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lunes, 6 de abril de 2026

¿QUIÉN, SI NO?

Los ánimos de muchos estaban elevados en la víspera de la Ronde van Vlaanderen. Por primera vez, gracias a la participación de Evenepoel, iban a tomar la salida los cinco grandes favoritos: Pogačar, Evenepoel, van der Poel, van Aert y Pedersen. Incluso el siempre excitado Madiot hablaba en los días previos de una confluencia de súper-ciclistas que no se veía desde los años de Merckx, De Vlaeminck y Maertens. La carrera, de todas formas, parecía abocada a un único destino, aunque en los días previos se elucubrase acerca de posibles escenarios para evitar un nuevo triunfo de Pogačar. En una Ronde concebida como una carrera para premiar la pura fuerza, en la que los espacios intermedios, favorables al juego táctico, han quedado reducidos a la mínima expresión, era lógico que acabase imponiéndose el más fuerte. Entonces, ¿Quién, si no Pogačar?

lunes, 7 de abril de 2025

UNA COLINA EN LA QUE VENCER (O PERECER)

La Ronde van Vlaanderen de 2025 ha concluido con el ganador esperado y un pódium predecible, siendo aún así una carrera interesante, puesto que algunos actores secundarios han llegado más lejos de lo esperado. No ha habido cabalgadaafortunadamente, aunque el ganador lo ha hecho en solitario. A los big ones les ha costado quedarse solos un poco más de lo normal, hecho en el que sin duda ha influido el viento. Ha sido esta, de hecho, la edición más rápida de la historia, un récord más que a nadie pilla por sorpresa. 

lunes, 1 de abril de 2024

UNA SIMPLE FORMALIDAD

Un cielo pálido daba la bienvenida al pelotón en la salida de Amberes. Con el paso de los kilómetros, esos tímidos rayos de sol de la mañana se convirtieron en oscuros nubarrones a la altura de Oudenaarde. El aguacero fue importante, como hacía tiempo que no se veía en el Tour de Flandes, pero el arcoíris solo asomó en el maillot del ganador. En realidad, la carrera fue un simple acto rutinario para Mathieu van der Poel, como se preveía. Sus rivales jugaron la carta de la anticipación, pero la dureza de la prueba, acrecentada por las condiciones meteorológicas, demostró que esa estrategia no había sido la indicada. 

martes, 4 de abril de 2023

VOLVER PARA GANAR

Pogačar parece un joven despreocupado y relajado, de los que les dan pocas vueltas a las cosas. Corre, se divierte, gana, duerme y come. Poco más. Sin embargo, desde la humillante derrota en Flandes del año pasado, cuando pagó la novatada (y sufrió una sutil maniobra de obstaculización por parte de van Baarle), llevaba repitiendo que quería volver a la Ronde para ganarla. Y vaya si lo ha hecho. Además, añadía en los días previos a la carrera que necesitaba llegar solo, dados los resultados previos en Sanremo y Harelbeke, en los que van der Poel y van Aert fueron más explosivos y rápidos. También en ese apartado ha cumplido.

lunes, 4 de abril de 2022

CÓMO ACABAR CUARTO EN UN SPRINT DE DOS

Ayer hubo dos carreras en una. Dos Tours de Flandes, uno dentro de otro. En la primera carrera, de 271,5 kilómetros, hubo un claro dominador: el debutante Tadej Pogacar. De su parte vinieron los grandes ataques y las aceleraciones, demostrándose diestro también sobre los adoquines en su carrera imparable por entrar en la historia. En esa primera carrera, Mathieu van der Poel resistió como pudo en el Paterberg, completamente contra las cuerdas. En la segunda carrera, de apenas un kilómetro, tuvo lugar una de las resoluciones más caóticas y catastróficas (para Pogacar) de la historia reciente. El paso de Pogacar de un segundo puesto asegurado a un humillante cuarto en apenas 300 metros solo puede compararse con otras pifias memorables de la historia reciente, como la valverdada de Florencia, el intenso intercambio de miradas de Fuglsang y Alaphilippe en la Amstel de 2019 o la payasada del campeón del mundo en la Lieja de 2020. También en esto el esloveno parece querer rivalizar con la historia.

Pogacar rodeado de Madouas, van Baarle y van der Poel: definición gráfica by Georges La Tour.

En la primera carrera hubo un claro ganador: el esloveno. Pero para su desgracia, la meta no estaba en la cima del Paterberg, sino unos cuantos kilómetros más adelante. Esta primera carrera no daba premio. En ciclismo no se gana en la posesión. Muchas otras veces se ha hablado en este espacio de la dicotomía entre espectáculo o resultado. Pues bien, en el platillo del espectáculo en el que tantas otras veces Mathieu van der Poel apostaba todo su capital, ayer el esloveno colocó uno de esos yunques de tebeo. El platillo del resultado se quedó vacío, tenso en el aire.

Pogacar en la meta de Oudenaarde, Caravaggio (1601).


Pasemos a analizar un poco esta primera carrera. A falta de noventa kilómetros, una aceleración de Iván García Cortina formó un grupo peligroso por delante del pelotón. En esta avanzadilla figuraban nombres importantes, como Mads Pedersen, Zdenek Stybar, Yves Lampaert, Ben Turner, Nathan Van Hooydonck o Alberto Bettiol. Pero en el segundo paso por el Oude Kwaremont, a unos cincuenta y cinco kilómetros de meta, la aventura de este grupo finalizó gracias al empuje individual de Tadej Pogacar. Al esloveno solo pudo seguirle en primera instancia Kasper Asgreen, siendo alcanzado más tarde y con más esfuerzo por Mathieu van der Poel, Stefan Küng, Tom Pidcock, Christophe Laporte y otros favoritos. Tras el primer paso por el Paterberg, Dylan van Baarle y Fred Wright (el Bahrein del día) se destacaron por delante aprovechando el momento de impasse y marcaje. Faltaban 45 kilómetros a meta. 
 
García Cortina a rueda de Pogacar: un espejismo momentáneo, pero estuvo bien.

 
 

Llegó entonces el momento del Koppenberg, esa subida bestial, hoy algo domesticada, que recuerda a esos planos de Origen (película sobrevalorada) en la que las calles de París se empinan hacia el cielo. Pogacar tomó la cabeza y fue elevando el ritmo progresivamente, sin levantarse del sillín, aprovechando el centro de la calzada adoquinada. Por detrás Pidcock, Asgreen, Pedersen, Küng y alguno más fueron abriéndose. Asgreen con problemas mecánicos añadidos. Tan solo Mathieu van der Poel y Valentin Madouas pudieron seguir el ritmo del campeón esloveno, dando el neerlandés finalmente un relevo crucial en la zona de la cima para evitar que entrasen más corredores. Se había producido la selección de la carrera. En el Taaienberg, el terceto formado por Pogacar, van der Poel y Madouas dio alcance a van Baarle y Wrigth. En el paso definitivo por el Oude Kwaremont, Pogacar y van der Poel se deshicieron de sus acompañantes y en el Paterberg Pogacar volvió a forzar el ritmo, llevando a van der Poel a su límite. En una impresión general, podría decirse que el Oude Kwaremont se le dio mejor al esloveno que el Paterberg, a pesar de ser más tendido y más propicio para corredores adaptados al adoquín. Pero aun así, fue significativo ver rodar a Pogacar por el centro de la calzada adoquinada del Paterberg, mientras que van der Poel tenía que buscar, con notorios chepazos, la cuneta. Pero el nieto de Poupou pudo aguantar, y en esas dos o tres pedaladas agónicas podría decirse que ganó la carrera. El dueto cabecero coronó el Paterberg con una diferencia en torno a los veinticinco segundos sobre Madouas y van Baarle, mientras que más tarde, ya alrededor del minuto, lo harían Wright, Küng y Teuns.

Demostración en el Koppenberg. (Sin un coche pisándole los talones, como a Skibby)



Haciendo sufrir a van der Poel en el Paterberg.


En el llano hasta la meta, van der Poel y Pogacar se alternaron al relevo con naturalidad, sin racaneos. Van der Poel resoplaba ante la cámara, aunque en realidad estaba recuperando muchas fuerzas en ese tramo llano. Pogacar vaciaba los bolsillos, con infinidad de papeles y envoltorios (parecía el personaje de La naranja mecánica vaciando los bolsillos antes de entrar en prisión). Era una forma de dar a señalar que se estaba aligerando de cara al sprint. Se aproximaban a la enorme recta-pista de aterrizaje de Oudenaarde, con la torre-sputnik de la catedral al fondo del encuadre. Las últimas referencias mostraban 21 segundos de diferencia con respecto a van Baarle y Madouas, tenían por tanto terreno para jugarse el sprint con relativa calma. Pero nadie imaginaba que la calma iba a ser tanta, digna de los mexicanos de Lucky Luke.


Aquí comienza la segunda carrera, apenas un kilómetro que alteró todo lo previsto. Si hasta el momento Pogacar parecía el dominador de la situación, esta cambió de golpe, y de qué manera, dándole un tortazo de realidad que ni el de Will Smith. Van der Poel comenzó a ralentizar el ritmo, sugiriendo con varias miradas a Pogacar que pasase en cabeza: este se negó. Por detrás la aproximación de van Baarle y Madouas parecía un engaño óptico de la cámara frontal. Los dos de cabeza empiezan a culebrear y cada vez la pareja trasera parece más próxima: Madouas está dándolo todo en esa persecución. El engaño óptico está cobrando forma. También el terceto de Küng, Teuns y Wright parece muy cerca: es sorprendente cómo están todos en un pañuelo, cuando la carrera parecía ya decidida. El engaño óptico es ahora una realidad. 

Que vienen...


Cuando se quieren dar cuenta ya los tienen detrás. Pero van der Poel, con gran zorrería, inicia su cambio de ritmo en el momento preciso en el que Madouas y van Baarle rebasan a Pogacar por ambos lados. Al esloveno le han cogido completamente por sorpresa, con el doble de velocidad, uno por el interior (Madouas) y el otro por el centro (van Baarle). Cuando quiere darse cuenta es imposible remontar: ni tiene espacio ni quedan metros para la meta. En cambio van der Poel ha sabido leer su distancia (esta vez sí) en este último kilómetro sin puntos de referencia. Es la tercera vez consecutiva que llega a esta línea de meta en cabeza, siempre con alguien a su rueda, y esta vez no se ha precipitado. La victoria es suya, el segundo puesto para van Baarle (otro más, tras su espectacular mundial pasado) y el tercero para Madouas. Pogacar se queda cuarto, como Merckx en Barcelona, pero a diferencia de este, entra en meta haciendo aspavientos y quejándose. Como ya hiciera en la Lieja de 2020, pero esta vez sin razón.

Aspavientos infantiles.


Mathieu van der Poel ha sabido leer la carrera a la perfección, colocándose mejor que en otras ocasiones en los momentos previos a las subidas, exprimiéndose en el momento justo, no escatimando relevos pero fingiendo un poco de debilidad y calculando finalmente su distancia con exactitud, sabiendo que su arrancada en seco es brutal, casi inigualable en el pelotón. Lo que dije de él en la anterior entrada parece cierto: parece estrenar cerebro. U otras piernas, que le permiten jugar con más clarividencia sus cartas. Por contra, Pogacar ha sobrestimado su sprint. Después de los fabulosos sprints de Lieja y Tokyo en la temporada pasada, es entendible que confiara un poco en su punta de velocidad. Pero jugársela con van der Poel son palabras mayores (aquí no se trataba de Masnada). Entraba dentro de las posibilidades perder un sprint ante van der Poel, pero no ser alcanzado y rebasado en el sprint por dos formidables corredores que venían remontando desde atrás. Le ha faltado picardía para no caer en el juego de van der Poel o al menos para iniciar el sprint antes de que fuera demasiado tarde. Sin duda ha llegado mucho más tostado de lo que pensaba y en parte ahí está la causa de su descalabro.

Zampándose un bocata de cerebritos eslovenos.


Pogacar podría haber relevado menos, o incluso haberse parado después de coronar el Paterberg, pero mezclar de nuevo las cartas, permitiendo que entren nuevos actores, siempre abre más el abanico de la incertidumbre, al favorecer que más corredores se la jueguen aprovechando los marcajes. También se comenta que intentó jugar a ganar y no a luchar por un puesto: pero aunque solo cuente la victoria, no es lo mismo un segundo puesto que un cuarto, más todavía habiendo protagonizado una edición tan ofensiva. Simplemente Pogacar sobrevaloró su sprint, cayó en la trampa de una ralentización excesiva; no intentó nada más allá de presentarse con van der Poel en meta y jugar según sus reglas y ritmos. Con el añadido de una formidable remontada de Madouas y van Baarle, los otros dos grandes protagonistas del día, dotados de una resistencia y tesón pocas veces vistos.


The winner takes it all.

Después de dos exhibiciones en Tirreno y Strade Bianche, Pogacar encadena su tercer esfuerzo inútil en una gran prueba de prestigio. Es de honrar que un corredor de sus características sea protagonista en carreras de un día (siempre se ha dicho por aquí, a diferencia de tantos ejemplos anteriores que no es necesario ni mencionar esta vez), pero esta humillación en Flandes ha supuesto un duro varapalo. En todas las carreras sale a ganar y últimamente ha pecado de precipitación, mala colocación o errores tácticos, siendo muchas veces el más fuerte. Toda la supuesta veteranía y savoir faire que se le atribuían han volado por los aires con la muestra de bisoñez del último kilómetro y el festín de aspavientos y mohínes posteriores. Ha sido esta su nueva etapa de Arrate, el único momento en todo 2021 en el que se le vio alterado, perdiendo los nervios. Su edad permite augurar que volverá a estas carreras con la intención de ganar, pero también la historia nos enseña que muchas veces las oportunidades perdidas tardan en volver o nunca lo hacen (que se lo digan a Sagan en Sanremo). Por su parte, van der Poel ha ratificado su nueva forma de correr, en la que ha sacrificado el espectáculo en aras de un mayor resultadismo, que es a fin de cuentas lo que mueve al ciclismo. Le ha costado aprender, pero esta vez, sin su gran rival de la partida, se ha dejado de duelos mentales y ha jugado a la perfección sus cartas, explotando sus mejores virtudes (su fuerza bruta, su arrancada), mostrándose como un gran dominador de la prueba que, poco a poco, se está convirtiendo en su carrera fetiche. Tiene a tiro igualar el record de la prueba y quien sabe si algún día lo podrá superar.

En resumidas cuentas, esta será una de las ediciones a recordar de la Ronde. Tardará en olvidarse, ya que es una de aquellas ediciones en las que al espectáculo de su desarrollo se le añade del picante de una resolución inesperada, algo siempre necesario en una carrera de un día. 

"Hoy he hecho el pardillo, y lo sabes!"

 

lunes, 5 de abril de 2021

LO IMPORTANTE ES DURAR

Se ha disputado el segundo monumento de la temporada, con una segunda no victoria de los tres tenores, los tres mosqueteros, o los tres lo que sea (coloquen el calificativo hortera que consideren más oportuno). Ya lo dije a propósito de la Milán - Sanremo: el ciclismo en ruta no es un Madrid - Barça, ni siquiera un Madrid - Barça - Atleti, gracias a dios. Aunque en este caso tendríamos que exonerar de toda responsabilidad a Alaphilippe, que en ningún momento ejecutó más tarea que la de señuelo. Sus objetivos parecen ser otros. 

En una carrera ciclista siempre hay más contendientes y esta vez ha ganado el que ha jugado mejor a lo que juegan las dos estrellas del ciclocross. Kasper Asgreen ha ganado con la misma táctica de dar la cara en todo momento y de forma incansable, yendo a tope siempre, sin reservar. Una táctica sacada del ciclocross (la última hora a tope) que a los otros dos les falló al final. A van Aert a falta de 17 kilómetros, en el último paso por el Oude Kwaremont, y a van der Poel en los últimos 50 metros. Asgreen es de los que duran, como ya ha demostrado tantas veces, mientras que hay otros que petan. Elijan el bando que prefieran. 

Mal momento para que te fallen las fuerzas (via @OutofCycling)

 

La carrera empezó bastante adormecida, con una escapada consentida que alcanzó nada menos que 12 minutos. En realidad, la actual Ronde, en cuanto producto estrella de Flanders Classic, se asemeja demasiado al resto de clásicas flamencas, aunque alargándose en kilómetros por el principio. Pero como siempre pasa, esos primeros kilómetros "intrascendentes" son los que hacer aflorar las debilidades que al final separan la victoria de la derrota, aunque sea en los últimos 50 metros.  

En Alpecin, aprendiendo de los "mayores". O de Vito Corleone.
 

El que más duró del grupo fue Bissegger, excepcional corredor que lleva un inicio de temporada deslumbrante. Cuando aun marchaba por delante, en el pelotón se produjo una caída multitudinaria, que afectó a gran parte de los Deceuninck. A un corredor de Alpecin pareció partírsele en dos la bicicleta en marcha, y por detrás tuvieron que echar pie a tierra Alaphilippe y Asgreen, entre otros. No hubo problema alguno para reenganchar, pues no hubo intención de hacer sangre. 

Bissegger fue alcanzado en el Koppenberg, a falta de 44 kilómetros, cuando todo empezó a moverse. Fue Alaphilippe el que, una vez más, ascendió con pasmosa facilidad esta cuesta antaño terrorífica. Al alcanzar al rodador suizo aun le hizo un gesto para que pasase a relevar: estaba claro que el campeón del mundo no iba a lanzarse a una aventura en solitario de 40 kilómetros, pero aun así, por detrás, los de siempre picaron. ¡Cuánto tendrían que aprender de Van Petegem!

Van Aert y van der Poel, empeñados en despedazarse mutuamente (cuando corren 173 ciclistas más).

 

Después del esperado reagrupamiento, la carrera volvió a moverse en el Taaienberg, a falta de 37 kilómetros. Marco Haller se había avanzado por delante, y en la subida Kasper Asgreen ya empezó a dar muestras de su infatigable forma de correr. Se puso delante y empezó a imprimir ritmo, sin levantarse del sillín. Sin darse cuenta había abierto ya un hueco con el grupo. Podría interpretarse que estaba tirando "demasiado" para Alaphilippe, que no había medido sus fuerzas y que los estaba dejando a todos atrás. No era así, en absoluto: Asgreen era el auténtico líder del equipo. Lejos de emplear la táctica de salir a todos los cortes que emplearon en la E3, en Deceuninck habían apostado todo al trotón danés. Quizá pensando en el corazón de sus compañeros.

Van der Poel entró inmediatamente al capote y se puso a tirar como un bestia, para reducir el grupo a cinco corredores: él mismo, Asgreen, van Aert, Alaphilippe y Teuns, que cogería in extremis. Más tarde alcanzarían por delante a Haller y llegaría por detrás Anthony Turgis, que está completando una temporada de clásicas de ensueño. 

Como en el año de Terpstra, los Deceuninck aprovecharon un momento aparentemente anodino para lanzar la carrera. En un tramo de falso llano, a 27 kilómetros de meta y aprovechando un avituallamiento, Asgreen atacó con todo y van der Poel salió tras él, llegando más tarde van Aert. En ese momento parecía extraño que Asgreen entrase sin atisbo de duda al relevo, con las dos fieras a rueda y habiéndose dejado atrás a su supuesto líder. Pero como decía, el líder desde el principio era Asgreen. Lefevere, quizá acariciando un gatito en un despacho con las persianas bajadas (no sé si emplear esta imagen es conveniente, pues en el fondo les gusta), había maquinado que fuese el cyborg danés el escogido este año para el triunfo en su carrera.

Algunos ya veían una repetición de 2020. (foto Pro Shots)
 

En el último paso por el Oude Kwaremont, van Aert fue el primero en cascar. A van der Poel le gustan las carreras por eliminación, las arrancadas constantes y rodar siempre en cabeza, y parecía dispuesto a marcharse ya en solitario: pero Asgreen lo cogió sin problemas, con dos zancadas. En el Paterberg, esa cuesta imposible sin el encanto suficiente como para ser el emblema de un gran clásica (como sí lo era el Kappelmuur), las cosas empezaban a verse claras: Asgreen lo subió por el centro, sin titubear, como si fuese llano y asfalto; van der Poel prefirió hacer equilibrios en el estrechísimo margen no adoquinado, apenas una banda, mientras por detrás van Aert subía haciendo eses (algo que no se veía desde Froome en San Luca...).

La facilidad de Asgreen.

La Ronde discurre por caminos estrechos durante su parte central pero se resuelve en carreterazas, al menos en este nuevo recorrido. En ellas se turnaron sin dudar los dos corredores en cabeza. Podría pensarse que Asgreen estaba pecando de pardillo al pasar tanto al relevo, que el nietísimo se lo iba a merendar. Pero una imagen era bastante signficativa del estado de fuerzas de ambos. Asgreen, con la boca cerrada, pasaba con ese pedaleo tranquilo y eficiente que lo caracteriza, los brazos completamente extendidos y una mirada que, bajo las gafas, podría ser parecida a la de las mil yardas; van der Poel ya empezaba a crisparse, con la boca abierta y la cremallera del maillot bajada hasta la altura del pecho. En realidad, se le nota demasiado cuando la batería empieza a entrar en la zona roja: quizá sea su forma de homenajear a un ciclismo clásico del que abjura a diario. 

El sprint fue una sorpresa o simplemente la confirmación de que ganar es más difícil en la realidad que en las previas. A van der Poel le faltaron 50 metros. Podría haber empezado más tarde el sprint, pero aun así el gigantón danés le habría pasado por delante. No tenía nada que hacer. Uno llegó fresco, el otro tostado. No es que uno se amparase más en el trabajo de equipo que el otro, ninguno de los dos lo hizo. Quizá sí el campeón holandés acusó un inicio de temporada sin descanso, enlazando de forma casi inhumana exhibiciones en el ciclocross con cabalgadas un tanto inútiles en muchas carreras intrascendentes. Los pupilos de Lefevere tienen alguien que les dice cuáles son las carreras importantes; el nietísimo parece rebelarse contra la historia, contra la tradición, contra su propia familia quizá, y disputa con la misma intensidad una clásica que quita y da la gloria, una etapita intrascendente o una semiclásica que puede caer en el olvido. 

Van Avermaet conquistó el tercer puesto, adelantándose al grupo y batiendo a Stuyven, mientras que en el grupo trasero fue Van Marcke, por primera vez discreto y sin mala fortuna, el que se llevó el sprint del grupo por delante de van Aert. Sin París - Roubaix a la vista, termina así una temporada de clásicas de adoquines. En el particular marcador, van Aert lleva una Gent - Wevelgem y van der Poel una Strade Bianche, ambos dos etapas en Tirreno - Adriatico y van der Poel una etapa más en el Tour de los Emiratos. Mientras tanto, lo gordo se lo han llevado Stuyven y Asgreen. Proficiat!

lunes, 19 de octubre de 2020

LOS YERNOS PERFECTOS

El ciclismo ha encontrado por fin a sus yernos perfectos, dos chicos altos y jóvenes a los que poder presentar sin vergüenza ante la mesa del resto de deportes. Sus estilos agresivos, sus dominios casi circenses de la bicicleta, su afición desde niños a revolcarse en el barro juntos y a dejar una puerta abierta a la polémica cuando hay un micrófono delante, han hecho que arrastren desde hace tiempo un fandom cada vez más amplio, que los conoce simplemente por sus siglas. En realidad son dos caras de una misma moneda, casi idénticos. Uno con la cabeza hundida entre los anchos hombros, a la manera de un cruce entre Boonen y un Poulidor rosado. El otro con las caderas más estrechas y el pedaleo más liviano, pero con las pesadas cejas y los morros caídos de los grandes campeones belgas. Uno más hiératico, más robótico y machacón; el otro con un rostro más expresivo en el que a veces una mueca evidencia la fatiga. Muchos se frotan las manos, ávidos de relatos protagonizados por ambos, lo que quizá no venga del todo mal al maltrecho deporte que nos ocupa. 

Por fin los yernos perfectos

 

Pero los jóvenes rivales necesitan de un tercero en discordia, un Pier Nodoyuna infatigable, siempre dando que hablar con una salida sorprendente. Un personaje tan amante de las cámaras que incluso cuando sufre un infortunio deja para la posteridad una imagen digna de eclipsar el protagonismo de sus rivales. 


El momento del castañazo. Fotografía de Luc Claessen.
 

Sin embargo, más allá del sprint a dos y del desafortunado incidente de Alaphilippe, no ha sido una Ronde tan espectacular como en otros años. Para mí se encuentra un peldaño por debajo de las Ronde de Gilbert o Terpstra, por poner algunos ejemplos recientes en el mismo circuito. Para los que crecimos con el Muur, con el batticuore habitual que precedía a sus cámaras fijas, este circuito no nos acaba de encajar. Le falta algo, quizá una chispa de sacralidad y por qué no decirlo, más caminos estrechos y menos carreterazas en la parte final. Tampoco ayuda ver destrozar un mito como el Koppenberg con la inusitada facilidad con la que lo ha hecho un debutante en Flandes como Alaphilippe. 

De hecho, Alaphilippe ha sido el animador de la carrera, haciendo el papel del amigo incómodo que se suma a la fiesta con ganas de chistes cuando los otros ya piensan en ligar: la "mosca cojonera" que enturbiaba los sueños de victoria de la pareja del ciclocross. Yo no lo daba como favorito (siempre lo minusvaloro), pero ahí estaba una vez más: le da igual que sea el Tourmalet o el Koppenberg, el Poggio o la Roche aux Faucons, la fórmula de los lobeznos encarnada en Alaphilippe parece derribar cualquier obstáculo. Excepto las motocicletas.

Y es que el campeón debe marcar la diferencia con la fuerza y también con la inteligencia, pero por qué no decirlo, también con la concentración. Después del primer paso por el Paterberg, Alaphilippe decidió empezar a enseñar las cartas, acompañado del rejuvenecido Devenyns. Se trató de un movimiento para soltar las piernas y poner un poco nervioso al personal, pues ahí estuvieron prontos en la respuesta Bardet o Naesen. Sin embargo, el auténtico espesor de las piernas del francés se vería pasado el Koppenberg, en el que se marchó como quien comienza un paseo. Solo un silbido en esa rampa imposible hubiese sido un maltrato mayor a la historia de este deporte. De esta manera enlazó con Turgis y siguió jugando su guerra psicológica con los demás, que veían que el campeón del mundo iba muy en serio. 

Alaphilippe y Devenyns al ataque.

En el tramo adoquinado de Mariaborrestraat, a falta de 41 kilómetros, Alaphilippe se lanzó definitivamente al ataque, aprovechando un tramo en ligera bajada. Van der Poel, muy atento, le cogió rueda, y más tarde van Aert haría lo propio, con mayor esfuerzo. Se había formado el trío perfecto en un lugar aparentemente secundario, en una curva adoquinada en descenso, cruzando un paso a nivel. Había compenetración en los relevos, aunque los tres tuvieran cuentas pendientes cruzadas. 

De pronto un cambio de plano muestra a Alaphilippe por los suelos. La bicicleta ni siquiera aparece en el plano: ha salido volando y se encuentra fuera de la calzada. ¿Qué había liado esta vez? Las repeticiones muestran el instante. Wout van Aert encabeza el terceto y pasa muy apurado a dos motos, una de asistencia y la otra del jurado, que van frenando en el lado izquierdo de la imagen. Ha aprovechado al máximo su estela. Van der Poel, tras él, hace un quiebro para esquivarlas. Alaphilippe, el tercero, con solo una mano en el manillar y mirando hacia otro lado, se traga por completo la moto del juez de carrera. La larga historia de las carreras belgas y las motos, aunque esta vez haya sido todo más un fallo clamoroso de concentración del ciclista francés. Para ganar hay que evitar caerse (que se lo digan a Geraint Thomas). Sin duda, van der Poel y van Aert respiraron aliviados al no tener que aguantar la presencia incordiosa del francés a rueda. 

 

Quiere ganar también en lo de la maldición.

A partir de ese momento fue todo un monólogo, o un diálogo, si se prefiere. Van der Poel y van Aert se dedicaron a rodar a la perfección, dejando bonitas fotografías para los futuros almanaques y libros conmemorativos. Pero más allá de la estética, la carrera perdió todo aliciente. La inusitada superioridad de la pareja de moda convertía en casi imposible la caza por detrás. Lo único que podía servir de estímulo era la comparación mental del estilo de ambos, tan parecidos y al mismo tiempo tan sutilmente diferentes. Su cabalgada fue ya sin estridencias, ambos con el único objetivo de superar los obstáculos restantes como quien echa una firma debajo de un contrato, antes de solucionar las cosas al sprint. ¿Qué mejor para el propio relato, el relato de una rivalidad que va in crescendo, que un sprint entre los dos? 

Ante todo la estética. Fotografía de Ashley & Jered Gruber.


Y vaya sprint. Quizá sea lo único que se recuerde pasado el tiempo de este monumento, junto con el castañazo de Alaphilippe. Van der Poel y van Aert mano a mano, codo con codo, en un sprint corto pero de mucha potencia, en el que el holandés supo mantener a raya al belga, ganándole por la mínima. La resolución perfecta para que ninguno de los dos siameses hubiese salido demasiado humillado. Por detrás, el siempre sólido Kristoff se hacía con la tercera plaza.

Otro sprint por la mínima


Quizá suene a anatema, pero el Giro, del que ya hablaré en su momento, deparó imágenes igual de interesantes, protagonizadas por jóvenes anónimos y hambrientos, aprovechando el cansancio y las bajas de una carrera emparedada en el calendario.

lunes, 8 de abril de 2019

BAIKONUR ESTÁ EN GIRONA

A veces el ciclismo, en su afán por sorprender, nos ofrece espectáculos tan increíbles que resultan incluso enternecedores. Ayer, sin ir más lejos, un corredor se estrenó a los veinticinco años, ganando nada menos que la Ronde van Vlaanderen. ¿No dan ganas de llorar? Un poco sí, aunque no sé si las lágrimas serían de emoción sincera o más bien un llanto como de abuela, de arrancarse los dientes, como el que refería Marlon Brando en el papel de Kurtz en aquel mítico monólogo de Apocalypse Now. ¿Por qué? Porque la victoria de este chico de veinticinco años no es la del pobre invitado a la mesa del rico, que aprovecha un momento de despiste para llevarse a la boca un muslo de pollo. No es la del corredor modesto que ataca en los primeros kilómetros, cuando aun no están puestas ni las vallas y los favoritos duermen todavía en la panza del pelotón. No. La victoria de este chico de veinticico años, todavía sin estrenar hasta ayer, es la del que machaca a sus rivales sin piedad, haciéndolos papilla en medio del sandwich de adoquines de Oude Kwaremont - Paterberg. En el fondo y en la forma, la victoria de este chico de veinticinco años no desentona con otros freak shows organizados por Flanders Classic.

Alberto Bettiol se llama. No es un desconocido, pero estaba sin estrenar después de casi cinco años como ciclista. Había conseguido buenos puestos, en Plouay, en Polonia. Incluso había hecho quinto en una etapa del Tour detrás de un cuarteto excepcional, formado por Sagan, Daniel Martin, Matthews y Van Avermaet. Había pasado también una temporada de anonimato absoluto en BMC. En resumen, era un corredor del que se conocía el nombre pero al que costaba poner cara. Ahora puede decirse que ha entrado en el ciclismo por la porta triunfalis, a lo Oliver Zaugg, estrenándose con un monumento. Al menos este tiene veinticinco años.

E vissero sempre felici e contenti


Su victoria tiene que contextualizarse en una temporada de ensueño para el Education First de Vaughters. Ha sido cambiar de maillot y comenzar a llover las victorias y los puestos destacados. Hoy, sin ir más lejos, en la primera etapa de la Itzulia, Daniel Martínez, Hugh Carthy y Lawson Craddock han hecho entre los mejores. Ayer tuvieron tres hombres delante (Sep Van Marcke, Sebastian Langeveld y el propio Bettiol), cuando a duras penas los de la manada los igualaban. Bettiol ya había anunciado su estado de forma en la Tirreno-Adriatico, con un segundo puesto en la crono zombi de San Benedetto del Tronto y un ataque a modo de antipasto en el Poggio. Pero nadie esperaba esto.

Por si alguien lo pone en duda, Bettiol ayer fue el hombre más fuerte. Su cuerpo compacto parecía de roca, de criptonita. Quizá sólo van der Poel habría podido seguirle, de no ser por su tonta caída y por el desgaste consecuente de fuerzas en la persecución y en movimientos inoportunos. A Bettiol nadie le regaló la victoria. Atacó donde sólo la fuerza permite desmarcarse y sus rivales intentaron darle alcance, especialmente Van Avermaet, pero no pudieron. Si no lo hicieron en el encadenado Oude Kwaremont - Paterberg fue porque no tuvieron más fuerzas. Al salir Bettiol destacado del Paterberg lo tenía ya casi medio hecho, pues en cualquier clásica es difícil que un grupo numeroso de líderes sin gregarios se ponga de acuerdo para dar caza a un escapado. Un escapado al que no recortaron nada en el eterno llano hasta Oudenaarde, al modo de Sagan, Cancellara o de Terpstra. Primera victoria profesional, recuérdese.

alla grande


Por lo demás fue una carrera bastante anodina, alejada de la emoción que supuso hace dos años la larga escapada de Philippe Gilbert. En los primeros kilómetros se formó una escapada con Houle, Touzé, Asselman y Van Rooy, que tuvo el honor de pasar todavía en cabeza por un Kapelmuur convertido en reliquia. Poco después Van Marcke y Vandenbergh, dos trotones flamencos, se marcharon. A ellos se unió Kasper Asgreen, el danés y el Quick Step del día (dos en uno), después de haber estado comandando el pelotón. Por detrás Terpstra tenía una fea caída, van der Poel también (una caída bastante tonta, agravada por un exceso de confianza sobre la bici) y Gilbert naufragaba. El máximo interés durante gran parte de la carrera residió en la persecución alocada de van der Poel, todo un derroche de fuerza. Le llegó el turno al Koppenberg, que de ser otrora una especie de Moloch de los ciclistas ha pasado a ser un perrito faldero, ladrador pero poco mordedor. Fue el momento que aprovechó Dylan van Baarle para conectar con el grupo delantero. Jasha Sutterlin lo intentó, sin éxito. Quedaba así conformado todo a la espera de la traca final.

Los berg se sucedieron sin crear apenas criba en el grupo de favoritos. Por delante Vandenbergh flaqueaba y más tarde Van Marcke. Una extraña suavidad parecía haber amoldado las empinadas rampas adoquinadas a las máquinas de carbono del grupo nutrido de corredores importantes, en los que las escaramuzas no llegaban a cuajar. Después de repetidos ataques de Wellens y Sutterlin por coger a los de cabeza, seguidos por Weening y Degenkolb, acabó por conformarse tras el Kruisberg - Hotond un grupo de veinte corredores: Peter Sagan, Bob Jungels, Yves Lampaert, Alejandro Valverde, Jasha Sutterlin, Jens Keukeleire, Tiesj Benoot, Wout Van Aert, Pieter Weening, Mathieu van der Poel, Jasper Stuyven, Greg Van Avermaet, Dries Van Gestel, Alexander Kristoff,  Oliver Naesen, Nils Politt, Michael Matthews, Sebastian Langeveld, el reabsorbido Sep Van Marcke y Alberto Bettiol. No estaba Zdenek Stybar entre ellos, al quedarse fuera de fuego en un repecho no catalogado con berg. El rendimiento de los Deceuninck - Quick Step estuvo muy por debajo de lo esperado. Al cortijo en el que estaban convirtiendo las carreras de un día de la temporada le faltó la cabeza de toro de la Ronde sobre la chimenea.

A falta de 19 km, poco antes de entrar en el último paso por el Oude Kwaremont, Asgreen y van Baarle contaban con 16 segundos de ventaja sobre el grupo de veinte, comandado por Keukeleire y Van Avermaet. Fue el momento del ataque de Bettiol. Hay que verlo repetido varias veces para acabar de asimilarlo y salir del shock. Van der Poel iba bastante atrasado, como si empezase a notar las piernas algo débiles. Van Avermaet lo ve claramente (Bettiol sale de la tercera posición) e intenta cogerle la rueda. No puede. Inmediatamente Bettiol rebasa a Asgreen y van Baarle y se lanza, como hombre-bala, hacia la meta de Oudenaarde. Sutterlin, Stuyven y Van Marcke se quedan del grupo de favoritos. A la salida del Oude Kwaremont, Bettiol cuenta más o menos con 10 segundos de margen.

El momento preciso


A 14 km., justo en el momento de afrontar el rampón del Paterberg, Bettiol cuenta con 18 segundos. Hay que reconocer que nadie secundó el esfuerzo de Van Avermaet al salir a la carretera general. Quizá alguno pensó, como es lógico, que Bettiol se hundiría en el Paterberg, pero no fue así. En ese exiguo rampón, Bettiol subió a chepazos, con la mandíbula desencajada, como un mulo de tiro y arrastre. Van Avermaet por detrás intento la aceleración, con Naesen y van der Poel a rueda. El astro holandés, que parece cada vez más futbolista que ciclista por sus ademanes, pasó con 14 segundos de diferencia con Bettiol. La suerte estaba echada en favor de Bettiol.

Otra imagen del momento preciso (pic: Yuzuru Sunada)


En el llano eterno hacia Oudenaarde las cosas no variaron, como viene siendo habitual. Valverde lo intentó de forma tímida, tambíén Van Avermaet, Sagan, Lampaert, Jungels y Politt intentaron dar alcance individualmente al italiano, pero el abecé del ciclismo determina que uno solo siempre hace más camino que un grupo mal avenido. Más si cabe si en la parte trasera del grupo se arrastra a gente del calibre de Kristoff o Matthews. Y así fue. El italiano no miró en ningún momento hacia atrás, obcecado en pos de la victoria. Detrás sólo comenzaron a relevar cuando vieron como imposibles las aventuras individuales, en una aceptación silenciosa de la derrota. Consintieron incluso que Asgreen hiciese puesto. El italiano mientras tanto ya había pasado la línea de meta y mostraba su rostro de incredulidad ante las cámaras, los periodistas entrometidos de la Rai y el barrigudo chaperon de Flanders Classics. "Ma cosa ho fatto?" parecían decir sus ojos de cantante de opereta, fuera de la máscara de polvo y sudor que le cubría la cara. "Una animalada", deberían haberle dicho todos los allí presentes.

Uno de los tres personajes de la imagen es mi ídolo.


En resumen, el equipo de Vaughters carbura, quizá al mismo nivel en que lo hacía cuando convirtieron a un prologuista que se quedaba en subidas de autopista en un contendiente del Tour de Francia. En el caso de Bettiol, el tiempo dirá si estamos ante otro Gabriele Colombo, otro Vladislav Bobrik, otro Mathew Harley Goss, otro Oliver Zaugg, es decir, un one hit wonder del ciclismo (por no utilizar otro vocablo más relacionado con Baikonur y la estación espacial Mir) o un corredor de auténtica entidad.  De momento va ganando por minutada lo primero.


lunes, 2 de abril de 2018

UNA MÁS PARA LA CUADRA DE LEFEVERE

El ciclismo es un deporte de tradiciones, que vive de la repetición, muchas veces inflada o falseada, de sus propios mitos. Las victorias del equipo de Lefevere en la Ronde van Vlaanderen se están convirtiendo en una nueva tradición más, a fuerza de repetirse. Pero podría decirse que el dominio de su equipo, el Quick Step, es más abrumador ahora que en la época de Boonen y Devolder. Cualquiera de los suyos puede ganar, cualquiera de los suyos puede lanzar el ataque ganador a muchos kilómetros de meta, porque los de la cuadra de Lefevere no desfallecen, no miran atrás, sólo pedalean. Los caballos que recalan en la cuadra resucitan, rejuvenecen (Gilbert) y los que la abandonan se convierten en patéticas sombras de lo que fueron (Tony Martin). El símil animal no es baladí en un ciclismo como el belga y en un equipo como el de Lefevere, el continuador de Lomme Driessens en las peores prácticas. Este ciclismo de cripta está acostumbrado a las competiciones entre ciclistas y caballos (Maertens con la muñeca enyesada compitiendo contra un caballo de carreras), la cercanía de los perros (el de Vandenbroucke) o de los veterinarios (Landuyt).



Esta vez ha sido Terpstra el caballo ganador. Un ciclista superdotado, sin duda, con la facilidad para rodar de los grandes clasicómanos: la espalda en paralelo con la línea del horizonte, los codos en ángulo recto, las piernas delgadas y largas moviendo el plato de forma hipnótica y sin apenas gesticulación. Debería rescatar un viejo tweet mío en el que, a lo Marinetti, decía que ver a Terpstra rodar es más bello que la victoria de Samotracia. Pero no deja de ser un viejo tweet, anterior al momento en el que el corredor holandés desveló su naturaleza de pendenciero, chulo y arrogante. Antes de mostrar también que su eficiencia de rodador no parecía acorde con su visión táctica de las carreras. Aspecto éste último del que se libró ayer.



Pero si antes decía que el ciclismo es un deporte de tradiciones, también lo es de mitos destrozados. El de la Ronde van Vlaanderen es sin duda uno de ellos, el más claro y evidente. El nuevo recorrido tiene el defecto grave de basarse en un circuito, salvo para los habituales apologetas que dirán lo contrario. La "feria", como llama al circuito acertadamente @javigoros61 en twitter. Este circuito elimina una parte sustancial de lo que es una clásica, que es unir una ciudad con otra, un punto alejado del mapa con otro. Confiere cierta monotonía a la carrera. A ello se le suma la acumulación de dureza en la parte final, lo que contribuye, como bien se sabe cada año con la Lieja, a la espera, a postergar los momentos decisivos, con algún año excepcional como la edición de 2017. Por otro lado, el llano desde el Paterberg hasta Oudenaarde es demasiado recto, por carretera ancha, muy diferente al falso llano, de carretera sinuosa y estrecha que separaba el Bosberg de Meerbeke y que deparaba algún ataque o movimiento táctico (Tafi en 2001, Boonen en 2005, etc.). Las cosas llegan resueltas la mayor parte de las veces a este llano, después del rampón imposible del Paterberg. Por no hablar de la recta de meta, de más de un kilómetro, sin público, más propia de un circuito automovilístico que de una prueba ciclista, como señaló desde el primer día @ciclismo2005.

La carrera empezó en Amberes con un tiempo malo, de lluvia leve y viento: tiempo del norte, no tan habitual en las últimas ediciones de la Ronde, caracterizadas por el ambiente primaveral. Después de mucho pelear en las largas llanuras hasta Zotegem, entre campos, granjas y pequeños bosques todavía sin hojas, acompañados por el cielo plomizo de los cuadros de Ruysdael, se formó definitivamente la escapada del día, con Eenkhoorn, Peyskens, Ganna, Aimé De Gendt, Turgis, Ligthart, Haller, Gibbons, Goolaerts, Gerts y García Cortina. El asturiano estuvo en cabeza durante kilómetros, luchando por meterse en la fuga, pasando en cabeza el Muur Kapelmuur a lo campeón, mostrando que su interés y su valía para este tipo de carreras es auténtico. No tengo la menor duda de que si en vez de protagonizar la fuga inicial hubiese sido el cabeza de filas en su equipo, su resultado hubiese sido mucho mejor. Por detrás, una caída poco antes de Geraardsbergen, provocada por Tony Martin, dejaba descolgado a Naesen. El Muur se subió con intensidad, pero lejos estuvo del papel decisivo de la edición de 2017. Algo lógico, a 94 km de meta. 

Tras pasar Geraardsbergen, Devriendt y Weening, y posteriormente Mads Pedersen y van Emden, se lanzaban al ataque, alcanzando al grupo de escapados, en el que cada vez figuraban menos corredores. En ese momento comenzó el carrerón del campeón danés, un corredor de 22 años del que se presume un futuro fantástico en las clásicas del norte. En el Kanarienberg quedaron por delante Devriendt y García Cortina, a los que daría alcance poco después Pedersen, con su particular estilo agónico. En el segundo paso por el Oude Kwaremont, enlanzado esta vez con Paterberg, se destacaban del grupo de favoritos Langeveld y van Baarle. Llegaban así los momentos decisivos de la carrera. 



El Koppenberg sería el final del sueño de García Cortina y el momento de auténtica selección de la carrera. Las cámaras de la televisión flamenca ofrecieron el inquietante plano desde la perspectiva del grupo, en el que se aprecia cómo el camino adoquinado del Koppenberg comienza a ascender, casi en ángulo recto, hacia el cielo, como si se tratase de uno de los sueños de la nefasta Origen en los que una calle se pliega sobre sí misma. Ya al final de la agónica subida se formó el habitual tapón, como hacía mucho tiempo que no se veía, provocado por una pendiente demencial, unos adoquines bastos, la ausencia de vías de escapatoria y lo abultado del grupo a esas alturas de carrera. Ninguno de los favoritos quedó sin embargo fuera de juego. Van Baarle, Langeveld y Mads Pedersen salieron todavía con segundos de ventaja que les permitían soñar remotamente con la victoria, dado el marcaje imperante en el grupo de favoritos. Quedaban todavía más de 40 km. a meta. 

Llegó entonces el encadenado de colinas, la traca final de los organizadores de Flanders Classics. En el Taaienberg, Van Avermaet  daría muestras de debilidad (qué lejos está del intratable corredor de la primavera pasada), mientras que Demare y Kristoff pasarían con bastante suficiencia los berg, aunque sin gregarios. Van Aert seguía delante, con gran facilidad, Sagan perdía a Oss, su último gregario, mientras que los Quick Step disponían de superioridad, con Stybar, Terpstra, Gilbert y Lampaert. Tras una escaramuza poco después de coronar el Kruisberg, lanzada por Stybar y secundada por Kwiatkowski, Sagan y Nibali, se produjo el consabido parón. Momento que fue aprovechado con astucia por el propio Nibali para lanzar su ataque. De nuevo lo squallo demostraba su particular habilidad para leer las carreras. Sin embargo, esta vez no le acompañaron las piernas. Tras él salió Terpstra y por detrás Sagan (quién si no) se limitó a culebrear, abrirse y esperar que otro cerrase el hueco, a la manera de Quintana en el Peyresourde. Moscon lo intentó, sin fortuna; en el falso llano subsiguiente, Terpstra siguió forzando la marcha e hizo con Nibali lo que éste hizo con Neilands en el Poggio. 



A partir de ese momento, tan sólo quedaba descubrir cuánto tiempo tardaría Terpstra en dar alcance al terceto delantero. Por un momento pareció que iban a defenderse bien, que Terpstra podía desfallecer; pero no, el magnífico rodador holandés sólo estaba tomando un poco de aliento, antes del encadenado final (¡una vez más!) de Oude Kwaremont - Paterberg. Langeveld y van Baarle se vinieron abajo; sin embargo, Mads Pedersen luchó, con la cara enrojecida, la boca abierta, casi en apnea, por mantenerse a rueda de Terpstra. Por detrás, el único movimiento serio tuvo lugar en el Paterberg, con Sagan atacando a destiempo, asumiendo el rol de Vanmarcke. 

En el llano hacia Oudenaarde, Terpstra no se pudo relajar, pues Pedersen seguía luchando por darle alcance. Por detrás, Sagan sería alcanzado por el grupo formado por Stybar, Gilbert, Van Avermaet, van Baarle, Vanmarcke, Van Aert, Naesen, Benoot, Valgren Andersen y Stuyven. Las figuras belgas, acostumbradas al marcaje mutuo, sólo podían encontrar un elemento común de colaboración en la caza a Sagan. De esta manera, Terpstra consesguía su segundo monumento, en este caso sin la magnanimidad de Boonen, Mads Pedersen entraba todavía segundo y la tercera plaza se dilucidó entre Gilbert y Valgren Andersen. 



No ha dejado de ser la de este año una edición menor de la Ronde van Vlaanderen, dominada por la superioridad de un solo equipo y por los marcajes entre el resto de figuras. Mención aparte merece la extraña forma de correr de Sagan, cada vez más predecible; está claro que prefiere no ganar a que otros se beneficien de su esfuerzo, pero en el recuento final Terpstra ya tiene más monumentos que él. Sin duda lo más esperanzador fue la actuación de los jóvenes: el excepcional Mads Pedersen, Wout Van Aert, por completo adaptado a la distancia, y en menor medida Iván García Cortina. 

martes, 4 de abril de 2017

RENACIMIENTOS Y GOLPES DE EFECTO EN LA RONDE VAN VLAANDEREN

El pasado domingo los aficionados al ciclismo asistimos a dos renacimientos, el del Muur-Kapelmuur de Geraardsbergen y el de Philippe Gilbert. El primero necesario y reivindicado sin cesar desde su absurda exclusión, y el segundo más insólito, y como todo lo que rodea al ciclismo, envuelto en bastantes dudas. Lo dos "desaparecieron" relativamente después de 2011 y han vuelto por la puerta grande. 

Una carrera se debe a sus hitos, y más todavía un monumento. ¿Qué sería la Milán - Sanremo sin el Poggio, la Lieja sin Stockeu, la Roubaix sin Wallers Arenberg o el Giro de Lombardía sin la Madonna del Ghisallo? Pues en eso se había convertido la Ronde: una carrera sin identidad a la que sus hermanas menores, la Gante - Wevelgem y la Harelbeke, le estaban lamiendo los talones. A pesar de los intentos de los organizadores por hacer tragar al aficionado la papilla final de Oude Kwaremont y Paterberg, el encadenado sacaperras no había logrado recomponer la esencia maltrecha de la prueba. 

De todas formas, poco se esperaba de un Kapelmuur situado a 90 km. de meta. Parecía incluido casi sin querer, a regañadientes. "Lo queréis, pues ahí va...a 90 km. de meta". Nada más lejos de la realidad. El terrible muro, profanado en su día por el demencial molinillo mecánico de Cancellara, fue el momento decisivo de la carrera. Boonen aceleró el ritmo y se formó un grupo muy selecto, mientras Sagan y Van Avermaet, cómodos en la panza del grupo, entraban en las rampas del Muur esperando acontecimientos. En ese corte primó más la colocación y el conocimiento del terreno que la fuerza bruta, aunque todo parecía prever un futuro reagrupamiento. Aun así se habían colado grandes favoritos y tipos peligrosos como Kristoff, Démare, Coquard, Chavanel, Vanmarcke, Stuyven, Moscon, Modolo...y nada menos que tres Quick Step: el propio Boonen, Trentin y Gilbert.  

El primer momento decisivo: Boonen acelera, tras él Moscon y Kristoff.
En la imagen inferior, Gilbert, Chavanel y Coquard. 

El campeón valón ya había realizado una demostración espectacular en el Kapelmuur durante los tres días de De Panne - Koksije, frente a uno de tantos Oricas, en aquel caso Durbrigde. Se le vio rodar como en sus mejores momentos, desenvuelto y agresivo como cuando con el maillot blanco del FDJ se lanzaba a ofensivas descabelladas, que en algunos casos, como la Omloop Het Volk de 2008, llegaban a meta. 

La trayectoria del campeón valón parecía en franca decadencia, muy alejada de la maertensiana temporada de 2011. En aquel momento, en el Omega Pharma - Lotto de Ibarguren, compartía equipo con Greg Van Avermaet. Al año siguiente ambos recalaron en BMC, uno como gran estrella, el otro como promesa aparentemente estancada. Las trayectorias de ambos belgas en el caótico BMC han sido divergentes: si bien en 2012 todavía la balanza se decantaba claramente por el valón, al que aun costándole ganar se llevó el mundial y dos etapas de la Vuelta, a partir de 2014 el lado de la balanza estaba claro. En 2016 el platillo de la balanza de Van Avermaet tocó definitivamente el suelo: Campeonato de Bélgica frente a Het Nieuwsblad, Tirreno-Adriatico, etapa del Tour, Juegos Olímpicos y Grand Prix de Montréal.  Van Avermaet comenzó a desarrollarse como una bestia intratable, mientras que el valón, una especie de Van Damme ciclista, parecía una sombra de lo que había sido. Hasta el pasado domingo, en el que se tomó su particular venganza sobre BMC y Van Avermaet. 

El grupo seleccionado por los Quick Step alcanzó una ventaja de un minuto aproximadamente, mientras detrás BMC tuvo que empezar a quemar a Oss. A falta de 50 km., en el segundo ascenso del Oude Kwaremont, Gilbert se puso en cabeza y sin levantarse del sillín comenzó a abrir hueco, mientras a su rueda Trentin favorecía el corte. A partir de ese momento comenzó el festival de Gilbert, mientras por detrás Trentin y Boonen marcaban al resto. Vanmarcke se fue al suelo al meter la rueda trasera en una junta de dilatación (parece mentira que sea flamenco) y una vez se dio caza al grupo del que había partido Gilbert, Boonen tuvo problemas mecánicos antes de su amado Taainberg. 

El segundo momento decisivo: Gilbert se avanza en el segundo paso por el Oude Kwaremont


Gilbert fue devorando los muros con solvencia, aporreando los pedales, con sus característicos chepazos, tan alejados del pedaleo redondo, mecánico e hiperfluido al que nos tenía acostumbrados Cancellara sobre estas rampas. Koppenberg, Taaienberg, Steenbeekdries, Krusiberg...iban cayendo uno a uno ante un Gilbert voraz, desconocedor de la fatiga. Mientras tanto detrás,  en el último minuto, Sagan y Van Avermaet intentaban subsanar su catastrófico error de colocación en el Kapelmuur, dando caza a Felline y van Baarle, que marchaban intercalados, y llevándose consigo a Olivier Naesen y Yoann Offredo. A pesar de los síntomas evidentes de debilidad de Gilbert, la suerte se alió con él. En el último paso por Oude Kwaremont Sagan lanzó su desesperado ataque, pues el valón todavía gozaba de aproximadamente un minuto de ventaja. El eslovaco arrancó sentado, sin lograr despegarse de Van Avermaet y Naesen, aprovechando al máximo el exiguo espacio de tierra entre el adoquinado y las vallas. La maldición del arco iris le cayó a plomo, como en Vía Roma, y se fue al suelo después de enganchar el manillar con la chaqueta de un espectador. Tras él se empotraron los dos belgas.

El tercer momento decisivo: Sagan se va al suelo, junto con Naesen. Van Avermaet huye. 

La specialized del eslovaco acabó hecha trizas, como bien sabe por experiencia propia Contador con bicicletas de ese fabricante. En cambio, la BMC de Van Avermaet estaba completamente intacta, y allá que se lanzó a la caza de su ex-compañero de equipo. Gilbert alcanzó la cima del Paterberg con notable sufrimiento, y en el interminable y anodino llano hasta Oudenaarde fue un goteo continuo de segundos en favor del trío trasero, formado por Van Avermaet, van Baarle y Terpstra. Aun así, Gilbert tuvo tiempo de hacer la innecesaria estupidez de bajarse en los últimos metros de su bicicleta, cruzando la línea a pie y alzándola sobre su cabeza, a la manera de Simeoni y Rosa. 

Una gran victoria fastidiada por una mala foto

La victoria de Gilbert ha dado lugar a múltiples polémicas: si Gilbert actuó por libre al lanzar su ataque lejano, si fue una apuesta inteligente, si hubiese llegado sin la caída de Sagan... discusiones estériles, pues "a toro pasado" es indudable que tan determinante como la caída de Sagan fue el error de colocación de él y Van Avemaert en el Kapelmuur. Lo que para mí no hay duda es de que la victoria de Gilbert ha supuesto el triunfo del ataque lejano sobre las especulaciones y demarrajes salvadores de último minuto, algo que también intentó Cancellara el año pasado y le salió también mal; ha supuesto el triunfo del Kapelmuur, con todo su encanto, sobre la rampa insustancial del Paterberg; y también la victoria de un Gilbert que se "cuida" tanto como en 2011 sobre las "terapias de ozono" de Van Avermaet. Un Gilbert atacante que se agradece que vuelva a la primera línea del ciclismo internacional, al menos para introducir un poco de variedad en el dualismo Sagan-Van Avermaet de los últimos tiempos.