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sábado, 7 de marzo de 2026

MONOTONÍA

Recuerdo vagamente un poema de Antonio Machado que nos hacían aprender en la escuela y que finalizaba con un verso que decía: "Monotonía de lluvia tras los cristales". Algo así me inspiran las victorias de Tadej Pogačar en sus citas importantes, marcadas por lo previsible, por las certezas. Ataca a 79 kilómetros de meta, se queda solo a un mundo del final, y se sabe que va ganar. No hace tanto tiempo de otro recuerdo: en 2022, precisamente en la Strade Bianche, ante la primera victoria del esloveno, en solitario desde 49 kilómetros para meta, me vino a la mente la idea de que estaba ante el mejor ciclista que habían visto mis ojos. Así lo formulé, en voz alta, y se me tomó un poco por loco, o por flipado. Ni Induráin, ni Armstrong, ni Contador, ni Valverde, ni Sagan, sino Pogačar. El tiempo en parte me ha dado la razón, pero al igual que los descerebrados votantes MAGA que hoy se decepcionan ante su líder, que ya se mete en guerras, o en "operaciones especiales" como les gusta decir, yo también estoy decepcionado ante la enésima exhibición de Pogačar. O más bien aburrido. 

domingo, 9 de marzo de 2025

UN TERCER TRIUNFO EN SIENA CON UN ELEMENTO INESPERADO

La Strade Bianche de este año puede resumirse rápidamente, pues se ciñó casi al completo al guion escrito de antemano. Y digo casi al completo puesto que un incidente fortuito e inesperado pudo alterar el resto de la carrera a falta de 49 kilómetros. A la altura de la diminuta localidad de Pieve a Bozzone, un extraño plano interrumpió la sucesión de tomas aéreas de colinas y pueblos abandonados que la realización estaba ofreciendo: en él se veía una cabeza blanca asomar entre las ramas de un arbusto seco y espinoso. No se trataba de un conejo saliendo de la maleza, sino del campeón del mundo, Tadej Pogačar. En ese momento de la carrera, Pogačar marchaba ya en cabeza con Tom Pidcock y Connor Swift, el último superviviente de la fuga del día. La carrera había explotado en Sante Marie, a falta de 78 kilómetros, pero contra todo pronóstico no había sido Pogačar el encargado de encender la mecha, sino Tom Pidcock. De esa manera, con la carrera bastante clarificada, Pogačar había tomado bastante pasado una curva aparentemente inofensiva, con la intención quizá de impresionar a Pidcock con su técnica, con el nefasto resultado de darse un buen revolcón por el asfalto y la cuneta. 

sábado, 2 de marzo de 2024

CABALLO DESBOCADO II, GALOPANDO DE NUEVO

Tadej Pogačar parecía ya impaciente por iniciar la temporada con una victoria. No se podía reprimir y no se puede decir que no hubiera avisado en los días previos. A nadie ha pillado por sorpresa.  Este es el año que más tarde ha empezado a competir, y desde 2020 ha tomado la sana costumbre de ganar la primera carrera que disputa, ya sea una prueba por etapas (Volta a la Comunitat Valenciana en 2020, UAE Tour en 2021 y 2022) o de un día (Clásica de Jaén en 2023). Esta vez no iba a ser diferente, después de haber estado demasiado tiempo retenido sin correr y sin ganar. Vingegaard y Evenepoel se le habían adelantado, llevándose un poquito de botín al zurrón en sus primeras carreras disputadas. Unas migajitas en el camino, de todas maneras. No había empezado de igual forma Wout van Aert, que no ganó en su primera aparición en Jaén, aunque ya haya subsanado ese fallo en la Kuurne. Ante estos primeros resultados, se esperaba la reacción inmediata de Pogačar, que no ha tardado en llegar.

jueves, 29 de febrero de 2024

CUESTA ELEGIR SEIS

Los tres mosqueteros. Los cuatro jinetes del Apocalipsis (o las cuatro tortugas ninja). Los cinco dedos de la mano. Los seis...¿Los seis qué? Si ya cuesta encontrar un grupo de cinco, ya es casi imposible encontrar uno de seis interesante. Así que, ¿quién necesita un sexto monumento? Es un debate estéril, propio de medios anglosajones deseosos de casito. En mi opinión, de ser necesaria la existencia de un sexto monumento porque en ello nos fuese la vida, tanto la Gante - Wevelgem como la Amstel Gold Race estarían mejor posicionadas para serlo, sobre todo esta última. Se podría hablar también de la Flecha Valona o de la París - Tours, pero ya todos sabemos que son mitos destrozados por sus organizadores.

sábado, 4 de marzo de 2023

EL TRIUNFO DE LA VALENTÍA

Hemos asistido a una de las mejores Strade Bianche que se recuerdan, con su dosis equilibrada de exhibición y emoción. Sin llegar al dominio aplastante de la edición de 2022, tampoco se ha resuelto en un patapum pa'rriba como la de 2021. A pesar de su falta de historia, la Strade Bianche puede lucir orgullosa uno de los mejores palmareses del calendario, en especial en sus últimas cuatro ediciones, con gente como Alaphilippe, van Aert, van der Poel y Pogačar. El nombre de Pidcock se suma a esta tradición como una reluciente longaniza más en la ristra, ya que su nombre está a la altura de las expectativas. Pero que no se me malinterprete. No pretendo con esta afirmación previa favorecer un debate en torno a la naturaleza y la categoría de la prueba. Si algún día el público en general cae rendido ante la monumentalidad de la carrera, considerándola a partir de ese momento como uno de los pilares fundamentales del ciclismo, así será. Habrá que aceptar los cambios. Pero estos cambios, no nos engañemos, no serán más que las formas efímeras y divertidas que crean las olas sobre la superficie de un océano un tanto inamovible (copiando la metáfora de Braudel). 

sábado, 5 de marzo de 2022

MONUMENTAL

En una escena de Le Vélo de Ghislain Lambert, esa gran película que sirve a modo de compendio de los claroscuros del ciclismo de ayer y de hoy, se resumía bastante bien el panorama en el que se está adentrando actualmente el ciclismo. En ella, los periodistas radiaban eufóricos uno de los muchos triunfos de Merckx, para después, una vez fuera de antena, quejarse de que les iba a dejar sin trabajo, porque ganaba demasiado y la gente se estaba empezando a aburrir. Es verdad que algunos, como el festino loco, ya encuentran a Pogacar aborrecible desde su primer Tour, pero la pregunta es si el aficionado común también acabará aburriéndose. Su triunfo ha sido de los más apullantes e incostestables que recuerdo, solo parangonable en los últimos tiempos a algunas cabalgadas solitarias de Gilbert, Boonen o Cancellara, con la diferencia notable de que ninguno de ellos ganó también el Tour. El esloveno se ha desmarcado con bastante garbo de los monotemáticos vueltómanos julietistas. La comparación hay que hacerla con esos dos o tres grandes nombres que suelen pronunciarse con excesivo respeto reverencial.  

Tras Coppi, Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain...el sexto monumento.


La verdad es que Pogacar me está facilitando mucho las crónicas. Esta se escribe rápido. Después de que el pelotón saliese volando por los aires como un castillo de naipes a falta de 90 kilómetros, se ha producido el reagrupamiento, con los habituales escarceos de Alaphilippe en cabeza. En el decisivo tramo de Santa Maria, donde se suele producir la selección, Pogacar ha forzado en dos o tres curvas, jugándose el tipo, alcanzando una ligera ventaja que ha incrementado en el tramo ascendente. Alaphilippe se ha visto forzado a decir basta, siendo Carlos Rodríguez el único que ha intentado frenar la hemorragia de metros que Pogacar estaba abriendo. Diez segundos, veinte, treinta, cuarenta...Rodríguez se ha mantenido cerca, con su pedaleo redondo y elegante, con ese deslizar estático de gran ciclista en ciernes que tiene, pero padeciendo más que el esloveno en las curvas de grava, debido a su poca envergadura. Pasado por el filtro adelgazante de Ineos, quizá hubiese necesitado unas piedras en los bolsillos para no salir volando. Mientras tanto, Pogacar dejaba tras su paso el habitual rastro de polvo levantado: se diría que ya había fumata blanca, ya se sabía el vencedor. 

El momento decisivo: Carlos Rodríguez ha intento mantener el pulso.

 

Alaphilippe ha intentado sacrificarse durante un tiempo por Asgreen, pero ha desistido. Su voltereta en la caída había sido espectacular y a buen seguro dolorosa. Tampoco sus destellos en carreras previas habían sido demasiado deslumbrantes: su forma no es todavía la de los mejores días. Una vez cazado Rodríguez y con la diferencia superando el minuto, se formó un quinteto perseguidor, con Valverde, Asgreen, Simmons, Wellens y Narváez. La presencia del murciano, como suele ser habitual, desbarató todo intento de persecución. Es su táctica para obtener puestos: nunca optar de forma decidida e incluso suicida al primer puesto, sino ahorrar todo lo posible. Se le puede perdonar a estas alturas: ya se sabe cómo corre y con cuarenta y un años ya no se le puede exigir más, pues sus rendimientos exceden los parámetros normales de la actividad deportiva. Asgreen, tan mecánico como siempre, se mantenía tirando en cabeza de la persecución, con ciega obcecación. En el penúltimo tramo ha abierto un ligero hueco, que solo ha sido cerrado por Valverde. Mientras tanto, Pogacar seguía a lo suyo. 

Caballos desbocados.

 

En las proximidades de Siena han empezado a llegar los primeros signos de humanidad en el pedaleo del esloveno. Se ha comenzado a hacer pesado, con chepazos y cabeceos más exagerados, y algún que otro estiramiento de espalda. También él se había revolcado por el suelo, aunque con más suerte que Alaphilippe y sobre todo que Benoot. Aun así, ha tenido tiempo para tomarse la aproximación a Santa Caterina con calma, chocando alguna mano del público y subiendo la empinada calle sin levantarse del sillín. Según los cronometradores oficiosos, su tiempo de ascensión ha sido peor que el de las chicas, encabezadas por Lotte Kopecky y la neerlandesa valverdiana, la adorada por los comentaristas de Eurosport. Me lo creo. Pogacar ha llegado atufadísimo, buscando en los últimos kilómetros desesperadamente algo en los bolsillos. Valverde le ha recortado casi medio minuto en la parte final, distanciando en Santa Caterina a Asgreen. Por detrás, el grupo de Simmons, Wellens y Narváez era alcanzado por Valter y Bilbao. 

Pogacar no se ha caído.


¿Pogacar necesitaba ganar así? No, seguramente no ha sido la opción más inteligente, ni la más sensata. Pogacar comparte ese punto de locura que tienen también los gemelos del ciclocross, e incluso Roglic en sus días más inspirados, y que hace de esta época una particular edad de oro del ciclismo. Ha atacado de forma desmesurada, como está siendo todo el rendimiento de su equipo en este inicio de año. Ha sido, por tanto, una victoria anunciada, pregonada a voz en grito, sobre todo desde el apabullante triplete de Polanc, Covi y Ayuso en Laigueglia, todo un homenaje a los tiempos del Gewiss y el Mapei. Aquella carrera tuvo el nerviosismo inherente a las carreteras de la zona, con Lorenzo Rota y Carlos Rodríguez como únicos contrincantes de los emiratíes, en un intenso toma y daca que acabó llevándose Polanc aprovechando un parón. Pogacar simplemente ha seguido esa línea del equipo, aprovechándose en su caso también de las ausencias notables de Wout van Aert, pensando en París - Niza, Tom Pidock, de cagaleras, y Mathieu van der Poel, todavía cuidándose con sesiones de turismo de pretemporada. 

Argentin, Furlan y Berz...ah, no.

 

Así pues Pogacar enlaza una victoria más. Se está convirtiendo en una costumbre: ataca desde donde quiere y gana como quiere, escapado o al sprint, atacando muchas veces desde distancias imposibles (como todo el Gilbert previo a su mundial). Sin duda alguna, su victoria encaja con el impresionante palmarés de esta prueba reciente que, en muchas ocasiones, acababa como una Flecha Valona bastante más seleccionada. Esta vez no ha sido así. Ataques así, tan a pecho descubierto, tan sin pensar en las consecuencias, pocas veces se ven. Ya no hay que hablar de Armstrong o Froome, ni mucho menos de Contador: la omnipresencia de Pogacar durante todos los meses de la temporada, en todo tipo de carreras y con la intención siempre de ganar, lo podrá situar por encima de estos grandes corredores, más monotemáticos. Corredores que, como las frutas, solo tenían un mes bueno. Y cargado. Pogacar apunta más alto. Por tanto, hay que buscar otros parámetros de comparación, con todo lo que ello conlleva. 


domingo, 14 de marzo de 2021

RESULTADO Y ESPECTÁCULO

El nieto de Poupou parece empeñado en hacer coincidir resultado y espectáculo, como el niño que intenta introducir a la fuerza un cilindro en un cuadrado. Siendo un corredor dotado de un poderoso sprint (tanto que rompe manillares), con obcecación está recurriendo al ataque lejano, haciendo de él una marca de fábrica. Algunas veces no sale bien, pero otras su bendita locura lo lleva al triunfo: así ha sucedido hoy en la quinta etapa de la Tirreno - Adriatico, con un circuito final en Castelfidardo. Una etapa que difícilmente se podrá olvidar, y no solo por él. 

Espectáculo + Resultado = Perfección.


Previamente en la Strade Bianche había dado muestras de inusitada madurez, conteniéndose hasta la rampa final de Santa Caterina, la que siempre acaba condicionando la carrera. Allí machacó sin piedad a Julian Alaphilippe y a Egan Bernal por pura fuerza bruta. Ya en Le Tolfe había seleccionado al grupo de siete, formado por los tres que finalmente se jugaron la carrera más Wout van Aert, Tom Pidcock, Tadej Pogacar y Michael Gogl. Generosos como siempre, van Aert y él fueron los que más gastaron, pero ello no impidió que el genio neerlandés concentrase toda su fuerza en un punto. Camino de Piazza del Campo, la integridad de la bici pareció peligrar debido a la contundencia de su ataque. 

Un caballo loco se ha escapado del Palio.


Pero los grandes genios caen obsesivamente en los mismos temas. Al igual que van Gogh necesitaba salir a pintar la naturaleza a su manera, a pesar de que los campesinos lo recibiesen a pedradas o incluso alguno de ellos quizá con algún tiro, Mathieu van der Poel tiende a recurrir al ataque descerebrado. ¡Y a veces sale! Parece sentirse más cómodo con los tormentos autoinfligidos en solitario, que recurrir a aquello que tantas veces reporta victorias, como la astucia, el ahorro de fuerzas o el trabajo de equipo. 

Así llegamos a la Tirreno - Adriático, con una participación de lujo que ha empalidecido una vez más a la París - Niza. Hasta el momento, cada etapa ha tenido la firma de cada uno de los grandes del pelotón actual, cada uno en su terreno y con su estilo. La versatilidad de van Aert, capaz de ganar un sprint masivo; la astucia de Alaphilippe, amparada por un gran trabajo de equipo; la fuerza bruta de van der Poel, con un punto de arrogancia adolescente. En definitiva, pequeños fuegos de artificio para salivación de los fans, rematados por una contundente victoria de Pogacar en Prati di Tivo, con esa fuerza revestida de ligereza que es la nota distintiva del corredor esloveno, a la que se añadió una defensa del liderato de van Aert digna de Indurain o de los mejores tiempos de Dumoulin. El escalador esloveno parece dispuesto a batir todos los récords. 

Como un niño de la ESO (foto Luca Bettini)

El auténtico niño prodigio (Getty Images)


La quinta etapa es la que motiva realmente a escribir, la que hace sentir el espejismo de estar viviendo un momento inédito en el ciclismo, una especie de edad de oro del ciclismo de ataque, que seguro que oculta algo que no reluce con tanta fuerza. La etapa ha tenido cierto sabor a mundial, siendo muy parecida a aquella etapa del Giro pasado en Tortoreto, en la que Sagan cumplió con los organizadores. El continuo saliscendi de la zona, con carreteras llenas de baches y grietas, estaba aderezado esta vez con un poco de lluvia, viento y mucho frío, el ambiente propio de una clásica del norte. La carrera se había seleccionado por sí sola, con un Mathieu van der Poel algo juguetón en todos los repechos. En un inicio, van Aert y Pogacar, incluso Bernal, parecían querer jugar al mismo juego, saliendo tras él. Cosa diferente sucedía con Alaphilippe, que se abrió de patas simulando un fallo mecánico, y lo dejó todo correr, esperando mejores oportunidades. Hasta que a falta de cincuenta y dos kilómetros, la cabezonería del campeón holandés resultó insoportable. 

Con dos geles en la boca se lanzó en un tramo de ligero descenso y lo dejaron ir. Los había aburrido a todos a base de aceleraciones, nadie deseaba seguirle el juego. Además, se había dejado tiempo suficiente en Prati di Tivo como para no ser una amenaza. Se predisponía así a una de esas aventuras que o bien se convierten en una página más de la épica, o bien acaban en el más rotundo fracaso: esta vez se quedaría en un punto intermedio, más en lo primero pero a muy poco de acabar en lo segundo. 

Van der Poel fue cogiendo diferencia con facilidad. Impertérrito ante el frío, parecía ya dar vueltas en su propio circuito de ciclocross mental, feliz de rodar en solitario como De Gendt, mientras los demás por detrás tenían que abrigarse, sacudir las manos del frío o calentárselas con el aliento. En el grupo trasero saltaron las alarmas cuando a Pogacar se le salió la cadena al inicio de un repecho, pero no hubo intención de hacer sangre y el esloveno cogió al poco tiempo. Formolo marcaría un ritmo que permitiría a muchos coger por detrás y haría aumentar la diferencia de van der Poel más allá de los tres minutos.  

Todo parecía rodado para van der Poel, a la manera de una de esas hazañas personales que en el fondo resultan un tanto aburridas. La diferencia era tal que podía mediar una pájara al estilo de Yorkshire. De hecho sería precisamente lo que sucedería, añadiendo un aliciente inesperado (sic) a la etapa, que no hubiese sido la misma sin la lucha de Pogacar y van Aert por la general. 

Del grupo trasero habían saltado De Marchi, Soler y Felline, dispuestos a jugarse las migajas. Pero a falta de dieciséis kilómetros, Pogacar atacaba del grupo trasero, dispuesto a aumentar su ventaja con Wout van Aert de cara a la crono de San Benedetto del Tronto. Van der Poel contaba con 3:35 de ventaja, un colchón bastante amplio. Ahí vino lo auténticamente monumental de esta etapa, la lucha de tres hombres en solitario contra el tiempo y contra el recorrido. El pedaleo de van der Poel era cada vez más pesado, con las mejillas enrojecidas y el tronco erguido: comenzaba su naufragio. Por detrás, Pogacar parecía por fin liberado del frío, dándose a una exhibición silenciosa que por poco eclipsa a la de van der Poel. Más atrás, van Aert se mantenía con entereza, sin perder en exceso con Pogacar, mostrándose como un maestro cuando corre a la contra. En apenas cinco kilómetros, un minuto de la renta de van der Poel se había esfumado.

Los últimos diez kilómetros han sido una pérdida de segundos constante para van der Poel, que veía de golpe esfumarse la posibilidad de un triunfo épico. Aunque más bien habría que señalar que han sido precisamente esos últimos diez kilómetros los que han dotado a su victoria de una auténtica grandeza, pues ha tenido que rebuscar en los profundos cajones de su cuerpo y de su mente para encontrar hasta el último gramo de fuerzas a sacrificar en pos de la victoria. Por detrás, el pedaleo sencillo y la sonrisa hambrienta de Pogacar iban devorando esa diferencia cada vez más exigua que lo separaba de la cabeza, aunque su objetivo no fuese derrotar a van der Poel. Casi lo consigue, apenas diez segundos le han separado del triunfo, y cabe la duda de si se habría mostrado magnánimo (espero que no) o le hubiese birlado la victoria en el último instante, como hiciera ayer Roglic a Mäder. Van der Poel tenía así su etapa a lo Eros Poli, aunque en un escenario más anónimo. 

Por los suelos (foto de Luca Bettini)


La carrera ha tenido su resolución perfecta, casi de cuento, con van der Poel ganando sin tiempo ni fuerzas para celebraciones, revolcándose de nuevo por los suelos como en aquella victoria en la Amstel. En la París - Niza, controlada hasta el momento con mano de hierro por Roglic, dos caídas han sido aprovechados por sus rivales, en concreto Astana y Bora, para dejarlo fuera del top ten. Su equipo ha hecho aguas por todos lados, con Kruijswijk y Bennett incapaces de servir de forma adecuada a su líder, teniendo que recurrir a Bouhanni y Campenaerts como mercenarios. En el ciclismo no hay regalos de ningún tipo, y la lista de cuentas pendientes suele ser larga, de forma Maximilian Schachmann ha conseguido casi de rebote su segunda París - Niza consecutiva. Un gran triunfo y seguro que muy perseguido, aunque lo haya celebrado con la boca pequeña. Por su parte, Pogacar tiene a tiro una victoria más en una vuelta por etapas. Sin contar con una legión de fans tan amplia como otros ciclistas por pertenecer, a pesar de su juventud, al mundo tan claroscurista de la tradición ciclista, el campeón esloveno parece a día de hoy infalible. Desde esta humilde página siempre se ha tenido una confianza casi ciega en sus posibilidades. Aun quedan dos etapas.


domingo, 2 de agosto de 2020

ARROGANCIA Y PERSEVERANCIA, LAS DOS CARAS DEL CICLISMO BELGA

Por fin el circo ambulante del ciclismo ha vuelto a ponerse en marcha. Lo ha hecho con dos carreras, Vuelta a Burgos y Strade Bianche, que han generado una gran expectación debido a la inusual reanudación de la temporada durante este verano. Se han desarrollado en unas condiciones aparentemente higiénicas, que sin embargo no alejan por completo la posibilidad de contagios. En lo que queda de temporada, los aficionados al ciclismo vamos a limitarnos a contemplar cómo el pelotón ciclista transita por una elevada cuerda de equilibrista, asomándose en todo momento al vacío. Sobre todo si abundan los espectadores que se empeñan en bajarse la mascarilla para vociferar a un palmo de la cara de los corredores.

En Burgos se ha impuesto con autoridad Remco Evenepoel. A diferencia de otras ediciones, la carrera presentaba una participación muy interesante, debido principalmente a los cambios de fechas de Tour y Giro. El ansia de competición propició una primera etapa muy movida, con abanicos e incluso un ataque lejano abortado del propio Evenepoel. Ese mismo nerviosismo inicial también deparó duras caídas, como la del debutante Gijs Leemreize. El desarrollo posterior de las etapas ha incurrido en viejos clichés de escapadas consentidas, dejando algunos destellos interesantes como el rendimiento de Roger Adrià o Joel Nicolau en la etapa de Picón Blanco, o las victorias al sprint de Fernando Gaviria y Sam Bennett. A pesar de la relativamente amplia terna de favoritos (Carapaz, Sosa, Simon Yates, Landa, G. Bennett, Majka, Valverde),  Evenepoel ha parecido no tener apenas rivales. Para imponerse en la general ni siquiera ha necesitado demostrar sus dotes de contrarrelojista, tan inusuales en corredores de su tamaño. 

La subida a Picón Blanco era su primer examen como escalador y en él sentenció la carrera. Sus rivales fueron desapareciendo uno a uno, quedándose tan solo con él Esteban Chaves y George Bennett, de los que se deshizo con uno de sus ritmos sostenidos infernales. Después, empujado por el viento de cola, desplegó sus alas de escalador para entrar en meta descamisado y haciendo gestos más propios de un teenager en la edad del pavo que de un campeón. En la etapa de las Lagunas de Neila se limitó a vigilar a Mikel Landa e Iván Ramiro Sosa y solamente les atacó cuando su compañero de equipo João Almeida parecía que iba a contactar con el terceto. Desistió más tarde de su ataque e Iván Ramiro Sosa, más consciente del ritmo y de los tiempos necesarios en esa subida, se llevó el triunfo con facilidad.

El fantasmita Casper


Espoleado por una prensa que ansía encontrar su mesías, Evenepoel parece ver amparados y aplaudidos sus constantes gestos de arrogancia en carrera y fuera de ella. No es necesario que un corredor que manifiesta su superioridad en carrera quiera subrayarla mediante gestos que rozan lo macarra, al menos si quiere desligarse de la pesada herencia del ciclismo de Armstrong y Contador, tan dados a altanerías. Quizá simplemente sea un residuo de su pasado futbolista sin mayor importancia. Pero si algo enseña la historia del ciclismo es lo impredecible que es como deporte, su constante capacidad para destruir fácilmente trayectorias que parecían bien encarriladas, al igual de persistente en sacar de la manga campeones inesperados. Alcanzar el primer puesto es difícil, pero más difícil todavía es mantenerlo.

Por su parte, la Strade Bianche estuvo entretenida. Ofreció un nuevo escenario, más seco y polvoriento, con las colinas toscanas amarillas y recién segadas, siendo una edición más dura por el sofocante calor. En una prueba caracterizada por la ausencia de público, esta vez lo hubo en demasía en algunas zonas (sin mascarilla, cómo no), estando solamente vacía la entrada al casco histórico de Siena y a la Piazza del Campo. Después de algunas escaramuzas de Simon Clarke y Michael Gogl, se formó un sexteto delantero compuesto por Fuglsang, Van Avermaet, Formolo, Bettiol, van Aert y Schachmann. Las noticias de la carrera por detrás fueron escasas, más allá de alguna fugaz imagen de Alaphilippe entre los coches y de van der Poel sofocado. En realidad la carrera se desarrolló en un continuo túnel de polvo, levantado por las motos de cámaras, fotógrafos y organización. La sequedad del ambiente y la reciente siega creaban esa nube de polvo sostenida, que ha dificultado en esta edición más si cabe el paso de los ciclistas por los tramos de sterrato, en los que el firme parecía menos compacto.

Van Avermaet fue el primero en ceder. Más tarde, en el último tramo de Le Tolfe, Wout van Aert lanzó su ataque. Bettiol intentó contestarlo, mientras Fuglsang hacía aguas por detrás. Hubo un momento de inquietud en el que la posibilidad del bettiolazo era de nuevo firme, pero fue perdiendo fuelle. No hay que descartar que sea de nuevo protagonista en las clásicas italianas de este agosto. Finalmente los únicos que organizaron una caza fueron Schachmann y Formolo. Quedaban 12 kilómetros para meta y el corredor de Herentals había hecho su apuesta, queriéndose anticipar al último repecho, de tan aciagos recuerdos. Comenzó a desplegar todo su potencial de rodador de largos fémures, habituado a terrenos dificiles, en las jorobas de dromedario que circundan Siena. Al menos él parecía más habituado que sus contrincantes al sudor terroso en la cara. Por detrás el esfuerzo recaía más en Formolo, mientras Schachmann parecía guardarse un as en la manga. En el último repecho de la interminable circunvalación de la ciudad, van Aert parecía tenerlo hecho.

El túnel de polvo



Sin embargo, quedaba la calle empinada de la ciudad, inusualmente desierta. Solo algún espectador parecía haber burlado el vallado, entre ellos algún anciano que simplemente se había limitado a bajar a la puerta de su casa. Van Aert ya tenía la carrera en el bolsillo. Su ritmo no parecía nublado por el recuerdo de sus calambres y tambaleos en la fría edición de 2018, ni tampoco por la presencia de un Alaphilippe racaneando los relevos y respirando en su cogote, como en 2019. Su victoria es ante todo la de la perseverancia, la que podría resumirse en el refrán de "a la tercera...". También es la de un corredor que ha sabido reponerse (el confinamiento y la suspensión de carreras han jugado en su favor), la de un corredor que aparentemente hace todo bien en las pruebas de un día y que parece bastante centrado en su nueva faceta de ciclista de carretera. Un corredor que cuando rueda en asfalto parece aliviado, porque está acostumbrado a hundir su bicicleta en la tierra como la punta de un arado tirado por bueyes. Un corredor con gran futuro, si pule su táctica, afina su olfato y tiene más suerte, los ingredientes mágicos para un excelente corredor de clásicas.

¿Hay que mojarse?