La nostalgia es a veces mala consejera. Vuelves a la calle de la infancia y la encuentras más estrecha y algo más sucia que en el recuerdo. El colegio de tu infancia ahora te parece un edificio viejo y algo decrépito. Los espacios de la juventud y de los primeros amores ya han cerrado indefinidamente. A veces es mejor dejar a buen recaudo los recuerdos y no revisitarlos de forma artificial. Algo parecido ha sucedido con el Puy-de-Dôme, hoy revisitado tras mucha propaganda, pero que finalmente ha quedado reducido a un murito. Muy exigente, eso sí, se diría que incluso terrible, pero murito al fin y al cabo. Sí, era el terreno del duelo de Anquetil y Poulidor, del de Jiménez y Bahamontes y muchas más cosas: la escalada pionera de Coppi, la fuga de Matignon, el Ocaña más poderoso, el puñetazo a Merckx, el omóplato de Simon y la resurrección de ciclismo español con Arroyo y Delgado. Pero hoy se ha visto poco ciclismo. No ha llegado a ser un fiasco, porque sus rampas tienen dureza que habla de otras épocas y el paisaje es singular; pero puede establecerse un paralelismo un tanto preocupante entre el final de hoy y el modelo guillenesco del ciclismo.