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domingo, 22 de marzo de 2026

OSSESSIONE

La victoria de Tadej Pogačar en la Milán - Sanremo ha sido la culminación de una obsesión. Desde 2022 la Classicissima se mantenía esquiva a sus intentos de abordaje, como una vieja dama cansada de las atenciones e insinuaciones de un joven demasiado impulsivo. La trayectoria ascendente del esloveno parecía haberse estancado en 2025. Después de un quinto puesto en 2022, un cuarto en 2023 y un tercero en 2024, volvía a repetir la última plaza del pódium en 2025. Lo había intentado por activa y por pasiva, en el Poggio y en la Cipressa, ¿Qué quedaba pues por inventar? ¿Qué podía hacer para evitar que van der Poel acabase ganando o decidiendo la carrera una vez más? La Milán - Sanremo se había convertido en una obsesión, en su obsesión. El recorrido de la prueba era como un papel en blanco, de difícil interpretación. Su desarrollo estaba sujeto a azares e imprevistos, que siempre invitaban a nuevos comensales a la mesa. Y mientras, Pogačar interpretaba una y otra vez la partitura, obsesivamente, con ligeros cambios, sin dar con la nota desafinada que conducía al traste con toda la interpretación. Su fluidez habitual había encontrado su freno. 

domingo, 23 de marzo de 2025

LA MEJOR MILÁN - SANREMO DEL SIGLO XXI

Resulta complicado no caer en la grandilocuencia y la emoción a la hora de relatar la Milán - Sanremo que hemos vivido. Una edición que apunta no solo a ser la mejor carrera de la temporada, sino que puede que sea la mejor Milán - Sanremo del siglo XXI, superando a otras ediciones fantásticas, como las de 2018 o 2023. Ello se debe a una generación de corredores atacantes vista pocas veces antes. O más bien a uno de ellos en concreto, el dominador de su época, un corredor que ha decidido hacer del recorrido fácil y largo de este monumento un lienzo en blanco para sus invenciones, dado su empeño, año tras año frustrado, por conseguir ganar esta carrera. Su mera presencia en esta prueba ha alterado paradigmas supuestamente inamovibles, y ni siquiera así ha podido ganar. Alguien más fuerte que él se ha interpuesto, alguien que ha sabido aguantar, sacar músculo a su debido momento y ser más inteligente en los últimos metros, a fin de sacar el mayor rendimiento a su propio talento. 

domingo, 17 de marzo de 2024

UN VELOCISTA GANA LA MILÁN - SANREMO MÁS RÁPIDA DE LA HISTORIA

Ese y no otro tiene que ser el titular: Jasper Philipsen, uno de los mejores velocistas del pelotón actual, ha obtenido el triunfo en la Milán - Sanremo más rápida de la historia. Cae de este modo un récord que estaba vigente desde 1990, edición ganada por Gianni Bugno tras un ataque lejano. Se ha superado la barrera de los 45 km/h, alcanzándose los 46,11 km/h. Este récord de velocidad se debe sumar a los ya conseguidos en 2023 en Flandes y Roubaix y, sin salir de la carrera, al nuevo récord de ascensión del Poggio, batiendo el ya conseguido en 2023. Vivimos tiempos veloces. 

sábado, 18 de marzo de 2023

IL NIPOTISSIMO!!!

Después de casi seis horas y media de carrera, Mathieu van der Poel ha conseguido uno de los triunfos que justifican y colman toda una carrera profesional. Ha sido una de las ediciones de la Milán – Sanremo más memorables, no solo por los protagonistas implicados, que han sido los esperados, sino sobre todo por los datos que la carrera aporta. El elemento clave ha sido la velocidad: se ha tratado de la segunda edición más veloz de la historia, después de la de 1990 ganada por Gianni Bugno. 45,806 km/h en 1990 por 45,773 km/h en la de 2023, con la diferencia de que en aquella ocasión la carrera ya explotó, de forma insólita, en la llanura padana.

domingo, 20 de marzo de 2022

EL TERCER HOMBRE, EL TERCER EQUIPO

Después del final más taquicárdico del año, llega el momento de los análisis. El subidón de adrenalina de via Roma deja siempre paso a una estela de sesudas reflexiones, lejos del acaloramiento del momento. Hay tantos análisis como para aburrir. Pero esta vez la carrera puede resumirse de forma bien sencilla: si algo enseña la historia de la Milán - Sanremo es que la carrera se gana bajando. Así ha sido este año y ahí están los precedentes históricos de Kelly y de Merckx. Pero el descenso de Mohoric ha ido un poco más allá. Mohoric ha ejecutado un descenso sin red, jugándose la vida, haciendo equilibrios en cada curva sobre el filo que separa la habilidad de la temeridad. Pero la inconsciencia y la pericia no hubieran sido suficientes para conseguir la victoria sin la impresionante criba propiciada por UAE en la Cipressa. La carrera ha quedado libre de gregarios en los momentos decisivos; en el tramo final, los favoritos no han contado con corredores para intentar organizar una caza en pos de Mohoric y se han mirando entre ellos, como sucediese el año pasado ante el ataque de Stuyven. En el duelo entre UAE y Jumbo al final se ha impuesto Bahrain. De hecho, el equipo que ha pasado con más corredores en la cima del Poggio ha sido precisamente el del ganador. 

Esta vez la toma de meta fue horrenda.

 

En los días previos a la carrera se sucedían las deserciones, que se sumaban a la extraña desbandada general de la París – Niza. Colbrelli, Alaphilippe, Stuyven y Ewan se daban de baja, mientras que van der Poel y Pedersen se inscribían a última hora. El holandés viniendo directamente “de la playa”, de un reposo prolongado debido a supuestos dolores de espalda (ha sido finalmente tercero...). En las quinielas los favoritos parecían reducirse a dos: Pogacar y van Aert. El primero espoleado por la historia y por el tremendo hype creado por su propio talento y las apabullantes exhibiciones de los últimos días. El segundo, gracias a su versatilidad, el dominio de su equipo, su estado de forma y su historial en la carrera. Pero, como bien se sabe, la Milán – Sanremo es una carrera difícil de controlar: es una carrera que no permite errores de cálculo, por mucha fuerza de la que se disponga. 

En la llanura padana, casi desde la salida, se formaba la habitual fuga consentida, que en esta ocasión ha llegado a los mismos pies del Poggio, espoleada por el viento a favor. Rivi y Tonelli han sido los últimos supervivientes, después de destacarse en sucesivos ataques de un grupo de fugados más numeroso, dejando incluso a Filippo Conca tirado en la cuneta, aquejado de calambres. Por detrás, los únicos hechos relevantes antes de la Cipressa han sido el desfallecimiento temprano de Pidcock (problemas estomacales, dicen) y un pinchazo inoportuno que ha dejado fuera de juego a Sagan. El rendimiento del corredor inglés ha estado en la línea de la de todo su equipo, en franca decadencia. También ha sorprendido la casi total ausencia de corredores de Quick Step en los momentos decisivos, lo que parece marcar un cambio de tendencia. En las primeras rampas de la Cipressa, un nervioso Pogacar abroncaba a Polanc, mandándolo a la cabeza de carrera a que imprimiese el ritmo demoledor deseado.

Mientras Polanc y más tarde Formolo se exprimían en cabeza, desgajando corredores por la cola, Tratnik tranquilizaba a Caruso en la panza del grupo delantero, con Mohoric a rueda. El ritmo bestial de los UAE ha ido desmembrando el grupo hasta dejarlo en veintisiete unidades al coronar la Cipressa: Formolo, Pogacar, Ulissi, Laporte, Roglic, van Aert, Kwiatkowski, Pedersen, Matthews, Turgis, van der Poel,  Kragh Andersen, Mohoric, Tratnik, Caruso, Grmay Hailu, Rota,  Valgren, Aranburu, García Cortina, Albanese, Sénechal, Cosnefroy, Nizzolo, Neilands, Démare y Pacher. Tres UAE y tres jumbo, pero también tres Bahrain. Según los cronometradores oficiosos, ha sido el segundo ascenso más rápido a la Cipressa del que se tiene constancia (el primero es el de 1999, con Pantani siguiendo a las motos). Formolo ha seguido quemándose en el tramo entre la Cipressa y el Poggio, evitando el reagrupamiento (aunque en realidad había bien poco que reagrupar). 

En las primeras rampas del Poggio, UAE y Jumbo han mantenido un bonito duelo en cabeza. UAE ha perdido un miembro, al ceder por el esfuerzo Formolo poco antes de iniciarse el Poggio, mientras que Jumbo mantenía todavía a sus tres corredores (el trío de Mantes-la-Ville). Bahrain también (y en posiciones más resguardadas). Ulissi era el escogido para mantener un ritmo alto en el Poggio a la espera del ataque de Pogacar: pero el italiano no es un corredor habituado a tirar ni a brillar más allá de etapas del Giro o carreras de segunda fila. A la hora de la verdad, ha dejado a Pogacar demasiado pronto delante y el esloveno se ha precipitado. Y una vez errado en el momento escogido, ha insistido en el ataque, sin abrir hueco. Quizá ha pagado la acumulación de esfuerzos de las últimas semanas, una enfermedad de la que hablaba hace poco (quizá para cubrirse las espaldas en caso de algún mal rendimiento) o incluso el propio ritmo demencial de su equipo en la subida anterior. Lo cierto es que lo ha intentado hasta en tres ocasiones, siendo cerrados los huecos por van Aert, van der Poel e incluso por Aranburu. Roglic ha intentado incluso sorprender a contrapié: pero esa ha sido su última contribución en pos del triunfo de van Aert.

Aranburu sale a por Pogacar.

 

Soren Kragh Andersen sí ha sabido escoger el momento oportuno, pero le han faltado las piernas mágicas de Nibali para abrir el hueco. Es un corredor que ya venía anunciando este rendimiento en las carreras anteriores, siendo además un corredor que suele brillar en la carrera. Con él se han marchado Pogacar, un poco desfondado y seguramente decepcionado por no poder abrir distancia, y más tarde van Aert y van der Poel, como siempre unidos por el destino. Pero ya no había espacio para más fuegos de artificio, la ascensión se estaba acabando. De esta manera, doce corredores coronaban en la cima del Poggio: Kragh Andersen, Pogacar, van der Poel y Van Aert ligeramente destacados, y un poco más tarde Mohoric, Turgis, Matthews, Neilands, Nizzolo, Valgren, Caruso, Tratnik, Albanese, Aranburu, Grmay Hailu y Sénechal. 

En las primeras curvas del descenso, Mohoric se abre paso hasta la cabeza, alcanzando con rapidez a los cuatro hombres destacados. Con una aceleración se coloca en primera posición y en poco tiempo saca unos metros a Pogacar. Mohoric ha sabido aprovechar la mayor prudencia de Pogacar en los descensos (también le pillaron en un descenso en la pasada Itzulia), abriendo rápidamente un hueco. Una vez retirado Pogacar de la cabeza del grupo perseguidor, tampoco van Aert y van der Poel han sabido ponerse de acuerdo. Falta de colaboración mutua y respeto por la autoconservación: esos fueron los ingredientes que permitieron abrir un rápido hueco a Mohoric. Con esa ligera diferencia parecía claro que iba a ganar, pero el tercer esloveno ha decidido poner un poco de picante a su descenso: saltando el canal de desagüe, rozando los quitamiedos, haciendo extraños y rectificaciones. Su arrojo suicida ha sido el propio de un kamikaze, un poco más allá de su carácter acrobático habitual (recuérdese que "inventó" el super tuck en el mundial sub-23 de Florencia). Pudiera parecer que en su estilo de descenso la balanza se decanta más hacia la temeridad que hacia la habilidad, tanto que algunas veces ha acabado por los aires: esta vez ha contado con bastante suerte, pues ha ido rozando los límites del abismo en varias ocasiones. 

El momento decisivo: Mohoric llega y pasa al cuartero de cabeza (vía @Marxenbicicleta)

 

Al llegar al llano, ocho hombres tenían que organizarse para perseguir: van der Poel, van Aert, Pedersen, Kragh Andersen, Pogacar, Turgis, Matthews y Tratnik. De nuevo, el único equipo que contaba con dos corredores era Bahrain. Mohoric ponía algo de emoción adicional con un salto de cadena, subsanado in extremis, siendo Turgis el único que intentaba dar caza al tercer esloveno.  El corredor francés también destacó en la Milán - Sanremo de 2021 y es un corredor bravo y atacante, que ya merece algún gran triunfo. Pero era inútil: la ventaja de Mohoric era más que suficiente. Turgis se quedaba con la segunda plaza, mientras que en el grupo posterior entraban en el siguiente orden: 3º van der Poel, 4º Matthews, 5º Pogacar, 6º Pedersen, 7º Kragh Andersen, 8º van Aert (desentendiéndose del sprint) y 9º Tratnik, alzando los brazos. En las declaraciones posteriores, van der Poel reconocía que se le están pasando las ocasiones, Pogacar intentaba quitar hierro a su táctica errónea, señalando que se había divertido, y van Aert mostraba su enfado ante la ausencia de colaboración (no todos están dispuestos a perseguir tan a pecho descubierto como hace él, claro está).



Estoy mayor para esto... (via @__blind_side y @MatMitchell30)
 

De nuevo la Milán - Sanremo ha propiciado un final emocionante, sumándose la carrera de este año al encadenado de ediciones memorables que estamos viviendo desde 2017, con los grandes nombres del pelotón disputando la carrera con interés y ambición. El carácter ofensivo de la nueva generación está favoreciendo este tipo de finales, en los que los favoritos se juegan la carrera cara a cara, completamente solos.  Afortunadamente ya ha pasado la época en la que un Sacchi o un Ongarato aparecían de la nada, propiciando un reagrupamiento multitudinario en favor de su líder. Tampoco los sprinters parecen subir tanto (al menos este año que no estaba Ewan). En el ciclismo actual se sube a fuego, como en los noventa, pero sin esas ascensiones multitudinarias de principios de siglo, en las que hasta el corredor más anónimo o efímero era capaz de seguir el ritmo delantero. Se diría que ahora se separa de forma más clara el grano de la paja y no se ve a sprinters de poca monta, un Fred Rodríguez o a un Allan Davis cualquiera, haciendo podio en una carrera tan prestigiosa como esta. Aunque tampoco estamos tan lejos de los podiums de Ben Swift.

Parece incrédulo, pero Tratnik y Caruso confiaban en él.


La foto habitual del ciclismo actual (falta Evenepoel con un corte de mangas)

Con este triunfo, Mohoric culmina una carrera ascendente, en la que hasta el momento solo brillaban sus cuatro victorias de etapa en grandes vueltas. Después de unos inicios arrolladores en el campo amateur, al tercer esloveno le costó ganar lo suyo entre profesionales. Finalmente consiguió su primer gran triunfo con un descenso también de tiralíneas en Cuenca, cuando corría en el UAE anterior a Pogacar. El año pasado dio su gran salto adelante, como todo su equipo, con dos victorias de etapa, redadas policiales y gestos innecesarios de por medio. Siempre ha sido un corredor que ha dado su máximo en la primera gran clásica del año: pero atención a la próxima Lieja. 

El inicio de todo.


domingo, 21 de marzo de 2021

SUEÑOS ROTOS

En ciertas ocasiones no hay mayor placer que el de ver las expectativas defraudadas, sobre todo si ello comporta dar un espacio a la sorpresa. La victoria de Jasper Stuyven ha tenido el mismo efecto que un vuelco electoral inesperado o un buen giro de guion, pues la propaganda dominante llevaba insistiendo desde el inicio de la temporada en un triunfo cantado para uno de los miembros de la tríada del ciclismo actual, Alaphilippe, van der Poel o van Aert. La realidad a veces es tozuda y no se acopla a los sueños de grandeza periodísticos.

No es que Stuyven sea un desconocido, ni mucho menos. El aficionado de verdad lo conoce (quizá en el Marca no). Es de los que siempre están ahí, con pocos pero buenos triunfos, como una Kuurne - Bruselas - Kuurne (ganada de forma magistral) y una Omloop Het Nieuwsblad. Representa la típica estampa de ciclista flamenco, un bulldog rocoso y atacante, potente y rápido. No se trata de un don nadie. Sin embargo, los acontecimientos han sido aciagos para los que ya tenían preparado el titular. Pero por fortuna el ciclismo no es un Madrid-Barça, en el que como mucho tenga cabida un Atlético de Madrid vitaminado: suele haber más de veinte ciclistas con opciones reales de victoria y la cosa no se dilucida entre A o B. Mi placer no viene de la derrota de nadie, faltaría más, sino de la demostración de que una carrera como la Milán - Sanremo está por encima de los ciclistas que inscriben su nombre en su palmarés. Da igual que haya ganado este o aquel, el prestigio de la carrera no se ve resentido, sino acrecentado.
 
Pero más allá del ganador, esta ha sido una edición especial porque el aficionado ha tenido la oportunidad de comprobar la monstruosidad de esta prueba, que todavía une las dos ciudades que forman parte de su nombre. Siete horazas de retransmisión dignas de un documental de Claude Lanzmann o de una película de Béla Tarr, en las que no ha pasado nada especial, nada que se saliera de un guion más o menos marcado, pero que han permitido comprobar de primera mano todo el tiempo y energías consumidos con anterioridad a los fuegos artificiales finales. 
 
Para algunos, las siete horas de retransmisión.

 
Una vez el pelotón abandonó la capital lombarda, con su Castello Sforzesco, su Duomo, sus racascielos y su Torre Velasca, se formó la habitual fuga consentida, con representantes de los equipos invitados, más alguno de Movistar y Trek. Entre ellos, el siempre presente Alessandro Tonelli. Los escapados y el pelotón discurrían con aparente tranquilidad por las largas rectas paralelas al Naviglio, pasando por Pavía y Tortona, todavía dormidas en una plácida bruma caldeada por el sol, antes de que la carrera se adentrase en un terreno ligeramente ondulado, previo al ascenso al Giovo. En la cara norte de esta subida casi imperceptible, el paisaje era más desolado, con árboles caducos y laderas peladas. Los escapados coronaron y el descenso fue fulminante, visto y no visto, casi en picado hasta el mar. Entonces comenzó la ya habitual ruta serpenteante, entre las montañas que dan al mar, subiendo y bajando de forma suave, atravesando localidades muy parecidas entre sí, con sus iglesias barrocas encajonadas entre barrios apiñados y sus edificios setenteros al borde de la carretera, salpicados de diminutas gasolineras de Agip aquí y allá, hasta alcanzar por fin el terreno de los invernaderos de flores, algunos ya convertidos en escombro.   

El grupo de escapados en la llanura (via @Milano_Sanremo)


 
La fuga murió a los pies de la Cipressa. Jumbo e Ineos comandaron la subida, sin movimientos, sin ataques. A pesar de sus declaraciones, Mathieu van der Poel iba a esperar. Sam Oomen y Luke Rowe encabezaron la subida a buen ritmo, con Wout van Aert asomando quizá demasiado (Oomen no le tapaba del todo el aire). El descenso fue tranquilo, sin incidentes. Estaba siendo una Sanremo un tanto anodina. 
 
En la transición hasta el Poggio todos los equipos fueron peleando la posición, como siempre suele suceder. Había habido un importante reagrupamiento, y Lotto, Bora, Ineos y demás luchaban por colocar a sus corredores antes de la rampa de lanzamiento que suele ser el Poggio. Ineos fue el equipo que ganó esta particular pelea por la "pole", marcando un ritmo muy fuerte por parte de Filippo Ganna durante el tramo inicial de la subida. Pensaban quizá en un posible ataque de Kwiatkowski que luego no se produjo. Entre medias del trenecito de Ineos, formado por Ganna, van Baarle, Pidcock y Kwiatkowski, se coló con astucia Caleb Ewan, colocado previamente por Tim Wellens. Mientras tranto, Mathieu van der Poel empezaba la subida mal colocado, teniendo que remontar posiciones, a pesar de que sus compañeros de equipo, en especial De Bondt, habían bregado lo suyo para dejarlo en buena posición.
 
El ataque fue del esperado, del de siempre, en el momento concreto: Julian Alaphilippe atacó en el lugar en el que todo el mundo sabía que lo iba a hacer, poco después de pasar la iglesia de Nostra Signora della Guardia, lugar donde se hacen las diferencias habitualmente. Pero esta vez no estaba poseído por el espíritu de Furlan y Fondriest, ni siquiera por el de Jalabert. Wout van Aert le había hecho un buen marcaje durante toda la subida, soldado completamente a su rueda, y no le dejó marchar. Inmediatamente se les unieron Maximilian Schachmann y Mathieu van der Poel, junto con Soren Kragh Andersen, Michael Matthews, Caleb Ewan, Jasper Stuyven, Tom Pidcock y Greg Van Avermaet. Van Aert intentó dar una prolongación al ataque, dando lugar a uno de los momentos más insólitos de la prueba: Caleb Ewan se puso a su lado, amagando incluso con atacar.
 
La subida del menudo sprinter australiano fue de las que dejan la boca abierta. No se descolgó más allá de la tercera posición en ningún momento. Desde Freire no se veía a un sprinter con un paso tan fácil por el Poggio, añadiendo en este caso el descaro de querer incluso atacar. Algo cuanto menos sorprendente, después de los problemas que pasó en la Tirreno, en la que abandonó desfondado en la tercera etapa. La recuperación, o lo que fuera, le había sentado de maravilla. 
 
Ewan entre la tríada (CorVos/Steephill, via @javigoros60)

 
En el paso por la cabina de teléfono, un primer grupo estaba conformado por Wout van Aert, Caleb Ewan, Mathieu van der Poel, Maximiliam Schachmann, Julian Alaphilippe, Soren Kragh Andersen, Tom Pidcock, Michael Matthews, Jasper Stuyven, Matteo Trentin y Greg Van Avermaet. A unos segundos de distancia pasaron Sonny Colbrelli y más tarde Anthony Turgis, Álex Aranburu, Michael Kwiatkowski y Peter Sagan. El último que entraría en el corte bueno sería Matej Mohoric, un especialista del descenso del Poggio.
 
Van Aert encabezó el descenso con afán contemporizador. A rueda llevaba al Pocket Rocket y temía llevarlo en carroza hasta el sprint. Realmente fue el empuje un poco temerario de Tom Pidcock el que impidió que por detrás entrase más gente. De todas formas, poco después de tomar la última curva del descenso, Pidcock se abrió, al ver que no había hecho diferencias con su bajada juguetona. 
 
Ese fue el momento. Cuando todos los favoritos se desplegaron a lo largo de la estrecha carretera como un abanico, Stuyven demarró por la banda. Fue un ataque demoledor, aprovechando el impulso de la última recta de bajada, antes de afrontar el corso Cavalotti. Por detrás todo fueron miradas, algún intento de Schachmann y Matthews de cogerlo, seguido de un parón. Saltó entonces Soren Kragh Andersen, que se unió con facilidad a Stuyven, que bajó con inteligencia un poco el ritmo, viendo que por detrás había parón. 
 
Recordando Kortrijk.

 
 
Se produjeron entonces tres suicidios, uno delante y dos detrás. Por delante, Soren Kragh Andersen realizó un lanzamiento en toda regla a Stuyven. Por detrás, primero Trentin y luego Alaphilippe recortaron mucho las distancias, dando la impresión de que en el sprint de via Roma podrían darle alcance. Aranburu había cogido la rueda buena de Alaphilippe, pero quedó encerrado en las vallas de la izquierda y reaccionó tarde. Van der Poel inició el sprint demasiado pronto, junto a Ewan y van Aert, pero no pudieron alcanzar a Stuyven. Este había conservado fuerzas para los últimos metros y sacó toda su fuerza de sprinter. Esos metros de diferencia con los que empezó la via Roma fueron decisivos, pero tampoco le comieron mucho terreno. Al final acabó imponiéndose por más de una bici, llevándose un triunfo que vale toda una carrera. El supersónico Ewan hizo segundo, por delante de van Aert. El cuarto puesto fue, una vez más, para un renacido Sagan, que lanzó el sprint más tarde y fue remontando por la derecha. Un Sagan que no contó con ayuda ni lanzamiento de Schachmann, quizá porque no se veía con confianza suficiente como para ganar. Una buena señal de cara a las clásicas que vienen. 

Como siempre, de los mejores sprints del año.


 
Así pues, una vez más la Milán - Sanremo ha deparado un espectáculo muy emocionante en sus últimos instantes, el final cardíaco de todos los años. Más allá de polémicas estériles sobre si esta o aquella carrera deben ser un monumento, la Milán - Sanremo ha vuelto a deslumbrar con un final clásico, que da todo y quita todo, en el que prima la incertidumbre y el desgaste. Quien no quiera visitar el Louvre simplemente puede no comprar la entrada. Aquí pasa lo mismo, a quien no le guste, que apague la tele.    
 
O que ponga Master Chef (vía @OutofCycling)

 

domingo, 9 de agosto de 2020

LAS ESTRUCTURAS CAMBIAN, LA ESENCIA PERMANECE

Ha llegado por fin el momento de hablar de carreras de verdad, después de llevar bastante tiempo hablando de refritos y migajas. Carreras de verdad aun alteradas casi hasta la médula, como la presente Milán - Sanremo, con nuevos paisajes y temperaturas. Una sensación de incredulidad y expectación a partes iguales precedía a la disputa de esta Milán - Sanremo estival. Las fotos de la mañana en el Castello Sforzesco ya mostraban una imagen muy distinta de la de bruma, chubasqueros y mangas largas habituales. Era una imagen atípica de sol y mascarillas. Las imágenes de la Aurelia serpenteando junto al mar han sido sustituidas por las de la frontera quebrada entre el Piemonte y la Liguria, de montes boscosos en los que uno se imagina con facilidad al barón rampante de Italo Calvino saltando de árbol en árbol. Pero a pesar de estos cambios, la esencia de la carrera ha permanecido inalterada, como ha resumido a la perfección en un tuit Ton Vilalta: 

"La Milano-Sanremo confirma un any més el patró: 270 km d'avorriment seguits pels millors últims 30 km de la temporada."

@TVilalta

Las coincidencias de un calendario concentrado han impedido que la Milán - Sanremo tuviera este año ese carácter de liturgia inicial de antaño, a la que acudir puntualmente, se tuvieran opciones de victoria o no. La mayor parte de los corredores de grandes vueltas han optado por l'Ain y en menor medida por Polonia, salvo algún irredento como Nibali o Pogačar. A pesar de ello, los grandes nombres con opciones a la victoria figuraban en la salida. Llama la atención el caso de Kristoff, al que el equipo mandó a Polonia a pesar de sus apabullantes números en Sanremo, y que tuvo la mala suerte de verse implicado en el tremendo accidente de Fabio Jakobsen. 

Las primeras imágenes en directo muestran cómo los acontecimientos se están desarrollando según su lógica habitual en los últimos años. Abre carrera una escapada de aventureros de los equipos invitados, más un Astana y un Movistar: Mazzucco, Tonelli, Bais, Damiano Cima, Frapporti, Boaro y Carretero. Una escapada sin opciones. La ruta transita por el nuevo recorrido, una zona tupida de vegetación, con escasos pueblos y bastantes obras de ingeniería para sortear la complicada orografía. Mientras tanto, en el pelotón reina la tranquilidad. Lotto y Deceuninck marcan el ritmo, controlando desde la distancia el palo con la zanahoria. La tranquilidad es tal que Matteo Trentin se va al suelo como en uno de esos despistes de primera semana de gran vuelta, perdiendo así sus opciones de ser protagonista. En el Colle di Nava, Héctor Carretero es el primero en ceder, no desentonando con el rendimiento general de los últimos días de Movistar, ya sea por Sram o por otras causas. Mientras tanto, los demás italianos continuan su marcha hacia el mar, en una bajada pronunciada pero realizada por buena carretera. 

Imperia acoge a los escapados con más gente en los balcones que en la calle. A lo largo de la Aurelia hay más hamacas en la playa que espectadores al pie de la ruta, salvo en algunas calles a la sombra, como la famosa porticada de Imperia. El ritmo comienza entonces a incrementarse dada la cercanía de los hitos de la jornada, puesto que el recorrido previo no ha servido más que para calentar el ambiente con un buen empacho de kilómetros. Se han echado de menos los capi, que si bien poco aportaban a la carrera, sí que al menos veían ya las primeras escaramuzas y las primeras pugnas serias por el puesto, especialmente en el capo Berta. 

Los escapados son cazados y comienza la subida a la Cipressa. La pólvora que se utiliza es todavía de fogueo, como atestiguan los ataques de Loïc Vliegen y Jacopo Mosca. Por detrás, Giulio Ciccone intenta moverse como en otro tiempo lo hicieran Pantani o Bartoli, pero la época de los ataques lejanos en la Cipressa ha quedado muy atrás. Se podría decir incluso que esos ejemplos del pasado eran más bien piruetas de catch que ataques serios para la victoria. Para lo único que sirve la Cipressa es para ir descartando ganadores: en este caso, Ewan y Gaviria. En la bajada, Daniel Oss se marcha casi sin querer, con dos curvas tomadas a cuchillo. 

Daniel Oss protagoniza el tránsito entre Cipressa y Poggio, aunque sin mucho convencimiento. Por detrás, los equipos van tomando posiciones: Deceuninck - Quick Step, Ineos, incluso Alpecin - Fenix. Nicola Conci se mueve por detrás, siguiendo la táctica de ataque constante de moscones que está siguiendo Trek - Segafredo, aunque sin demasiada efectividad. Llega el momento de la verdad, la ascensión al Poggio, que este año se va a hacer con algún kilómetro de más en las piernas. 

El primer movimiento serio lo protagoniza Gianluca Brambilla, seguido de Aimé De Gendt, ese corredor atacante de apellido predestinado. Son de nuevo Trek - Segafredo y Circus - Wanty los equipos más empeñados en llevar fuerte la carrera mediante el ataque. Aimé De Gendt se queda solo por delante, aunque su ataque, como el anterior de su compañero Loïc Vliegen, no parece que vaya a dar resultados esperados: por detrás se van calentando motores y podría decirse que se oye ya el rumor que precede a las tormentas. Es Alaphilippe el que decide dinamitarlo todo, como lleva haciendo ya unos años en el Poggio. Arranca en el repecho previo a la iglesia de Nostra Signora della Guardia, el instante de los elegidos, y en un primer momento Nibali, Kwiatkowski y van Aert parecen poder seguirle el ritmo. Van Avermaet y van der Poel se mantienen en el grupo.

Alaphilippe mete una marcha más y comienza el despegue. Nibali y Kwiatkowski ceden, mientras van Aert se mantiene a una distancia recuperable, con la esperanza de que el yoyó vuelva en algún momento entre sus dedos. Alaphilippe se lanza con todo su repertorio de contoneos y mandíbulas desencajadas, redobla esfuerzos conquistando metro a metro una diferencia que puede permitirle soñar con una reedición de su triunfo. Se ha puesto la máscara de Fondriest, de Furlan, de Jaja. Parece más que posible. Pero van Aert se mantiene a distancia, impasible, en modo panzer, con una escalada silenciosa. Su labio caído recuerda al de un inflexible Tony Martin en busca de objetivos. Pero también tiene el aire grácil y poderoso de los antiguos belgas morenos, de cejas espesas y grandes patillas, que dominaban esta colina en otro tiempo. Esos son los instantes en los que se juega todo como siempre en la Milán - Sanremo, unos segundos decisivos en los que se deja caer la carta sobre el tapete, sea buena o mala. En esta ocasión, una mano jugada con inusitada brutalidad. 

El momento decisivo (CorVos)
 

Comienza el descenso. A Alaphilippe le pierden los descensos. Saca el alma cani que llega encerrada, y como un adolescente con el casco de visera y moto de trial, se lanza en cada curva, rectificando, gustándose. Pero el descenso del Poggio se debe ejecutar más bien con escuadra y cartabón: con sangre fría, jugando con los límites pero también con las posibilidades que da la geometría. Kelly enseñó que es un descenso que se puede acometer sacándole brillo a los rastrales en los quitamiendos de piedra, con una velocidad más que el rival. Pero la mente de Alaphilippe parece aturdida por nubes de gasolina quemada y derrapes de moto gp. No es un descenso difícil, pero trazar bien o mal las tres o cuatro curvas iniciales puede ser la diferencia entre la victoria y la derrota. Alaphilippe no agita las piernas, no parece estar disfrutando. Ese agitar de las patitas, el propio de un insecto recién ensartado en el cuadro de un entomólogo, es un tic de dominio y felicidad. Pero ahora una vez más presiente una especie de huracán arrollador, un tubo de aire silencioso, que viene desde atrás, como en aquella Amstel. Traza mal dos curvas. Una la toma prácticamente por fuera, tumbándose. Mira hacia atrás: ahí está van Aert, bajando con elegancia. Unos raíles invisibles parecen marcar la trazada buena, a la que el belga se somete con docilidad. Alaphilippe sabe que no debe forzar más, la moto de trial parece no responder a sus movimientos: decide esperar.

Por detrás el grupo está muy cerca, pero hay mucha cabeza de cartel y poco telonero. Mohorič es el primero que se lanza con su estilo de equilibrista: no en vano es él el inventor del "bicho-bola" y parece reivindicarlo.  Ha estado mucho tiempo dormido, exactamente desde la pasada Sanremo, y en ese intervalo otros eslovenos han copado el interés general. Lidera un grupo de una veintena de corredores, en la que muchos se mantienen agazapados, y otros, como Formolo, dan más la cara. 

En la incorporación a la vía Aurelia, Alaphilippe y van Aert llevan un puñado de segundos de ventaja. Alaphilippe decide ponerse a rueda a falta de dos kilómetros: se coloca la máscara de no colaborar y esperar. Se traviste de Bettini, de Van Petegem. Por su parte, van Aert ha madurado. Ya sabe que una carrera así no se gana como un ciclocross, poniéndose en cabeza y que me siga quien pueda. Se pone delante pero tira de mentiras, a lo zorrete, mientras el grupo por detrás se aproxima en un tira y afloja en el que nadie se pone de acuerdo. Sagan, Matthews y Van Avermaet van de tapadillo, esperando su oportunidad. También está Gilbert, que sueña a lo grande, e incluso Pogačar, que siempre está ahí. También se ha colado algún invitado sorpresa, como Álex Aranburu, el joven Matteo Jorgenson salvando el honor de Movistar o Arnaud Démare, al que nadie quiere llevar adelante. No hay gregarios, nadie se quiere sacrificar. 

Por delante comienza un duelo de sangre fría. Un baile en el que ninguno de los miembros de la pareja quiere dar un traspiés o llevar la iniciativa. Se diría que van Aert parece ir directo al matadero: pero en realidad está ahorrando, y además desde la pasada Sanremo ya ha llovido, se ha revelado como sprinter, se ha caído y se ha recuperado. Alaphilippe parece un rival asequible. El francés, por su parte, quiere jugar de nuevo a la Amstel: si viene un huracán por detrás, se los llevará a los dos, pero mientras ahorre energía más pilas tendrá la moto. El sprint tarda en lazarse, por detrás algunos ya tienen la caña preparada.

Se lanza el sprint. Los dos marchan emparejados, igualados, en un final emocionante. ¿Ganará el francés con su táctica de la dilación? ¿Ganará el belga, que parece hacerlo todo bien? Es un sprint tenso, que se expande en el tiempo. Alaphilippe cimbrea la bici, la contonea: da la sensación de que la bicicleta le domina a él y no al revés, como un caballo desbocado. Van Aert sujeta con fuerza el manillar, se levanta apenas del sillín, es un gigante a su manera. Alaphilippe lanza la bicicleta, pero no es suficiente. Al final, en los últimos metros, la victoria va para el belga.  Caras alternadas de alegría y decepción. A Alaphilippe se le ha quedado cara de máscara africana, van Aert luce una amplia sonrisa. Por detrás Matthews se hace de nuevo con un puesto de honor, por delante de un Sagan que ha jugado al escondite, con una actitud más tranquila y paciente que en otras ocasiones, pero que una vez más no le ha dado resultados. 

Una recta de meta en condiciones (foto vía @kapelmuur29)

Emoción hasta el final (vía @stefanorizzato)
Una prensa deportiva que está ahí cuando el ciclismo realmente importa (vía @lequipe)


Esta Sanremo "adulterada" por las circunstancias ha dejado el mismo regusto de siempre. Un final de infarto, como la última vuelta de un mundial. Si en los mundiales se va removiendo la sopa vuelta a vuelta hasta que alcanza su gusto perfecto, en la Milán - Sanremo unos últimos minutos de cocción a pleno fuego son los que dan como resultado la receta perfecta, siendo los kilómetros previos simplemente los trozos de leña que arden en el fuego. 

1. Wout van Aert, 2. Julian Alaphilippe, 3. Michael Matthews (vía @gazzetta)

¿Qué decir del ganador? De Wout van Aert se habla, pero no tanto como de otros niños prodigio. Sprinta, contrarrelojea, parece que ha aprendido a controlar los tiempos y a guardar fuerzas en el momento indicado, y pertenece a un equipo que parece tener la fórmula capaz de hacer escalar a rodadores, siempre y cuando lo permita una proverbial mala suerte. Este ha sido el primer gran triunfo en una clásica de las que justifica una vida deportiva. Si sus rivales generacionales se ponen las pilas, pueden darse bonitos duelos en los próximos años. 


domingo, 24 de marzo de 2019

CRÓNICA DE UNA VICTORIA ANUNCIADA

Ha ganado el corredor esperado, que milita en el equipo también esperado. No ha habido sorpresas. Los periodistas podrían haber tenido su crónica preparada si no estuviésemos hablando de la Milán - Sanremo, claro está, porque como siempre sucede en una carrera tan marcada por el signo de lo impredecible, sus últimos kilómetros han sido dignos de un thriller. Su desarrollo es tan frenético que merece la pena volver a ver los últimos kilómetros para poder apreciar los movimientos precisos que determinan que se pierda o se gane una carrera, los momentos exactos en los que flaquean las fuerzas, se vuelve imposible cerrar un hueco y la balanza se decanta en favor del rival. Ya lo dije en su momento, pero quizá sea necesario volverlo a repetir con insistencia: la Milán - Sanremo pertenece a un tipo de carreras que, como ciertas obras de arte, mantiene el suspense y retiene hasta el final los momentos climáticos, es decir, aquellos de mayor intensidad emocional. Y sin duda tales movimientos, tales juegos de fuerzas, serían menos efectivos y emocionantes si no se disputasen bajo el peso aplastante de 290 kilómetros en las piernas. 

La victoria en esta carrera casi inmutable, casi interminable, ha dado un nuevo espesor a la figura del ganador, Julian Alaphilippe. A pesar de haber acumulado triunfos en todas las vueltas que ha disputado desde el pasado Tour, Alaphilippe no dejaba de ser un aspirante a los grandes triunfos. Un corredor más dado a posturitas, a gestos excesivos, a bailoteos y cucamonas, que a grandes victorias. Sin embargo, con la Milán - Sanremo ha subido de rango, ha dejado de ser un irritante payasete de instituto para pasar a ser todo un maestro de su oficio. Todo ello si pasamos por alto, claro está, sus métodos sobrenaturales, de "cuento de hadas".

Y es que una victoria así no puede ser comprendida sin el contexto, que no es otro que el de un inicio de temporada marcado por el pillaje y el reparto de botines entre Astana y el antiguo Quick Step. Esta guerra armamentística estaba llegando a un punto tan escandaloso que nadie concebía otro ganador para la Classicissima que Viviani, Alaphilippe o cualquier Astana. De este reducido número de favoritos, en el que también figuraban Kwiatkowski, Trentin y un Sagan cada vez más sottotono, Alaphilippe era el que había dado más muestras de crecimiento. Sus believers estaban como locos después de que ganase una Strade Bianche de poco lucimiento. ¡Incluso había logrado en la Tirreno-Adriatico un triunfo en un sprint masivo! Cabía la esperanza de que la Classicissima le reservase una cura de humildad. Cura que nos hemos tenido que tragar, como un purgante, todos los que pensábamos que sus fuerzas de gallito se  desinflarían como en Innsbruck. Me descubro ante él.

pic: Gettyimages.

Pero entremos ya en materia. Como viene siendo habitual, la fuga consentida estaba integrada por diez corredores, pertenecientes todos ellos a los equipos invitados: Mirko Maestri, un habitual, y Alessandro Tonelli, ambos de Bardiani - CSF, el israelí Guy Sagiv del Israel Academy, Luca Raggio y el austríaco Sebastian Schönberger del Neri Sottoli, el eficiente Fausto Masnada del Androni Giocattoli y nada menos que cuatro corredores del Novo Nordisk, el finlandés Joonas Henttala, el francés Charles Planet, y los italianos Umberto Poli y Andrea Peron.  A pesar de ser una fuga condenada al fracaso, a ningún equipo World Tour se le ocurrió lanzar algún hombre por delante, aunque fuese sólo con la intención de inquietar a los equipos de los velocistas y de los favoritos. Markel Irízar podría haber estado ahí. Mikel Landa también. Cualquiera del Dimension Data también. Pero no lo estaban. Era evidente que la fuga había sido dejada marchar, como tantas otras veces, para ofrecer la falsa apariencia de no rodar todos a una en el pelotón. 

Un sol radiante les estaba acompañando desde el inicio en Milán. En las imágenes de la salida se había visto cómo un pelotón más sonriente y ligero de ropa de lo normal dejaba atrás la ciudad lombarda, con su perfil habitualmente gris y brumoso, conformado por el Castello Sforzesco, el Duomo y la Torre Velasca, esta vez mucho más resplandeciente. Todo ello explicaba que, en el eterno lungomare que es la via Aurelia, un pelotón en aparente paseo, comandado por Tim De Clerq, no estuviese para nada inquietado por la exigua ventaja de los diez fugados, que iban sumando kilómetros. Un ejemplo de la grandeza de esta prueba: a la altura de la prueba en que conectan las cámaras de televisión, a falta de 100 km, la mayoría de las carreras del año ya han terminado.

La llegada de los capi fue anunciando el fin de la escapada y el inicio de la parte seria. Sin embargo, los modestos iban a vender cara su piel: Mirko Maestri fue el primero en enfilarse, para dar paso después a Sebastian Schönberger, que se lanzó como un desesperado a superar el capo Berta. Por detrás, rodando con un paso regular de escalador fuera de su medio más propicio, Fausto Masnada acabó dándole alcance justo en la cima, en el preciso instante que una nube coloreada, producto de los idiotas habituales de las bengalas, le impedía casi ver la carretera y le obligaba a tragar un humo nada saludable en el momento de máximo esfuerzo. El nivel de desidia e inconsciencia que se ve últimamente en las carreras italianas, a lo que se suma la bobalicona complicidad de las cámaras televisivas, hace que actos tan temerarios como encender bengalas se estén convirtiendo en una estúpida tradición. Como las imbecilidades al final se acaban pagando, los subnormales de las bengalas acabaron provocando un incendio.

Masnada aun tuvo el privilegio de transitar en solitario por la estrecha vía porticada de Imperia, con el pelotón lamiéndole los talones, y de tomar en cabeza las primeras rampas de la Cipressa, poco antes de ser engullido. El pelotón pareció tomarse la subida con aparente calma, haciendo de la ascensión un desfile de armas, una exhibición del músculo de cada grupo. Primero fueron los Astana los que asomaron el morro en cabeza, con De Vreese y Cataldo. A sus espaldas, grandes nombres iban tomando posiciones: Simon Clarke, como exponente de la sorprendente e inusual eclosión del equipo de Vaughters, Philippe Gilbert, como capitán de ruta de la Cuadra, Alejandro Valverde, con un pedaleo fácil...Poco antes de entrar en el término municipal de Cipressa, aparecieron en cabeza Groupama con Küng y UAE con Ulissi. La aparente calma de la ascensión mostraba su auténtica crudeza cuando la cámara enfocaba a los últimos integrantes del grupo, entre los que figuraban Dylan Groenewegen y Nacer Bouhanni, que aun penando se mantuvieron en el grupo. Nadie lo intentó durante la ascensión. Los ataques en Cipressa están en peligro de extinción.

El descenso suicida de la Cipressa protagonizado por Niccolò Bonifazio iba a sacar a la carrera de su letargo. El corredor ligur, conocedor de la zona, mostró que es tan spericolato en los sprints como en los descensos. Si en los primeros es un habitual de los bruscos cambios de trayectoria y de los codos, ha demostrado ser todo un pazzo de los descensos, tumbándose de tal forma que jugaba con los límites de la gravedad, tomando las curvas de escasa visibilidad sin tocar el freno. Una de esas motos de enlace que suelen pasear banderitas rojas, tan habituales en las carreras italianas, le estuvo estorbando al menos durante tres curvas. Aun así, su forma demencial de afrontar un descenso tan peliagudo como el de la Cipressa le reportó 11'' al retornar a la Aurelia. Bonifazio alcanzó en su etapa en el Lampre una cuarta plaza en Sanremo y es un habitual en la carrera, aunque siempre con más ganas que acierto. Por detrás, el grupo se fracturó. Lo que no pudo la subida, lo consiguió, como tantas otras veces, esa bajada en picado de la Cipressa hacia el litoral. Una bajada en la que el campeón holandés Jan Raas acabó colgado de un olivo, cual barón rampante, viéndose forzado a dejar la bicicleta.



En el llano hacia el Poggio el pelotón se reagrupó. Groenewegen, con Bouhanni soldado a rueda, alcanzó boqueando la cola del grupo gracias a la labor brutal de su gregario Taco van der Horn. Bonifazio por su parte seguía con su aventura solitaria, con un pedaleo cada vez más cansino. Su fornido cuerpo de velocista de segunda fila, junto con su particular bigotillo, le daban poca apariencia de corredor profesional. Si las referencias que aportaba la realización eran correctas, alcanzó los 21'' de ventaja. Iba a ser la suya la típica aventura entre dos tierras, como lo fueron en su momento la de Nibali en 2014 o la de Thomas y Oss en 2015. En Arma di Taggia fue alcanzado y entonces, con la tensión in crescendo, se pudo ver uno de los espectáculos anónimos de esta formidable prueba: el sprint de cada equipo por colocar a sus líderes en las primeras posiciones antes de acceder al Poggio. El gigantón Schär para Van Avermaet, Lampaert y Gilbert para Alaphilippe, Impey para Trentin, Kluge para Ewan, Puccio para Kwiatkowski...Incluso Valverde contó en algún momento con Lluis Mas como abrigo.

Ese particular sprint lo ganaron los Sky, que emprendieron las primeras rampas de esa tachuela decisiva que es el Poggio con Luke Rowe en cabeza. Pero pronto fueron apartados de ella, casi de forma expeditiva, por los Quick Step, que montaron un treno con Stybar, Gilbert y Alaphilippe. En las primeras rampas del Poggio fue clarificándose quiénes eran los más fuertes. Detrás del treno del Quick Step fueron posicionándose Oliver Naesen, Michal Kwiatkowski, Wout Van Aert, Matteo Trentin, Tom Dumoulin, Alejandro Valverde, Michael Matthews, Peter Sagan y Fernando Gaviria. Las cámaras de televisión buscaban con nerviosismo al campeón italiano, Elia Viviani. Estaba en la cola. El poderoso ritmo de sus compañeros de equipo, desbocados durante todo este inicio de año, lo estaba matando poco a poco. No iba a ser su año, como tampoco lo fue el pasado.

El primer ataque de todo el día lo protagonizó Simon Clarke, justo en el mismo lugar en el que el año pasado lo intentase Krits Neilands, en el tramo justo posterior a la iglesia. El equipo del pentito Vaughters es un habitual de los altibajos. Ahora están en la cresta de la ola, cuando en otros momentos ni se les veía. Cosas de Vaughters, cosas de Girona. Ahí estaba Simon Clarke, reverdeciendo el fantasma del esquelético Bradley Wiggins en el Tour de 2009. Por detrás intentó darle alcance sin éxito Anthony Turgis, un fantástico joven corredor francés. Simon Clarke estaba abriendo hueco. Entonces llegó el ataque de Julian Alaphilippe que se llevaba anunciando a bocinazos desde el inicio del Poggio, desde el control de firmas frente al Castello Sforzesco, desde su victoria en Siena, desde inicio de temporada. Alaphilippe no aprovechó el despiste, como hiciera Nibali el año pasado. No, su ataque llevaba escrito largo tiempo en las portadas de periódico que se sueñan antes de ser publicadas. Y se trató de un ataque demoledor. Un ataque que dejó temblando a las imágenes en VHS de Furlan, Fondriest y Jalabert. El segundo ascenso al Poggio más rápido de la historia según Mihai Cazacu. El más rápido de la historia según La Gazzetta dello Sport.

pic: Bettiniphoto.


¿Cómo un cuerpo así, de patitas enclenques y aparentemente frágil, podía albergar tanta fuerza? Tantos vatios, que dirían los de la neolengua. ¿Cómo era posible? Pues ahí estaba Julian, con expresión de rabia, apretando los dientes, con esa perilla y esa piel tostada que lo acercan más al chuleta de playa que al ciclista profesional. ¿Iba a quedar todo sentenciado? Casi. Ahí estaba Kwiatkowski para remediarlo y detrás de él Sagan. ¿Una reedición de 2017? Sagan y Kwiatkowski amarraron a tiempo al francés, y tras ellos llegaron cuatro elegidos más: Alejandro Valverde, Wout Van Aert, Matteo Trentin y Oliver Naesen. Se comieron literalmente el falso llano que les conducía al viraje de la cabina telefónica, el que marca el inicio del descenso. A pocos metros transitaba Tom Dumoulin, persiguiendo. Como en la Morcuera, como en Finestre, como en Innsbruck, como tantas otras veces, siempre persiguiendo.

El grupo de elegidos afrontó el descenso con tanta calma que parecía que iba a tener lugar un parón, dado el marcaje entre las figuras. Sagan y Kwiatkowski parecían dormirse en cada curva, pero nadie venía por atrás. Alaphilippe había trituado a sus rivales, el pelotón parecía un ejército de fantasmas disipado por el viento. Al final de la bajada un grupo conectó, con seis hombres más: Tom Dumoulin, Simon Clarke, Vincenzo Nibali, Matej Mohoric, Daniel Oss y Michael Matthews.

Sin embargo los más fuertes no estaban dispuestos a dar tregua a los recién llegados. Matteo Trentin, a pesar de ser el más rápido, lo intentó en el corso Cavallotti, justo delante de la Villa Mercede y los jardines de Baden Powell. Van Aert, el triple campeón de ciclocross, salió a por él, llevándose tras de sí a todo el grupo. Lo de este joven corredor belga es digno de mencionar: si alguien tenía dudas de si se adaptaría a la distancia de la carretera, se ha adaptado a la perfección a la carrera más larga del calendario. Sin su movimiento quizá otros no hubieran cogido, aunque está claro que Alaphilippe sí lo hubiera hecho. Sus piernas estaban dotadas este día de una fuerza digna de Sansón. El intento frustrado de Trentin sirvió para eliminar a Matthews, que no llegó a coger rueda, y también a Oss. Dos rodadores destruidos en un kilómetro llano simplemente por la distancia, ese concepto que tanto se denosta.

Se acerca el sprint final. Mohoric encabeza el grupo, con su particular estilo aerodinámico. A su rueda están Alaphilippe y Sagan. El eslovaco se queda de pronto en cabeza, justo en el instante de encarar vía Roma, ese rectilíneo final con el que habrá tenido pesadillas desde su sprint fracasado de 2017. Sagan recula, no quiere ir el primero al sacrificio. Sin darse cuenta, Mohoric le adelanta por el interior. Tras el esloveno, atados como en una cadena, van Alaphilippe, Naesen, Kwiatkowski y Van Aert, que superan todos ellos a Sagan. Valverde mientras tanto va agazapado. Quizá debería haber pensado en todas las ocasiones perdidas. Por delante se dirimen asuntos importantes y sus casi 39 años parecen pesar de golpe. Mohoric se lanza sin pensarlo dos veces pero rápidamente Alaphilippe le rebasa. El francés parece desbocado, camino del triunfo, de un grandísimo triunfo. A él no parece pesarle haberlo dado todo en el Poggio. Por detrás Naesen y Kwiatkowski se abren intentando pasarle, pero es imposible. Los números que mueve son intocables. Sagan intenta una remontada imposible, bastante tarde, como adormercido.  Alaphilippe es el ganador.

pic: Photobibicailotto.


El "nuevo Valverde", lo llamaban después de aquella Lieja de 2015 en la que hiciera segundo tras el murciano, en una llegada dirimida al sprint bajo la lluvia. Desde entonces, Julian Alaphilippe ha acumulado muchos puestos, victorias de etapa, un Tour de California, una Flecha, un maillot de la montaña, una Klasikoa y una Strade Bianche. Ha hecho muchas tonterías, se ha hecho vídeos bailando y tocando la batería, se ha pegado algún tortazo y ha dado muchos bandazos de cara a la galería. Sin embargo todo eso es parte del pasado. Es la piel de serpiente que ha quedado en la arena. Son los pantalones cortos escolares que se guardan en el armario. Son los ruedines que se quitan para rodar en la bicicleta de mayores. Con la Milán-Sanremo, Alaphilippe se consagra de verdad. Accede a otro plano. Estaba escrito. Él, u otro de su fábrica de muñecos intercambiables, iba a ganar. En vía Roma había un altar ante el que todo el pelotón, ciclista a ciclista, iba a ser sacrificado en honor a  un Moloch sin rostro que viste de azul.


viernes, 7 de diciembre de 2018

FRAGMENTOS DE LA MILÁN - SANREMO (IV)

Llegamos con esta última entrega al final de la serie de artículos periodísticos sobre la Milán - Sanremo, con dos artículos del mismo autor, Candido Cannavò, a propósito de la victoria de Gianni Bugno en 1990 y de Erik Zabel en 2000, en mitad de su particular reinado en la Classicissima. A decir verdad estos dos últimos artículos me han parecido los más pobres de la serie, los menos afortunados por su tono un tanto pomposo, a veces incluso cursi y en exceso particularista, centrado casi en exclusiva en los italianos, sus logros y sus lamentelle. Todo lo contrario que el brillante artículo de Bruno Raschi que publiqué anteriormente a propósito del último gran triunfo de Merckx o el lúcido análisis de Bruno Roghi a cuenta de la victoria muy calculada de Bartali en 1940. En ese sentido, parece mentira que sean estos dos textos los más recientes, salidos como decía antes de una misma pluma, pues en la exaltación de los triunfos locales bien poco se diferencian de los escritos en la posguerra. 


ERA NECESARIA UNA SANREMO ASÍ, 18 de marzo de 1990, por Candido Cannavò.

En medio de la fiesta popular, con señoritas arrobadas por la multitud y maduros señores secándose las lágrimas, al palco de San Remo llegó Francesco Moser. Entre tantas celebraciones espontáneas, ésta me ha parecido la que estaba más en relación con la historia. Moser buscaba a Bugno y le entregaba la continuación ideal de una emoción interminable. Desde 1984 el rectilíneo de San Remo no nos hacía enloquecer. La hazaña de Moser de aquel año milagroso permanece inscrita en la memoria; pero ayer Bugno fue más allá: ofreció a la gente vibraciones más altas y prolongadas, dibujando una hazaña que aleja a nuestro ciclismo de sus miserias.

Se hablará durante mucho tiempo de estos 25 kilómetros de soledad, bendecidos por un sol triunfante y por un aire impregnado de salinidad. Desde el desvío de la Cipressa hasta la llegada: el escenario de un thrilling auténtico. Quince segundos, no, ocho, puede hacerlo, maldita sea está perdiendo, puede volver a distanciarse en el Poggio, pero no, esa bajaducha¹ no le va bien. Así ha avanzando, midiendo metros, segundos, curvas y pendientes. Y la gente se ha vuelto loca. No sé desde cuánto hace que no se asistía una explosión de alegría de este tipo. Pero Gianni se dejaba incluso empujar con los ojos. El thrilling no le ha provocado ni siquiera una arruga. Recuerdo a Moser: parecía una fiera. Bugno no, él se ha mantenido oculto bajo un comportamiento estilístico impecable que no dejaba entrever cuántas fuerzas vitales todavía poseía, después de casi 300 kilómetros de fatiga. Desde un punto de vista técnico me parece que su obra maestra reside no solamente en el acto de gran valentía que lo ha llevado a arriesgar en el momento de la verdad, sino también y principalmente en el modo con el que ha sabido gestionar, con un absoluto autocontrol, en bajada y en subida, aquel pequeño puñado de segundos, que en realidad era un patrimonio inmenso para él y para nuestro ciclismo. ¡Dios mío, cuanta necesidad había de una “Sanremo” así! El “deseo de los italianos” del que hablaba ayer ha encontrado una configuración prodigiosa. Demasiados desengaños habíamos sufrido hasta encontrar en Bugno uno de los campeones generacionales que nuestro ciclismo iba buscando. Nada le falta para serlo: bastará que él lo quiera ser. Y las imágenes de ayer son más que un auspicio: más que de Bugno inducirían a pensar en un nuevo Bugno liberado de sus fragilidades psicológicas.

Victoria, pues, ¿y ahora qué? Dejémoslo estar por el momento... Bugno liga su nombre también a una alucinante media récord que no sólo es hija de una bendición climática, sino también una hazaña escondida, incluso un hecho sin precedentes. Daos cuenta: en el decimonoveno kilómetro la “Sanremo” ha destrozado a su aristocracia extranjera. La carrera se ha roto en dos. Y en el grupo de los “somnolientos” estaban Fignon, Kelly, LeMond, Criquielion y Rominger. En otras tiempos, los nuestros los habrían esperado. Ayer, en cambio, los han mandado a hacer puñetas, con una increíble, exultante carrera de ataque a la italiana. ¿Cómo se puede olvidar una “Sanremo” así?

1 "Discesaccia" en el original. 






EN SU REINO, LOS DESTELLOS DE ITALIA, 19 de marzo de 2000, por Candido Cannavò.

Querida Fantasía, no has intervenido para nada. Zabel tenía que ser y Zabel ha sido, según el riguroso guión de los técnicos y de los aficionados de barra de bar. Pronosticar al alemán como vencedor de la “Sanremo” es siempre obvio, como hablar mal del teatrillo político italiano o como un vaso de agua cuando hay sed. Sucedía en los tiempos de Merckx, que de “Sanremos” ganó siete. Era difícil imaginar uno que pudiese batirlo.

Pero si ayer la Fantasía estaba descansando, o quizá en huelga, hemos asistido al triunfo de su hermana Lógica. Solo los fuera de serie son capaces de llevar puesto como un uniforme el rol de favorito absoluto y honrarlo en la meta con tanta irreverente desenvoltura.

Un gran equipo, el Telekom, un desarrollo de carrera casi perfecto, el mayor lanzador del mundo (aquel Fagnini, el inolvidable “motor” de Cipollini) y después él, Erik Zabel, alemán de Berlín, 29 años, tercera victoria en “Sanremo”, como Coppi, más un segundo puesto. En el trascurso de cuatro años. El rectilíneo de vía Roma se parece ya al salón de su casa.

Rendido el honor al vencedor, nos deslizamos poco a poco, sin hacer dramas, sobre una crónica de las ilusiones. Dignidad, valentía, acciones meritorias y esfumadas, un óptimo segundo puesto de Baldato. Esto nos ha reservado la carrera, estupenda en su final, en una jornada más cercana al verano que a la inminente primavera.

¿Si veís a un joven italiano que a mitad de carrera lleva media hora de ventaja, qué pensaríais? Se trata de un loco adorable, se lo zamparán. Así sucedió, pero aquel Michele Gobbi, que empujaba sus veintidós años hacia una aventura imposible, era un asidero sutil a la ilusión eterna. De vez en cuando, lo absurdo se cumple.

Aquel otro Michele, de una categoría bien distinta, el renacido Bartoli, que se olvida de su rodilla vendada y ataca en la Cipressa como si la meta estuviese apenas pasada la subida, ¿qué es sino una noble ilusión? Hasta los pies del Poggio hemos creído en la hazaña del hombre de las clásicas. Pero la sucesión de ataques ha pasado por encima de él y también de nosotros. Bartoli está, de todas formas, en el umbral de un gran retorno.

La última hoja del árbol de las ilusiones se llama Bettini. Un descenso desesperado, temerario, incluso diría perfecto. Pero ese manojo de segundos que mantiene al llegar al último kilómetro se desintegra, se convierte en cenizas, cuando la ruta se aplana. El rectilíneo de vía Roma es el reino de Zabel. Pienso que el sol no tiene intención todavía de ponerse.