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miércoles, 19 de enero de 2022

ANOTACIONES AL MARGEN Y VATICINIOS

Antes de que empiece en serio la temporada de 2022, es hora de reflexionar acerca de algunas ideas expresadas en este blog y que, a toro pasado, deberían ser matizadas o completamente corregidas. Desde la Gran Ruptura de 2020, este blog ha asumido la tarea de realizar una crónica del ciclismo realmente existente. Sin pretensiones y sin estrés, todo hay que decirlo. Siempre que se escribe se mete un poco la pata, con lo cual ha llegado el momento de incluir algunas anotaciones al margen en esta interminable crónica.

Este manuscrito contiene errores

Empecemos por el Giro. Tremendo patinazo el mío al señalar que los héroes anónimos del Giro 2020 serían recordados más tarde. No se les vio el pelo durante 2021 y nada augura que la cosa vaya a cambiar en 2022. Ineos está ya superpoblado de figuras como para que Tao vuelva a tener una oportunidad de oro como la que gozó en 2020. Por su parte, Jay Hindley se ha unido a un equipo que bien podría tener el nombre de una película de Costa-Gavras, dada la cantidad de desaparecidos que engloba. Los cánones marcan quizá un segundo año de barbecho para ambos. Aunque creo que los dos volaron en ese Giro: la competencia no era excesiva después de la concatenación de bajas de los primeros días, pero ambos alcanzaron grandes números, de esos que los recopiladores de datos tienen en cuenta. El Giro de 2021 incidió todavía más en la decadencia de la prueba, con un Bernal a medio gas que apenas tuvo oposición real. A pesar del espejismo de los últimos días, ni Caruso ni Simon Yates cuestionaron el dominio del colombiano. Es llamativa esta decadencia de la carrera italiana después del breve periodo de florecimiento del que gozó entre 2015 y 2018.

A propósito del Tour, tengo que acabar reconociendo que la edición de 2021 fue una castaña. En la edición anterior, vista con la serenidad que da el paso del tiempo, mi irritada reacción inicial ante la etapa de Niza me parece a día de hoy un tanto forzada: fue la reacción típica de un adicto que recibe después de mucho tiempo una dosis y no le sube. El aburrimiento de aquel Tour, como ya se dijo en su día, quedará ensombrecido por el día estelar de La Planche de les Belles Filles, día que, si no media damnatio memoriae, pasará a la historia de esta prueba a la altura de la crono de París de 1989. Pero volviendo a 2021, el Tour fue bastante anodino. Una vez relegado y retirado Roglic, Pogacar no tuvo auténtica competencia. Thomas tampoco lo hubiese sido. La palabrería y la sospecha ocultaron la auténtica naturaleza ramplona de un Tour con un dominador absoluto. A pesar de que se sucedieron las escapadas victoriosas, la sensación de conjunto general fue que apenas se lucharon (aunque seguramente me equivoque muchísimo en este aspecto). 

Así pues, quizá hayan sido las Vueltas de los dos últimos años las mejores carreras en conjunto de sus respectivas temporadas. Pero tampoco nos vengamos arriba en exceso. No entra Guillén en la fórmula del éxito. Han sido dos grandes ediciones malgré lui. Influye más la necesidad de siempre de acabar los deberes en el último momento, con su dosis habitual de corredores esporádicos (habrá que ver qué papel juegan durante este año Storer y Cort Nielsen). La etapa de Formigal de 2020 será quizá más recordada que el esperpento puntual de la Covatilla, de igual forma que la etapa de los Lagos de 2021 acabará ocultando bajo la alfombra la ausencia de auténticos rivales que tuvo Roglic.

Las clásicas volvieron en 2021 a una cierta normalidad, al menos en cuanto a fechas. Las de 2020 quedarán marcadas por la provisionalidad y la extrañeza. La Sanremo atravesó parajes novedosos, en un ambiente sofocante. En Lombardía, la brutal caída padecida por Evenepoel eclipsó por completo un desenlace anodino con exhibición de los Astana. Y en Flandes y Lieja lo más llamativo fueron las pifias de Alaphilippe, que estrenó por todo lo alto su arcoíris, para dar de esta forma el artículo ya escrito a tantos periodistas. Las clásicas de 2021 tuvieron un desarrrollo más común, pero protagonistas inesperados (Stuyven, Asgreen, Colbrelli, en menor medida Vermeersch), a los que se añadió un Pogacar voraz, ganador con insultante facilidad.

El mundial de 2021 fue considerado por muchos como el mejor de la historia. Yo no me atrevo a tanto, ni mucho menos. Incluso diría que el mundial de 2020 me resultó mucho más atractivo (por no hablar del de Yorkshire). Vivimos una época de excesiva sobrevaloración (sí, me juego el cuello con esto) de las carreras flamencas, no hace tanto denostadas. Creo que la carrera de Lovaina pasará a la intrahistoria de las conspiranoias mundialistas como una carrera controlada de cabo a rabo por corredores de Deceuninck de diferentes nacionalidades. Las vueltas demenciales de Declercq y los fuegos de artificio de Evenepoel, ayudados  ambos de forma más comedida por Lampaert y Bagioli respectivamente, tuvieron como resultado final el triunfo de uno de los suyos.  Entre unos y otros, reventaron a van Aert y van der Poel, la posible agenda oculta. Ahí lo dejo. El mundial de 2020 fue más una carrera de individualidades, en la que el factor equipo no influyó tanto. 

Pero a pesar de todo, los mejores momentos de 2021 tuvieron lugar en los escenarios menores. La Tirreno-Adriatico y la Itzuli fueron seguramente las carreras más redondas del año, con intensidad todos los días, y con dos etapas para el recuerdo. Ya se habló de ellas en extenso y creo que no habría que cambiar ni una coma. 

Comienzan los auspicios

¿Qué esperar de 2022? Es el momento de jugar a los dados un poco. No tengo ni idea, para qué engañar al personal. No sé interpretar el vuelo de las aves ni los hígados de los animales. Puedo lanzarme a la piscina, eso sí. Está claro que el hombre a batir será Pogacar, que Roglic será un año más mayor, que costará horrores que un español se suba a algún podio, que la recuperación de los miembros de la generación de 1990 parece bastante remota, que cualquiera del Quick Step dará la campanada, que a Mathieu van der Poel se le pasan las grandes oportunidades y debe aprovecharlas, que van Aert será el hombre a batir y que muchas veces le tocará perseguir, que Pidcock puede llevarse algo grande...Son muchas las posibiliades. Puede que así sea, o puede que no, el azar siempre es caprichoso, cargado de un zurrón de miles de zascas. Tampoco me la he jugado mucho: he jugado a asegurar. Sin duda lo más interesante está por venir.  

viernes, 29 de mayo de 2020

LA LARGA TRAVESÍA

Tan solo es un deporte, me digo, un simple pasatiempo. Pero si es así, ¿cómo puede estar resultando tan larga esta travesía por la nada? Ya se habrían disputado las clásicas, también el Giro tocaría a su fin, y aquella París - Niza de marzo me resulta ya algo demasiado lejano. ¿De verdad Pello Bilbao corre en Bahrain-McLaren? ¿Desde cuándo? ¿Dimension Data no se llama ya así? ¿Cuándo Nibali empezó a compartir galones con Richie Porte en Trek-Segafredo? ¿Jefel Hafeet? ¿Eso que c... es? ¡No me acuerdo de nada de aquellos dos primeros meses! ¡No sé quién corre en cada equipo! Podría decir que conozco mejor la plantilla del ZG mobili de 1994 que la de cualquier equipo World Tour de 2020. Esos dos meses se han quedado colgando entre dos vacíos, como un breve destello de clarividencia entre dos momentos de amnesia.


Febrero y marzo de 2020, una temporada amputada o a mitad hacer


Ahora parece finalmente que mis agoreras previsiones no se van a cumplir y tendrá lugar una versión concentrada de la temporada en el final del verano y el otoño. Aun así, todavía quedan unos meses para que la cosa vuelva a ponerse en marcha, un tiempo demasiado largo que ya no puede ser suplido con más reposiciones. En las reposiciones televisivas hemos ido saltando de unas épocas a otras, de unas bicicletas a otras, aunque sin apenas salir del esquema Tour-Vuelta. Cuando programan un Tour de Flandes, se resienten las audiencias. Periquismo, Indurain-Indurain-Indurain y la "mejor generación de la historia". El empacho es considerable, aunque en realidad nadie me obliga a verlo,  y he de reconocer que disfruto con placer malsano viendo aquellas pasiones juveniles destruidas, aquella mirada "inocente y limpia" de mi antiguo yo, maltratada por el paso del tiempo y demasiados casos de drogas y tramperos.

Sedotta e abbandonata, seducida y abandonada,
la mirada de los niños que se aficionaron al ciclismo en los noventa.


Parecería que estoy exigiendo, como uno de esos fanáticos de la Liga, mi dosis de pan y circo. ¡Con la que está cayendo! Pero es que ya no aguanto esta necesidad constante de levantar acta sobre el pasado. Necesito presente, quién lo diría. Incluso yo, tan habituado a hacer listados de "los mejores", me rebelo contra la historia. Así pues, estoy dispuesto a que cualquier tontería del presente me motive: la novedad prometida de Sagan en el Giro, ese súper-domingo con Roubaix, Giro y Vuelta, la frivolidad de imaginar a Froome con otros colores, el deseo de algún pajarón no deseado, debido a una "preparación inconveniente", lamentar en un futuro los meses desperdiciados del mejor Quintana de la historia...Cualquier cosa, todo me vale. Estoy dispuesto a entusiasmarme con cualquier noticia fabricada, con cualquier vídeo promocional, con cualquier videojuego montado para mantener vivos a patrocinadores y carreras. Estoy dispuesto a compartir la necesidad de mantener viva la ilusión. Así que cualquier apuesta sobre lo que sucederá será bienvenida, me lanzaré a ella como un temerario jugador de Dostoyevski en una partida de dados sobre un tapiz verde alpino. ¿Alcanzará Evenepoel las cotas prometidas? Por qué no. ¿Será van der Poel el super-campeón esperado, el nuevo Mesías? Ojalá. Pondré una vela si es necesario. Cualquier cosa, necesito cualquier cosa, pero la necesito ya.


Así estoy



martes, 7 de abril de 2020

LE CYCLISME EST UNE AVENTURE

Desde hace un tiempo, los aficionados al ciclismo parecemos condenados a echar la vista atrás.  Corren tiempos de enclaustramiento, rodillo y reposiciones, no queda otra. Las diferentes televisiones nacionales parecen haberse puesto de acuerdo para asaltar sus propias videotecas y poner al servicio de los aficionados buenas dosis de ciclismo televisado. Del bueno, del de antaño. También se puede bucear en youtube, si la selección televisiva incurre en un exceso de patriotismo. Pero en realidad, ¿de qué sirve hablar de ciclismo ahora? En las circunstancias actuales, el ciclismo, como todo lo superfluo, ha quedado arrinconado por lo prioritario. El desarrollo de la temporada ciclista es un problema muy menor, liliputiense, en comparación con todo lo demás. Las reposiciones de estas etapas no dejan de ser un humilde madero con el que mantenerse a flote en medio del naufragio y así mantener una cierta simulación de continuidad. 
 
A falta de nada nuevo que contar, vengo a sacar a la luz cuatro o cinco fotos mal enlazadas sobre el ciclismo como deporte precario y espectacular. A pesar de todos los adelantos y modernidades, circunstancias como las actuales vuelven a dejar al ciclismo bastante desnudo, como el juego de equilibrios con patrocinadores y autoridades locales que siempre ha sido. Por eso lo que me traigo hoy entre manos, simplemente para mantener este espacio con vida, es una serie de imágenes del ciclismo como espectáculo, como circo ambulante. Deberían ser de las clásicas, pero en estos momentos son las únicas fotos interesantes de las que dispongo: son fotos del Tour. Da igual, con las reposiciones de etapas del pasado no creo que un poco más de Tour les vaya a sentar mal.

Comencemos por le principio. Como en cualquier descubrimiento, todo sucedió por azar. Mientras buscaba material para la conferencia sobre el dibujante René Pellos, di con esta maravilla entre las revistas antiguas de mi padre: el número especial de Miroir du Cyclisme dedicado al Tour de 1983, titulado Le Tour est una aventure. En su momento pensé que era un deber compartir este magnífico material mediante una entrada, aunque mi aportación fuese mínima. Pero fui dando largas al tema, en gran parte por falta de tiempo y porque el presente reclamaba su atención. Ahora, en este periodo de paralización completa, es momento de sacar a la luz una joya de este tipo. No está a la altura de otras que circulan por ahí, pero no está nada mal.  




En este número de la prestigiosa revista francesa, el periodismo de “batallitas” se da la mano con la obra de arte. Es el ejemplo de un mundo que ya no existe, en el que la revista de papel era todavía cauce de informaciones y fantasías mitificadas, resultados y literatura a partes iguales. Lo interesante es la comparación que se ofrece entre títulos de películas y algunos de los “temas centrales” del Tour. Lógicamente, los títulos tienen gracia en francés, ya se trate de los títulos originales o de traducciones de los mismos: Salve quien pueda, la vida (Jean-Luc Godard, 1980) para hablar de las escapadas; Deliverance (John Boorman, 1972) a propósito de la sed; Día de fiesta (Jacques Tati, 1948) para mostrar la gloria del triunfo; El cazador (Michael Cimino, 1978), traducido al francés como Voyage au bout de l'Enfer, para referirse al sufrimiento; Au bout de souffle (Jean-Luc Godard, 1960) sobre los abandonos; Marathon man (John Schlesinger, 1976) para ilustrar la labor de los periodistas... Los Dustin Hoffman, Robert De Niro, Jean-Paul Belmondo o Burt Reynolds son aquí Bernard Thevenet, Charly Gaul, Raymond Poulidor o Cyrille Guimard. La vinculación entre Tour y espectáculo parece clara: de hecho, todavía en esa época no habían pegado fuerte en las carreteras ni la ciencia-ficción ni el género de terror. Tampoco las películas de cowboys. 


 

 












Tomemos esta revista por lo que es: un homenaje de la revista ciclista francesa por antonomasia a la carrera con mayúsculas. Pero, yendo más lejos, podemos extrapolar los momentos que aquí se muestran, sus dramas y sus alegrías, a las carreras de Bélgica, Italia o España. Precisamente a las carreras de esta primavera que nos vamos a perder por la irrupción de una catástrofe no imaginada. Hay fotografías de este tipo en todas las carreras y en todas las épocas. Rostros llenos de polvo y sudor, como el de Kelly en la meta de Sanremo en 1986. Imágenes de la desesperación, como la de Poblet al borde de la ruta, levantando la rueda tras un pinchazo y blasfemando, quizá en una mezcla de italiano y catalán. Días infernales, como la París – Roubaix de 2001, con un Wilfried Peeters irreconocible tras una máscara de fango, o la Gent – Wevelgem de 2015, con Thomas saliendo por los aires. Los embudos habituales del Koppenberg, los barrizales en el pavée de 1985 o 1994, las llegadas ajustadas, como las de Groussard y Wolfshohl en Sanremo, Bugno y Museeuw en Flandes o Eddy Planckaert y Bauer en Roubaix...Solo por poner algunos ejemplos. La sabiduría colectiva de twitter nos ofrece a diario buenos repertorios de imágenes, como los que nos suelen regalar @davidguenel o @javigoros61. 

Todo ello se debe a que el ciclismo, con su variedad de escenarios, tanto fijos como cambiantes, es uno de los deportes de mayor riqueza iconográfica. No todo se desarrolla entre cuatro paredes, con lo cual hay paisajes y casas, cielos claros y tormentas, laderas nevadas y campos embarrados. La presencia siempre cercana del público permite ver el paso de los años y las modas. Pocos deportes exigen un despliegue audiovisual tan grande para poder ofrecer un relato: por ello es un deporte que ha ganado tanto con la televisión e incluso con el cine (recomiendo desde aquí una joya, de la que ya habló en su día @jlgpallero, Parpaillon).


¿Y ahora qué panorama queda? Si se retoma esta temporada en algún momento, que lo dudo, está claro que nada va a ser igual. Las cunetas estarán vacías, no habrá nadie en las salidas y en las metas. Se acabará, al menos durante un tiempo, la proximidad con el aficionado que siempre ha sido el signo distintivo del ciclismo con respecto a otros deportes. Pero esto quizá sea lo de menos. Por desgracia, las consecuencias económicas también llegarán al ciclismo, y algunos equipos perderán patrocinadores, muchos corredores se quedarán sin trabajo e incluso alguna carrera puede que no supere este parón de un año. Todo tenderá a reducirse, pero eso no tiene que significar su desaparición. Quedémonos con una idea: si el ciclismo pudo resurgir de los desastres bélicos del siglo XX, si ciclistas como Bartali o Coppi pudieron superar ese parón, en el que sus vidas se vieron notablemente alteradas, ¿no se va a poder hacer lo mismo cuando pase todo esto?