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lunes, 31 de mayo de 2021

UN TRIUNFO CANTADO PARA BERNAL O LA NECESIDAD DE LOS MOMENTOS INTRASCENDENTES

Por fin ha acabado el Giro. Las últimas jornadas no han servido para redimir una carrera marcada por la insustancialidad. Bernal ha controlado la situación con su equipo, a pesar de haber dado la impresión de estar pidiendo la hora durante toda la última semana. Sus rivales no han llegado a inquietarlo, por encontrarse demasiado alejados o por haber esperado a una última semana que luego no ha sido tan dura. En Milán, el rostro de Bernal evidenciaba más alivio que auténtico goce. 

Se quita un peso de encima. (vía @CdelVentoux)

 

Bernal consigue con este Giro la parejita, añadiendo la duodécima gran vuelta para su equipo (undécima si no se cuenta el regalo de la Vuelta de 2011). Los números de la factoría de Brailsford son impresionantes, conseguidos en poco más de una década, solo comparables a los conseguidos por Guimard de 1976 a 1989 (doce grandes vueltas) y por los del equipo más negro de la historia del ciclismo, las diferentes formaciones de Bruyneel entre 1999 y 2009, con trece grandes vueltas. Lejos quedan las dudas y los supuestos dolores de espalda de Bernal, pues no hay mejor equipo que el británico en convertir con maestría las dolencias en un acicate para la victoria.

Damiano Caruso y Simon Yates acompañan a Bernal en el podio. Ambos ciclistas tienen en común unos inicios en el ciclismo algo turbulentos, pero las posibles semajanzas terminan ahí.  Damiano Caruso ha dado un sorprendente paso de gregario de lujo a lider sólido, nada menos que con treinta y tres años. Siempre ha sido un corredor resistente y regular, pero pocos habrían apostado por él al principio del Giro. Continua de esta forma su "salto adelante" de 2020, cuando consiguió su segunda victoria profesional y un décimo puesto en el Tour y en el mundial. Si bien pudo achacársele en la etapa de Sega di Ala una actitud demasiado colaboradora con Bernal, del que se puso a tirar como buen gregario (mucho mejor que el propio Daniel Felipe Martínez), en Alpe Motta se redimió, con un ataque lejano en el que hubo gran trabajo de equipo y de mercenarios. 

Nunca se sabrá si esos gritos le ayudaron o le hundieron más.

Por su parte, Simon Yates ha controlado un poco sus habituales oscilaciones de rendimiento. Después de Sega di Ala y de su victoria en Alpe di Mera, algunos apostaban por una ofensiva lejana por su parte, pero siempre ha sido más un corredor de ataques en la última subida. El recorrido de la penúltima etapa, con el encadenado de San Bernardino, Splügenpass y Alpe Motta, invitaba al ataque lejano. Algo que ejecutaron DSM y Bahrein, para bien del ciclismo.

Bajada de San Bernardino.(@TuristaVuelta)

 

En el descenso de San Bernardino, tres corredores de DSM se destacaron: Bardet, Hamilton y Storer. Poco después se les unieron Bilbao y Caruso, abriendo un pequeño hueco con el grupo comandado por los Ineos. La etapa también invitaba a colocar piezas por delante, que en este caso fueron mercenarios de excepción: Visconti y el sorprendente Vervaeke. Visconti se vació para la causa de su paisano y casi cogeneracional, y después de sacrificarse Vervaeke y Storer, le llegó el turno a Bilbao. Por detrás Castroviejo controló la situación para Bernal durante la mayor parte de la etapa y dejó ese papel a Daniel Felipe Martínez en la última subida. En ese momento el espejismo de un asalto al liderato se esfumó y quedó convertido en una lucha por la etapa, que finalmente se llevó de forma merecida Caruso, que conseguía así su tercer triunfo profesional y sin duda el de más prestigio. 

Un trabajador reconoce siempre el trabajo bien hecho.

 

Pocos datos más que reseñar de esta última semana. La estrepitosa subida a Sega di Ala por parte de Daniel Martin, al mismo ritmo que los líderes; el reencuentro con el mejor Almeida, todo corazón en las subidas, con esa forma de regular los esfuerzos siempre en la cuerda floja del abismo; el bello duelo de gregarios entre Bilbao y Castroviejo, justamente reconocido por sus líderes. Poco más.

Ha sido un Giro que no se recordará en exceso. Sin embargo, tampoco hay que caer en el tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Días de siesta y huelgas de piernas caídas ha habido siempre, lo que pasa es que antes no se veían en la tele. Chapuzas y recortes también los ha habido, de la misma manera que siempre ha habido unos pocos cronistas dispuestos a desvelar o denunciar los códigos internos del pelotón. O al menos, dispuestos a mostrar su sorpresa ante ellos al acercarse al ciclismo por primera vez. La tradición del pelotón parece dictar que el deseo individual debe plegarse ante la voluntad del rebaño (o mejor dicho, ante la voluntad de los patrones de turno), algo que se ha acrecentado desde que la participación en las grandes citas está asegurada para ciertos equipos. Al estar la participación asegurada año tras año, algunos equipos se sienten tentados a desaparecer cuando se han conseguido algunos éxitos parciales (véase el Lotto - Soudal) o a ejercer de matones para imponer sus intereses, lo que ha aumentado el ambiente general de pasividad y pitorreo.

La mafia emplea artillería pesada.

La labor del cronista debe ser la de colocar bajo la luz esos códigos internos, esas normas no escritas, aunque sean las mismas de hace cincuenta años. Ese es el eterno retorno del ciclismo realmente existente. En cambio, la labor del cronista no debe ser exigir la ración diaria de espectáculo, con sus condiciones extremas, su sufrimiento y sus luchas sin cuartel. El ciclismo, afortunadamente, es más que una imagen patética de un hombre retorciéndose sobre una bicicleta, con los mocos y las babas colgando, achicharrándose de calor o muriéndose de frío. Esos cuadros dejémoslos para el arte sacro del pasado, con sus demonios pinchando el culo a los condenados, sus mártires achicharrados en la parrilla o escaldados al baño maría,  y su  gran justificación del dolor per se. El ciclismo debe ser algo más que un desfile de ecce homos, lo que no debe ser es un desfile de Al-Capones. Por tanto, no nos engañemos: el recuento de batallitas en realidad no oculta otra cosa que mil y un momentos intrascendentes, que quizá sean necesarios.

 

Y en menos de un mes, el Tour.


martes, 25 de mayo de 2021

QUE ACABE PRONTO

Non mi far vedere che tortura, che tortura questa campagna elettorale!! Speriamo che finisca presto. Así se expresaba Nanni Moretti en Aprile ante el televisor. Algo semejante me ocurre estos días con el Giro, decepción tras decepción. Existe la necesidad de ver, ver con los propios ojos, ver para que no te lo cuenten, aunque esto es válido siempre y cuando haya algo que ver. Ayer ni siquiera hubo imágenes. 

Moretti es todos los espectadores del Giro

 

De hecho, poco hay que ver en este Giro, que ya ha consumido su segunda semana. Egan Bernal domina con amplio margen sobre un sorprendente Damiano Caruso, a más de dos minutos, y Hugh Carthy, a más de tres. Simon Yates ya anda a más de cuatro minutos y Remco Evenepoel a más de veintiocho. Quedan todavía tres etapas de montaña, que serán regaladas; porque el líder es sólido, porque no hay nada que jugarse ya, porque todos están pidiendo la hora.

La tónica dominante de esta segunda semana ha sido el control por parte de Ineos del pelotón, permitiendo la formación de fugas que adquirían pronto una abultada diferencia. Es decir, la habitual táctica de Ineos de contentar a todos con triunfos parciales, diferenciando la lucha por la etapa de la lucha por la general. De esta manera, han llegado escapadas en las etapas de Montalcino, Bagno di Romagna, Zoncolan y Gorizia. Quizá la única etapa salvable de todas ellas ha sido la de Montalcino, en la que Evenepoel comenzó a hacer aguas en el sterrato. En el primer tramo, Filippo Ganna se puso en cabeza y logró un gran destrozo, dejando atrás a varios corredores, como Carthy, Vlasov y sobre todo Evenepoel, pero más tarde hubo reagrupamiento. En realidad, lo de Ganna fue lo que se llama por mi zona arrancà(da) de matxo, parà(da) de burro, dicho popular con múltiples variantes locales y regionales. Sin embargo, mostró las debilidades del gran damnificado de la jornada, el niño prodigio.

Hubo debate y polémica en torno a la gestión por parte de Deceuninck del asunto. Almeida se quedó un poco tarde a ayudar a su líder, este pareció enviarle hacia adelante, quitándose a continuación el auricular con un gesto de rabia. Más tarde el portugués volvió a descolgarse, pero llevando a Evenepoel al límite. En alguna ocasión daba la impresión de que Evenepoel iba a tirar la toalla, pero al final pudo defenderse bien en el tramo asfaltado, entrando en meta a dos minutos de Bernal. Por su parte, el colombiano empezaba a marcar territorio, desentendiéndose en el repecho final de un Buchmann insólitamente agresivo. 

Las siguientes etapas fueron auténticas fumadas. La etapa de Bagno di Romagna, una complicada etapa de media montaña, se solventó con una fuga, resuelta finalmente entre cuatro: Andrea Vendrame, Chris Hamilton, George Bennett y Gianluca Brambilla. El triunfo final fue para el primero, ganando en el sprint a Hamilton. Lo único significativo fue el abandono de Marc Soler, debido a una caída. La etapa Ravenna - Verona, completamente llana, se resolvió con un sprint masivo, que otorgó el primer triunfo en una grande a Giacomo Nizzolo. La etapa fue un tostón, en la que solamente hubo competitividad en los últimos cinco kilómetros. Edoardo Affini realizó un bello movimiento que casi evita el sprint, pero Nizzolo estuvo atento y se hizo con ese ansiadísimo triunfo. 

Nizzolo aprovechando el rebufo de Affini (vía @TVilalta)

 

La etapa del Zoncolan no decidió nada, como es habitual, y vio el nacimiento del nuevo Piedra italiano, Lorenzo Fortunato. Un corredor de veinticinco años, sin victorias profesionales, que dio la campanada en una cima erigida en mito moderno más por las loas que por los hechos, consiguiendo un triunfo que recordaba a Pirazzi, Rabottini o Santambrogio. Por detrás, finalmente se vio el despertar de Simon Yates, matizado por el poderío en los últimos kilómetros de Bernal. Como suele suceder, no hubo movimientos significativos hasta los últimos kilómetros del Zoncolan, en los que casi hay que ir haciendo eses. En la bajada del puerto intermedio, la Forcella de Monte Rest, Astana puso las cosas difíciles, con Luis León Sánchez y Gorka Izagirre llevándose tras ellos a Vlasov, marchándose solamente con ellos Bernal, Castroviejo y Caruso. Sin embargo, no quisieron aprovechar la situación, dado el llano que quedaba todavía hasta el inicio de la subida final, demostrando que este Giro parece otro deporte en relación con lo visto durante esta misma temporada en la Tirreno - Adriatico o en la Vuelta al País Vasco.

Por no faltar a la cita, en el Zoncolan aparecieron incluso los idiotas.

 

En la etapa entre Grado y Gorizia una caída inicial dejó fuera a Emanuel Buchmann. Se produjo en el tramo que conecta Grado con la península, debiéndose recurrir a la neutralización de la carrera, al parecer debido a la falta de ambulancias. Las cosas comenzaban a tomar el cariz de "ciclismo moderno" que anunciaba desastres posteriores. La resolución de la fuga tuvo su interés, con una bonita batalla entre Victor Campenaerts y Oscar Riesebeek en el complicado final entre Eslovenia e Italia. 

Campenaerts ganando a lo De Gendt.

 

Y así se llegaba a la supuesta etapa reina, una etapa recortada por una nueva jaimitada de Vegni, con el chantaje entre bambalinas de los equipos World Tour. La etapa quedó reducida a un único puerto, el Giau, con descenso hacia la meta planificada en Cortina d'Ampezzo. No tengo ganas de elucubrar las razones del recorte. Si fuera la primera vez...Han sido tantas, acumuladas como losas en el historial del director de carrera, que esta es una más. A nadie pilla por sorpresa. La mafia ejerce su presión, Vegni cede. Vegni, como los profesores de Amarcord, finge ser un representante de la vieja escuela, amante de las directrices férreas y de la normativa, cuando en realidad sus clases son un caos y sus alumnos preparan todo tipo de trastadas cuando se da la vuelta. Ayer prepararon un cóctel molotov, mucho fuego y poca chicha. Como decía, a nadie pilla por sorpresa. 

En el recorrido recortado, Bernal casi sentenció la carrera, tomándose tiempo para celebrar en meta, quitándose el chubasquero en una acción algo peligrosa. El segundo y tercero están dispuestos a firmar ya si hace falta quedar en esa posición. Algunos irán para arriba, como Bardet, y otros comenzarán a ir hacia abajo, pero serán movimientos irrelevantes. El que sí que ha desaparecido del mapa es Evenepoel, que se dejaba nada menos que 24 minutos. En realidad es algo normal, después de venir de medio año sin competir. Lo que hubiese hecho arquear las cejas hubiese sido lo contrario. Pero para algunos, encaprichados con la criatura, puede ser el comienzo para poner las cosas en cuestión. Esta historia ya la hemos vivido: los mismos que lo han encumbrado serán los primeros en molerlo a palos, cuando defraude todas las expectativas.

En la cima del Giau no nevaba ni llovía. Si fuese la primera vez, podríamos pensar que se ha tratado de una sana precaución; pero llevamos ya muchos tongos como para creer algo así. Siempre hay algún motivo, porque llueve, porque hace frío, porque esto cansa... La supuesta dureza no impidió que algunos ciclistas recogieran cervezas de los espectadores o se hicieran fotos con ellos. Sin embargo, sí que fue impedimento para que la RAI ofreciera imágenes. Ni tan siquiera del último kilómetro íntegramente. No solo se plantaban los corredores o el director se adelantaba a un hipotético plante, es que la televisión pública italiana ni siquiera ha sido capaz de ofrecer un paso por la cima o alguna imagen dispersa del descenso. Nada. Es casi peor que el recorte. La tele está simplemente, como tantas otras cosas, anclada en los tiempos de Moser y Saronni. Es algo ya estructural. Que no os engañen: el triunfo de esos cuatro mozalbetes medio en bolas en Eurovision no es ejemplo de ningún tipo de modernización. El país hace aguas por todos lados y su carrera nacional también. Solo queda confiar en la destreza del pueblo italiano para hacer arte con cuatro cartones, para transformarse y dar una nueva imagen de sí mismos cuando todo parece estar en la cuerda floja. Solo queda confiar en la capacidad de un pueblo habituado a salvar los muebles en el último minuto y con elegancia. 

Esto no lo salva ni el trazo italiano.

Este no parece ser el caso. La carrera está pidiendo a gritos terminar ya. Llama la atención, en ese sentido, el número de abandonos a falta de una semana.  Solo ese punto de magia, esa improvisación genial de última hora, ese trazo que no se sabe de dónde viene pero que no podría ser de otra forma, eso tan italiano, puede salvar este engendro. Pero Vegni se tiene que marchar ya.

lunes, 17 de mayo de 2021

A LA ESPERA DE LA TERCERA SEMANA

Los ojos vidriosos sobre la protuberante nariz, que se intuye bajo la mascarilla, son la antesala de unas lágrimas. Es Egan Bernal, ganador en Campo Felice y nueva maglia rosa,  quien rompe a llorar. Es esta la imagen que se ha querido destacar de una primera semana de Giro algo desvaída en cuanto a competición. Una imagen que seguramente será sepultada por muchas otras una vez la carrera acabe. En realidad hay algo extraño en ver a un campeón llorar. No cabe duda de que las cosas no han debido ser fáciles para Bernal, pero también le gustan mucho las cámaras y aprovechó la ocasión para exhibirse. A partir de ahora, cada vez que hable de su espalda, sus rivales se echarán a temblar.  

Sonrisas y lágrimas

En realidad poco más ha pasado en este inicio de Giro. Las etapas llanas nos han devuelto a la época de Cipollini, en la que el pelotón sesteaba entre bromas hasta que se ponía a 60 km/h cuando conectaban las cámaras de televisión. Con la diferencia de que, en este caso, hay tele desde el principio. Las etapas de media montaña han dado más miedo sobre el perfil que en la realidad, siendo la lluvia y el frío más determinantes que el ritmo, la dureza y la competición. Bernal se ha mostrado fuerte, con una arrancada demoledora cuando la carretera se ha empinado, ya fuese en el final de Sestola o en el sterrato de Campo Felice, pero todavía no ha marcado diferencias.

La carrera está sutilmente maniatada por Ineos y Deceunick, sumidos en un pique en las alturas que quizá acabe agotándolos, para bien del ciclismo. Un ejemplo se ha visto en la intrascedente etapa de hoy, con meta en Foligno, en el traguardo volante bonificado. Ha sido un sprint a muerte entre los Ineos y Evenepoel. El menudo campeón en ciernes, aterrizado desde la playa con paracaídas incluido, se ha puesto a la par que la locomotora Ganna, en una demostración más de fuerza que de cabeza. Las hormonas, quizá. Mientras los Ineos y Evenepoel compiten por el día a día en las portadas, Vlasov, Carthy y algún otro los contemplan desde la distancia, sin haber perdido apenas tiempo. También Simon Yates, siempre a cola, ya se trate del gran pelotón o del grupo de elegidos en montaña.  

El punto y la i compitiendo por un sprint.

Ha habido bajas también. La más notable la de Mikel Landa, que acabó por los suelos en Cattolica. Como sucede con todo lo que rodea a Landa, los motivos de la caída suscitaron ríos de tinta, de poca importancia vistos a día de hoy. Hubo incluso dedos acusatorios. Landa se había mostrado ofensivo en la etapa de Sestola, con un equipo muy compenetrado a su servicio, con Bilbao, Caruso, Mohorič, Mäder...Sin embargo, en lo que parece ser el sino de landismo, todo acabó por los suelos por culpa de la mala suerte.

"Papá, papá, ¿por qué somos de Landa?"

El resto de esta primera semana ha sido un collage de breves destellos puntuales y etapas fumadas. Filippo Ganna engañó y arrasó en Turín, Taco van der Hoorn dignificó el ciclismo con una escapada exitosa y en la etapa de Sestola se vieron grandes momentos de ciclismo, propiciados por la lluvia, el frío y los duros porcentajes. La lucha en el seno de la escapada dio el triunfo a Joe Dombrowski y la maglia a Alessandro De Marchi, aunque lo más interesante estuvo detrás, con ataque y réplica de Landa y Bernal. Los dos escaladores sacaron unos segunditos junto con Ciccone, Carthy y Vlasov. João Almeida decía ya completamente adiós a la carrera, demostrando que los protagonistas de 2020 no lo serán este año.

Dombrowski gana en un día de caretos y frío (via @__blind_side)

 

El final de San Giacomo, en Ascoli Piceno, deparó por fin un gran triunfo para Gino Mäder, escalador de gran futuro. No necesitó regalos ni nadie se acordó de los sucesos de Niza. La etapa fue interesante principalmente en la larga bajada desde Forca di Presta, con amplios y bellos páramos, en los que Ineos, comandado por Ganna, intentó incluso montar un abanico, mientras De Marchi naufragaba por detrás. Se vivieron momentos muy interesantes, con un duelo de trotones entre Mohorič por delante, sacrificándose para Mäder, y Ganna por detrás. Durante unos instantes de la carrera, un hiperactivo Ciccone estuvo entre medias, acompañado de Bettiol y Bardet. Se vieron momentos de mucha gestualidad italiana por parte de Bettiol, que recriminaba a Ciccone que no tirarse (al tener a Mollema en la escapada delantera). Bettiol está mostrándose como un buen chico de los recados del Education First, omnisciente e inusualmente escalador, algo que apunta cosas buenas para Carthy en la última semana. En la subida a San Giacomo, Bernal volvía a mostrarse atacante, aunque sin sacar diferencias significativas a sus rivales. Attila Valter se hacía con el liderato, el primero para su exótico país (insólito en términos ciclistas). 

Tras Mäder, Bernal, Dan Martin, Evenepoel y Ciccone.

La etapa de Campo Felice fue un injerto muy guillenesco en pleno Giro, que dio como resultado una lucha final por los segunditos, con una arrancada pancartera de Bernal en pos del triunfo. El colombiano se merendó en un santiamén a los dos escapados, Koen Bouwman y Geoffrey Bouchard, en pleno sterrato. Como está sucediendo siempre, el colombiano abrió una gran diferencia con su demoledor ataque, que luego a fue poco a poco controlada a ritmo por Evenepoel, Vlasov y compañía, siendo el belga el que suele llevar la voz cantante. Al colombiano le sirvió para llevarse el triunfo y la maglia, despúes de haber señalado en la salida que no las tenía todas consigo por su maltrecha espalda. 

Finalmente en la etapa de hoy, con meta en Foligno, el triunfo ha ido a parar a Sagan, después de una espléndida labor del Bora, en especial de Giovanni Aleotti, reventando a los sprinters rivales. Una caída aislada en el último kilómetro de un único corredor ha sido aprovechada por los equipos dominantes para entrar cortados todos juntos, ocupando todo el ancho de la calzada, al modo de una grupeta de sprinters pasándose unos minutos del fuera de control. Vlasov y Soler habían estado atentos y habían entrado ligeramente por delante, pero la actitud mafiosa de los equipos punteros era un órdago a la organización, un "a que no hay huevos a picar tiempos" en toda regla. No los ha habido. 

También ha habido lugares de interés, como Cusano Mutri, provincia de Benevento (vía @TuristaVuelta).

  

Termina así una primera semana sin grandes alardes, sin grandes demostraciones, y sí una lucha guillenesca por los segunditos. Da la impresión de que algunos intentan amarrar un triunfo parcial o unos días de liderato para calmar así sus inseguridades de cara a las tres semanas. En otros casos prima la cautela. Los ejemplos de Simon Yates, Almeida y tantos otros son demasiado recientes y en un  contexto hostil como el del Giro, predomina un natural y humano instinto de autoconservación.

martes, 30 de julio de 2019

UNA LENGUA DE TIERRA

A falta de competición auténtica, el ciclismo moderno nos regala imágenes para el recuerdo. Imágenes curiosas, puntos de vista insólitos, momentos que invitan a la risa tonta con los que rellenar las eternas y constantes pausas publicitarias de Eurosport. En fin, lo que vienen siendo tomas falsas. Froome corriendo en el Ventoux, Dumoulin parando a cagar, Sagan haciendo caballitos. Esas cosas. Pues en este Tour no sólo las gracietas iban a ser de factura humana, también la naturaleza se ha sumado a la fiesta. ¡Y encima nos quejamos del ciclismo que nos ha tocado vivir!

Aparte de Bernal, el protagonista del día


Un deslizamiento de tierra, acompañado de unos cuantos más, fue el responsable de que todo acabase en el descenso del col de l'Iseran. La tierra reclamaba su protagonismo, espantando a los espectadores y engullendo la carretera como aquella masa de helado gigante de una película de serie B de los ochenta. Se puede decir que acabó prácticamente el Tour ahí, cuando todo estaba patas arriba, cuando todo estaba en el aire. Bernal había atacado, con ese estilo suyo de ave zancuda tan coppiano; Thomas no había saltado por detrás, como hiciera en el Galibier el día anterior, y Alaphilippe se hundía sin remedio, lastrado por el fantasma vociferante y gesticulante de Voeckler. ¿Bernal podría mantener esa ventaja hasta Tignes, en un ride como los que protagonizó en el Tour de Suiza? ¿Alaphilippe podría alcanzar al grupo de Thomas, en un descenso de equilibrista como el que estaba protagonizando? Entonces llegó la lengua de tierra a decir "hasta aquí llegó el Tour de Francia".

Simon Yates, que se veía con opciones de llevarse otra etapa a lo Majka, gesticulaba en plan italiano con Prudhomme, que señalaba con su pulgar a lo alto de la cima. Los tiempos se iban a tomar ahí, parecía señalar con la cabeza y los brazos fuera de la ventanilla el pomposo director de carrera, con la cortinilla ligeramente despeinada. Detrás Urán y Nibali intercambiaban pareceres en una conversación muy latina, en la que seguramente hubo algún "huevón" y algún "vaffanculo" de más. Kruijswijk y De Plus habían hecho caso omiso a las indicaciones del coche de director de carrera y seguían el descenso a toda mecha. Kruijswijk veía el fantasma del Agnello y Urán el del Stelvio: una vez le podían estafar, dos no. Una vez apaciguados los ánimos, fue curioso e incluso divertido ver a ciclistas rivales conversar como si nada hubiese ocurrido, intercambiando impresiones e incluso alguna que otra broma, mientras se abrigaban o esperaban directamente a los coches. La etapa había acabado como un auténtico gatillazo, pero con una sonrisa. Algo lela quizá, una risa nerviosa fruto de la confusión ("jeje, ¿y ahora qué?"), pero una sonrisa al fin y al cabo. Granizada, carreteras inundadas o directamente cortadas por una lengua de barro y piedras. Jeje, jeje. La etapa había comenzado con una lesión rara de Pinot, marchándose entre llantos, y terminaba con todos metiéndose en los coches, como una feria ambulante que se despide a toda prisa del pueblo que ha visitado. Bernal era nuevo líder.



Momentos memorables

El día anterior, en la  única etapa de verdad que había en los Alpes, se había asistido a otro tipo de espectáculo. Ese que representó tan bien Goya en su duelo a garrotazos y que algunos, faltos de nuevas ideas, achacan siempre al espíritu ibérico. Un duelo fratricida, para entendernos. A falta de ataques, fue Movistar quien puso salsa. En la mejor tradición de lo que ha sido este Tour, se formó una fuga multitudinaria, en cuyo seno, agazapados, estaban Bardet y Quintana. Intentaban ambos restañarse las heridas de un paso por los Pirineos algo catastrófico, pero el ritmo cansino de Asgreen y los Deceuninck detrás les fue permitiendo ganar más y más minutos. Estaban a punto de alcanzar los nueve minutos de diferencia en el Izoard, con Quintana en posiciones de podio virtual, cuando por detrás, oh sorpresa, Movistar aceleró la marcha, con el pobre Soler como remero de galeras.

El landismo mueve mares y montañas, y se ha convertido, a falta de una opción mejor, en la nueva religión de los periodistas futboleros. Para estos el ciclismo no es más que una prolongación del "nosotros contra ellos", que se materializa siempre en la pregunta "¿y cómo van los españoles?". Por eso Landa era la esperanza. No solo patriótica, sino también de la afición vasca y de la corporación telefónica, que tiene tantos estómagos comprados. Pues bien, el landismo estaba a punto de naufragar, cuando Soler se puso a tirar como un bestia en el Izoard para reducir la ventaja de Quintana, en posición de podio virtual, en vez de utilizar esa situación táctica para forzar a otros equipos a desgastar peones. Soler no tuvo la culpa, por supuesto. Es un excepcional corredor, con mejor palmarés que Landa. La culpa tampoco la tuvo el vitoriano, que aunque tenga su orgullo, sabe reconocer sus debilidades.  La culpa es, cómo no, de los del volante.  Soler se reventó y Landa no atacó. Si al menos hubiese atacado... Incongruente, incomprensible, inexplicable, a todas luces errada, la táctica no tenía justificación posible. Pues al acabar la etapa la dieron, retorciendo los argumentos, inventándose cosas, pero la dieron. Los del volante.

Nairo Quintana, reivindicándose.


Así pues, allanado el camino por Movistar, Ineos puso su marcha en el Galibier. Ineos no ha sido el de otros años, basta ver el rendimiento de Kwiatkowski, pero aun así, para no ser el de siempre, ha acabado con un triunfo como los de siempre. Quintana se marchaba por delante con gran facilidad y por detrás saltaba Bernal. A por este saltaba también Thomas, en una táctica también cuestionable, pues arrastraba consigo al resto de favoritos. Alaphilippe perdía contacto, pero acabó defendiéndose bien, cazando incluso al grupo de favoritos y haciendo un conato de ataque en bajada. La etapa acabó con el triunfo de Quintana y un Alaphilippe que podía soñar. El Iseran y la lengua de tierra le quitarían de un plumazo toda esperanza.

El deslizamiento de tierra no sólo obligó a interrumpir la etapa de Tignes, sino a recortar la siguiente, la penúltima. Es decir, el último día de competición veraz. La etapa quedó reducida a la irrisoria distancia de 59 km, con un ascenso al Val Thorens como única dificultad. Desde twitter mucha gente planteó recorridos alternativos, puesto que la organización no parecía haber previsto ninguno. Parecía como si todo el mundo tuviese ganas de acabar rápido con el asunto. Y así fue, una etapa rara que dejaba en el cuerpo una sensación extraña, como de prolongación innecesaria. La etapa se la llevó Nibali con pundonor, justificando su participación, y tan sólo supuso el hundimiento definitivo de Alaphilippe, que quedó fuera del podium. Jumbo-Visma marcó el ritmo de la ascensión con George Bennett y De Plus, pero Kruijswijk no atacó. Tampoco lo hizo Buchman. Sí que lo hicieron Quintana, Landa y Valverde, cada uno por su cuenta, como un ejército en desbandada.

En conclusión, Egan Bernal ha acabado llevándose el Tour. Para mí es la confirmación de un talento natural, mejorado con la fórmula agraciada, a pesar de que el Tour haya acabado así, de una forma tan anticlimática y desapasionada. Bernal no merecería un final de Tour así. Algunos dicen que su correr es feo: para mí, en cambio, tiene un estilo armonioso, recuerda a un ciclismo antiguo, previo al molinillo y los potenciómetros. En él no hay esa sensación de "pedaleo asistido" que dan otros campeones. Atrancado, con las piernas interminables y el perfil aguileño de los grandes mitos, su impronta sobre la bici se recorta con elegancia sobre el telón que forman las grandes cimas alpinas, con sus circos glaciares. No sé si será el ciclista del futuro, no sé si sus rivales serán Pogačar, Gaudu o Mas. Esas cosas son difíciles de aventurar (¿Quién hubiese dicho en 2011 que Andy Schleck no iba a correr casi nada más y que iba a surgir un nuevo dominador llamado Froome, prácticamente crecido de la nada?). Al menos Bernal es un ciclista creíble, al que se ha visto desde el primer momento con unas dotes excepcionales para andar en bicicleta, no como otros monstruitos de la factoría.

El descenso del Iseran (foto de Christian Hartmann).


Segundo ha hecho Thomas, confirmando el primer puesto del año pasado y corroborando una vez más la aplastante superioridad de su equipo. Cabe la duda de qué habría hecho en la montaña escamoteada, pues no hay duda de que estaba en forma, aunque su estilo no sea el grácil pedaleo atrancado de su compañero, sino esos rítmicos chepazos, acompañados de un potente sprint en los últimos kilómetros. Steven Kruijswijk ha hecho tercero, de forma silenciosa, sin apenas ataques, consiguiendo una recompensa para toda una carrera de puestómetro y para su equipo, más compenetrado y avasallador que nunca (no hay que olvidar, equipo de Rasmussen y Menchov). Pero si ha habido un gran protagonista aparte de Bernal, ese ha sido Julian Alaphilippe. Este Tour ha obrado un milagro, que no es otro que lograr que me reconcilie con este corredor. A pesar del equipo en el que milita, que ejemplifica los peores vicios de este deporte e incluso de la sociedad (un saludo a Keisse), Alaphilippe ha logrado desmarcarse de todo ese ambiente. Como un pequeño bribón de los bajos fondos, pero con buen corazón; como el típico estudiante de la última fila, que no atiende, habla, molesta, fuma en el aseo y lleva el casco de la moto a clase, pero que al final estudia para la recuperación, y aprueba. A mí ya me ha ganado, a pesar de Lefevere, a pesar de sus derrapes, a pesar de parecer poseído por el espíritu de Voeckler. En el fondo es un cani de buen corazón, como los protagonistas del cine quinqui.

Como José Luis Manzano.

martes, 19 de marzo de 2019

SIGUE SIENDO DE NOCHE EN TURINI

Durante mucho tiempo, el col de Turini fue una especie de montaña mágica para el mundo de los rallies. La noche fría de enero, con nieve en las cunetas o en la propia carretera, los faros potentes, el público enfervorizado...el col de Turini tenía todos los elementos para ser el símbolo de un deporte, o mejor dicho, de la modalidad más deportiva de los mal llamados deportes de motor. Una modalidad de cuya decadencia mediática el ciclismo debería estar alerta.



El col de Turini ha tenido un protagonismo mucho más limitado en el mundo del ciclismo. El Tour sólo lo ha transitado tres veces (con pasos de Louison Bobet en 1948, Jean Robic en 1950 y Vicente López Carril en 1973).  La inclusión como punto fuerte de la presente edición de la París - Niza no tenía otro objetivo que un nuevo paso del Tour, para la edición de 2020. Así pues, la etapa del sábado se preveía la culminación de la que viene siendo la mejor prueba de una semana del calendario, tanto por tradición como por motivación de los corredores. Volviendo al símil con el mundo de los coches, la subida a Turini se disputó en unas condiciones meteorológicas muy alejadas de aquellas noches de enero del rally de Montecarlo en las que la nieve estaba bien presente y era un elemento de dificultad añadido a los revirados trazados. En esta ocasión, tomada la subida desde su vertiente de solana de La Bollène-Vesubie, sólo en las zonas cercanas a la cima podía verse algo de nieve congelada en las cunetas. Sin embargo, la noche era el signo predominante. No una noche real, claro está, sino metafórica: la noche eterna del dominio negro de los Sky.

Cartel del Col de Turini desde su vertiente de Luceram-Peira Cava.


Con la clasificación en la mano se diría que el triunfo final de Egan Bernal ha sido la confirmación de que hay un nuevo dominador en ciernes. El ciclismo, que siempre busca sus ciclos, agotaría así el de Froome para dar paso al de Bernal, el nuevo campeón, el colombiano salido de la cuadra de Savio con un VO2 max digno de los ángeles predestinados y que recaló en la cuadra de Brailsford para crecer y madurar. El campeón de los 22 años. Todo eso está muy bien, pero hay que tener en cuenta una cosa. Su triunfo en la París - Niza no ha sido el de un escalador puro, a pesar de subir a plato y de tener una estampa aguileña digna de Coppi. De hecho, no ha sacado ventaja en la montaña. Su triunfo ha sido el de un corredor completo, que ha dado su "gran salto adelante" arropado por un equipo infalible que ha puesto a prueba, una vez más, sus estrategias de julio en la carrera estrella de marzo. Una carrera que ha ganado con Wiggins, Porte, Henao y Thomas, nada menos. Es decir, una carrera que han dominado en los últimos ocho años, salvo en las ediciones de 2014 (Carlos Betancur) y 2018 (Marc Soler). Recuérdese que en el 2014 sobrevolaba el ambiente el problema de Tiernan-Locke y en 2018 el ventolinazo de Froome.  

Volvamos a Turini. Los Sky partían antes de la etapa con Michal Kwiatkowski y Egan Bernal como primero y segundo de la general. En las primeras etapas, ambos se habían dado un festín de abanicos, junto a Luke Rowe. Había sorprendido notablemente la familiaridad del espigado colombiano con la fuerza del viento, tanto es así que Kwiatkowski le había tenido que pedir que se relajase en algún momento. Simon Yates y Miguel Ángel López habían quedado distanciados en esas etapas de viento, mientras que Nairo Quintana, siempre muy antento, era el único que podía inquietarles mínimamente. El banquete no había sido sólo de viento, sino también de bonificaciones y de distancia en la crono, con lo cual el equipo negro parecía tener bien atada la clasificación. Tocaba administrar esa ventaja, corriendo a la contra. Pero como nos tiene habituados el Sky en el Tour, se dejó marchar por delante a un grupo bien nutrido, de casi una treintena de corredores. Entre ellos estaban Simon Yates, Miguel Ángel López, Daniel Martínez y...Philippe Gilbert, que ostentaba el liderato virtual. Los Sky preveían que los vatios pusieran, con el paso de los kilómetros, a cada uno en su lugar. 

A pesar de que los comentaristas en meta señalaban que Philippe Gilbert era gran conocedor de las subidas del arriere-pays niçois, como residente monegasco, poco duró el espejismo eufórico de su liderato. Durante un momento pareció que el dominio de los lobeznos iba a continuar en Turini, con Tim De Clercq tirando del grupo en las primeras rampas, con el mismo ímpetu que en cualquier recta flamenca. Pronto se destacaron cuatro corredores por delante: Simon Yates, Miguel Ángel López, Daniel Martínez y el sorprendente Nicolas Edet, un corredor solvente y siempre combativo.  

Por detrás el propio ritmo de Sky agotó a Michal Kwiatkowski, un corredor acostumbrado a "dejar de funcionar" de golpe, como si se le agotase la cuerda. Cedía así el liderazgo del equipo al colombiano Bernal, que iba todavía protegido por Sosa y Narváez. Por delante, Simon Yates jugaba a atacar y parar, esperando que otros le hiciesen el trabajo sucio de llevarlo hasta el último kilómetro para dar allí la estocada. El marcaje con Miguel Ángel López era evidente y mutuo. El británico se había marcado una contrarreloj sobrenatural, tomándose la carrera como un test para objetivos posteriores. Pero los colombianos iban a arruinarle todos sus test y preparaciones, con una cocción a fuego lento que acabaría por atufarlo. 

La marcha cuartelaria de la particular mita del Sky iba diezmando el grupo. Grandes nombres como Romain Bardet cedían. Sólo Nairo Quintana, Nairon para los aficionados colombianos, aguantaba el ritmo del Sky. Por delante, después de muchos tiras y aflojas, Simon Yates quedaba por detrás junto con Nicolas Edet, mientras los dos colombianos quedaban por delante. A falta de un kilómetro, Daniel Martínez se marchaba con una portentosa acelaración, entrando en meta sprintando. Podría haber bajado el puerto para volverlo a ascender con igual potencia. Por el tercer puesto, Nicolas Edet se marcaría un impresionante sprint para batir a Simon Yates, levantando los ánimos de todo el público presente, que le tiene lógicas ganas al dominio británico.

Daniel Martínez Poveda, ganador de la séptima etapa en el Col de Turini. 


Egan Bernal nuevo líder. En el podium con Ari Vatanen y Eddy Merckx.


Al día siguiente tendría lugar la siempre nerviosa etapa en las proximidades de Niza. Sólamente Nairo Quintana podía inquietar algo el dominio del Sky y de hecho lo intentó, como en otros años hicieran Contador, sin éxito, o Marc Soler, con éxito. De nuevo Sky había dejado marchar una fuga numerosa por delante, a la espera de recoger el carrete soltado y que el pez se introdujese por sí solo en la cesta, después de un incesante y machacón giro de vatios. Y así fue. Quintana encontró por delante a Anacona, Carretero y Soler, que se pusieron a tirar de él e hicieron que se abriesen algunos claros (metafóricos de nuevo) en el cielo cubierto de Niza. Duraron poco y ya en Èze tuvo que ser el propio Nairo el que se pusiese a tirar en cabeza. Al parecer, Quintana se había marcado la París-Niza como gran objetivo del año, visto que las grandes vueltas últimamente se le atragantan, a lo que se une además que en ellas tiene que compartir galones con otros corredores por motivos publicitarios. En la última ascensión, la de Quatre Camins, Van Garderen y Quintana comandaban el grupo pero fue Ion Izagirre el que acabó marchándose. El vasco acabaría llevándose la etapa, en un ambiente de bajadas trepidantes y llenas de trampas y atmósfera húmeda que tanto parece gustarle. Otra más para Astana, que está intratable y que tenía a Vinokurov en meta, metiendo presión. El grupo de Quintana acabaría siendo prácticamente cazado en meta. Bernal se llevaba así su primera gran vuelta de una semana (si no contamos California), la sexta París-Niza para Sky. Están todavía a una de Sean Kelly. 

Ion Izagirre ganador de la octava etapa en Niza. 

Egan Bernal, ganador de la clasificación general. Con Bernard Thevenet.

Michal Kwiatkowski, tercer clasificado y líder de la clasificación por puntos. 

Los cuatro protagonistas de la carrera: De Gendt (montaña), Quintana (2º), Bernal (líder y jóvenes), Kwiatkowski (3º y puntos).


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Èze desde el Col d'Èze.

Luceram, inicio de una de las tres vertientes del Col de Turini.

Los Alpes desde Peira Cava.

Un punto de la costa entre Èze y Niza. 

La iglesia de La Turbie desde el Trofeo de los Alpes.
¿Qué tiene de atractivo ver una carrera en directo? ¿Vale la pena hacer tantos kilómetros para acabar viendo el desarrollo de la etapa en la pantalla al lado de la meta? La respuesta es sí, por supuesto. Como aficionado actual al ciclismo me muevo entre el cinismo y la admiración, en una esquizofrenia a veces difícil de conciliar. Pero cuando el ciclismo se vive desde cerca acaba predominando siempre la admiración sobre el cinismo. La expectación antes de la llegada de los corredores, el hormigueo constante de corredores en la salida y la admiración silenciosa hacia los cuerpos llevados al límite nada más cruzar la meta, siguen siendo emociones que merece la pena revivir. En Niza he visto una afición auténtica, mucho más numerosa de la que estoy acostumbrado a ver por mi tierra: no sólo por los numerosos cicloturistas en sus carreteras de tráfico alocado, sino también por los jubilados que disputan con los niños por la caza del autógrafo, por las ancianas que leen con interés las noticias sobre Rudy Molard en el periódico local y por otros muchos aficionados, franceses e italianos, dispuestos a convertir el col de Turini en un lugar de peregrinación ciclista por un día. También es digna de nombrar la sorpresa al encontrar, entre los cicloturistas ascendiendo el Mont-Agel o el col d'Èze, a Steven Kruijswijk y Christopher Froome, enfocados en sus respectivos entrenamientos y pasando incomprensiblemente de participar en una carrera que se desarrolla por carreteras muy conocidas para ellos.

¿Y qué mejor que pensar, a pesar de lo dicho hasta el momento, que Egan Bernal se ha llevado una carrera que es algo así como el Trofeo de los Alpes que corona la localidad de la Turbie? Éste es un monumento conmemorativo erigido en tiempos del primer emperador para celebrar la conquista definitiva de las tribus de los alpes marítimos, una zona que los romanos tardaron más en conquistar que la propia Galia. Pero, al igual que sucede con el ciclismo, no es oro todo lo que reluce, sino que más bien se trata de una recreación histórica, una reconstrucción en estilo a partir de supuestos. Un monumento que, según desde el ángulo que se mire, puede ser un "falso histórico" o un hito de la restauración. Un poco como sucede con el ciclismo.

Salida 7ª etapa: Tao Geoghegan Hart.

Salida 7ª etapa: Magnus Cort Nielsen.

Salida 7ª etapa: Sam Bennett.

Salida 7ª etapa: Philippe Gilbert.

Salida 7ª etapa: Michal Kwiatkowski. 

Salida 7ª etapa: Daniel Martínez.

Llegada 7ª etapa: Damien Gaudin.

Llegada 7ª etapa: Bryan Coquard.

Salida 8ª etapa: Sonny Colbrelli.

Salida 8ª etapa: Romain Bardet.

Salida 8ª etapa: Esteban Chaves. 


Llegada 8ª etapa: Egan Bernal.

LLegada 8ª etapa: Christian Prudomme y Alexandre Vinokurov compartiendo plano.

Llegada 8ª etapa: Rudy Molard.

Llegada 8ª etapa: Julian El Fares.