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domingo, 19 de marzo de 2017

EN VIA ROMA CUENTA HASTA EL ÚLTIMO METRO

De un tiempo a esta parte, en concreto desde el mundial de Richmond, Sagan parecía haber conseguido la fórmula definitiva que comporta triunfos. Había domado su sangre caliente y parecía actuar con más inteligencia, esperando el momento justo. Lejos quedaba el frustrante Tour de 2015, en el que Van Avermaet y Plaza le había "robado" dos triunfos. En 2016 también Van Avermaet se cruzó en su camino en la Het Nieuwsblad, pero a partir de Flandes fue todo rodado. En cambio ayer volvimos a ver al Sagan "de siempre"; el que se precipita, al que le pueden más las piernas que la cabeza, el que hace segundo. 

Poco se ha hablado de Vía Roma. La particularidad de esta alfombra roja del ciclismo es que pica para arriba, quizá imperceptiblemente, al contrario de lo que sucedía con el Lungomare Italo Calvino. En las imágenes de televisión no se aprecia, pero el que ha estado allí lo recuerda. Los sprints largos no suelen comportar éxito. A Kristoff, acostumbrado a lanzar los sprints de lejos, se le hizo larga en 2015 y Degenkolb le superó en los últimos 10 metros. Roelandts intentó el año pasado sorprender, pero también se le atragantó al final, siendo superado por Démare y Swift. Este año algo parecido le ha pasado a Sagan, que ha intentado emular a Merckx en 1975 (observen el interminable sprint del vídeo) y se le ha hecho larguísima. De los 291 km le han sobrado 150 metros. 



Y ahí ha estado Kwiatkowski, el que aparece en los momentos oportunos. El ciclista ciclotímico, le llamaba alguien acertadamente en la comunidad ciclista de twitter. Yo era de los que opinaban que después de su demostración metahumana en la Strade Bianche ya no se le iba a ver, pero me he equivocado a todas luces. Es natural que se piense entonces que el año pasado fue un año de "recarga", de acomodo a la nueva fórmula, y este año toca volar, como también ha demostrado Henao. En realidad es uno de esos ciclistas que lo hace todo bien, demasiado bien. Es rápido, rueda a la perfección, baja con maestría e incluso a veces puede hacer demostraciones en subidas, siempre que sean cortas. Lo único es que, a diferencia de los grandes, su comportamiento es lagunar. Un poco mejor que a lo que nos tenía acostumbrados Gerrans, pero no mucho más. Aunque eso sí, se está labrando un palmarés espectacular. Con inteligencia, con destellos puntuales. 

Todo lo contrario sucede con Sagan, que es omnipresente, y eso comporta a veces ganar y otras tantas perder. Supone actuar muchas veces sobrado, arramblando con una bolsa de gominolas tras la meta, y demostrar otras veces una "valverdiana" confusión táctica. No hay duda de que el eslovaco desconfía ya de sus capacidades al sprint. Así se vio en la Het Nieuwsblad, en la que volvió a cometer exactamente los mismos fallos que en 2016. También de tú a tú con Gaviria había sido batido en Civitanova Marche, a pesar de su demostración de suficiencia en Fermo. En realidad ha corrido a lo Cancellara en 2012, llevando toda la responsabilidad, movido por el ansia de ganar sin reparar en los que llevaba a rueda. Aunque sin él la Sanremo hubiese sido bastante diferente, muy parecida a las ediciones de 2015 y 2016. Lo ha probado en el Poggio con una violencia no vista desde los años mágicos de Fondriest y Furlan, dando continuidad al ritmo infernal de Dumoulin (que debería haber corrido para sí mismo y no de gregario). A esa violencia han contribuido el viento a favor y la lentitud con la que se había desarrollado hasta el momento la carrera. No es una exageración la comparación con aquellos paradigmas de la Epo Golden Age, pues el tiempo de ascensión ha sido el tercero de la historia


El eterno retono

Sagan parecía dipuesto a hacer historia. Colbrelli y Degenkolb no pudieron cerrar el hueco, y aunque Kwiatkowski parecía el único capaz de hacerlo, no lo hubiese conseguido de no ser por el empuje de Julian Alaphilippe. El ataque tuvo lugar en el punto en el que se hace la diferencia: de la iglesia al pueblo de Poggio di Sanremo, donde la pendiente ya es apenas un falso llano. La diferencia que obtuvieron en el tornante final de la cabina telefónica era demencial, y a partir de ahí incluso se amplió. El grupo trasero ya no contaba con un Cancellara dispuesto a cerrar huecos, y el único que mostró un poco de empuje fue Colbrelli (que posteriormente lo pagaría en el sprint). De hecho, el trío delantero estaba formado por tres consumados bajadores, que ya han dejado escenas para el recuerdo, especialmente Sagan y Kwiatkowski en el col de la Manse y Ponferrada respectivamente. Sagan, con ese cuerpo de Hulk, moviendo la bicicleta (que cada vez parece que le venga más pequeña) a su antojo, Alaphilippe con un estilo más "culebresco", y Kwiatkowski con la seguridad de un bajador experto.



En el corso Cavalotti Kwiatkowski entró tímidamente al relevo, pero Sagan parecía no necesitarlos. Su actitud de caballo desbocado era la misma que la de Cancellara en 2012, con Gerrans soldado a su rueda: la actitud que no comporta victorias, a no ser que te apellides Merckx. 

Del sprint ya hemos hablado. Los superpoderes de Sagan se agotaron a mitad de vía Roma, Kwiatkowski le cogió fácilmente rueda, e incluso Alaphilippe, que no es muy diestro en el sprint, pareció también a punto de mojarle la oreja. La victoria del polaco, conseguido con un colpo di reni de los que hacen historia, fue una especie de repetición de aquella de Cavendish sobre Haussler en 2009, aunque con unos protagonistas mucho más dignos. 



Por detrás, a cinco segundos, entró el pelotón con una sucesión de velocistas de primer nivel: Kristoff, Gaviria, Démare, Degenkolb, Bouhanni, Viviani, Ewan...El noruego nunca falla en Sanremo, y seguramente volverá a ganar algún día. Gaviria demostró que lo de la muñeca fue una maniobra de despiste, y entre los demás, sorprende el rendimiento de Ewan. El único que no estuvo delante, afortunadamente, fue Cavendish, un corredor que dice amar esta carrera pero que sólo pudo ganarla cuando militaba en aquel High Road en el que hasta el más tonto iba como una moto. 

En fin, esto es la Milán-Sanremo. La carrera más larga que se dilucida en un golpe de riñón en los últimos metros. Una carrera en la que cuenta hasta el último metro, como bien sabe Zabel después de 2004. Una carrera que muchos consideran aburrida pero que acumula unos últimos 20 km. finales de infarto, con intentos en el llano, intentos en subida, descensos trepidantes y un sprint que nunca defrauda, aunque el resultado no sea siempre el esparado. En fin, la mejor apertura de la temporada posible.

viernes, 29 de abril de 2016

ÉPICA, ABURRIMIENTO Y TRAGEDIA EN LA TEMPORADA DE CLÁSICAS DE 2016

A estas alturas del año, ha llegado la hora de hacer balance acerca de lo que ha dado de sí el primer cuarto de la temporada ciclista, la campaña de clásicas. En estos momentos se está disputando el Tour de Romandie, carrera que antes era preparatoria para el Giro y que en los últimos años se ha convertido en una de las tantas escalas de los hombres-Tour antes de la anodina cita de julio. Se trata de una carrera propicia para demostraciones extrañas y que pocas veces - por no decir ninguna - me ha acabado enganchando. Tan sólo los paisajes ordenados de Suiza, donde todo parece terminado y en su sitio, atraen mi atención a la espera del Giro, carrera que aunque no siempre ofrezca buen ciclismo, siempre colma las expectativas culturales y paisajísticas que también atraen al consumidor de ciclismo.  

Así pues, toca echar la vista atrás sobre unos meses de marzo y abril que suelen concentrar más calidad que en el resto del año ciclista. Este abril sobresale una París-Roubaix que ha recuperado la épica que antes era consustancial a esta clásica, aunque como sucediese el año pasado con la espectacular Gante-Wevelgem, el vencedor desmerezca notablemente al desarrollo de la prueba. 

Comencemos por marzo. La Milán-Sanremo tuvo un desarrollo dentro de su particular cánon de últimos kilómetros trepidantes e incertidumbre hasta el final. Quizá este año las caídas marcaron en exceso su desarrollo, así como las polémicas a ellas aparejadas, dando lugar a un processo en el mejor -o peor- modo italiano que superó incluso a la propia carrera. Matthews y Démare se fueron al suelo antes de la Cipressa, y solo el francés pudo conectar con el grupo delantero en el llano de Arma di Taggia, en una demostración que suscitó más de una recriminación por parte de corredores italianos. Todo ello en un contexto de críticas y descrédito hacia el ganador y a la suavidad del recorrido, emitidas incluso por el propio periódico organizador de la carrera. Por si faltara poco, la caída de Gaviria poco antes de entrar a vía Roma y el fallo mecánico de Bouhanni en la misma recta de meta, añadieron un poco más de demérito a la victoria de Démare, que se vio rodeada de demasiados "y si...".  Lo cierto es que el principio de año de FDJ está siendo todo menos convencional, y el sprint en vía Roma fue una demostración de superioridad insultante por parte del ex-campeón francés.



Luego vinieron las clásicas de acercamiento a la Ronde, que poco a poco le han ido ganando terreno en interés y alternativas. El G.P. E3 de Harelbeke y la Gante-Wevelgem se jugaron de lejos y ofrecieron interesantes movimientos tácticos. En el caso de la carrera de la autovía, se formó una dupla imperial con Kwiatkowski y Sagan, en la que el polaco humilló en el sprint al campeón del mundo. Parecía entonces que la campaña de clásicas de "Kwiato" iba a ser todo menos ramplona; pero el polaco es un corredor guadianesco, habituado a dar una de cal y otra de arena, con exhibiciones de übermensch y desfallecimientos de otros tiempos.



La Gante-Wevelgem se reivindicó como sexto monumento, ofreciendo su imagen más tradicional frente a una menguante Ronde van Vlaanderen, cada día más falta de hitos. Pues la Gante-Wevelgem los tiene en abundancia: el monte Kemmel, subido este año por la empinadísima cuesta del osario, la larga recta hasta Wevelgem, el paso por la fantástica y reconstruida Ypres, los cementerios de la guerra del 14, etc. Un terreno predispuesto a la batalla y a los grandes vendavales, que tampoco deslució este año. Al sorprendente Kuznetsov se le unió el trío de favoritos, formado por Sagan, Vanmarcke y Cancellara. Rodaron como caballos desbocados con el ruso guardando fuerzas a rueda, de modo que en el sprint casi da la campanada. Sagan pudo quitarse de encima su mal fario con una victoria con el arco-iris y Cancellara demostró que lo suyo nunca fue el sprint, a pesar de quejarse con bastante mala sombra de lo perjudicado que había quedado en Sanremo por la caída de Gaviria.



A pesar del espectáculo presenciado, la muerte de Antoine Demoitié atropellado por una moto de carrera quitó relevancia al ganador, al recorrido y al desarrollo de la carrera. Un atropello más, sin responsables, con un desgraciado e irreparable desenlace en este caso, después de muchos avisos previos tanto en clásicas como en grandes vueltas. Lo que fue un asesinato por imprudencia se resolvió con un carpetazo "y a otra cosa", aduciéndose incluso el argumento falaz de que el ciclismo "es un deporte de riesgo". 

Rodeada de un ambiente tan sombrío llegó la Ronde van Vlaanderen, convertida en espectáculo para borrachos en vez de en momento crucial del año. No me cansaré de decir que una carrera se lo debe todo a sus hitos, ya sean el Poggio y sus invernaderos, el Stelvio y sus paredes de nieve, el Tourmalet y sus apartamentos, la Madonna del Ghisallo y sus campanas repicando, el bosque de Arenberg y sus banderolas o incluso la llegada a Lieja con el plano aéreo del estadio del Standard. La Ronde ha perdido su "símbolo", el Muur Kapelmuur de Geraardsbergen, y con él gran parte de su encanto: el plano áereo de Geraardsbergen, los planos fijos del Muur, el mito del que pasa primero el Bosberg vence la carrera... Aunque por justicia tengo que admitir que el mito cayó algo antes de la desaparición del Kapelmuur del recorrido, y tiene una fecha concreta: 2010.  Además, este año venía precedida de un acontecimiento tan trágico que se afrontaba la carrera sin excesivas ganas de ciclismo. 

En cuanto al desarrollo de la prueba, comenzó con las caídas de Van Avermaet y Benoot, que perdieron así gran parte de su temporada. Posteriormente, Kwiatkowski dinamitó de nuevo la carrera llevándose a Sagan consigo, mientras Cancellara jugaba al tacticismo rajoyano de esperar acontecimientos. Por delante marchaba un grupo de escapados entre los que figuraba Imanol Erviti. La verdad es que no recuerdo muy bien el desarrollo de la carrera, que por momentos fue confuso (tendría que volver a verla).  Kwiatkowski desapareció rápidamente disuelto como un azucarillo cuando la cosa comenzó a ponerse seria. Se esperaba a Terpstra y Kristoff, que anduvieron claramente por debajo de las expectativas, y el arreón final de Cancellara no le permitió dar caza a Sagan, que hizo del Paterberg su particular cuesta de Richmond. En las carreteras de acercamiento a Oudenaarde  tuvo lugar una interesante persecución entre Sagan por delante y Cancellara y Vanmarcke por detrás. El voluntarioso belga decidió devolverle al engreído suizo su escaqueo de la Roubaix de 2013, y el eslovaco hizo toda una demostración de sus dotes de rodador. En fin, la consagración definitiva de Sagan, venciendo con el arco-iris como Bobet, Van Looy, Merckx y Boonen,  y consiguiendo un doblete con Wevelgem como Van Looy, Godefroot y el propio Boonen.



Cuando poco o nada se esperaba de la París-Roubaix, condenada desde hace unos años (quizá desde el mismo 2010) a cierta monotonía, se desveló de nuevo como aquella reina de las clásicas que fuese en su día. A ello contribuyó sin duda la retransmisión íntegra, que ofreció unos primeros kilómetros muy interesantes, rodados a una gran velocidad, en los que se desarrolló una intensa lucha por crear la escapada. Una fuga que tendría finalmente su trascendencia, pues en ella estaría el ganador de la prueba: el sorprendente Mathew Hayman. 

Las caídas - ese mal a evitar - afectaron de nuevo a la carrera, dejando cortados a dos de los grandes favoritos: Sagan y Cancellara. Por delante quedaron Vanmarcke, Stannard, Boasson Hagen y...Boonen. El recordman de Roubaix contribuyó a subir el nivel de la prueba, pues sin ser ya tan demoledor sobre el pavé como en sus mejores tiempos, puso alma, fuerza y empeño en echar tierra de por medio y evitar una victoria de su archienemigo Cancellara. Dieron caza a los fugados - entre los que también se encontraba Erviti de nuevo -, y tan solo un sorprendente Hayman pudo aguantar el ritmo de los cuatro percherones de cabeza. El que fuera gregario de Flecha ya se había dejado ver previamente tomando unos metros de ventaja sobre el grupo de fugados en uno de los tramos de pavé, mostrando fuerzas sobradas. En el Carrefour de l'Arbre lo intentó Vanmarcke, que obtuvo una ganancia que parecía ya definitiva, pero acabó desinflándose sobre el asfalto. De esta manera los cinco se la jugaron en unos últimos kilómetros de infarto, de los mejores que recuerdo en años, con Hayman como invitado. Stannard, Boasson Hagen y Boonen lanzaron ataques que parecían los defintivos, todo fuerza y desarrollo: pero más bien eran los intentos vanos de cuatro hombres fatigados fuera de su medio, boqueado sobre el asfalto como peces sobre la arena. Mientras tanto, Hayman esperaba. 

Poco antes de entrar en el último kilómetro, Hayman asestó su golpe de gracia. Inusitada fuerza para un escapado, que "vacilaba" de esta manera a los supuestos favoritos. Boonen se lanzó en su persecución, en toda una demostración de fuerza que quedará gravada en la retina de muchos como su casi seguro canto del cisne. Todo un despliegue de potencia y valentía, esta vez estéril. En el último kilómetro daba alcance al australiano, lo más seguro con algún año menos de vida en su futuro dado el enorme esfuerzo realizado. Ya en el velódromo se produjo el reagrupamiento, y en un desliz de principiante por parte de Boonen, o en derroche de fuerza suprahumana por parte de Hayman, se produjo el desenlace. El australiano tomó la cuerda, pasó la última curva en cabeza y ya nadie pudo remontarle. De nuevo un australiano venciendo y ultrajando un monumento, con cara de espanto o sorpresa absoluta al cruzar la línea de meta.



Final agridulce, por tanto, continuado por la prolongación cansina de las Ardenas, como era previsible. Estas carreras se fían a los últimos kilómetros, al repecho final, dándose previamente escenas de marcaje, reserva de energías e inusitada velocidad al paso de las cotas. La Amstel fue de las peores que recuerdo, y ya es decir. Otros años Freire, Sagan o Gilbert habían logrado sacar a la carrera de su particular somnolencia, aunque no nos engañemos, aquí ganó Ivanov también. Y Gasparotto este año, que esperó con astucia su momento a rueda de Valgren Andersen para asestar el golpe definitivo y dedicar la victoria a su compañero recientemente fallecido.



La Flècha tuvo su habitual desarrollo, con un "patapum pa'arriba" carente de toda táctica en el que Valverde es el rey. Lo que resulta alarmante es la ausencia de alternativas por parte del resto de equipos, que confía a ciegas en un sprint en cuesta en el que poco o nada tienen que hacer ante el poderío murciano. Realizó toda la subida en cabeza, marcó a sus rivales y asestó el golpe en el mismo lugar de siempre; incluso giró la cabeza para ver la diferencia realizada en el mismo lugar que en los dos años anteriores. Movimientos mecanizados, victoria estudiada de antemano por un alumno poco dado a saber leer las carreras. El muro de Huy es su particular terreno para el veni.vidi, vinci. 



Y finalmente llegó la Lieja, punto final de esta temporada de clásicas. Para muchos lectores del Marca fue durante mucho tiempo la única clásica potable, la única que no era una lotería. Hoy se sabe que es un bodrio en el que desgraciadamente se han dejado ver tipos de artes dudosas como Bettini, Di Luca, Etxebarría, Rebellin, Boogerd o Vinokourov. De modo que esta vez, como un guiño a ese pasado reciente del que el ciclismo no puede despegarse, como si se tratase de una mancha que no sale a pesar de infinitos lavados, aparecieron actores de esos años en los que el naranja se dejaba ver con asiduidad en los toboganes de Lieja, con sus fábricas apocalípticas y sus barrios de ladrillo a la inglesa. Después de la nevada en Haute Levée, el marcaje del Movistar con Rory Sutherland, los sorprendentes movimientos tácticos de Betancur en Saint-Nicholas, ahí estaba Samuel Sánchez en la cuesta empedrada de la rue Naniot, tras Albasini, Rui Costa y Poels.



En fin, dureza previa, rodeada de bosques hermosos y este año gélidos, que poco sirvió, pues se confió de nuevo en los kilómetros finales. El cuarteto abrió hueco y en la cuesta de Ans no se le pudo dar alcance. Al menos debemos contentarnos que no se jugase la victoria en la subida final, como en 2013 o 2014, o al sprint como en 2015. Rui Costa comenzó a escaquearse, Samuel Sánchez, con 40 años recién cumplidos, hacía bastante con aguantar, y ya se masticaba una nueva victoria del Orica, esta vez con un corredor ya canoso y cazaetapas en vueltas locales. Al menos la Doyenne se resolvió con algo de dignidad y Wouter Poels se hizo con la victoria, arrancando con fuerza tras la última curva. Además, como dato positivo, la carrera no recayó en ninguno de los "pancarteros" habituales, ya sea Purito, Gerrans o el irlandés. 

Una primavera ciclista más ha pasado, con momentos interesantes, otros anodinos y desafortunadamente otro muy trágico. Una muerte por desgracia demasiado anticipada, que se une a la serie de descréditos que este deporte sufre (motores ocultos, médicos sospechosos, enfermedades que aumentan el rendimiento, organizadores y directivos que se despreocupan de la salud del ciclista, etc.), y que como suele señalar el autor del interesante blog "ciclismo2005", nos lleva a pensar que "el enemigo está dentro". 

sábado, 4 de octubre de 2014

EL MUNDIAL DE PONFERRADA

Que vaya por delante que no acerté en los pronósticos. No puse al polaco Michal Kwiatkowski en la amplia terna de favoritos para ganar en Ponferrada, a pesar de su fantástica primavera, en la que terminó entre los cinco primeros en las tres clásicas de las Ardenas. En el Tour se arrastró, y quizá por eso me olvidé de él. Ahora no desentona vestido con el arcobaleno, como sucidiese con Rui Costa, otro vencedor sorpresa.

Un podio de Lieja: Gerrans, Kwiatkowski y Valverde.
Kwiatkowski no solo fue el más listo, sino también el más fuerte. Como se venía diciendo desde que se pronosticase lluvia para el domingo, la diferencia se hizo en la bajada; aunque no ya en la segunda, una vertiginosa caída libre hasta la meta, digna de la Cipressa, sino en la primera, otra auténtica trampa mortal que terminaba en una curva de noventa grados que conducía a la espectral presa del embalse de Bárcena. Kwiatkowski, como decía, no solo fue el más listo a la hora de escoger el punto decisivo donde atacar (última vuelta, penúltima bajada), sino que tuvo fuerzas suficientes como para superar la última ascensión con la misma diferencia con la que la había empezado, ante un pujante grupo comandado por Valverde, Gerrans y Gilbert. 

Kwiatkowski destacado en la presa del embalse de Bárcena.


El circuito finalmente se presentó más complicado de lo que se había dicho en un inicio. Ni mucho menos fue un mundial asequible y anodino, como lo fueron los de Madrid, Salzburgo y Geelong, y por supuesto, demostró estar alejado años luz de las farsas de Zolder y Copenhague. No fue un mundial para los clasicómanos puros, como Boonen y Cancellara, a los que apenas se vio. En el primer caso, estaba claro que la selección belga contaba con tipos más en forma que la leyenda flamenca, que se encuentra, no nos engañemos, en sus años crepusculares. Van Avermaet se presentaba como una opción más clara, después de sus victorias en Gerardsbergen en el Eneco Tour y en el Grand Prix de Wallonie. Pero en la selección suiza todo se jugó a la carta de Cancellara, desgastando inutilmente a un portentoso Michael Albasini, vencedor reciente de los Tre valli varesine. De todas formas no fueron las únicas decepciones. El rendimiento de Sagan y Nibali sí que estuvo muy por debajo de lo esperado. Al primero ni se le vio, y el segundo se abrió de piernas ante la maniobra de despiste de Purito en el alto de Mirador. Los velocistas jóvenes sí que estuvieron a la altura. De no ser por la lluvia y el ataque de Kwiatkowski, el mundial se hubiese resuelto en el sprint entre Kristoff, Degenkolb y Bouhanni. Como una Sanremo.


Después de tantear los días anteriores varios puntos en los que ver la carrera, nos colocamos en el paso por el falso llano que coronaba el alto de Confederación. Amaneció nublado y lloviznaba en la montaña, entre los pinos y los cables de alta tensión, que no cesaban de crepitar. Las vueltas se fueron sucediendo. La escapada inicial la formaron el colombiano Quintero, el ucraniano Polivoda, el croata Kvasina y el letón Savickas. La persecución fue comandada en exclusiva por la selección de Polonia, la única que hizo algo en las vueltas iniciales para evitar que el pelotón se apoltronase demasiado. La niebla se levantaba poco a poco sobre el bosque de pinos replantados, y a cada paso, el pelotón y los coches arrastraban tras de sí un auténtico vendaval. Más tarde llegó el turno de los "segundas espadas" de las grandes selecciones: Giovanni Visconti, Peter Kennaugh, Sep Vanmarcke, Christopher Juul Jensen, Dani Navarro, etc. En varios movimientos, el que puso más empeño fue  el suizo Michael Albasini. Tras unas vueltas en las que el sol asomaba tímidamente entre las nubes, el cielo se fue cubriendo, escuchándose a lo lejos algún trueno. Cuando comenzó a arreciar la lluvia con más fuerza, la selección italiana realizó una vuelta de infarto, con un propósito más suicida que claro. Fue una delicia ver pasar como una exhalación al grupo comandado por Bennati y el resto de azzurri, deslizándose a gran velocidad sobre el asfalto mojado. Posteriormente llegó el turno del número en solitario de Tony Martin, condenado al fracaso pero útil como acción de desgaste para el pelotón. Cruzó delante nuestro con su típica estampa: posición aerodinámica, desarrollo masivo y boca abierta.

La espera se hacía larga, y a cada nuevo paso por nuestra cuneta, la situación de carrera se presentaba totalmente cambiada. De este modo, a falta de dos pasos por meta, se formó un trío con Cyril Gautier, Michael Valgren Andersen y Alessandro De Marchi, seguido de cerca por Vassil Kiryienka. Se trataba de tres corredorazos, voluntariosos y atacantes, salidos de la Vuelta (Valgren Andersen, Kiryenka y De Marchi), acompañados del joven francés, el mejor pupilo de Voeckler en cuanto a "pestosidad". En la última vuelta, el cuarteto pasó por delante de nuestras narices con apenas unos segundos de ventaja sobre un pelotón cada vez más reducido. Veinte metros delante de nuestra posición se jugó el mundial, aunque no pudimos verlo. Kwiatkowski se lanzó en el descenso hasta el embalse y sacó unos segundos preciosos que Dani Moreno no pudo recortar. Precisamente lo habíamos visto pasar por ahí dos dias antes, entrenando con toda la selección polaca, tanto femenina como masculina. Los habíamos visto seguros, sorprendentemente seguros.

Kwiatkowski deja atrás en el Mirador a Valgren Andersen y De Marchi
Tras pasar la presa y el túnel, el polaco se prensetó con el cuarteto cabecero. De Marchi, sin duda el mejor de los italianos como era de esperar, era el que más fuerzas gastaba en ese grupo delantero. Éste y Valgren Andersen intentaron permanecer a rueda del polaco el máximo tiempo posible, aunque fue inútil, pues se deshizo de ellos con facilidad al venir fundidos después de dos vueltas de machaque. Mientras tanto, detrás, tras unos segundos de incertidumbre, Jonathan Castroviejo se puso a tirar para recortar diferencias en beneficio de Purito y Valverde. Cuando Castroviejo ya no pudo más, Purito se lanzó al ataque, quizá demasiado tarde. Nunca se sabrá si se trató en realidad de un ataque de despiste, a la espera de un ataque todavía más demoledor de Valverde, o un ataque en serio. Lo que sí que es cierto es que el ataque de Purito sirvió para rematar a Nibali, en una baja forma alarmante para un ganador de Tour, y para que Gilbert, Gerrans, Valverde y Breschel se le pusiesen a rueda. Sí, también Breschel, ese corredor que sale de la tumba solo en los mundiales (y no todos los años). Valverde y Gilbert prolongaron el ataque de Purito, formándose un grupo de siete (Valverde, Gilbert, Gerrans, Van Avermaet, Gallopin y Breschel). Como siempre, Valverde atacó demasiado tarde, mientras que Purito, parece que más por desidia que falta de fuerzas, se dejó llevar. Parecía no querer estar involucrado con Valverde una vez más en un grupo que se jugase una victoria. O simplemente no estaba dispuesto a asumir un rol de gregario para el murciano. Quién sabe.

Kwiatkowski tenía ya medio triunfo en el bolsillo, y amplió la ventaja con un gran descenso hasta meta. Detrás hubo los típicos parones, especialmente debido a la racanería de Gerrans. Valverde y Gilbert fueron los únicos que pusieron algo de empeño en la caza, especialmente el valón, que se sacrificó por Van Avermaet. Su compatriota y compañero de equipo no remató, como es habitual en él, pero Gilbert demostró que si bien ya no está (ni estará) a la altura de su año mágico de 2011, aquel en el que Omega Pharma parecía ser más bien un chiste malicioso que un patrocinador, sigue siendo un corredor competitivo y entregado. 

El polaco acabó haciéndose con la victoria, mientras que por detrás Gerrans se hacía con facilidad con la medalla de plata, y Valverde con la de broce en un disputado sprint con Breschel.  Gerrans racaneó todo lo que pudo y más, esperando ser conducido a meta en carroza para rematar a todos con su nueva punta de velocidad, insólita a sus 34 años. Gerrans no solo es un corredor que no da una pedalada de más, y que busca con zorrería el abrigo, como se viese a la perfección en su Sanremo de 2012, en la que se aprovechó con astucia de la nula estrategia de Cancellara, sino que es además un corredor guadianesco, que aparece y desaparece, y que está teniendo a los 34 años su mejor temporada con diferencia. No es un corredor que me guste, todo lo contrario. Por eso suscribí la campaña de twitter #anyonebutgerrans. Nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos a Kwiatkowski por haber evitado un ganador que estaría a la altura de Leblanc, Astarloa o Brochard.


Valverde hizo de nuevo tercero, siendo éste su tercer año consecutivo en esa posición. Lo de Valverde y los mundiales merece un análisis aparte. Ha superado los podios de Poulidor, y si se suman sus puestos entre los diez primeros, puntuándolos de 10 a 1, Valverde es el mejor corredor de los mundiales de todos los tiempos, por delante de Merckx, Freire y Zoetemelk. Aunque, a diferencia de estos tres, le falta precisamente el mundial. Este año, a diferencia de los dos anteriores, su puesto es digno de elogio, pues se trataba de un mundial no tan apto para sus características, pasado por agua además (hay que tener en cuenta que con la lluvia los murcianos se disuelven, no hay que ver más que a Luis León Sánchez). A Valverde solo le queda ganar el mundial como Zoetemelk, con 39 años. 



En fin, la merecida victoria de Kwiatkowski marca un cambio generacional. El polaco pertenece a ese generación dorada de 1990, como Sagan, Pinot, Quintana y Bouhanni, diez años mayores que Valverde, Gerrans, Boonen y Wiggins, que siguen dando guerra. Kwiatkowski tiene 24 años, uno más de los que tenía Freire al vencer su primer mundial, dos más que Merckx en Heerlen, Lemond en Altenrhein y Armstrong en Oslo, y tres más que Monsere. Se trata por tanto de un campeón con futuro. De todas maneras, habrá que esperar a que confirme con más victorias este grandísimo triunfo. Este año ha andando como una moto, como todo su equipo (exceptuando a De Gendt). Aunque los corredores del este suelen explotar demasiado pronto, luego parecen dormirse en los laureles, o simplemente volatilizarse. Fue el caso de Berzin, también el de Vainsteins. Sagan parece que anda de camino. Al menos, el polaco se presenta como el gran rival generacional del eslovaco en el futuro más inmediato.


De nuevo pasa un mundial, y con él se acerca la conclusión de la temporada. El destartalado urbanismo de la ciudad, sus malas comunicaciones con la consiguiente ausencia de público, y varios problemas con las vallas, no han sido problemas suficientes como para ensombrecer este mundial, del que al final me he ido satisfecho. La carrera fue emocionante, y tuvo de todo: ataques en subida, ataques en bajada, lluvia, emoción, labor de equipo, escapadas intermedias, curvas tomadas a cuchillo y sprint finales interesantes. Lo poco que necesita un mundial para ser interesante. Y si a eso se añade un podio digno de Liège - Bastogne - Liège, todavía mejor.