Por primera vez en la breve historia de los juegos olímpicos de ciclismo profesional, un mismo corredor se ha llevado los dos oros de crono y ruta en categoría masculina: Remco Evenepoel. El menudo corredor belga llegaba de callar muchas bocas en el Tour (entre ellas, la mía), que habían cuestionado su capacidad para superar la alta montaña. No tuvo un mal día durante las tres semanas, únicamente los dos duendecillos salvajes que dominan el ciclismo mundial le habían superado. Aunque había quedado a bastante distancia de ellos, Evenepoel parecía muy orgulloso de su resultado. Ahora lo ha redondeado con un doblete histórico, que lo sitúa como uno de los corredores que marcarán a toda una generación, no solo por su palmarés, sino también por su forma de correr, agresiva y valiente. Ya todos lo conocemos. Su carrera es un vaivén constante, siempre en la cuerda floja, entre lo sublime y lo excesivo, sin faltar algo de drama. Este último también ha asomado en los últimos cuatro kilómetros, en forma de pinchazo. Pero no ha sido necesario marcarse un olano, llevaba suficiente ventaja como para aplastar incluso a la mala suerte.