di Lombardia, con una subida a Vista Chinesa que recordaba a un Civiglio extendido, con una bajada suicida, al mejor estilo italiano-lombardo. Desde la especie de pagoda-mirador que daba nombre a la subida se podía contemplar una vista alucinante de la ciudad, con sus manchas blancas de edificios, sus grises y verdes de las picudas e innumerables montañas, y el fondo del mar, con su poderoso oleaje. Este segundo circuito iba a convertir a la prueba en el circuito de mundial/JJOO más duro en muchisimos años. Así pues, el grupo delantero de Kwiatkowski, Pantano, Geschke, Bystrom, Albasini y Kochetkov lo tomó en cabeza. A medida que se iba ascendiendo, el polaco y el ruso quedaron destacados en cabeza. 

Visión de Río desde "Vista Chinesa": el ciclismo, siempre un buen medio para vender turismo.

Por detrás comenzaron los movimientos tácticos: Damiano Caruso, que había estado tirando en sustitución de De Marchi, lanzó un ataque para evitar el desgaste de su selección. Sorprendentemente salió a su rueda Greg Van Avermaet, en un movimiento que consideré demasiado precipitado y quizá suicida. Afortunadamente me equivoqué (tras muchos años viendo ciclismo-rácano, algo incluso se contagia). A estos dos se unieron Sergio Luis Henao y Geraint Thomas, y más tarde Rein Taaramae. Se formaba así un cuarteto perseguidor en el que el italiano era el más débil. Por detrás, como es habitual, la selección española tuvo que trabajar. Ante la desaparición de Ion Izagirre (al que no se vio en ningún momento de carrera), Jonathan Castroviejo tuvo que asumir todo el peso, en lo que viene siendo el sino característico de España/Movistar con Valverde. Mientras tanto, la dureza de la ascensión fue cobrándose sus víctimas importantes: Tim Wellens y Wout Poels. 

La segunda ascensión supuso la neutralización de los fugados por parte del grupo, y la unión en cabeza de Van Avermaet, Henao, Thomas y Caruso con Kwiatkowski y Kochetkov, que aguantaron poco. Taaramae cedió y al ser neutralizado, comenzó a forzar el ritmo en el grupo trasero, preparando el terreno para su único compatriota, Tanel Kangert. Fue sustituido en el grupo cabecero por Andrey Zeits, que en un sorprendente ataque dio caza a los escapados, Los Astana volaron ayer. 

Fue en el descenso donde se produjo el movimiento táctico del día. Las cámaras no ofrecieron imágenes, ya que el descenso fue tan rápido que las motos se vieron incapaces de seguir a los que más arriesgaron. Solo vimos a Richie Porte dolorido en la acera después de haber impactado contra un árbol. Ya finalizada la parte difícil del descenso, Fabio Aru y Vincenzo Nibali alcanzaron al grupo delantero. Con ellos llegaron también Rafal Majka, Adam Yates y Jakob Fuglsang. Tanto Caruso como Kwiatkowski se vaciaron para sus respectivos líderes antes de la última ascensión. Por detrás, Castroviejo se apartó y fueron Valverde y Cancellara los que tiraron para sus compañeros. El murciano se sacrificó para que Rodríguez pudiese tener opciones de ganar su última carrera profesional à la Vinokourov. 

El desafortunado Porte fue el primero en caerse en el peligroso descenso de Vista Chinesa.
En la última subida se vieron varios fuegos de artificio. Nibali aceleró repetidamente, y logró seleccionar el grupo delantero, aunque como le sucediese en el Joux Plane el pasado Tour, no pudo marcharse en solitario. Por detrás, Purito Rodríguez, Louis Meintjes y Julian Alaphilippe salieron del paquete y dieron alcance al grupo delantero, al mismo tiempo que Adam Yates cedía. Tanel Kangert se quedó en tierra de nadie y Chris Froome también lo intentó, aunque acabó rebasado por varios ciclistas, y con Rui Costa a rueda: la peor pesadilla de un perseguidor. Durante toda la ascensión, los más escaladores (Nibali, Henao, Majka) intentaron abrir hueco, pero Van Avermaet y Thomas sufrieron para mantenerse a una distancia prudencial que les permitiese reducir la diferencia en el descenso y el llano. Sin embargo, la última aceleración del siciliano parecía ya la definitiva, con Henao y Majka a su rueda. Un trío para jugarse las medallas. 

Nibali, Henao y Majka (vía Getty Images)

En el descenso, Nibali intentó reafirmar su superioridad distanciando a los otros dos. Parecía no tenerlas todas consigo en el sprint y por eso pudo decidir forzar. Pero Henao también es un gran descendedor y le costó dejarlo de rueda. Como una jugada del destino, el azar le devolvió lo que le dio en el Agnello: Nibali se fue al suelo, también Henao. Los elevados bordillos laterales les dejaron fuera de carrera, con el doloroso resultado de clavícula rota y pelvis dañada respectivamente. Majka, que había bajado con más prudencia, se los encontró en el suelo y pudo seguir su camino en solitario. En el grupo perseguidor también cayeron Thomas y Alaphilippe. Al galés se le vio caído en uno de los surcos que limitaban peligrosamente la calzada, pero como es de roca, continuó.   

Henao y Nibali caídos. Majka prosigue en solitario.

Nibali caído.

Al concluir la bajada, Majka estaba solo en cabeza. Quedaban todavía 10 kilómetros a meta. El polaco tenía que darlo todo, pero no está acostumbrado a rodar solo. Por detrás se formó un grupo perseguidor con los restantes de las caídas: Van Avermaet, Fuglsang, Aru, Meintjes, Rodríguez, Yates, Zeits y Alaphilippe, que volvió al grupo in extremis. Tres Astana de ocho. De todas formas, el grupo no parecía organizado. Rodríguez daba sus característicos relevos (los mismos que dan Valverde y Costa), abriéndose y mirando siempre al corredor que le sigue. Meintjes y Yates no están acostumbrados a que les dé el aire. La persecución parecía condenada al fracaso. Van Avermaet intentó marcharse, pero Purito le cogió la rueda: el típico marcaje para favorecer siempre al escapado. El mismo que se vio en la Clásica de San Sebastián. 

Rodríguez, Van Avermaet, Zeits, Aru, Meintjes y Fuglsang: nadie releva.


Por delante, Majka boqueaba y cabeceaba. No estaba en su medio. Demasiado pequeño para rodar solo. Por detrás, Van Avermaet se marchó a la parte trasera del grupo, a recuperar o quién sabe si coger fuerzas para el sprint por la plata. Alaphilippe reclamaba relevos; no obtenía respuesta, hasta que Fuglsang lanzó un ataque seco, que fue respondido de inmediato por Van Avermaet. Nadie se movió para cerrar el hueco: las medallas estaban ya repartidas. Alaphilippe lo intentó tarde. 

Majka ante la posible gran victoria de su vida.


Quedaba sin embargo la parte final, la más agónica. Un llano interminable junto al paseo marítimo y la playa, que recordaba al paseo de la Concha de la reciente Clásica de San Sebastián. A Majka se le echaban encima poco a poco. Van Avermaet y Fuglsang parecían haber guardado fuerzas en un cajón muy escondido de sus cuerpos. La carrera se puso realmente emocionante: tenía el sabor de los mejores mundiales (no esos de pacotilla que se celebraron en Copenhague y Australia). Finalmente le dieron caza, y el polaco miró atrás, estiró las piernas, y se contentó con seguirles el ritmo para hacer bronce. En el sprint no hubo opción posible para Fuglsang: ganó Van Avermaet con una superioridad irritante. La misma que no había tenido en el pasado para batir a Cancellara en la Ronde de 2014, por poner un ejemplo. La misma que tiene desde hace dos años para batir a Sagan siempre que quiere, hasta el punto de haberse convertido en su particular "bestia negra".  

1º Van Avermaet, 2º Fuglsang

3º Majka


4º Alaphilippe, 5º Rodríguez, 6º Aru, 7º Meintjes, 8º Zeits

En unos juegos marcados por la concienciación ecológica, gana el belga relacionado con los tratamientos de ozono: un pequeño símbolo de los nuevos tiempos. Contando desde el principio entre los favoritos visto su rendimiento en el Tour, el corredor belga tuvo mucha fuerza, supo sufrir en las subidas y tuvo también esa intuición que nunca han tenido ni Purito ni Valverde para saber leer las carreras sin esperar al sprint o a la cuesta final. Es lo que se llama anticiparse a los movimientos del rival, y es una habilidad que suele estar muy relacionada con la victoria. Un digno vencedor, que corona así una carrera plagada de puestos de honor, que vaticino que se convertirán en victorias en los años venideros (tiene todavía edad para una "vejez" valverdiano-puritiana demoledora). 


Así pues, ésta ha sido la mejor carrera del año, con un circuito trepidante, un espiritu ofensivo sin descanso por parte de los corredores, con escapadas de tipos fuertes desde el primer minuto. Esto nos ofrece una gran lección: ¡qué bonito es el ciclismo cuando se corre sin pinganillos y con una reducción del número de corredores por equipo que fuerza a correr a la ofensiva! Lo que viene siendo la antítesis del estilo Movisky del pasado (y digno de olvido) Tour de Francia.